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Full text of "Libro de los oradores"

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UNIVERSIDAD COMPLUTENSE 

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5316026538 



Ulí^G'T'iáO £)2o.S'3¿ I 



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MADRID: 
». iHHH u Sil unu, c. tictomi, i i d. uun nn. c. iiumis, a i u. 

BARCELONA: 

UBRERtA DB EL PLUS ULTRA, KAUBLA DEL CEIPTRO, R. 
1861. 



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^^ UNIVERSIDAD COMPLUTENSE 



5316026538 



Cqrzí-abvGoOglc 



LIBRO 

DE LOB 

ORADORES, 

POR TIMÓN, 

TRADUCIDO 

POR D. S. SÁENZ ROMERO. 



TOMO PRIMERO. 

S.. ,1, I. '■. ^UAOBB/ 1/ 



MADRID: 

0. imno m su uiTu, G. Ticnuí, 9. | d. uiuomT,c. iiUTtiD,uiu. 

BARCELONA: 

UBR&RtA DB EL PLUS ULTRA, RAUBLA DEL CENTBO, IS. 
1861. 

L;N,-z:-:l,vC00glc 



BHcelmi*: Imp. da LUIS TASSO, calle d« Onwdia, núm. U.— IW. 

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MVERTENCIA k U ÚLTIMA EDICIÓN. 



AJ público, aolo al público debo el grande éxito de mi obra: 
gracias & él, en su portada lleg-o á leer estas palabras, que re? a- 
• lan el oido de un autor : Decimoséptima edieiou. 

De seg^iro no habría yo abierto diez 7 siete veces al público la 
puerta de mi taller, si no se hubiera complacido algim tanto en 
ve&lr & mirar y remirar mis retratos, 7 si no los hubiese hallada 
parecidos- 

No he hecho estos retratos á mi capricho 7 se^n mi imagi- 
nación, como con tanta nrecuencia los hace la posteridad ; loe he 
Idntado al natural. 

Mi libro tiene dos partes : los preceptos 7 los ejemplos. 

Algunos hubieran querido que en mis preceptos procediese por 
áÍTiBiones 7 silogismos, &I0 pedante. He preferido serfestlTO en 
lo grave y grave en lo festivo, según la índole de mi nación. Si 
he sido verídico, es porque he copiado lo que he visto tal como 
lo he visto ; si no he sido fastidioso, es porque los lectores fran- 
ceses no quieren, ante todo, que se les fastidie ; 7 si he sido al- 
go Irónico, algo satírico en los preceptos mismos de la elocuen- 
cia parlamentaria, es sencillamente porque me llamo Timón. 

Si pasamos ahora de los preceptos í los ejemplos, 7 se me pre- 
gunte: ¿No ha pintado Y. i unos sobrado feos 7 & otros sobra- 
do hermosos? En otros términos: ¿Es T. ten independiente de 
sus amigos como de sus adversarios? Contestaré que si, 7 afia- 
diré que lo he sido baste el punto de quedarme aislado en mi 
opinión 7 en mi banco [1). 

Pero si se me pregunta: ¿Ba T. Impardal con los oradores po- 
líticos de su tiempo? lOhl entonces responderé que no, y pre- 
di EaliltiaoMMtíoQdelTdeaiMlodetSO, 



TI IDTBITENCII 

guntué á mi ■na: ¿Kt.y uso Biqnlen d« esos mismos ondoni 
que sea imparcial? ¿Hay lino siquiera de aus amlg-os ó panegi- 
ristas' que aes imparclal? Aunque hubiese querido serlo, érame 
tan diñcil como á ellOB; y además, aunque hubiese podido, no 
habría querido serlo, pues con ello hubiera reconocido que el 
bien y el mal me son ÍDdifereni«3; que loa g-obiemos pueden 
Id distintamente guiarse por todo género de reglas; que los ais- 
temas opuestos son igualmente buenos, con tal que den resul- 
tados ventajosos; que no hay verdad ni falsía en materias d« 
Estado, vicio ni virtud oa los hombres del parlamento y del mi- 
nisterio, grandeía ni debilidad en la constitución de los impe-' 
rios; y en fin, que no hay lecciones en la historia, experiencia 
en los hechos, ñdelldad eu los sentimientos, moralidad en laa 
acciones, ni consecuencia en los principios. 

No, no soy imparcial, ó mejor, ecléctico por ese estilo, y creo 
en Dios en política, como en lo demás. 

Permítaseme aquf , pues lo necesito, que me prevenga contra 
los zaherimientos del amor propio, las recriminaciones sordas 
y las interesadas sugestiones de los eefiores oradores (fue pr»* 
tendan que les be miradacon ojos ofuscados por la pasión, el des- 
pecho, la ira ú otra cualquiera turbación de esta clase, y que no 
les he presentado tales como son, solo por no haberles alabado 
con ridiculo exceso. Además, aunque cas! nunca tenga maldita 
la gracia hablar de si mismo, debo decir al público que visita 
Ul galería las condiciones de fortuna y de ánimo en que me hsr- 
Uaba cuando retraté & nuestros oradores. 

Queria entonces y querré siempre lo que quiera mi pais, cuando 
sni país me baya dicho lo que quiere. Combatí entonces y com- 
batiré siempre y por do quiera todas las tiranías, así la pepaWi- 
oana como la oligÍLrqulca. ¿Qué me importan k>s uombrea de ur- 
den y libertad, si no tenemos libertad ni orden? Na hego ntM 
eaaodet despotismo quédela anarquía, mi mas de la asarquia 
que del despotismo. Tampoco soy de aquellas personas que luHo 
quieren derrocar & los que están en el poder para eocarai^rse i 
BU puesto; que impelen al mal con la mira del bien, seguu dicen; 
que votan leyes detestables para que el gobierno se haga aun 
mas odioso; que vuelven repugnantes á sus adversarios y lON 
tisnan el rostro, para que se grite con ellos: Fveral 

Cogi el pincel sin fbvor ni odio- jAcaso he tenido que agrade- 
oer algún beneficio? No. ¿He tenido que vengar alguna ofen- 
sa? No. 

Trece años hi, á la edad de la ambición, rechacé por debw y 
por principio los honores de la magistratura, del consejo (te 
Estado y del ministerio. Pasó aquella edad, y solo deseo perma- 
necer en la posición oscura y solitaria á que me retirá volvnta- 



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i U ÚmiU BDICIOH. Tn 

riamente. Contenarame con ser menoa aun de lo que soy. ¿Hay 
Mi nuestros dias un puesto, por mas encumbrado que sea, que 
TalíTS la pena de envidiarse! iVivlmos tan pocol Adem¿B, elque 
gobierna los negocios expone hoy bu conciencia, el único blan 
que para mí tiene algún precio. 

jGs culpa mía si ya no me fofmo Ilusiones sobre los bombr«g 
de ahora, y si en el polvo de los partidos busco en vano k alguien 
que represente algo? Lo confesaré, aunque haya de ofender iñ 
vanidad de mis mas ilustres coutemporáneoe: nunca conocí & un 
hombre, á uno solo, que me pareciese enteramente digno de di- 
Tigit el gobierno de mi país, ya por falta de talento, ya sobre 
todo por falta de virtud. 

Entre loa personajes que se me pusieron delante habia dos da- 
sofl de hombres: el orador y el político. He pintado al orador con 
mi gusto de artista, que tal vez no sea, lo concedo, el gusto da 
todos y particularmente el de los or^ores, raza vanidosa como 
la que mas; y al político le he juzgado con sus opiniones, cuando 
las tenia. 

Diez aüos bi que comencé & extender mi tela en el caballete y 
& cargar mi paleta, y todavía pinto sin descanso. 

La política interior y exterior de los pueblos libres ya no esté 
hoy dia en las intrigas cortesanas, sino en los debates parlameib^ 
íarios: pintar & los OTadorea es escribir la historia. 

He querido hacer una obra seria y duradera, que se enlace con 
el estudio de nuestras revoluciones y con el exacto y verdadero 
conocimiento de las cosas de mi tiempo. ¿Lo he conseguídoí Si 
así lo creyera, podría equivocarme, y en todo caso, no me toe»* 
ría decirlo. 

Lo que sí puedo decir, es que para observar ods modelos me ht 
hallado en las mejores condiciones en que Jamás puede encon- 
trarse un pintor. 

He visto y he oido al general Foy, 6 Benjamín Constant, Ha» 
nuel, Boyer-Collard, Marligoac, Casimiro Périer, Tjlléle, S^re; 
f además, he hecho lo que nadie en Francia ha hecho antes qua 
yo y lo que probablemente no 86 repetirá; he hecho venir en un 
. carretón, y he leído y releído uno por uno, toda la carga de bus 
discursos. 

Gn medio de tantos «spefitadores extraaos, he sido el único 
que ha visto á los actores de nuestros dramas potfticosal vestjrM 
y desnudarse entre bastidores. He sido el único pintor que ha 
asistido á la muda representación de su pantomima; á sus aemi- 
confldencias, á sus recíprocos gestos, miradas y sonrisas; 6 loa 
movimientos imperceptibles de despecho, embarazo^ corrimien- 
toéíra; alas Idasy venidas deayudantesdecampo ministeria- 
les; á los envíos de billetes bajo mano y bajo mesaj al runrún 

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^nU ADTSaTBNaA Á la ÚLTIHI EDICIÓN, 

de coDsigDKS y santos y señas, & los cambios de frente, & ItiB 
igudanzaB súbitas, á las dobles estocadas, i los ardides de guer- 
ra ó de comedia, que explican meg'or una aituaeion que todos loa 
discursos pomposos y altilocuentes, y no siempre llegan & los oí- 
dos ni é. los ojos de las tribunas y los taquígrafos. 

Sí, cooózcoles muy bien & esos oradores, toda vez que he t1- 
Tldo, como el que mas en Francia, en laíntimidad de su vida pú- 
blica; pero por otra parte, heme detenido ante el dintel de bu 
Tida privada, y ni siquiera he querido mirarla por el ojo de la 
llave. 

Por lo demás, paréceme que los que son de mi devoción distan' 
de hallarse tan satisfechos de sus retratos como los que no lo son. 
En efecto, lo que mas nos halaga no es la alabanza de nuestroB 
amigos, sino la de nuestros adversarios, y hacemos de ella tanto 
mas caso, cuanto que la recibimos envuelta en vituperio y crí- 
tica, mostrando asi mejor su sinceridad. Ahora bien: la sinceri- ' 
dad es la cualidad que mas nos agrada en los dem&s, aunque no- 
sotros no la poseamos. 

Bien saben nuestros oradores, y liasta lo conocen instintiva- 
mente, que sus improvisaciones se desvanecen como el eco de la 
palabra; que si brillan con el esplendor del sol al mediodía, han 
de ir k hundirse, al terminar el día, detrás del horizonte, en una 
noche sin aurora y sin mañaha; y se detienen, se asen como 
pueden á )a vida de recuerdo y de fama que por do quiera aa {es 
escapa. 

¡Qué importa que por una condescendencia postuma se hayan 
Impreso con lujo los discursos del general Foy, de Casimiro Pe- 
rier, Benjamín Constant y tantos otros, si líadie los mira? Ya no,? 
86 lee á esos oradores en sus obras muertas. Ya no se les lee sino 
en mis retratos. 

De seguro, vivir por girones, por fragmentos, vivir con sa 
nombre casi solo, vivir sin sus obras, sin su palabra, apenas es 
vivir para unos oradores que tanto vivieron, hablaron y llena- 
ron la tribuna y la prensa con el ruido atronador de su persona 
y sus discursos; pero al cabo, do es morir del todo, y han dd 
estar agradecidos & la mano caritativa que entreabre su sepulcro . 
y deja que un rayo de luz bañe su frente. 

Interróguenae á sí mismos los que aun existen y hepintadOf 
mírese cada cual en su espejo y luego en mi retrato, y diga en 
conciencia si no se encuentra parecido. He fijado particularmente 
mi at«ncion en la semejanza, y creo que & sei' yo orador, hubiera 
querido & todo trance sor retratado por Timón. 



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PRÓLOGO. 



(CARTA AL PÚBLICO.) 

Desea saber nataratmeote el público la hisloría de los libros 
que lee con benevoleocia, ; la acogida cada vez mas brillaote 
qae <t la presente producción baa dispensado mis conciadada- 
008, me obliga á participarles las mafias á qne sQcesÍTamente 
be recorrido para complacerles. 

Hay ajeno estaba yo, como fácilmente pueden figurarse mis 
lectores, de pensar en hacer los retratos de los Oradores de la 
cámara, caando vino á verme el amable é ingenioso Sarrans, 
deseoso de dar p&bnio á la Nouvelle Mmerve qae á la sazón re- 
dactaba, proponiéndome la redacción del folletín de Paris ú 
otro trabajo análogo. Entonces faé cuando le manifesté que sfr- 
ria mas oportuno bosquejar algunas figuras de nuestros orado- 
, res que tanto y tan minaclosamente babia observado, archiva- 
dos lodos en mi memoria con los mas vivos colores y rebosan- 
do de vida. T como vacilase en pintarlos cara & cara, y fuese 
de temer que no pudiesen campear la justicia é imparcialidad 
con la evidencia de mi nombre y persona, aconséjeme Sarrans 
que buscase an pseudónimo, y él mismo por su plena ciencia y 
autoridad me impuso el apodo de Tihon, de Timón que con- 
descendió el público indulgente á presentar, hace doce aSos, á 
la pila baaliymal, y ¿ ser su glorioso padrino. 

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10 PROLOGO. ' 

Concreléme derfde Inego á relratar i Iob oradores títos, co- 
mo Thiers y Guízot, mÍDÍslro? en aqael enloDces, á los cnales 
Sucedieron otros varios en retratos 6 perflles, siendo mis ras- 
gos mas títos contra los vencedores, mas suaves para con los 
vencidos; y la razón es clara. 

En pos de los ejemplos, reseSé nuestra elocaencia delibera- 
tiva en los géneros diferentes, según los criiicos de la anliglle- 
dad, y en las ediciones sabsiguentes establecí la didáctica an- 
tes de los retratos, conforme con el orden natnral y lógico. 

Como quiera qae la continua afluencia de los aQcionados re- 
dada cada vez mas mi galería, aumenté el numero de mía 
cuadros, y pinié la fisonomía oratoria de la Constituyente en 
la persona de Mirabeau, la fisonomia oratoria del imperio en 
la persona de Napoleón, la fisonomía oratoria de la Restaura- 
ción en las personas de Vill¿le, Serré, Manuel, Foy, B. Cons- 
tant, R. Gollard, Martigoac. 

Hi libro puede dar en el día una idea casi lo mas completa 
posible de lo que ba sido y es en nuestro pais la elocaencia 
parlamentaria tanto teórica como práctica. 

He manejado mis pinceles en circunstancias y posiciones en 
que ningún hombre de la generación actual podría seguir mis 
faaellas; pues quien no participó de los negocios y vivió foera ' 
de la escena parlamentaria; ó en otros términos, quien solo ha 
Hdo y es literato, no podrá hacer mas que cuadros vagos y do 
imaginación, al paso que si hubiese ocupado una posición ele- 
vada y desempeiiado cargos honoríficos, sus pasiones, preocn- 
pacionesy vanidad no podrían permitirle un punto de vista clwo 
y despejado ni dejarle formar imágenes reales y sineeras.- 
Tampoco pretendo que no quepa en las presentes un poco de 
antojo y humorada, pero en este caso la culpa es mia, pnes me 
hallaba en mejores condiciones que otro coalqniera para evi- 
tar este exceso. 

' Agregúese que no es posible formarse nna idea adeoiada dd 
orador, (al como es en si, á menos de haber formado parte de 
la misma compaBia en que remonta su vuelo, y haber desem- 
peñado un papel cualquiera junio con él en la misma escena 
parlamentaria; á menos de haberle observado repetidas veoea, 

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PHÓLOeo. N 

fa Muido arrastra li parpúrea vestidura, ya en paOosmeo»- 
res entre bastidores y, por decirlo asi, de Irapillo; á meaos da 
liaberle contemplado, no desde las tríbnnaa públicas, sino des- 
de los bancos y agitaciones interiores del Foro; de otro mod» 
camUa el panto de vista óptico y difiere completamente el 
choque eléctrico. Ahora bieo, yo pnedo sin vanidad, y del mo- 
do mas legitimo, preciarme de haber asistido, y en el mejor 
pneslo, á los mas vistosos torneos oratorios, sin faltar á tino 
aolo; y con la única intención de mirar, observar^ recoger da- 
tos é impresiones para formar mi galerfai y no como la gene- 
ralidad de los espectadores, para aplaudir ó silbar á los com- 
batientes. 

Reeaeltoá encerrarme en los límites de la mas eiacla impar- 
cialidad, Bo solo estaba seguro de copiu- lo mas fielmente los ori- 
gioales, sino que al mismo tiempo reoc^ilaba materiales para 
la bisiDría que se efectúa en la cámara y por la cámara, desde 
foe salea los ministros de la mayoría, y desde que asi gobiem 
eria siempre de un modo t&cllo ó eiplícito, bien 6 mal de sd 
grado; de lo cual deduje que dar á, comprender los oradores y 
BBS palabras, es dar á conocer el gobierno y sus actos. 

Tampoco ha de tdvidar el lector que hay dos hombres mu; 
distiitos en cada orador: el de fondo y el de forma, el áA 
principio y «1 del discurso. Los oradores de la Gonslilnyenle, 
de la CoBvencioB, de) Imperio y de la Reslaoracion, he debido 
pintarles con la sosegada severidad del historiador, no hallím- 
¿BOH bajo la influencia de las circunstancias y pasiones que les 
comunicaban movimioito y vida. No sucedía ni podía sncedw 
le mismo con loe oradores vivos, que cuotidianamente veía, 
oia, apreciaba, estimaado el talento oratorio según mi gusto 
literario, y la parte política, no según ta opinión de cada ora- 
dor, sino coofórme cou el principio que profeso, y el único que 
reconoEcp sano, legitimo y posible: el de la soberanía del pue- 
blo; pues no hay dos principios en un gobierno libre. Animado 
de este principio, he indultado ó condenado, como espero qne 
hará un día la historia, á todas las celebridades políticas de 
■i época. 

Tremolando con mano firme el pendón de mi principio, tri- 

L,;,-z__lv,C00g[c 



Q PRÓLOGO. 

botaba respeto k la verdad, al mismo tiempo que se difandia 
en mi libro el soplo de ana poderosa luiidad. De esle modo, y 
sin asomo de perplejidad, be juzgado á Foy, Maoael, C. Périer, 
B. CúDstant, R. Coilard, Thiers, Gnizot y demás. 

Paréceme justo y recto que la posteridad, dado qne se digne 
ocuparse de nosotros, lo qne considero dudoso, nos escache y 
jozgae por las razones qae alegamos. 

No obstante, por mas que me encaslitle en mis opiniones, 
nnnca me he propasado á zabertr personalmente, y en la vida 
pñvada jamás he aventurado mirada indiscreta. Cierto es en 
' verdad, lo confieso, que tal proceder es en mi peco meritorio, 
no habiendo en mí vida odiado k nadie, ni podido comprender 
que emane necesariamente la ojeriza de la diversidad de las 
opiniones polilicas 6 religiosas. Del mismo modo, at criticar 
los defectos de nnestros oradores, nunca he dejado de enco- 
miar debidamente sns bellas cualidades, procurando de esle 
modo mantenerme en el terreno de la verdad, y no descendw 
como las columnas de nuestros periódicos & sarcásticas invec- 
tivas ó apologías hinchadas y estrafalarias. 

Por olra parte, equitativa y concienzuda habrá sido mi dis- 
tribución de alabanza y vituperio, pues de ninguna de las per- 
sonas citadas he recibido quejas, y, lo que es mas signiScativo, 
mis adversarios políticos son cabalm«ite los que con mayor 
favor han acogido mi publicación, y los que con mayor pro- 
dlgalidad la han elogiado. 

Verdad es qne, bajo oiro punto de vista, la desgracia qne me 
ha cabido, como á vil é indigno folletista, de atacar conídiz 
éxito la codicia de la cdrte, me ha acarreado rencores supremos 
y bajos que no han hallado excusa en mis actos, en mis inteneio- ' 
Bes, principios, persona, ni en mis obras, habiendo quedada 
convicto de lesa-majestad y excomulgado en las renníonea 
electorales, prensa oficial y academia, por exigirlo así la segu- 
ridad general. 

Por no haber querido prescindir de mi individualidad y sa- 
crificar mi indómita independencia á partido alguno, ni siquie- 
ra al mió, me he visto solo conmigo mismo, aislado, sin mas 
defensa que mis servicios, mis principios y mi silencio. 

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PRÓLOGO. a 

Pero DO, no m« ho visto aislado, poes conmigo siempre ha- 
béis sido indalgentes, favorables y fieles en lodos mis cónica- 
tiempos, ó vosotros, lectores de todas clases y opiniones, qoe 
con avidez leísteis, comprasteis y agotasteis las repelidas edí- 
doaes de mi obra. 

Tú; querido público, de todos los jaeces el mas indepen- 
diente, como qne nadie pnede Torzarte á estimar ú odiar & nn 
hombre, ni á comprar ó leer por complacencia on libro coal- 
qniera; tú, á cnya reiterada aprobación debo qae se me haya 
tradacido al italiano, al inglés, al alemán y al espallol, y qoe 
viva de este modo en los idiomas cultos de la Europa junta- 
mente con mis oradores; tú, que, si no eres enteramente la 
posteridad, la comienzas, por la diversidad, imparcialidad, 
abundancia y constancia de tns votos; tú, esclarecido entre lo- 
dos los crfficos, si no en cada qdo de tus individuos en parti- 
cnlar, seguramente en el conjunto de estos, porque á la de lo- 
dos sapera la perspicacia de tn vista, la elevación de tu mira- 
da y lo dilatado del horizonte qne divisa; tú, que benigno 
perdonaste la flaqueza que tuve en mí libro de hablar de mí 
mismo en demasía y con excesivo favor, convencido de que, 
menos que la sed de ensalzarme, me acosaba el anhelo de jus- 
tificar mis juicios y principios; tú, qne nunca me censuraste, 
como los críticos, de modificar las lineas de mis figurantes, 
por deslizarse mi pincel cuando veia cambiar su fisonomía, ni 
por borrar algunos toques mas chocantes que chistosos y poco 
conformes con la noble severidad de la pintura histórica; tú, 
qoe me vengaste de la mezquina ojeriza de la corte con tu di- 
ligente celo en devorar diez y siete ediciones; tú, qne con nna 
generosidad que ambos te agradecemos, labraste la fortuna da 
mi editor y la de mí nombre. 

TlHOH. 



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C,q,-ZÍ-dbvGOOg[C 



DIVISIÓN DE LA MATERIA. 



La Etocaencia es á arle de comnover y coDreDcer. 

Esla defiDJcioD le aplica k todos los géneros de Elocaenda. 

Anle todo he procorcdo investigar las caiuaB qoo en cada 
pais coDstitoyeD la elocuencJa'peu'laiaenlaria, segnn el caric- 
1er de la nacíoD, la Índole de ia leogaa, las exigencias sociales 
y polilicas de la época y la fisonomía del aadilwio. 

£n segaida he expuesto los modos de improvisaron, lecta- 
ra y recilacion que emplean los oradores; 

Las profesiones qae predisponen & la elocuencia parlamen- 
laria; 

Las clasificaciones diversas de los oradores segnn las cuali- 
dades especiales de so inteligencia, su temperamento, guato y 
precedentes; 

El poder de la improvisación; 

Los auxiliares del orador, como el taquígrafo y la reseña de 
la sesión; 

La táctica general, ó lo concerniente á los osos y polémica 
de la oposición, mayoria y minislros; 

La táctica particaiar de los ministros de cada deparlamento; 

La dicción y el porte; 

Los preceptos generales del arte. 

También he querido comparar (wn la elocuencia parlamen- 
taria que forma el fondo de este libro, los demás géneros dife- 
rentes de elocuencia, tales como : la elocuencia de la prensa; 
la elocuencia del palpito , la elocuencia forense , la elocuencia 

c,q,ztíib,Coogle 



If UBBO DE LOS ORADORES. 

deliberalira de los consejos de estado, la elocuencia ofidal , la 
elocaencia al aire libre y la elocueocia militar. 

Las difereotes formas qne afecta la elocnencía son como 
otros tantos rayos qne convergeo , para iluminarla , hacia la 
elocuencia parlameotaria , la cual he pintado y observado du- 
rante cíDcuenta afios : bajo la Constituyente , en la persona de 
Hirabeau; bajo la ConTenciou, en la de Danlon; bajo el Direc- 
torio, el Consulado y el Imperio, en qne fué reemplazada por 
la elocuencia militar, en la persona de Napoleón; bajo la Res- 
tauración, época en que recobró su esplendor con los Manuel, 
B. Constanl, Villéle, Royer-Collard, Serré, Foy y Martignacj 
y bajo la Revolución de Julio , en la qne no brilla menos es- 
pléndida en la poderosa y animada palabra de los Berryér, 
Thiers, Guizot, Dnpin, Odilon Barrot, Lamartine. 

Preceptos y ejemplos, tal es lo que me ha parecido conve- 
niente reunir para dar á comprender bien la elocuencia , ea| 
cualquier tiempo ó lugar, cualesquiera que sean las personas í^ 
quienes se dirija y el asunto á qne ee aplique. { 

Este es el orden lógico que he adoptado en la composicim: 
del Libro DE LOS Okadobes. < 



c,q,zí<ib,Güogle 



PRIMERA PARTE. 



PRECEPTOS. 



LIBRO PRIMERO. 

DE LA ELOCUENCIA DE LA TRIBUNA. 



CAPÍTULO PRIMERO. 



Caatro cosas hay qne considerar en la elocnencia parla- 
mentaria: ei carácter de la nación, la índole de la lengua, loa 
mffliesteres políticos y sociales de la época, y la fisoDomia del 
andilorío. 

I. Si el carácter de la nación es taciinmc y frió como ú 
de los aaglo-americanos, difícil será conmoTerlos. ProTÍstos 
de infatigable paciencia, ni les cansa el excesivo hablar ni el 
excesiyo escncbar; y si es preciso permanecerán conlinaas ho- 
ras sentados al rededor de ana mesa para oir k na orador, ni 
mas ni menos qne si se tratase de fnmar 6 beber. 

Si, por el contrarío, el carácter de la nación es irritable y 
movedizo como el de los franceses, bastará tocarlos para qne 
se crean heridos, ó darles la menor palmada en el hombro para 
qne se vuelvan al momento. Los largos discnrsos fastidian y 



_iv,Coog[c 



a LIBRO 

800 insoportables k la viveza francesa, y cuaodo et francés se 
fastidia desocupa el paesto y se va; si asi no puede efec- 
luarlo, habla con el veciDO; y si no puede hablar, bosteza y 
daerme. 

11. En segundo lugar conviene no perder de vista la índo- 
le de la lengua. 

Si esta es acei'ba, silbante y algo desdeñosa como la inglesa, 
se prescindirá del estiló para atenerse al fondo de las cosas, sin 
que choquen las inversiones ni la cópala de las palabras. Si 
el genio peculiar de la lengua autoriza el snspender el sentido 
del discurso y trasportar al fin el verbo que rige toda la fra- 
se, quedará mas sostenida la atención del concurso. No habrá 
inconveniente en hacer uso de figuras comunes, máximas pro- 
verbiales, términos bajos y vulgares, con (al que sean expre- 
sivos; y lo que perderá el discurso en sobriedad y decoro, lo 
ganará en sinceridad y energía. 

Sí la lengua es pomposa y dulce como la española é italia- 
na, será la mira principal la sonoridad de los períodos 7 la 
cadencia armoniosa de las terminaciones. En los pueblos cuya 
organización es musical se necesita halagar el oído no menos 
que iiominar el alma. 
« Pero si la lengua es noble, elegante, delicada, correcta, 
brufíida, Olosófica como la francesa, serán indispensables para 
hablar en público repetidos ensayos y hábito cimtinuo. Si el 
modo de perorar fuese lento ó flojo , la ciHisecuencia natural 
swá la monotonía, si la dicción fuese precipitada es exceso, 
la pronunciación será forzosamente embrollada y confusa. De- 
bes evitarse las palabras campanudas, los epiletne parásitos 
qoe w oponen á la efnsíon del pensamiento y estorban la Bai- 
dezdel discurso; no hay que olvidar que la inteügeocía da 
QiM asamblea francesa es tan viva, que coge al vuelo el sentido 
de una frase cuando no está concluida, y que adivina la inten- 
ción antes que esté concebida; tan delicada que la repugnan 
las repeticiones, por mas gala que ostenten los sínóniuKs; tan 
pura que la lasüma el menor neologismo, á no tmadra de 
na nodo brillante ó no resulta irresistiblemente de la sitaaciott 
de las cosas. 



Cqi-ZÍ-dbvCOOgk' 



DB LOS ORADOBBS. n 

m. La época en que se habla es lo tercero qae bay que 
eoDsJderar. 

Al tratarse de la demolJcJúD de un orden de cosas cadaco y 
qne por do quier se desploma, cuando la opinión ruge y ame- 
nau alrededor de la asamblea nacional, cuando peligran la 
patria, la libertad, la constitución, entonces remonta su vuelo 
el discurso, se ensancha la expresión al paso que se anima y 
enfurece, y el desorden apasionado de los sentimientos é idea» 
constitnye la elocuencia mas persuasiva y poderosa. El aadi- 
terio al orador se une, con él se indigua ó se apiada, se subie- 
ra 6 apacigua, para volver de nuevo á la indignación 6 la cal- 
ma. La violencia de los términos, lo hinchado de las prosopo- 
peyas, la ira y el arrebato de los movimientos oratorios, se 
disimulan y desaparecen en la grandeza fatal é imponente de la 
situación. Estonces los partidos prestos k acometerse, obran 
mas que escuchan, pugnan mas que discuten. Entonces la 
safia dirige los golpes y no el arle, y cuando una cabeza de- 
prade del éxito de una arenga, no hay humor de pulimentar 
las frases, ni se estudia la manera de caer con gracia, como el 
gladiador en la arena, bajo la cuchilla enemiga. 

Tal fué la elocuencia revolucionaria, que no debemos juzgar 
en el dia por las regias del gusto ni examinar con fría razón, 
sino atender k lo agitado de la época, k las trasformaciones 
extraordinarias de la opinión, á los mortales enconos de los 
partidos, k las reacciones del exterior, la exallacion de los áni- 
mos, lo nuevo é imponente de los acontecimientos, los inmi- 
nentes peligros de la patria. 

Pero cuando tranquila es la época, cuando no se halla agol- 
pado en las fronteras el enemigo, cuando reina en la ciudad 
la abundancia y la alegría, cuando no se diezman entre si los 
partidos para arrancarse el mando y la victoria, cuando se 
solH^ta ser diputado, no como puesto de peligro, sino como 
rica explotación de honra y lucro, cuando la lucha tan solo 
eitriba en los principios y el derecho, entonces el recurso & 
estos medios violentos y figuras declamatorias seria cuando 
menos ridiculo, puesno seria necesario ni natural, y encon- 
traría helados á los que eran de fuego, y baria reir & los que 

c,q,zí<ib,Coogle 



W ■ UBRO 

antes bacia llorar. Ed cada época cuadra so elocnencia propia. 

IV. Otra condicioD y la cuarla que requiere el discnreo es 
considerar aote quieo se emite. 

Ed efeclo, no hay que pensar en decir en ana cámara lo que 
BB diria al pueblo. Este apetece los ademanes eipresivos qae 
ee aperciben de lejos y por cima de las cabezas de la multitud. 
DO raeDos qne las voces acaloradas y vibrantes. Asi con él hay 
qae ser natural y no andar con muecas ni ardides. Si el ora- 
dor popular siente humedecerse sus ojos, no debe contener las 
lágrimas que se asoman; si sn pecho hierve de ÍDdignaciOD, 
déjela estallar. El orador popular debe ser verdadero, ba- 
llicioso, patético, preguDlar y responder, y volver á pre- 
guntar; DO cuidarse del enlace de las palabras, sino de las 
ideas, ó por mejor decir, ai de uno dI de otro, pues la pasión 
posee una lógica mas condensada é irresistible que el racio- 
cinio. Figuras sorprendentes, agilacioDes rápidas , mezcla- 
das de cierta pausa, tal es la elocnencia que conviene á Ja 
multitud de todas las naciones. En Francia, pais fisgón, no 
eslá de mas agregar una dosis ligera de ironía fina 6 amarga. 

El pueblo no comprende una argnmenlacion descarnada 6 
metafisicamente sutil, y eicusado es abrnmar su inteligencia 
procurando descubrir los vínculos abstractos que ligan entre 
si dos silogismos. Asi debe evitar sobre todo el orador popular 
que su pensamiento quede, por decirlo asi, despellejado, en tér* 
minos que puedan contarse los músculos, tendones y huesos; 
sino al contrario cubrirlo de carne, comnnicarle movimiento. 
Vida, color, gracejo, y hacet- -qne en él lata y se sienta la 
vida. 

No hay nada que halague tanto la imaginación del pueblo 
como las figuras, nada que tanto cuadre con su genio como los 
movimientos de la pasión. Conviene hablarle de patria, de 
justicia, de libertad, si se quiere ser comprendido, que se inun- 
de su rostro, que el corazón simpatice con el orador. ¡La pa- 
trial es casi siempre el único bien que posee. ¡La jasticial la 
desea para los demás, pues la quiere para si. ¡La libertad! es 
sn necesidad, su derecho, su fnerza, el medio pu'a entrar al- 
gún día en posesión del imperio de la tierra. St, el pueblo va- 

c,q,zí<ib,Coogle 



DE LOS ORADORES. » 

le mas qne los qae lo calamnian. Si se exlrayia y corre al 
abismo, se corre tras de él. se le pone un freno en la boca y 
signe dócil á sn conduclor; si se le dice: no mnrmnres, se ca- 
lla; bacesmal, responde, es cierto; no debes escuchar mas qne 
la razón, y la escacha; no debes vengarte, y envaina la espada; 
debes combatir y morir por la patria, y combate y mnere. 

Has DO sDCede lo mismo con nna asamblea de hombrea 
gastados, no solo en lo locante á las agitaciones del alma, sino 
ignalmenle en lo relativo á los goces del ánimo y de los sen- 
tidos, caya mayor parle ha servido gobiernos diversos, pres- 
tado mas de un juramento y corrido mucbas fortunas; entes 
en verdad desveolarados que perdieron las ilnsiones delaju- 
ventad, de la virtnd y la libertad, entes de corazón marchito 
y de vida exhausta. Los que poseen muchas riquezas se ven 
atormentados, menos por el deseo de acrecentarlas, que por 
el de perderlas; los que tienen empleos quieren conservarlos; 
los que no los tienen corren en basca de ellos. En tal disposi- . 
don de ¿nimo los que dirigen la asamblea tienen tan solo 
tres resortes que locar: el egoísmo , la codicia y el miedo; y 
con estos Ires resortes mueven á sa antojo tantos miseros mn- 
fiecos. En su comedia parlamentaria todos los papeles están ya 
coavenidos y distribuidos de antemano, y el apuntador se 
halla en sn debido lugar. Consta anticipadamente quien saldrá 
& la escena, lo que se dirá, lo que será omitido, eludido, y 
-basta decidido. Conviénese de nna y otra parle las palabras que 
hay qoe decir, anotados son los votos, y hecho el escrutinio por 
los empresarios, mucho antes que resuenen en la urna las bo- 
las y caiga el telón. 

Hay qne decirlo sin rodeos: los ademanes y actitudes de los 
sofistas, y la sonora y amplificada belleza de sus frases, no 
tienen mas resultado que lisonjear noeslra vanidad lilera- 
lia, y halagar nuestra vista y oido. No admite dada qne ana 
bella arenga que en poco ó nada puede influir en opiniones ya 
fumadas, podrá tal vez atraer las opiniones flotantes de un 
partido; pero es dudoso qne el mismo efecto produzca nna ar- 
gumentación sutil, nna palabra chistosa, un número inespera- 
do. Los dialécticos y losmailosos amonlonadores de guarismos 

■C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



n UBRO 

DO tieaen mas efecto ea naeslras asambleas qne los oradores, 
de los cuales cada ano se desconfía y se precave como si fae- 
sen bechlceros. 

La elocaeocia no ejerce toda su acción, sn acción fuerte, 
simpática y persuasiva sino sobre el pueblo. Véase O'Connell, 
el mayor, el único orador de los tiempos modernos. {Qué colo- 
so! ¡cómo se eleva á toda su altura! ¡Cómo domina su voz de 
trueno las olas de la mnltitndl Yo do soy irlandés, ni jam&B 
he visto á O'CoDnell, ni conozco su lengua, y sin embargo, ú 
lo oyese, me parece que to comprendería. ¡¡A. qué debe atri- 
buirse que, mas qne todo lo qne he oído en mi pais, me con- 
muevan sus arengas mal traducidas en nuestro idioma, desco- 
loridas, truncadas, despojadas del prestigio del estilo, de Is 
voz y el gesto? A que en nada se asemqau á nuestra retórica 
atormentada por la perífrasis; á que el orador irlandés inspira 
la pasión, la verdadera pasión, la pasión que puede decirlo to- 
do, y todo lo dice en efecto; á que me arranca de la orilla, 
rueda conmigo y me arrastra ea so torrente; á que cuando ae 
estremece yo me estremezco, cuando se aoilora yo me siento 
arder, cuando llora se asoma el llanto á mis ojos, coando ex- 
bala ayes su alma se enajena la mía; & que ea fin me arrebata 
en su vuelo y me sostiene en los santos trasportes de liber- 
tad. Bajo la impresioD de sn admirable elocuencia, abomino y 
detesto coa implacable sa&a los tiranos deesa infeliz comarca; 
y, como si fuese conciudadano de O'Connell, llego á amar á la 
verde Irlanda casi tanto como á mi patria. 

¿Pero, qué podría hacer ese mismo O'Connell en nuestras 
asambleas de empleados asalariados? En el momento de enter- 
necerse, sentirían estos que les tiran del faldón del frac, y ve- 
rían acudir sus esposas afligidas con la cuenta de la modista, 
el casero con la del alquila, el fondista con la de la comida, y 
los maestros con el trimestre de la pensión de sus hijos. ¿Qué 
efecto puede tener la elocuencia en gentes que firman recibos 
al estado? ¿Qué orador puede hacer impresión en esos dipola- 
dos estipendiados que lanzarán con toda la fuerza de sus pul- 
mones este grito heroico: «No se nos arrancará nuestro suel- 
do sino con la vida?» 



L;,q,-z.= bvCoOgk' 



DE LOS OBADORBS. 



CAPÍTULO II. 

De loa diverBosiuDduB de discurrir. 



Hay tres clases de oradores: los que improvisan sin saber lo 
que van & decir, loa qne recilaa lo qae aprendieron, y los qoe 
leen lo que bao escrito. 

I. Los improvisadores descDellan en el exordio, y saben 
bÍBU por donde deben comenzar, si bien se ven apurados para 
caieloir. Gonducidoa por el hilo de su discurso, recorren pra- 
dos, bosqnes, ciudades, moutafias, sin acerlar k echar ú ha- 
cora ni abordar en puerto alguno. Esia clase de oradores acu- 
mulan peroraciones, rara vez bay menos de cuatro; pero, bajo 
el punto de vista oratorio, ¿cnál es el fin de estos fines? Teme- 
rosos de caer, se agarran á la barandilla de la tribuna, y se 
detienen en cada escalón; pero á menudo sucede qoe recalan 
ó pierdes el equilibrio en el úliimo. 

Guando estás hinchados del viento de la improvisación, se 
parecen á esos globos lisos, ruidosos y elásticos qae sucesiva- 
mente suben y bajan reOejando los rayos del sol; pero desde 
que lúerdea el viento qae los llena, se vuelven un pdlejo aplas- 
tado y arrugado que se arroja á un rincón. 

U. El recitador no mira á la asamblea, sino que ge relira y 
eODceub'a en si mismo, alojándose en las estancias de su cere- 
bro, en el cual todas las frases se hallan convenientemente dis- 
Iribaidas, insta que (onvoca mentalmente, y qne da á luz una 
después de otra. 

A veces el recitador procede por arranques y habla de pñ- 
8a, pues teme que se deshilen y Caigan las cuentas de su rosa- 
ño; otras veces, al contrario, se para como por descuido, para 
hacer creer que busca las palabras y que no las encuentra con 
tanta celeridad como quisiera, aunque exielau ya en su me- 
moria bien limadas y encadenadas tal vez ana semana antes; 
pero lo pulido de los períodos, lo afecto de los giros, la tra- 
ma entera del discurso, muestran que afectados son los esfuer- 
zos iy)veBte3 de aa memoria. 



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H LIBRO 

No hay qne decir al recitador: Mire T. que se le cae el pa- 
fiuelo del boUillo; pues, al volverse, romperla el hilo de su ora- 
ción, y, eo este caso, icÁmo podría cogerlo de nnevo? Si llega 
á conseguirlo, lo anuda hien 6 mal, y la casualidad ol»'a. Las 
personas nerviosas de la asamblea se hallan en ascaas, rece- 
lando qae á lo mejor del camino tropiece el orador, peligro que 
gimp&licamenté las desazona. El taquígrafo, situado en la par- 
le inferior de la tribuna, con la pluma en la mano, no sabe ú 
debeagnardar el depósito del manuscrito, ó correr tras el rá- 
pido orador. 

El recitador tiene el ojo apagado, el caello tieso, el geito 
falso. No se atreve á interrumpir, no sea que le repliquen; ni 
h replicar, do sea que se interrumpa. Ese dios interior, ese dios 
de la Pitonisa que oprime y qne agita, no lo siente en si. Su 
elocuencia es bija de la memoria, y no de la invención; es hom- 
bre del pasado, mientras el orador debe ser hombre del mo- 
mento; producto del arte, no de la naturaleza, cómico que no 
quiere pasar por tal y que es su propio apuntador; ente falaz 
que finge la verdad, simula el enajenamiento, y consigne á 
menodo engañar al público, á la cámara, al taquígrafo y & 8i 
mismo. 

III. Los lectores son gentes que proceden con pansa, qne 
tosen, escapen, eslorondan, ponen sus anteojos en el mármol 
de la tribuna, y limpian los vidrios con el pico del pañuelo. 
También tienen sus mañas: su manuscrito es muy compacto, 
y engaña al piiblico, que no sospecha la inmensa materia qne 
contienen las pocas páginas que divisa, y se sorprende al ver que 
no vnelve el lector la hoja de sn manuscrito, semejante á un re- 
loj cuyo minutero permanece inmóvil. 

Los lectores se ponen el papel delante de la boca, de modo 
que el sonido de sn voz repercutido llega mal al auditorio. Uft 
lector, coya voz no es clara y vibran te es enteramente ininte- 
ligible. Si es alsaciano, habla con el fondo de la garganta; si 
gascón, con él borde de los labios; si es de Paris, esfuerza y 
pronuncia de no modo graso la v; si es normando ganguea. 

Cnando el lector es difuso en demasía, fastidia; si peca por 
el exceso contrario, con dificultad se le sigue. Cierto desaUDo 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ORADORES. W 

DO va mal á la tríbana, la Degligencia gusta í veces, y do es 
Recesarlo qué ud «rador esté siempre bien acepillado, Teslido 
CDD ropa domingaera, y pueaio de los veinle y cinco alfileres. 
¡Qué patética elocueDcia la que procede de los puntes de ei- 
damaeion anotados de antemano en el papel! ¡Qué vehemen- 
te, qué arrastrador es el lenguaje de un hombre que se apa- 
siona, ó se indigna y falmina, é se enternece y llora .en la 
qflinla palabra de la tercera linea del sexto párrafo de la déci- 
ma páginal jQué elocuencia tan dincill ¥ sobre lodo ¡qué na- 
tural I 

Por último, cuando el lector recita su manuscrito, cada uno 
de los oyentes se dice: «Todo esto es muy hermoso, segura- 
mente muy hermoso, pero do válela pena de que lo escuche, 
pues maíiana podré leerlo descansadamente en el Monitor. 

Cuando veo á los lectores de la oposición y ¿los del mi- 
nisterio que salen de derecha á izquierda con dirección á la 
tribuna, cada uno con sd manuscrito en la mano, me parece 
ver dos ejércitos que arrastran paralelameule so artillería, por 
las márgenes opuestas de un rio, sin poder llegar á encontrar- 
se. Ambos se causan refutando los argumentos qne nadie tal 
vez les hará, al paso que no preven los que se les objetará. 
Ignoran qae, desde la vispera, ha cambiado de teatro la guer- 
ra, y se pierden en caminos desconocidos y cubiertos de ma- 
lezas, en que basta el menor galopín del ejército enemigo para 
constituirlos (M'isioaeros. Para hacerles perder los estribos bas- 
ta la menor arma arrojadiza de un improvisador algo diestro 
ea el tiro, pues se asemejan á esos antiguos paladines inmóvi- 
les y con fiereza plantados sobre so palafrén; pero que daban 
en tierra si mientras que cabalgaban majestuosamente, algún 
p^e maliguo lir^ de la cola del cuadrúpedo noble y espaa- 
tadizo, que se empinaba y se encabritaba arrojando á su mag- 
nifico caíiallero. 



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CAPITULO III. 

Del poder de la ImptoTiaftcioD. 
Ciiliiauiti iú BÍiH iiailt. 

El poder de la impronsacion procede de qae está siempre 
presto el improTÍsador para toda clase de situación. Uq disciu*- 
so escrito paede ser recitado indiferealemenle en el parlameo- 
to, en QD estrado, en ana academia, en un banquete; mientras 
qae la improvisacioD cuadra solo en un momento dado, y ea 
presencia de cierto auditorio. Cierto desaliño en el orador !• 
vaeWe mas natural, y los oyentes acogen con indulgencia un 
hombre que no se prepara para hablarles, ni procera sorpreo- 
derlos. Si gesticula con violencia, si sus ojos chispean, si sn 
palabra se halla preOada de llamas y torbellinos, es porque la 
misma asamblea ío inspira. Si en un punto es prolijo y difuso 
en demasía, y seco y quebrado en otro, es porque aparente- 
mente quiere la asamblea que sea laoinico en tal materia é in- 
sisla en otras. Asi no hay que juzgarlo según las reglas y mé- 
todo de un discurso escrito y premeditado; en otros lérmiDOs, 
hay que oirlo y no leerlo. 

En efecto, para emitir un fallo adecuado sobre el improvi- 
sador, no hay que leerla, 6 bien, a) leerlo figurarse colocado 
en los bancos de los oyentes, cuyos pensamientos eipresa, cu- 
yas pasiones respira, coyas voluntades declara. Hay vida en 
BU palabra, porque hay realidad; hay fuerza, porqne la saca 
de cnanto le rodea; hay oportunidad, porque habla á hombres 
del momento. Seguramente no será de hielo si fogoso es el au- 
ditorio, ni vehemente si lleno de calma; ni remontará audaz sh 
vuelo, si la asamblea camina tranquila en el llano; pero sabrá 
identificarse con ella, graduar su paso según el suyo, siguién- 
dola hasta que consiga domefiarla, subyugarla, encadenarla, y 
hasta que, poniéndose á su frente, la conduzca y precipite en 
sus propias vias. 

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DB LOS ORADORES. » 

El alma del improvisador responde al alma del aadilono; 
ambas se huan, se mezclan, se confunden. El improvisador 
snbe y baja, tiende la mano al auditorio, el cual le liende igual* 
mente la saya, lo secunda, lo ayuda maquínalmenle en cierto 
modo, busca con él las palabras que no le acuden, lo pica con 
sn aguijón, lo hostiga y anima con sa soplo, como un jinete 
anima con su resuello al fogoso bridón. Ambos hacen el mis- 
mo camino, ambos llegan al mismo fin, y á cada alio, á cada 
paso , descubren no nuevo horizonte, un efecto inesperado, 
nueva agitación, nueva palpitación, naeva gracia. 

Nunca sabe et improvisador lo que va á decir, y aun menos 
cómo lo dirá; ebrio de confianza deja la playa y se precipita 
en las aguas, desplegando sn vela de púrpura, y sostenido en 
los brazos del aadilorio, lodos tos corazones palpitan por él 
desde la rib^a. 

No ae puede decir otro tanto de esos falsos oradores de tri- 
twBa, de esos habladores por escrito, que carecen á la vez de 
espontaneidad, memoria, pulmón y enlrafias; que do podiendo 
cMimover al auditorio se esfuerzan enando menos en agradar- 
le, y qne para encarecer sus discarsos hablados, y mantener- 
los i una distancia respelnosa, necesitan estar adornados, y 
mu qae adornados, acicalados y engalanados como un para- 
ninfo, perfumados, cargados de afeites, de arreos y perifollos, 
con el anillo en el dedo y encajes en la manga. Estos tales quie- 
ran hacer brillar á los ojos de los espectadores el centelleo del 
utilesis, se hindian y espuman, acumulan pintaras, desdeñan 
la sencillez de la idea y el donaire natural de la locución, y se 
esfuerzan en que cada terminación sea una pincelada y cada 
reflexión un asioma. Tddos estos ramilletes vistosos, esos pe- 
nachos laminosos me dejan frió y mudo, cansándome poca sor- 
pesa y DÍQgana admiración esos cohetes voladores y gavillas 
centellantes que eclipsan las estrellas del cíelo, y se desvane- 
cen en la oscuridad de la noche. 



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CAPlTDlO IV. 

Da las profealoneB que predUponeD i la elocuenala parlamentuia. 

Hay CD el audUorio parlamenlario, tao vasto y tan variado, 
profesiones que predisponen parlicniarmente al arte oratorio. 

No creo que se me vitupere de azuzar á las diversas clasea 
de la sociedad nnas contra otras, al afirmar qoe tos diputados 
coyas lenguas vibraa con mas continuidad y fluidez son las de 
los abogados, profesores y militares. 

I. Los abogados hablan por qníen lo qniere, tanto como se 
quiere, y sobre la materia que se qniere; sn oido es fino, y sí 
se les interrumpe, lejos de apurarse, encuentran ocasión y fa- 
cundia en la réplica. La costumbre de sostener alternativa- 
mente el pro y él contra, la verdad y lo que no lo es, tuerce en 
juicio. Después de haber luchado con un miaíslro, consignen 
derribarlo, maltratarlo y pisotearlo; y cuando pasan al lado de 
so victima, magullada aun de su calda y de los golpes redbi- 
dos, se les ve erguidos y risuefios, darle la mano y hablarse 
como los mejores amigos, Semejantes procederes dejan tklóai- 
tos á los forasteros délos departamentos, encaramados en los 
altos asientos de las tribunas públicas, que se pregontau entre 
si cómo es posible reconciliarse tan fácilmente con on hombre 
qoe se ha llenado de improperios, y si lo que ven no es nna 
pura comedia. 

Los abogados son muy calurosos de lengua y frios de cora- 
son, tercos, quisquillosos é ioraligables hilvanadores de pa- 
labras, enemigos de la lógica, porque esta corre recta á un 
término, y tienen grande interés en alejarse de este; fogosos al 
partir, hacen en un instante medía jornada, hasta que se sofo- 
can y caen sin aliento. 

Los grandes oradores, semejantes á las águilas que remon- 
Ua su vuelo y se ciernen en la región de las nubes, se man- 
tienen en la atla esfera de los principios; pero el vulgo de los 
abogados rasa la tierra, como las golondrinas, hacen mil vael- 



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DE LOS ORIDORES. M 

las y revaelEas, pasan y se escarren coDtlBDamenle, y atolón- 
tiran con el raido de sdb alas. 

n. Los profesores, mas bien qne la pideo, se apoderan coo 
aalorídad de la palabra, y tratan la cámara como si fuese ana 
t^ase de estodíantes, comenzando por colocar en la barandilla 
de la tribana sq birrete, y los secrelfu'ios de la asamblea han 
sorprendido algunos al tiempo qne sacaban de sa sotana la 
palineta y las disciplíDas. En general son vanos, sutiles, alta- 
neros, secos, imperiosos, extravagantes, sofistas, dogmáticos, 
dolados del don de la palabra, y pagados de si mismos. Poco 
se preocupan de lo qne se les objeta 6 responde, sino de lo qne 
ellos mismos dicen; y parece qne se afanan en forzar, no 
convencer, é imponer la verdad, no en persuadirla, pnes po- 
seen la rigidez de los métodos y el despotismo de los axiomas. 
Pero como en general la nombradla de qne gozan les vale ser 
diputados, están por lo común provistos de una inteligencia 
saperíor, docta, profunda, ingeniosa, y en ciertas ocasiones 
divertida ó fnuy fastidiosa. 

La dominación de los abogados y profesores ba esparcido en 
la elpcaencia parlamentaria la languidez de una solemne mo- 
nolonia; y si bien ha podido ganar en número, dignidad, fac- 
tara y método, lo ba perdido en precisión, gracia, calor, na- 
loralidad, verdad, colorido y originalidad. Sujetos á las formas 
de SQ estado y estorbados por estas, los profesores y abogados 
carecen de fisonomia propia, todos sus discursos parecen va- 
dados en el mismo molde; y sea cual fuere el asunto, y exija 
el laconismo ó la prolijidad, no dejarán de hablar dorante una 
hora á lo menos; pnes los profesores se figuran disertar delan- 
te de sus discipnlos, coya clase dura una hora, y los abogados 
creen que peroran y se agitan en presencia de sus clientes que 
so quieren que sa defensa dure menos de este espacio de 
tiempo, aonqne la cosa preste apenas materia á dos minutos, 
enfadándose muy seriamente y considerándose frustrados si 
la cosa pasase de otra manera; y en consecuencia vuelcan el 
reloj de arena, y mientras qne se escurre esta, vibran conti- 
nnamente sus lenguas, que detienen de repente con el último 
grano que mide la hora exacta. 

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ai uiRo 

II. LoB lógicos de la tribana, qoe conviene no confondir 
con los de la prensa, deben ser mas abnodanfes qne coociaos, 
mas apremiantes y eficaces qne tapidos en la trama de sos 
discursos, sin olvidar qne la atención de una asamblea es cor- 
ta y ligera. En efecto, si el orador resnme en demasía sn ar- 
gnmentacioD, no es comprendido por el anditorío; si es prolijo, 
cansa; si aguza demasiado la punta de la argumentación, in- 
curre en la sutileza; sí procede segnn el método silogístico, se 
hace pesado é iodigeslo; si tan solo deja ver las ñbras y teodo- 
nes de una proposición, sin carne ni colorido, será repugnante 
y cadavérico; si en los desnudos razonamientos no filtra un 
rayo de luz, seríii estos mismos razonamientos lóbregos y 
nebulosos. Y efectivamente la oscuridad es el escollo de los 
lógicos. 

ni. Los patéticos deben allemaüvamenle elevar y bajar m 
vuelo, olvidarse á sí mismos, ó á lo menos parecer olvidarse; 
dar á entender que, como á pesar snyo, se ven arrastrados por 
la fuerza de la situación, ó por ana agitación interior queloi 
domefia y arrebata; suspender de cuando en cuando el discar- 
so para tomar aliento, dar solo impulso á las cnerdas mu 
dulces del alma, y mantener la asamblea en un estado de 
suave conmoción y, por decirlo así, de éxtasis húmedo; pero si 
se prolonga este estado no tarda el enfriamiento en suceder á 
la dulce agitación, y la risa & las lágrimas. En general los 
patéticos degeneran con facilidad en el sentimentalismo hueco 
y declamatorio. 

IV. Los malignos, conlínnamente ocupados en aguzar la 
punta de sus flechas, y ponerles & cada lado plumas r&pídas y 
ligeras para que alcancen con mayor facilidad al objeto á qQe 
se disparan, desbaratan de un paiúrotazo un discurso cata- 
pLexo trabajosamente andamiado, y la saeta lanzada por estos 
enanos al pasaje sensible de un coloso lo derriba en tierra. 
Gaando las alusiones son finas y delicadas, causan una sorpre- 
sa agradable, y el placer de adivinarlas vuelve cómplice á mas 
de un miembro del auditorio. Guando son penetrantes y pro- 
fundas, dejan á veces el aguijón en la llaga y cansan la moer- 
te. Pero lo mas general es que irriten tanto á los vulnerados 



L;,q,-z.= bvCoOgk' 



DE LOS OaiDORES. 81 

wmo á los TnlaeranleB que temen por si, y entonces yerran 
^ golpe. Los malignos son mny propensos á la perioaalidad. 

Independienlamenle de lo& citados, hay los economislas, júna- 
las, especialistas, aocialialas, reglamentarios, generalizadores, 
fraseólogos, y además los interruptores de qnienea me ohtdaba. 

V. Hay economistas qne hacen las cosas en grande y que 
de mil millones retulirán ochocientos , aunqne se .lleve la 
trampa la justicia, el ejército, marina, camíDos, canales, ad- 
mioistracion y servidos públicos. Los hay también que, pro- 
cediendo de nn modo mas parsimonioso, quieren cercenar sie- 
te francos cincuenta céntimos de nn sueldo de veinte mil fran* 
COS. Hay economislas mariscales de campo que opinan que 
los primeros presidentes reciben un sueldo excesivo, y econo- 
mistas primeros presidentes que encuentran muy subidos los de 
los mariscales de campo. Algunos agrupan las cifras de un mo- 
do taB ingenioso, que dan á entender que hay sobrante cuan- 
do en realidad hay déficit, hacen creer á la nación que paga 
sus deudas cnando contrae empréstitos, y que se enriquece 
cuando se arruina. Hay economislas vinicolas que propaluí 
que es intolerable el impaesto &i los vinos, mienti'as que el de 
la sal es tan ligero y tan fácil de percibir; y economistas sali- 
nos que abogan por la anulación del impuesto de la sal, aten- 
dido á qne rigorosamente puede prescindir la humanidad de 
Tino, mas no de sal. Ciertos economistas acceden gustosos & 
qne se aomenle la contribución territorial, pues no tienen 
tierras, con tal qne no se reduzcan las rentas, porque de ellas 
gozan. Los hay que se dejarán hacer pedazos antes que con- 
sentir en volar los fondos para la reparación de un camino real 
por el cnal nunca transitan, pero qne solicitarán con nn celo 
masque patriótico el ensanche del empedrado de un camino ve- 
cinal, qne atraviesa sus dominios. Por último, hay economistas, 
y estos son los buenos, los cuales opinan que los impuestos de- 
ben pesar sobre el rico, y no sobre el pobre; que han de prefe- 
rirse los gastos productivos á los improductivos, los intereses 
generales á los particulares, los distritos á los vecindarios, los 
departamentos á los distritos, y la Francia á los departamentos. 

VI. Los juristas deciden por el derecho civil lo qne es de 
ttmo L I 

c,q,zí<ib,Coogle 



» UBRO 

derecho politíco, y consideran nulas las medidas mas nrgmles 
y salndables , si no se hallan extendidas y formaiadas segon 
las reglas del prooedimienlo. Por mas absorda, bárbara é in- 
comprensible qne sea nna peo», opinan qne debe aplicarse con 
todo rigor desde el- momento que la pena exista , aooqae sea 
esta el palo 6 el tormento. Esclavos mas bies que subditos de la 
ley, inclinan su cuello ante el poder de los textos. Para ellos lo 
qne está escrito, está escrito, y lo escrito está vigente, sin qoe- 
rer pasar de ahi. Por ana sutil interpretación de palabras de- 
rivan la competencia de la misma incompetencia, y descalH'i- 
r¿D no sentido oculto cuando solo existe uno patente, incompa- 
libilidadee donde no hay mas que concordancias, y paridades 
donde solo existen antinomias. Asi dirán que la Carta de 1 830, 
qne quiere la libertad de imprenta, eslá en armonía con las le- 
yes de la Restauración qne admitía la censura , y demostrarán 
sQ aserción con magníficos argnmenlos sacados de las leyes 
del decemviro Apio; y no hay que apararlos coa cnesliones, 
pnes son capaces de demostrar de un modo perenlorio qne el 
código griego de Teodosio jaslifica la revolución de jnlio. Es- 
plritns secos, áridos y falsos, se doblan bajo el peso de la letra 
muerta, temiendo elevarse á su inteligencia ; sordos á la voz 
de la conciencia, inmolan el fondo á la forma , el derecho al 
procedimienlo, y la hnmanidad á oa axioma. 

VII. Los especlalislas son útilísimos, á la cámara, y los 
i&nicos qut eo el mayor niimero de circunstancias saben bien 
lo que dicen, y se enuncian bien ; pero importa que el afán de 
brillar no los Impela á hablar mas de lo necesario y mas de lo 
qne realmente saben ; ni tampoco qne por orgullo se figuren 
que nada saben los demás en la materia de sn competencia, 
como igualmente que no recurran por afectación al lengnaje 
técnico en lugar del natural, y por sistema sustituyan á laefr- 
seQanza admitida y experimental de la ciencia, los partos ca- 
lenturientos de sus sesos. 

VIH. Los socialistas, gente sensual , regalona y voluptuo- 
sa, habitan mentalmente mas allá de la región de las nnbw, 
y desde alti, al través de nna óptica halagDeSa, divisas 
una sociedad fresca, rozagante, sonrosada, buena, inocente, 

C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS OflADORES. 36 

celmadaí de bjenefi, risueOa, volaptaosa, wa Teslidos de fiesta 
y palabras llenaa de ternura y poesia; sociedad eocaoladora y 
Ud(o mas fácil de fondarse caaoto que no tiay necesidad de 
iaber bajo qné grado de latitud vivirá, siéndola al parecer in- 
diferente el frió y el calor; como tampoco la forma de gobierno, 
pues lan conforme se halla el gran Mogol como el presídale 
de tos Eslados-Unidos con admitir las visiones hamanilarias 
de los socialistas. 

Nosotros estamos prontos á admitir las ideas de estoa, cuan- 
do nos hayan presentado so plan, sos medios de ejecución, y 
si caentan con criainras humanas; y como i todo esto no pue- 
den responder cómodamente desde all& arriba, les suplicamos 
que bajen de las nubes, y voigan á pisar la tierra por algún 
tiempo. 

IX. Los reglamentarios ínvocao como leyes, y aun como 
superiores á las leyes y al sentido comaij, los precedentes ca- 
jffichosos de tas secciones y salas de conferencias, y porque la 
cámara ba incurrido en una, dos, tres, ó cuatro sandeces, sos- 
tieoen qne debe cometer nna quinta ; y en consecuencia re- 
coerdan con toda la satisfacción de una feliz memoria, que en 
tal día de tal afio , tat presidente de tal sesión se caló el som- 
brero de tal ó cual modo, ó bien qae empezó el llamamiento 
nominal por ta letra a y no por la letra y, lo que por cierto es 
swprendenle. Poco les importa qne se viole la carta 6 que el 
miaisterio invada el santuario de ta legalidad , si no ba sido 
ooofiado á su custodia. Pero si, sin notarlo, da el presidente la 
palabra á on miembro después de haberla prometido á otro, 
los reglamentarios se agitan eo sas bancos , se enfareceo , se 
hallan foera de si, é- interpelarán con el pallo y toda la 
foerza de sus pnlmones, clamando que es nn escándalo, sin 
observar que ellos mismos y no otros lo causan. Dispataráa 
con tesón y á porfia durante horas enteras, y con increíble ler- 
qued^, sobre lo que hubiera debido contener el reglamento, 
ao«rca de la importancia mayor de una silaba , un punto , nn 
acento, una coma; y se sentarán por último cansados, cubier- 
tos de sudor y áa aliento, sin que haya dado an paso la dis- 
CHÍon y sin haberse comprendido á sf mismos. 

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3t UIBO 

X. Loa fraseólogos solo apetec«i la melodia del díacarso, 
esmallan lodos los temas con las flores de sd prosa , y dan & 
sns palabras toda la modulación posible , acomodándolas á sa 
intento. Asi ahaecao la voz y recargan las palabras para qae 
imite el redoUe del tambor; la lanzan á lodo Tuelo para cpie 
repiqoe como la campana mayor de nna catedral ; la recortan 
y disponen con simetría para que todas sns notas se entrecho- 
qaeny suenen como campanillas; laslabran y abrillantan como 
el lapidario sns diamantes; saltan peregrinamente de nna anli- 
lesís á otra, se miran ufanos en nna figura de retórica, y se 
confunden en la inmensa pompa de un periodo. 

£1 fraseólogo poca atención presta al raciocinio. Desprovisto 
de ideas, pero relleno de palabras, conoce el origen de las vo- 
ces, sus sinónimos y derivados en las veinte y cuatro letras 
del alfabeto, y sabe perfectamente el supino y gerundio de ca- 
da verbo. Su estilo esmerado en su compostura, ostenta el oro 
y las perlas ; acicalado y melindroso parece an figurín de la 
última moda. En nna palabra, es el petimetre presumido de la 
gramática. 

A la hora de anochecer, saluda misteriosamente el fraseólo* 
go i sus amigos, despide á su mujer é hijos, se encierra en so 
aposento y pasa el cerrojo. Alli, & la loz de dos bajías cayo 
escaso resplandor parece aumentar el silencio , bace el ensayo 
general de su discurso; dispone simétricamente sus frases co- 
mo un general forma sus tropas, de manera que guarden ni- 
vel, y vayan todas al paso jnnlas y uniformes; y á medida que 
delante de él desfilan, se qnila el sombrero y las saluda. Cada 
ana tiene su nombre , bu rango , sa efecto propio , so sonido 
particular , sa brillo caracterfótico ; el fraseólogo las reane 6 ■ 
las separa, las detiene ó las precipita, las somete á mil evola- 
cíones, las sefiala con linla encarnada para qne no se pierdan, 
las tiene continuamente en el oido , y paseándose á lo largo de 
la mallida alfombra de su gabinete , las evoca y las convoca 
parael dia siguiente. Hasta en sa lecho, durante el saefio, zum- 
ban las Toces en sus oidos, y fermentan las frasea en sa ima- 
ginación calenturienta; su esposa qne yace á su lado, al escu- 
char sus palabras interrumpidas , lo cree demente ó se figura 

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DE LOS OaADORBS. 37 

qoe le es infiel y que artícnla el nombre de so querida. 
Sin asomo de conocimiento en materia de leyer y negocios, 
sin siquiera hab^ hojeado el libro de los preaupaestos, el fra- 
seólogo aféela e) mayor desprecio por las cifras , la légica , los 
hecbos comunes y el cnrso general de las cosas , figurándose 
que se rebaja y degrada al estudiar la administración , la ba- 
cienda y economía politica; pero si flaquea en este punto, des- 
cnella en lo tocante & la melopea, el pleonasmo, la eufonía, la 
metonimia , la hipérbole, la prosopopeya, la prótasis , la cata- 
cresis y otras figuras de retórica usadas por los griegos ; y 
bmlle, barniza y redondea sn frase laDlo en lo grande como ea 
lopeqaefio, prodigando flores, ornamentos, calados y arabes- 
cos. Ed vez de acomodar su lenguaje al asnnto, torcerá este y 
lo forzará & entrar en su estilo, y disertará sobre el impuesto 
de la maquila con el mismo tono qne proclamará la invasión 
del territorio por el extranjero y tos peligros de la patria. No 
se crea que hable con el objeto de convencer , Ó conmover , 6 
ayadar á los sayos, 6 ganar su cansa; no, nada de eso: h!d>la 
únicamente por el placer de hablar y egcncharse , y por este 
motivo cierra los ojos para recogerse , se inclina y presta ávi- 
damente el oido á los sonidos que emite; su boca parece acari- 
ciarlos de paso, y se le ve absorto en la extática admiración 
de su palabra ; lleva el compás con el pié , arrulla los sonidos 
Hi su garganta, se mece en la muelle armonfa de sus caden- 
cias, se embriaga de si mismo y el mundo exterior desaparece 
ante sd vista. Ni la agria voz de los porteros, ni las converSa- 
cioues de la asamblea, ni la impaciencia del orador que debe 
segnírlo en la tribuna, ni las exbortaciones paternales del pre- 
údente pueden sacarlo de sn letargo , y es necesario que .ano 
de los secretarios venga á advertirle, tirándole por los faldo- ' 
nes , que los mozos de sala apagan las luces y que ha termi- 
Bado la sesión. 

XII. Los generalizadores nnnca fijan |a atención en las frac-; 
cienes de un millón, aunque seaode cien mil escudos, y siempre 
calcnlan por cantidades redondas. Al establecer una regla, no 
examinan si las excepciones que esta acarrea superan á los ca- 
sos comprendidos en la misma regla, ni si, al exponer an princi- 

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38 LIBRO 

pió absoluto, son aplicables laa consecueoclaa de este prin- 
cipio. No toman en cuenta los lugares , los tiempos , los 
hombrea, los medios, necesidades y circunstancias, ni aciertan 
á comprender que los negocios bamanos se conducen mas biea 
por pormenores, bultos, experiencia é infinita variedad de in- 
cidentes, que por el inflexible rigor de las teorías. Zurcidores 
mas ó menos diestros de frases, fluctúan como tos titirite- 
ros entre lo verdadero y lo falso, resbalando en el declive de 
las tesis constitucionales, y sefialan perfectamente el pié de que 
oojea un sistema, mas nada dicen sobro el remedio, sin com- 
prender qne lo difícil no es dogmatizar sino practicar, no di- 
sertar sino concluir. 

XII. Hay dos clases de iulerruplores: los qae no hablan y 
los que hablan. 

Los primeros meten macho mas ruido qne los segundos, pues 
imilan con increíble acierto y una perfección de ^ecncion in- 
decible, los gritos de todos los animales domésticos y agrestes 
que plugo al Criador esparcir eu la saperficie de la tierra: así 
gañen, cloquean, ladran, maullan, graznan, mugen, balan, aa- 
llan; y cuando lodos esos pies patean,'Caando crujen todos esos 
dedos, se agilan tantas cabezas y silban tantas lenguas, resul- 
ta un murmullo tan discorde y estrepitoso, qne se pierde en 
él la voz del orador como el canto del ave en la tormenta. 

Los interruptores que baUan emplean de un modo abusivo 
estaú otras interjecciones y monosílabos análogos: Hgí—hola,- 
güé, — cómo, — akl — cielos, excusándose con qne no pueden 
coatener el grito de la pasión, al paso qae pretenden que la 
elocuencia no necesita tan largos discursos, y que basta una 
palabra, una sola, para convencer 6 conmover. Hacen seSas al 
taquígrafo del Monitor para qae les envíe las pruebas de la 
sesión, y apenas ven qae el periódico oficial inserta sn ^e/ ú 
OA/caando escriben á sus comitentes : «Señores, podrán ver 
VV. m el Monitor de hoy, que he desempeñado mi mandato 
legistttÍTo, -y qae no he qowido dejar pasar la seaieo sin dar 
motivo para qae se baUe de mi.» 



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DE L03 0BAD0R1S. 



CAPÍTULO VI. 

Del Uquígnlb. 



Cnalro personas poseen el secreto de las flaquezas del ora- 
dor parlamentario: su médico, sa confesor, su qaerida y sa 
laquigrafo. 

£1 taquígrafo, ni mas ni menos que el escudero de don Qui- 
jote, et famoso Siuiclio, visle y desnuda al don Quijole orato- 
rio, lo compone, le apresta su manto de púrpura, sus dientes 
postizos, su peluca, y lo aguarda en los bastidores cuando dt^a 
el orador la escena, chorreando de sudor después de haber re- 
presentado á Demóstenes; le calienta los patios, lo frota de pies 
á cabeza, lava sus arengas con pasta de almendra, las limpia, 
perfuma y engalana. Asi como do hay ninguno que sea faénn- 
para su ayuda de cámara, ninguno es orador para el taquí- 
grafo. 

A este fiel Acates, el gran batallador de tribuna entrega to- 
das las piezas de so armadura, el yelmo, la cota de malta, los 
brazaletes y la espada. El taquígrafo le sirve de segando, le 
lleva sus billetes de desafio y cartas amorosas, constándote me- 
jor que k nadie lo que encierran sus ademanes de valentía y 
lances de amor. ' 

Historiógrafo de las campafias parlamentarias, escribe el ta- 
qiigrafo, en sn calidad de jefe del estado mayor, los boletines 
de cada cuerpo del ej^ito que le dicta t\ general. Asi caenta 
m sns historias como Aristodemo postró por tierra el monstruo 
de la anarquía, y como Rodomonle partió de parte á parte, con 
el filo de sn espada, los gigantes y encantadores. 

Bien me consta el flaco de los oradores de mi tiempo; la ir- 
ritatHlidad del tempu^mento, la cólera de la oonb-adiccíon, la 
pasión política, el combate cuerpo á cuerpo les causan mil'es- 
tremedmieitos nerviosos y fiebres de vanidad. Todos aspirw 
al elogio, principalmente por las calidades de que carecen. El 
cDvidioso no encnentra felicitación snfidente si no son vílupe- 

c,q,zí<ib,Coogle 



H LIBRO 

rado8 sos hamanos; el patético quiere que se encnentre que- 
raciocina coa macha lógica; el dialéctico que descnella por sa 
chiste y donaire; el poeta qae brilla menos por la imaginacioa 
qae por la solidez de su cálculo; el inconstante que nuDca 
. cambia; el hacendista que conmueve todos los corazones; el es- 
critor de madrigales que nadie mejor que él sabe analizar nn 



El taquígrafo es el confidente oficial y discreto de sus joco- 
sas comunicaciones y de las mafias de su orgullo. 

Al entrar en la sala pasa el orador rozando al taquígrafo sin 
digoar saludarlo; pero, al salir va derecho á su banco, le pre- 
gunta por 80 salud, lo halaga, lo requiebra, acaricia, eogala- 
sa, y el taquígrafo acoge con el mayor natural y con faz risue- 
fiaesta mojiganga, y endosa lar letras de cambio que giran 
los oradles de prorincia á cargo de sus comitentes. 

¡Cuántos oradores se asemejan á esas luciérnagas & gusanos 
de luz que centellean en la yerba como la estrella en los cie- 
los! Pero acerqúese á ellos una luz^ y veráse cuan fácilmente 
pierden su fosforescencia y fulgor. 

Apmas ba vertido el orador las brillantes perlas de la im- 
provisacioD, cuando el taquígrafo las engasta en shuilor y las 
presenta al público en su azafate. 

£1 taquígrafo es el sepulturero del parlamento. Esos pojan- 
tes Alcides que hinchan sus músculos y abaten con su clava la 
hidra ponzofioaa de la anarquía; esos Júpiteres tenantes, esos 
Adonis de tribuna con tan rizada y perfumada cabellera, pasan 

6 manos del inexorable taquígrafo que los espera en la antesa- 
la, tos recibe como cadáveres, y los entierra á su gusto en sar- 
cófagos de mármol en el cual se lee: «Aqui yace el muy noUe 

7 poderoso señor;» ó bien los mete eo un ataúd ordioarío y lo 
arroja al hoyo común, sin dignar decirles el mwor De pro~ 
fvmdis. 

El taquígrafo enseña al público por la v^lanilla de su ópti- 
ca la cáfila de lodos los oradores de cada sesión, y á medida 
que acerca ó aleja los vidrios hace parecer nn gigante como un 
enano, y vuelve elefante nn goeeeillo. 

Cosa es digna de ver cómo forja y maneja el taquígrafo á 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ORADORES. It 

naestros Procustos parlameotarios , cayos miembros alar- 
ga 6 achica, dejándolos mayores ó menores de k) qoe en 

si 80D. 

El taq oígrafo mezcla y baraja las hojas de on dtscnrso como 
ú faescD naipes, todo lo revuelve, pone lo de arriba abajo, y 
TÍceversa; coloca una cabeza descomunal y erizada de cabellos 
sobre un caerpo enjuto, avanza un paso, retrocede dos, co- 
mioDza por el epilogo, acaba por el exordio. El lector conoce la 
respaesla, pero ignórala coesfíon; el taquígrafo expone cir- 
canslanciadamente lá consecuencia que emana, si bien pasa en 
nlencio el principio de que se ha dvdacido; hace resallar las 
oraciones insignificantes que nadie ba escuchado y suprime las 
mas brillantes. 

T no hay queja qne alegar. Di rectificación que pedir; y en 
vano se reconrendrá al taquígrafo en estos ú otros términos 
análogos:— Caballero, mi discurso se halla completamente 
trastornado.— Hombre, míreme V. bien, V. no me ha he- 
dió ver mas que de an'ojo, y yo tengo dos. — V. ha desfigu- 
rado mi mas bello movimiento. — Mucho agradezco que me ha- 
ya prestado V. gran parte de sa talento, pero hubiera esti- 
mado qne me hubiese dejado intacto el mió propio.— Fermita- 
me qne le diga una palabra: V. pretende que mi voz ba de- 
sentonado como nn bajo, siendo así que he gritado como na 
Üpte. — Seíipr taquígrafo, Y. ba puesto un oh, caando yo ha- 
bía bien artículado nn oA, y un panto de exclamación en vez 
de QD panto de interrogación.- Todo esto serii siempre ridicu- 
lo & no poder mas. 

¡Ay del diputado qne tiene por enemigo al laquigrafol nanea 
volverá & ser reelegido, y en vano despachará las palomas- 
correos que no llevarán sus alocadones campestres al palomar 
desD pais. 

Por el coatrario, si el taquígrafo es amigo, le tira el diputado 
pw el faldón, y le dice al oído remitiéndole el discnrso qne aca- 
ba de pronunciar bien ó mal: «No olvide V. el insertar el muy 
Üm en el pasaje qne V. Gabe.u 

Si as adversario político dd orador, escribirá lo que se le 
antoje, y ¿quién puede impedírselo? Dirá por ejemplo que ha 



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U UBRQ 

liabido murtnallos cuando habrá habido aplausos, y cambiari 
el efecto de las frases del orador. 

Hay cierta clase de lectores, hombres de bien y sin opioíMi 
formada, qae, comprendiendo poco ó nada de esas sraiones 
quebradas contiDuamenle é interrumpidas, impresas concarác- 
ter diminutivo en un periódico volumlDoso, pasan por el dis- 
curso det orador, dejan á au lado gas frases, corren al téraUno 
del periodo para cerciorarse únicamente si han dicho muy bien 
6 muy mal, y después, fiados en el taquígrafo, repiten sin ha- 
ber leido el discurso; ¡Qué orador tan elocuente! ¡Qué pobre 
orador! 

Otra clase de lectores se encnenlra en mayores apuros, y es 
la qne consnlta periódicos varios y de opiniones diversas; pnes 
si el taquígrafo del ministerio dice niut/ bien, y el de la oposi- 
ción miy mal, ¿cuál de ambos merece crédito? Es verdad qne 
por poca fé política que ae tenga, queda el recurso de creerlos 
altemativamente uno y otro. 

Si el taquígrafo es uu necio, depositará el discurso de un 
modo integral y completo, no omitiendo las menores circuns- 
tancias, como que el orador estornudó tres veces antes de em- 
pezar, y qne al acabar derramó el vaso de agua sobre el por- 
tero que se lo servia; por supuesto que de lodo ef discarso 
no 86 acordará el lector mas que de aquel desgraciado fin y 
aquel desgraciado principio. 

Por el contrario, si el taquígrafo es hombre de gusto y talen- 
to, dará á la arenga del orador una hechura vistosa, fresca y 
primorosa, y hará qne formen del orador un alto concepto sus 
mandatarios, lo qne no dejará de sorprenderlos. 

Después de dos altos de ejercicio, lodo taquígrafo puede ser 
un diputado excelente; pero no apostarla mi cabeza, ni el dedo 
mefiiqne de mí mano izquierda, que lodos los diputados se ba- 
ilen en estado de ser buenos taquígrafos. 



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DE LOS ORADORES. U 

CAPÍTüO VII. 

De la reMfl* de la Besian. 

Hay esta diferencia entre el taquígrafo y la reseQa de la 
sraion, que el primero solo pretende reprodacír los discursos 
de los oradores, mientras que la segunda aspira á juzgarlos. 

Poco nos conocemos la resefia de la sesión y yo; hace naos 
qnince aSos que la planté, pero ia abandoné desde que la yf 
soficienlemente amugronada. En el dia ha medrado, se ha ins- 
talado, se halla con todas sus Mchuras en el orbe político, 
y recorre la metrópoli y proTincia ¿ manera de oráculo. 

Si el orador es el hombre del dia, el redactor de la resefia 
loes del signiente; giel primero se cuadra y domina en el 
reducido ámbito del parlamento, fuera de él, y para toda la 
Dación, no es mas que lo qae place á la rese&a. 

El juicio final de los muertos no tarda en llegar al orador. 
Apenas qaeda enterrado en su atand de papel, cuando dos re- 
dactores de periódico se acercan al cadáver , y permanecen á 
ambos lados de este, como el demonio y sn ángel, recitándoles 
Pater notíer con murmullos de abejarrón; y ambos lo hisopean, 
vno con nn panegirice y otro con nna sátira. 

En tanto c«no me lo permiten mis lejanos recuerdos, tengo 
presente que escribía mis reseBas con mas ó menos pasión, 
pere no por es* prescindía de la justicia, n¡ siempre decia mú 
de mis adversarios. Segan parece, desde aqael entonces ha ido 
perfecaonándose la reseña, y algo en demasía, sí se juzga por 
las muestras siguientes: 

ORADORES ABOGADOS. 



PERIÓDICO DE LA OPOSICIÓN. 



PERIÓDICO UINISTERIAL. 



Gorgias, oiiestro célebre orador, ha El discarso del abogado Gorgias es 
estado desde el príaclpio hasta el fio, de na extremo i otro la obra mas pa- 

ü,.i,-z__iv,Coog[c 



TITO, Dervioso, apremiante, remonlaa- 
do su vaelo sublime basta los cielos, 
Incbando conlra los ministros coa ona 
■gitidad, gracia y fuerzas Donca vistas, 
agotando todos los recursos de la elo- 
coeacia, toda la armonía de la palabra 
homana, el vigor del raciocinio, lo pro- 
Aiodo y elevado de la e!ocnencia. Los 
centros agitábanse y bnlliao de cólera, 
mientras que loa mioislros, clavados en 
sos bancoB, se anonadaban de vergueó- 
la y se ocDltaban el rostro con las ma- 
nos. ¡Labtimoso especláculol Después 
de nn golpe tan terrible, do pnede so- 
k'evivir el ministerio, y lo qne podemos 
asegurar á nnestros lectores, es queba 
quedado tan contuso y magolladi») qoe 
bay que desesperar de sos días. ¡Po- 
bre mÍDisleriol 



darse eo sa género. Esa jguil^ 
oposición rasaba la tierra en su torpe 
y pesado vuelo . J era lamentable el 
verla agobiada bajo el peso de ftases 
fofas T palabras huecas. La asamblea 
reía I carcajada tendida, miealras 
que llena de rubor la oposición cn- 
cbicbeaba y se mordía los labios da 
despecbo. Este dia ba sido no dia de 
Irinofo para el míoislerio, y la conse- 
coencia del discurso del orador de ll 
oposición, ser&, no lo dudamos, una 
impooente mayoría, pudiendo el mi- 
nisterio mostrarse eo go angu y brillo 
á sus amibos y enemigos. |Pobra 
Gorgíaa I 



ORADORES HOMBRES DE NEGOCIOS. 



PERIÓDICO SE LA OPOSICIÓN. 

¿Pnede darse una cosa mas curiosa 
qw ver abrir la boca al minislerío 
; desga Hilarse diciéndonoa al presen- 
laroos á Demades: Este es un bombre 
de negocios I 

jUn hombre de negocios! Has val- 
dría decir an Iraoacefo de profesioo, 
un enredador de oaja esfera, no em- 
brollón presto á soaleaer et pro y el 
contra de todas las coeetiones posibles, 
nn ergotista de aulas que sabe en qué 
se contradicen dos sentidos, pero no en 
lo qne concuerdaa; un escudriCador 
de ardides y sutilezas que no acierta á 
elevarse al espíritu de la ley, y chapo- 
lea en el iodasal dn los léalos. Dema- 
des tiene siempre la pluma ea la oreja, 
y delaule el Cúdigo de procedimientos 
marcada con una multitud de seDalea 
blancas, aiales, amarillas, rojas y.vio- 
Uceaa. Si ae le dice:— aLa cosa es 
dará.* —Permítame T. , responde- 
tí, disliago.— Si se añade:— Manten- 
íase T. at los limites de la cues- 
Iwn. ¿No ve T. que se trata de los 
«filiales de marina? —Es muy cier- 
(0) responderá Demades, perolay en 
el cúdigo de procedimiento uivil, nn 



PERIÓDICO MINISTERIAL. 

Si, fisgones, Demades es un bombre 
de negocios, un bombre cuerdo' qne 
emite pocas palabras, pero todas en en 
debido logar y con so debido efeelo; 
cada argumento encaja en el precé- 
deme , y sn discurso recuerda esas 
fuertes cotas de malla qne reveslian 
loa antiguos paladines déla edad me- 
dia, sin perder el vigor y gracia de ans 
movimientos. Demades no se abandona 
k declamación vana y bueca, ui bnsca 
elOcéanoenl8PiO|i6Ktída,an(esqDeda 
apegado al asunto de que se trata, sin 
desasirsedeél. Dialéctico robusto, De- 
masíes agarra con atlélico brazo esos 
charlatanes de la oposición, esos ret6- 
ricos que arrojan mas fuego qne 11a- 
as, y ios aprieta en los robustos cfr- 
_j1os de su dialéctica, semejante al 
herrero que toma el metal candeoto 
con sus tenazas, lo bale, aplastaytner> 
ce á repetidos golpes sobre el ynnqae, 
y lo amolda con su maoo vigorosa. 

i menudo debcobre con esfuenos 
prodigiosos los vastos depésilo* desa 
memoria , de donde brotan rayos de 
loa y tesoros de erudición ; otras Te~ 
ees, como ante na muro ioexpngna- 



c,q,zí<ib,CoOgle 



DE LOS ORADORES. 



artlenlo SSO, el coa!, oombinado can el 
arlfcolo «81, y modificado por el artl- 
enlo GIS, présenla doble sí gDÍflcacioo, 
7 en este caso, me parece que me n 
Ucito distiD^QJr, y dislíngo eo efeelo, 
^Itn^o. Si hnbiese ana coma snies 
de la palabra marina, podríase soste- 
ner qoe BO bay mlerropcioii en el sen- 
tido; pero ba; on punto y coma, lo 
que cooslitaje dd caso muy diverso, 
paes se ROfippnde el seotído y qaedan 
trastocadas lodas las proporcione» de la 
jnaticja, del procedimiento, de la gra- 
málica, de la ley, y ano de la consli 
tociOD misma. aSI, Señores, no lo do 
den TV., la mayor parle de los impe- 
rios DO ban perecido porgne se les h: 
Ía acrJbilladoá batazos, DÍ porque se l< 
aya cercado de forliBcacíones; no, sido 
porque el legislador no supo colocar 
Dna coma eo so lugar debido; si, se- 
fiores, una cama» Yaise lefaacenoDO- 
vas objecioneii, Demadeg redarguye, 
diciendo: aToelvo i dialingair, pues 
Ueii me consla qae BebufFe, en la pá- 
gina isí-j de sos Apotegmas, y Barioio 
eo la paralilla 49 de so Glosa pandec- 
taria, edición de Amsterdam, Amster- 
<lolanii, prelendeo que lal vez seria ex 
ceaiyameote riguroso que se perdíesí 
VD imperiu por una coma; pero por 
o(ra parle Cbicoisoesu, bn la edicron 

Íirincipal de sos ArgumeDlacioues pro 
orma, y Alberto el e-rndilo, Atbertuí 
««¿tiintmnj, en sú Suma, Utolo 10, 
capllnlo 40, párrafo n, oola 1 1, soa- 
tieneo qoe debe atenerse religiosa- 
meote á la coma, sin lo cnal nada seria 
nepetida eo la naluraleza, y mas val- 
Aia, sb comparación alguna, qna pe- 
ncieae el mondo. — ¿De qné manera, 
porigoe Demades, se pneden reconcí- 
niT ian violentas antioamlns, después 
4te(an aapientfsinios glosadores, sobre 
todo amando á su rey y á su patria* 
t¡ materia díflcil, seDores, y distingo. 
tcomo para librarse de lanías dis- 
Gnciocea, cada dipotado loma las de 
TiUidiego, Demades agarra porim bo 
•loo de la casaca al porlero de servicio, 
qoB es el éltimo que intenta escapar, 
jseloarranca, contento con ponerse 
en salvo i esie precio, mientras que 



ble, detiene á sns adversarios con ana 
cita, on texto, no hecho, ona cifra, 
ona fecha. 

Demades es el repertorio oníversal 
del ministerio, que lo coloca, por de- 
cirlo asi, sobre su carpeta , y lo bojea 
á so gnsto como un libro. Enciclopedia 
animada, marcba, se detiene, se abre, 
se cierra, se vacia, habla, calla segnn 
se pide. Personas tan útiles, Ian coo- 
cieozndas, tan positivas, valen mas se- 
gura mente para el despacho de los im- 
gocios qoe esos geoios mas ú menos 
culmioaotes, qne se alimenlao coa am- 
brosia en las regiones etéreas. 

A medida que los aguiluchos vocin- 
gleros del partido de la oposicíoo vas 
<■ chocar contra las vidrieras, Demades 
les corta las alas con sos tijeras, j 

en torpes en tierra, 

Demades sabe per recta mente, y los 
repite como si leyese en an libro abier- 
to los precedentes de la cámara, las di- 
versas aplicaciones del reglamento, la 
concordancia de los decretos y leyes, 
la JDfis prudencia de las sentencias, las 
interpretaciones de la doctrin», las pa- 
ridades y antinomias, lo9 orígenes del 
derecho, la conferencia de los artico- 
los, tos Irámiles de no procedimiento, 
el sentidoapareoley el sentido Intimo 
de ona circular, tas excepciones, loe 
términos y arlicntos de i ncon testación; 

No hay medio de cogerlo descoida- 
.1, poesdia ynocbe velaconel Código 
bajo el brazo, en torno del campo; al 
contrario, conviene precaverse contra 
las zaocsdilias y abrojos qae tiende 
^I enemigo. 

Si en el fondo del debate qoeda al- 
guna raxoD oculta, no larda en deeca- 
brirla; si algnn manantial descuidado, 
lo apuia, alguna fai oscura, la alum- 
bra. AI -Concluir, sus argumentos se 
hilvanan entre si, y de tal modo ss 
estrechan , que abruman la oposición 
con so implacable lógica. 



C,q,-ZÍ-dbvGOOg[C 



eonÜDÚa Demadet: Disliogo y arga-l 
meotaré: disti»gw et »gumnt^or. 

Tales el hombre de negocios del 
mÍDislerío. 



ORADORES MILITARES. 



PERIÓDICO DE U OPOSICIÓN. 

Hoy hemos oído al geoerat Crisipo. 
¡Qaé discarso! jCotno se UmbaleaDs 



qué mirar fijo, qné voz tembtonal BÍ 
general se flgaraoa sia dada que ba- 
iilaba ea nn caerpo de guardia, Areo- 



gamaseslraralana, mas ridicnía, mas 
aespilfairada no es posible figurarse; 
el aígDo gaeirero acribilla la gramáli- 
ca, vocifera, aalla, se earonqnece, 
divaga, sale de la caestioe, refiere de 

rio aventaras de otro mundo, da en 
barandilla de la IrJbuna repetídos 
golpea de curte y de plano, y hasta dos 
ba parecido que buscaba y procuraba 
echar mano á su sable. ]Dios dos asis- 
tat Teoid, porteros, y llevad fi ese albo- 
latador, i. ese camorrista á la sala de 
policía. 



PERIÓDICO MINISTEnUL. 

Tan iniréptdo y denodado eo la Irí- 
bana como en presencia de las bate- 
rías enemigas, Crisipo babl a con fir- 
meza, ciencia, tino y decoro; áspero, 
perosincero.osado, mas sin temeridad. 
Tal vei no rebosa su estilo de flores, 
no sos períodos brillan por la eicesiva 
cadencia ; pero lo cierto es i^e dica 
bnenas verdades, y qae sns discm^os 
cortan como nn hacha. ¿Qué pueden 
importarnos en la sitaacion presente 
las cuesliones de ortografía , y saber 
si se debe poner nna t ó.nnai mas 
ó de menos? Se trata de salvar la pa- 
tria, y Crisipo la salvará tanlo por so 
elocuencia como por so valor. 



ORADORES POETAS. 



PERIÓDICO DE LA OPOSICIÓN. 

Cteníondeclína visiblemente, y hoy 
lohemoB vialoanegarBeenla masfoTa 
y descolorida fraseología. Sn eelijo 
tríbanioio carece de la cadencia poé- 
liaa, como ieaalmeote de la fluidez 
y fimieía de la prosa. Por otra parte. 
Dios nos litve de esoH poetaa-oradorea 
qoe remontan sd vuelo de oisna y desa- 
parecm mas allá de la región de las 
■obea. Tratábase, como todo el man- 
do aabs, de un nnevo impuesto de 
puertas y ventanaa, y hele aqoi qne el 
andaz poeta se interna en las arenas 
déla Libia y va á consultar los orácu- 
los del dios Memoon. Dejemos á los 
amantea de los sonidos é imigenes 
los prestigios de lapoesia, y no perda- 
mos de vista que al tratar de cnesüo- 



PERIÓDICO HINISTBEUAL. 

tQu6 grande orador! ¡Qné magni- 
fico poelal iQQé regiros de loa deil 
tras si la palabra deCteaifoa! iCóiao 

una sola mirada abraza loa coofiow 
del borizonle eiiropeol Camina y «• 
trea pasos recoire el oniverso , desde- 
ña el presente , lee en el purvesir, 
semejante á la antigua Sibila, coo- 
vnlsa y avasallada por el dios inte- 
rior, ó á Hoisés coronado en el moota 
Sioai coa los rayoe de Dios vivo. iQa¿ 
periodos melodiosos! iQaé soplo ema- 
nado del alma! ¡Qoé olas de umonlal 
Sn palabra parecía correr por iiiia 
arena dorada, rodeada de praderas y 
flores. Desde el prianpio de aa discar- 
so se insinna Ctesiton con aoa suavi- 
dad irresislible, atrae y sabyug» los 



-:l,vC00glc 



DE L03 ORADORES, 
nee ecoD^micaa, es necesario bablar el 
lengnaje [fráctico de los negocios. Los 
sacerdotes de HenGs, los babilanles dt! 
mar Caspio, los romanos del Coliseo, 
loa libios y el dios Memnon, no paga- 
rán, k Id qne sepamos, nnesCros e^li- 
mos adicionales. Clesifon se complace 
ea tañer su lira coo (oda clase de can- 
tos, pero seguramente para aliviar al 
pneblo y defeoder la libertad do bas- 
tan los suaves sonidos del armónico 
inslramento. Si se tratase de repre- 
sentar eo la escena el foror de Oréales, 
6 de cantar qd bimoo epitalámico, 

S restos eslartamos á dar h Clesifon los 
ettidos aplausos. 



as rebeldes, y espiran á sus 
plantas los rourmallos flotantes da 
tas pasiones políticas. Hoy ba logrado 
Clesifon el mas apeteciblí) de caaotoB 
triunfos habiera podido desear, y ma- 
cho tiempo después de baber bajado 
de la Iribana, quedaron los oyentes 
samergidos en el éxtasis de an saolo 
recogimiento, volviendo á menudo sos 
rostros al pnesto ja desocupado, sin 
poder apartar el Oída del eaciaUt de 
SQ palabra. 



ORADORES FILÓSOFOS. 



PBAIÓDICO DE U OP03ICIOI4. 

Badimidas, ese aguilocbo de la eio- 
sofla, se ba perdido en las nubes en ai 
primer vnelo. Bostezaba la asamblea, 
bosleiaba el presidente, bostezaban 
los porteros, bostezamos oosotros mis- 
nuissolo al recordarlo, y tal vez bace- 
nos bostezar al lector solo con decirlo. 
la Blosofia es el arte de cooocerse á si 
mismo, y Eudámidas es Glúsofo; ¿cA- 
mo, pnes, no acierta á comprenderse lo 
bastante para saber que es imposible 
que baga comprender á los deruág lo 
que Él mismo do comprende? Créeme, 
Eudámidas, iaúlil es que bajes el vue- 
lo, ioútil es que salgas de tus nu- 
barroDes, Ú si quieres, de In esfera 
trascendental. Este mundo y sus nego- 
eios DO es cosa tnya; pues para con- 
dKirlo y conducirse en él se necesita 
un pensar sano, y soloegle; ¿Lo oyes, 
loamidas? 



PERIÓDICO UlMSTEBIAL. 

O filosofía, bija de la idea , ciencia 
del alma , sabiduría de las naciones, 
iuo eres tú la que reinabas en Grecia 
y Boma? ¿no eres tú la corooa sublime 
de la políticaP ¿no eres tú la qne acer- 
cas el bombre i Dios? ¿oo eres tú la 
qne presides á oueslraa palabras yá 
nuestros discorsos? j Ú filosolla 1 tú 
consuelas á los empleados subalternos 
coando su escaso sueldo no les baslal 
Tu ensenas á los con tribu y en les k con- 
teplarse, á pesar suyo, de lo poco que 
se les deja; á los ministros á prometer 
mas de lo que pueden cumplir; á las 
naciones que perdieron su gloria, á go- 
zar de la baíaguefia dulzura de anii 
paz armada, y á los mismos reyes & 
economizar eu la prosperidad para ab- 
dicar en la desdicha con macos llenas. 
¡Honor, pues, á la filosofía! ¡Honor so- 
bre todo al filásofo EudámidasI Eudá- 
midas ba estado feliz, ba estado admi- 
rable en la sesión de ayer, jQué cú- 
mulo de imaginación y ciencia en esa 
cabeza calva qoe seinclioabaal pesodel 
pensamieutot iQué misterioso poderes 
esa palabra lenta y solemne como d 
ruido nocturno de los grandes ríosl [la- 
mSs Platón, bajo las sombras de la Aca- 
demia, hablú coa oías magnificencia la 
lengua de los dioses'. Nnoca se ha pe- 
neb^o mas en ios teaebrosos replie- 



c,q,zí<ib,Coogle 



LUtO 

gaes del coraion hamau; y bí Saák— 
midas DO ba hecho adelantar mocho la 
coealioD, si la ha dejado debatirse y 
arrastrarse en el mando vaigsr de las 
reatidadea, colpa ba sido de la caes- 
lioQ y DO del gran BlóBofo. 



ORADORES EPIGRAMÁTICOS. 



PERIÓDICO DE LA OPOSICIÓN. 

Lisis ba aaeslado hoy sos saetas al 
¿SDCO de los mioialros coa dd acierto 
y ODS felicidad íocreibles, hiriéodo- 
los ea la cabeza, en las piernas, eo los 
lomos 7 ea todo el cnerpo; " — 

palabra, dejándoles en llaga 

miniatroH irritados se afilaban ioqaie- 
los como esos toros acribillados de re- 
jones, qoe se sacuden y brimaa, ca- 
yendo en Bn desangrados en la arena, 
iQné chismoso, qué agndo es ese con- 
denado de Lisis! Basta á sns mbmos 
adversarios desarma con su sal, yes 
capaz de hacer reír i an moerlo. Li- 
éis se borla dü todas las dificultades, 
qoe rasaelve con tantoaciertocomo rs- 

E'det, prefiriendo los alfilerelsios á 
maga qne machuca. Bástale una 
palabra ligera, para decidir la cuestioD 
mas ardua, y con dd dardo acerado, 
fino y poníanle, perfora de parte i 

Krie las mas templadas annaduras, 
I broqueles mas resistentes, y dem- 
ba en tierra al gigante mas dcacomn- 
nal, sin qne sepa c4mo ni cnindo, oi 
de dónde le vino la saeta. Lo que oc 
pnede decir, lo deja adivinar, y en 
efecto se conjelura, siendo la argumen- 
tación de Lisia tan trasparente como 
nna gasa, y trabajando ese endiablado 
orador en cierto modo como la abeia 
baju tí crista], sin que se le paeda 
c<^er ni auo por las alas. 

¿Y qaiéo logrará asirlo cnando el 
maldito se ocntla, ae desliza, revolotea 
y se escnrre i la vista? jTálgame 
Dios! iQaé chistoso es esepi[ 
Lisis 1 

Tat es la imparcialidad digna de elogio con qne los perió- 
dicos de la oposición y los minisleriales dan la reseña de la 



PEB1ÓD1C0 HINISTBRUL. 

Lisia es el liliputiense de la tríbmn, 
y posee un almacén, úsi se quiere no 
montón de agudísimos epigramas, 
todos iguales y rotulados. Cuando va i 
la guerra, arma so pequeflo arco, y 
dispara sns saetas coya mayor parte 
ondean por el aire y van á caer á sos 
piéd. Gaaréceseáveceslrasnnamata, 
y otras tras nna bojs; va. Tiene, se 
multiplica, se remolina, se desparrs- 
nia,se desgaDila,3eevapora. Pero Cod 
piocbazos de alBIer se consigue cuando 
mas irritar á loe eigaotes del ministerio, 
y 00 se cogen leones con telaraOas. 

¿Cuándo lle^rá A comprender Liáis 
que la monotonía puede proceder del 
excesivo chiste no menos que de la ne- ■ 
cedad; qoe tas materias serias debeo 
tratarse de no modo serio , y qne no 
conviene que un orador se proponga k 
sf mismo y coolionamenle á la sagaci- 
dad de nuestros Edipos parísmeolarios 
bajo la forma de un logogrifo ú una 
cbarada; que cobijándose ContioDa-- 
mente tras de nn equivoco se tríanlk 

gloria , T que antes de ser inOel A 
su opinión oistrazándols, conviene en- 
cerrarse con ella en la dignidad dal 
silencio? 



c,q,zí<ib,CoOgle 



DE LOS OUDOBES. II» 

misma sesión, mismo asanlo y mismo discnreo. Cnacdo no 
tiene otra cosa que hacer, la reseía la emprende con los ora- 
dores de segniido orden, y, segan le cuadra, los despacha y 
expone á los encomios ó silbidos de los palurdos de los depar- 
tameotos. 



ORADORES ÜTttlTARIOS. 



PEBIÓDICO DE tA OPOSICIÓN. 

iTiva Neodemol Todo el sanio dia 
Doa ba macbacado coa aa carbón de 

dra 7 remolacta. ¿Que le hemos 
10 para qne asi nos mpela? ¿Qué 
Mc«3idad Ipnfamos de saber dSma, 
antes del diJavio, se depusieroD y 
acamolaron, anas sobre otras, las Gbras 
de loB árboles ea el tena de la tierra, 
6 cDáotas parles de azúcar ooatiene la 
remolacha? 

Neodema, qoe es físico, geúlogo, 
QKtaldrgico, qoimico, alquimista, agri- 
cultor, literato, orador, y además fa- 
bricante, está prouto i decir cuaolo 
nbe, pero mas valdría que na dijese 
tanto. Se halla en posesión de la tribu- 
na por via de tnnio, encaenlra Ja 
«Mion baeaa, do qniera desperdi- 
ciarla, ni omitir nn solo pormeDor; 
ea coosecDencfa nos mostrará en su 
■renga las raices con sus hojas, el 
vapor que sube, las .calderas qge ha- 
rnean, los rodillos, los tajaderos y se- 
cadores; raspa eo presencia de todos 
d precioso tobércnlo, extrae su juco, 
k) hierve an grandes calderas de «obre 
Jnos conduce de proceder en proce- 
der hasta el último residno: separa el 
iiúcar bladeo del terciado, los envnel- 
Vaeo papel de eslrais, y mioda que 
l^igan los pesos. Por Dios, Heodemo, 
«lente, qne baslaote sabemos, y ana 
■«Bastado; dínos cnanto antes la tasa 
lj> ú proporcional que qnieres que se 
«tablera, y acabemos de ana vei. 
fflo ves qne aligas al anditofio, ) 
^e todos cogen el sombrero y se 
■nutban? A lo menos hablases n- 
fuera francés! 



PERIÓDICO UINISTERUL. 

Ciertamente conviene recoDOCer con 
la imparcialidad á la que siempre cie- 
gamente ohedeceremoí<, qoeel aprecia- 
ble mannfactDrero qne dos ocDpa, do 
está ñiiiy versado en tas delicadeíag 
del lengoaje florido, ni muy hibil en 
materia de sintaxis: tampoco negare- 
mos que se explica de nn modo pesado 
y desmanado; pero en cambio nadie 
podrá negar qne es un hombre espe- 
cial , esencial, positivo, sólido; qd 
hombre qne goza de alta y merecida 
consideración, lanío en el lugar qne ha- 
bita Como en oirás partes; un hombre 
qne ha meditado mucho sobre los mi- 
nerales y raices, sobre los ahonosde la 
agricultura , sobre los procedimientos 
de labricacion, y sobre el empleo mas 
frucluoeo de capitales. El discorso ds 
Neodemo debiera servir de modela k 
tantos oradores haecos, pnes ee segn- 
ramenta va discurso cnajado de elen- 
cia, rebosando de hechos y cálcalos, 
disenrso eeondmico, práctico, polllioo 
y palriútico, que li asamblea ha escu- 
chado dnrante dos horas con el mis 
religioso silencio. 



_iv,Coog[c 



Tal yez podrá creerse qae mostrará mas impamalidad la 
resella eo la apreciación moral de los caracteres. Veamos; 

PERIÓDICO DB LA OPOSICIÓN. 

Difllo ba tenido may mal éxito, ytsi 
debia ser, puea los graodes fensamiea- 
t08 vieaeo del corazQD, ySiBlo carece 

de carazDQ, eolraQas, seoliin Léalos ele- 
vados, y verdadero amor á la JQSlicia 
Já la patria- Adulador jarameolado 
e todoa loa poderes, Biüto ba llevado 
i todos los campos en que sucesíva- 
meole ha rombalido, las apostasias de 
SD fe polílica, y los cambiantes colores 
de su bandera. Difilo ha abandonado 
al gobierno anterior por el actoal, y 
abaodoDará este por elfatnro. Enemigo 
peligroso de la iibertad que alevosa- 
mente ataca, naturaleza corrompida y 
cenagosa de la peor especie, defensor 
del orden por tono, amigo déla paz por 
miedo, aristócrata por vanidad, corte- 
sano ntaDoso, seosnal y codicioso, cor- 
raptor, bajo insolente y sobretodo am- 
biciosa; pronto siempre á ponerse to- 
das las infiscaras y empajar al abismo 
los gobiernos que caen, i defender las 
Qsorpaciones trionfaotes, comprar las 
eoaciencias ajenas, y vender la pro- 
pia: tal es Diñlo. 

Si el orador es mÍDÍslerÍaI, el periódico miBisleríal, y lo 
mismo digo del periódico liberal para con los liberales, le 
presta la trompeta permiti^dole locarla con toda la fuerza 
desús pulmones. 

Si el análisis mismo de la reseSa fnese demasiado largo 
para una digresión, ó demasiado corlo y frío para una obra 
maestra, leeráse ai otro dia en los periódicos lo siguiente: 



PERIÓDICO MINISTERIAL. 

iDifilo! lObl lodo cede, lodo se do- 
3 bajo sa falmioaale elocueoda. Ani- 
dase ti esto el mas noble carácter, nn 
temple varonil, una palabra aoBlera. 
Sencillo ensuscoslumbres, desinlere- 
sado, virtuoso, religioso, perseverante, 
celos» amigo de la patria, mientras 
tantos oíros correo Iras los favores 
__ nna popularidad impostora; DíBlo 
arrostra los fnrores de las facciooes 
con alma serena, con deoonada frente, 
abogando como Alcldes en su cuna las 
sierpes de la sedición, combatiendo in- 
fatigable por la religión, las leyes y la 
paí. DiGlo tiene consigo todos los hom- 
bres de bien, en al mismo sn conciencia 
por lesiimonio, y por jaez la poete- 
¡dad. 



PERIÓDICO DE LA OPOSICIÓN. 

la arenga del seflor Ergaslo ba si 
domas pesada que de coslambre, y 
por lo tanto creemos oportuno no inser- 
tarla en obsequio de noeslros lectores; 
sobrado es ya qae lanío baya aecho 
bostezar á la asamblea^ 



PERIÓDICO HINISTEBIAL. 

El discurso del ilustre Ergaslo ha sida 
lan patético, tan hermoso, tsfl lágieo, 
tan completo y tan bien eacadeiiad*, 
que es superior á todo análisis; por la 
cnal nos parece conveDÍenle reprods- 
cirío en extenso y publicarlo fotegro. 
para ofrecerlo^ la admiración de noe» 
llros lectores. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DB LOS ORADORES. SI 

Vayase ahora á buscar noa pintara veridica del talento, ca- 
rácter é ioaaencía de cada orador en el pro y contra de las rese- 
ñas. £1 mismo hombre es aqui un orador incomparable y atlá 
OD charlatán, on sanio ó xm implo, un gran ciudadano ó un se- 
dicioso, UD realista ó na revolncioaario. Aqui la asamblea ha 
aplaudido con frenesí, eatremecidose de entusiasmo, llorado 
de admiración; atli ha reído de compasión, bostezado y desoca- 
pado el puesto. Aqui el orador es nn coloso, alli un enano; aqui 
se reproduce por entero su discurso que ocupa seis colum- 
nas, allí no se le inserta ni en fragmentos. Por último, aqui se 
lleva en triunfo al ministerio y se pondera su valor y su virtud; 
alU se le tacha de infamia y se denuncia h la nación por cri- 
DKD de escándalo é inntoralidad. 

T lo mas carioso, y lo que no hay que perder de vista, es 
qoe, en tan oontradíclorias apreciaciones, se trata siempre det 
mismo personaje, y concluya el lector si puede. 

Machas otras cosas podría decir si no temiese malquistarme 
con Jos sefiores periodistas de todas opiniones, que honrar 
debo y honro, qoe debo respetar y respeto infinitamente, 
que harto me han atacado y vituperado para no temer que 
vuelvan á hacerlo con mas virulencia, y que al mismo tiempo 
me han tratado ctm un favor que no deseo me escaseen. 
^0 son por ventura ellos los que distribuyen ese pan cuotidia- 
no, ese bizcocho ligero y esponjoso llamado la gloria, de que 
somos todos tan golosos? Asi por nada en el mundo sostendré 
yo que lodos los periodistas, ni varios de ellos, ni uno solo, 
sean tan absolutos, tan incisivos y tan parciales para no ver en 
nn orador sino motivos de alabanza ó vituperio. Fuera de esto 
la culpa es mía, y á mi deben atribuirse los pecados de exce- 
siva sátira y exclusiva apología que con este motivo se come* 
ten en la prensa todos los días. 

Permitidme, queridos lectores, que en vuestra presencia 
ncite mi Cov^teor. 

Acusóme con todo mi corazón y pido perdón á Dios y á los 
hombres de haber invitado la reseña, ana cosa empero tan 
bella. Cuando digo inventado es cierto modo de hablar algo 
presuntuoso, pues pertenezco á nn tiempo y país en que nada 

c,q,zí<ib,Coogle 



LIBBO 



u4 tjioav 

ae inventa, y en el día, mas que en ningana oira época, cua- 
dra el decir que nada nuevo hay bajo el sol. 



CAPITULO vm. 

Ds la Ucties eeneral de la opiaiou da la mayoría y del ministerio. 

El estadio de la láctica entra por mucho, y estoy por decir 
que es casi todo en la elocuencia parlamentaria. 

1. El arle, el arle grande de la oposición es suplir con el 
valor el número, y con la habilidad estratégica la brotalidad da 
los gruesos batallones. Conviene distribuir y variar los papeles^ 
y saber quién enapefiará el combate, y en qué terreno; cómo de- 
berán moverse las Iropas; si romperán el fuego antes ó no de 
los coDirarios; qné parajes serán los sostenido», y cuáles aban- 
donados. Los lemporízadores, los caeslionarios, los lógicos, los 
patéticos, los incisivos, deben formarse en batalla y atacar ea- 
cesivamenle sin romper las filas ni abandonar la linea; tas 
baterías ocultas deben ser descubiertas de un modo oportuno; y 
noconvienedejarpara el dia sigaienle plantar las banderas y 
contar los muertos. Si se siente el ejército mas débil debe esca- 
lonarse en las alas del centro, tirotear, cargar de flanco, 
fingir ataques, atrincherarse, defenderse de posición en posi- 
ción, ya á descubiertas, ya á hurtadillas, hasta que venga la 
noche y deje indecisa la victoria. Si el ejército se siuite mas 
fuerte, debe cargar los flancos del enemigo, estrecharlo, hosti- 
garlo, rendirlo y obligarlo á declararse vencido. 

Desgraciadamente la oposición ba sido siempre indisciplÍDa- 

. ble, y cnando ba triunfado únieapieDle ha sido por efecto de 

SQ coalición accídenlal con las fracciones separadas del centro. 

qae le comunicaban la recta lógica en los procederes y el 

acuerdo en el ataque y el voto. 

Nuestros hombres de la oposición no imilan en el combate 
el triángulo agudo de la falange griega, que atravesaba los 
escuadrones enemigos, ni el orden profundo de los romanos, 

C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS OFADOnES. 63 

ni el batallón caadrado de Napoleón, qae vomitaba fuegos por 
BQs cuatro costados, sino que corren, se atrojan, se apuntan, se 
desparraman, se replegan en desorden, á manera de guerrillas, 
negándose siempre obstinadamente á alistarse bajo nn jefe. 
Dice cada coa! qae es independiente, y que soto obedece 
asa conciencia; lodo esloes mny baeno, muy hermoso, muy 
sonoro; pero también es cierto qae esa pretendida conciencia 
es poro orgullo, y esa blasonada independencia mera anar- 
quía. Hay tantas opiniones como cabezas, tantos soldados como 
eapilaoes; combatientes y no ejército, oponentes y no oposición. 
Conste una tcz por todas que toda oposición no siste- 
mática carece de carácter, de principio, de influencia, de objeto 
y hasta de nombre; incapaz de servir á la Francia ni aun do 
servirse á sí misma, es una mezcla informe de colores rojos, 
aznles, blancos, verdes, con variedad de matices mas 6 menos 
sabidos. ¡Qué precioso cuadro! 

Hayqnien promete qae hablará, que será elocuente; mas 
hay ocasiones en qae mas valdría callar que serlo: pero ¿c¿mo 
ha de ser? SefSalado está el día, distribuidos los billetes, inscrito 
d orador, aprendido el papel, el público reunido. Todo se ar- 
riesga, se perora, piérdese la causa que es la de la nación en- 
tera; pero al dia siguiente dirán tos convidados al orador, que 
eslavo magnifico, y los periódicos de su partido no se cansa- 
rán de elogiarlo. 

Aristo vierte nn torrente de palabras, con ademanes estram- 
b6lico8 Y contorsiones de boca inexplicables; el sudor corth 
de sa frente, su voz se vuelve ronca, so pecho no paede 
ya renistir, sos piernas se niegan á sostenerlo. Es necesario 
llevarlo á sn casa donde to espera un baOo aromático; pero 
jffegÚBtesele el estado de la cuestión; ¿qué te importa? Sa in- 
tento fné tan sdo hablar durante una hora. 

[Una hora! Celoso Timantes pasará toda la noche en com- 
pnlsar el Monitor y las Glosas, no sea que se diga que Timan- 
tes ha discurrido menos de dos horas, puesto que Arislo, an 
abogadillo, ha ocupado la tríbuna durante una entera. ¿Qué 
imperla que agolada esté la materia? Timantes no pretende 
guaria«Íno meramente perorar, y perorará. En consecaencla 

c,q,zí<ib,Coogle 



M LIBRO 

remoDlari la caestion y la llevará masivos qae ningiiDo. Es- 
poikioD d« los hechos primordiales, argamenlacíon en forma, 
descripcioDes variadas, comeDtarío doctrinal, citas de aatores, 
lectura de docamentos, chistes graciosos qae bagan reír tas per- 
sonas mas austeras, razonamientos bien encadenados para com- 
l^acer á los lógicos, arranques oratorios para conmover la pa- 
sión, digresiones interrampidas para rehacerse, primera, se- 
gunda, tercera y cuarta peroración, lodo lo pondrá en movi- 
miento, ningún resorte dejará Iranqoilo. Ni los mnrmnllos de 
sus adversarios, ni los continuos bostezos de sna amigos, ni sa 
voz que decae, ni laslnces c[ue se apagan, ni lasedatpie deeocn- 
pan los circunstantes; nada será suficiente para hacerle bajar 
de la tribuna antes que estén concluidas las dos horas. ¡jQné se 
necesitaba para la cuestión? tres palabras. 

11. La mayoría signe otra senda: dfcese que al catw de 
cuatro meses de escaela de pelotón, son excelentes soldados los 
visofios franceses; menos tiempo basta para adiestrará dd 
boen minisierial. Los diputados mas novicios, los reciente- 
minie desembarcados, los inocentes, no necesitan mas qoe te- 
ner continuamente la vista fija en el banco de la corona, y 
acordarse en el momento de votar de la palabra de Casimiro 
Perier: «¡Sefiores, atención, en piéía 

Los ministros deben emplear varias especies de táctica con 
sus mayorías flotantes qoe les depara la fortana Poca mella 
pnede hacer en ellos la lógica, contando el partido tu) pocas 
personas qoe raciocinen; poca la elocnencia en gente (an des- 
provista de imaginación; la religión tendrá atgan efecto en las 
personas religiosas. Pero hábleseles de interés personal, y har- 
to comprenderán los interesados; intlmidesetes, y ledos en- 
mudeceran. Es cosa segura: cnaodo agotados están todos los 
medios, todos los recursos, si la mayoría permanece sorda, 
inerte, rebelde y murmuradora, no hay mas qne amedrentarla 
para poder contar con ella. 

Bay en nuestras cámaras mas perswias de lo qoe se cree qoe, 
en mas de ona ocasión, ss oenltarian y desaparecerían bajo 
na carpetas. Estos tales desean qoe se les Sfdve: t^ es su giu- 
to 7 sn capricho, y á ello están aoorininbrados. Si el minií- 

ü,.i,-z__iv,Coog[c 



DB LOS OBjlDOaBS. St 

tro no ooncloyese sa arenga diiáendo qae quiere sacrificarse 
pnr ellos y salvarlos & loda costa, se creeriaa perdidos, al paso 
qne descoDceptnado y perdido qnedaria el míDislro qae olvi- 
dase este estribillo. 

Podrá obfelarse que esle es an medio de melodrama; y no 
cjkbe dada en ello. Pero ¿acaso se diferencia el público de la cá- 
mara del que frecuéntalos teatros en qae lienen logar tales 
rqireseDlacioDes? El terror, seQores, el lerror en las Convffli- 
«aones, el miedo, el miedo en nuestras pequeñas cámaras; tal 
es el gran resorte á que hay que acudir. 

La oposicJoD juzga de lo que detñeran ser los ministros se- 
gún lo que deseara que fuesea, y los acusa de carecer de 
(rfan, de sistema, de TduDtad, de inayorfa compacta y llena de 
abnegación, presta á seguirles por las rocas y bordes de los 
precipicios. Pero los ministros se sirven de lo que tienen á 
Miaño, y cuando los ministeriales solo encierran gente ami- 
lanada y sin vigor, procuran apoyarse en las mayorías; no 
quieren ser humillados, pero no lesdisgusla que se les amo- 
neste, qae se les riila, ni que se les violente, pues asi ae 
aeen libres de toda responsabilidad, y quedan satisfechos al 
ver que se les dispensa de la pena de pensar y del apuro de es- 
coger. Si al contrario sienlen las riendas flotantes en la cerviz, 
wláa inquietos, miran en lomo y temen descarriarse. Aid es 
necesario apretarles el bocado y ponerles anteojeras para que 
no se espanten y sigan por el camino recto. 

Ud jefe de la oposición debe guiar su tropa sin aparen- 
tar que la condace, pues cuenta con gente vanidosa; pero, 
cuando se trata de la mayoría, el ministerio debe capitanearla 
CM fiereza pues trata con pusilánimes. 

En general, mas vale manfla á latigazos, que pono-sede 
Unojos y Unoar un aire contrito. Si los carneros pudiesen es- 
oeger, no huscariao para su custodia otros carneros, sino per- 
ros vigilantes y ladradores, á riesgo de ser mordidos por ellos; , 
lo mismo sucede con las mayorías. 

No obstante, en ciertos casos excepcionales, cuando la ma- 
yn-ia^se compone de hombres menos limoraloa que vadlantei, 
M hay qne andar con ademanes torbulwtos ni cnadrarseco- 

Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



S6 DBBO 

mo domJDador, porque darán el nombre de prudencia á sa ti' 
midez.é independencia á sa falla de reeoldcion; y en estos ca- 
sos mas vale ocnltar las riendas qae ponerse delante y tirar- 
les de la brida. 

Dejar las almenas, abrir la poterna y precipitarse en el cam- 
po de la oposición, es paso qne caracteriza á veces á nnbábil 
táctico; pero importa estar segare de la victoria, paes si se re- 
trocede, la mayoría buve precipitada y deja aislado al caa- 
diUo. 

Ignalmente apostárselas con la mayoría cuand&ttlabea y es 
preciso forzarla, es an recurso at cual pueden recurrir los mi- 
nistros en ciertas crisis parí amentarías. 

En esias ocasiones, los miembros de la mayoría, cogidos asi 
desprereoidos, eiperimentan nna horripilación fria, se apiñan 
anos contra oíros, y se hablan poco mas 6 menos en estos tér- 
minos: «¡Dios mío! ¡Dios miol en qué apuro nos han puesto 
los ministros con sn inesperada resokcionl ¿Cuándo tendremos 
la energía suficiente para escoger oíros? Si á lo menos tnviése- 
mod algunos días para pensar; pero no, hay que obrar inslan- 
táueamenle. jT de qui^ echaremos mano? ¡Qué respoasabili- 
dadl ¡Qué poco risueüo es lodo esto para nuestros empleos y 
nosotros mismos!... Pero en fin... tanto ó mas vale conservar 
estos, que ana nueva crisis ministerial, ¿por qué reñiríamos por 
taa poca cosa?» 

Tal es el efecto del remedio heroico. No' obstante, hay que 
andar con tiento, no sea que el remedio en vez de sanar, mate, 
no al enfermo, sino al médico. 

Citemos aun algunas máximas generales. 

Conviene evitar el error general de que la masa de dipafa- 
dos se deja arrastrar por los movimientos oratorios. 

Nuestras cámaras, procedentes de los departamentos, distan 
mucho de un cuerpo de literatos, y la elocuencia, como las man- 
zanas de oro del jardín de las Hespérides, no están al alcance 
de todos. Además, para ser inteligente se requiere gusto, yon 
espirita sensible y exquisito para ser un mero aficionado. Lai 
mayorías, como las masas populares ó militares, deben ser 
condocídas con un jirón blanco ó tricolor á la ponía de m 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS OSADDRES. 

palo, lo qoe significa, según las ocasioDes: iViva et rey! ¡viva 
d enperadorl ¡viva la república! 

Dd ministro pnede decir qne responderá naas tarde, pues esto 
uguyepradencia; mas no debe quedar sin responder, pues eso 
implica ignorancia. 

Un minislro qne habla continnameote de sa probidad, da i 
mlfflider qae es no bribón; desa vigilancia, que esan perezo- 
so; de su gratitnd, que es un ingrato; de su valor, qne es un 
cobarde. 

Un ministro no debe echar baladronadas en presencia de los 
embajadores extranjeros, ni mendigar notas de aprobación por 
el correo de la tarde, ni hacer al amor propio de sos adversa- 
rios las injurias que hace á sos opiniones. Fuerte contra las 
objedones, moderado contra las injurias, tal debe ser su ca- 
rácter. 

Los ministros iracandos levantan la cólera de la oposición 
cerno los vientos recios excitan las tempestades. Al contrario, 
como nn céSro suave aplaca las ondas mngidoras, la afabili- 
dad de los ministros calma el enojo de la asamblea. 

Estos deben defenderse con sus obras mas bien qne con pro- 
testas, con hechos mas bien que con teorías, con preceden- 
tes y no con hipótesis, con ejemi^os bislóricos y no indnc- 
ciottes filosóficas. La hinchazón de lenguaje ridicnliza á un 
minislro. 

Simples deben ser, pero exactos, pues podria creerse que 
mienten; breves, pero enérgicos, para qne no se píense que ca- 
recen de ánimo. 

Si generalizan en exceso, diráse que evitan las objeciones; 
si entran en pormenores mas de lo que es debido, podrá ta- 
chárseles de descnidar el alma del negocio. 

Lo que se llama elocuencia ministerial es casi siempre fal- 
sa elocuencia, lugares comunes de moral y orden público, fra- 
Eetlogla, declamación, temas manoseados, senda trillada. 

La verdadera elocuencia nace de la vehemencia de las pa- 
íionet, de la inspiración, del fuego del alma, del arrojo inslan- 
liaea. ¿Puede caber para un hombre de estado mayor escollo 
que tan nobles facultades? En efecto, un hombre de estado debe 

Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



os uno 

aaber lo qoe va á hacer, ocaparee de lo que debe callar doxa 
mas de lo qae debe decir, domefiar las paaiones (H-opias y las 
ajuuts, desconfiar del ealiutasino , detenerse , si necesario 
faese, en medio de en Irianfo, para darle mayor seguridad, y 
no dejar nunca caer esas palabras Iraspareates que recoge la. 
prensa como jagaele. 

Sin embargo, si se halla amenazada la iadepeodencia nacio- 
nal, sise trata devengar la libertad ultrajada, s¡bayq>e 
forzarlas ígnoranles resistencias del interés material, entODcas 
licito es ¿ los ministros ser elocnentes, con tal que sea de on 
modo sencillo y breve. 

Por desgracia lodos estos preceptos de retórica minislerialea 
reciben rudos meolis de lamayoria; yenmengaa de la clase 
parlamentaria, hemos visto ministros, con so voz gruesa y lot- 
ea, producir mas efecto que los Demóslenes y Mirabeaa, eaoa 
rayos de la elocnencia. Los del centro, con la boca abierta, la 
mirada ñja, y extendido el cuello, como suspendidas de sua la- 
bios, parecían decirle; Adelante, cómico, adelante, asustadnoa 
sí queréis darnos gusto. 



CAPITULO IX. 

De la ticiica parUoDlsi de loa mlniMroi de cada deptrUmesto. 

Prescindiendo de sus deberes generales, los minislroa de 
cada departamento tienen deberes particulares que deaem- 
peitar. 

1. Asi un presidente de consejo debe conducir la discaaion 
mas bien que discutir él mismo, como un buen director de or* 
qoeata que con la mano levantada evita las disonancias y fallas 
de compás. Tampoco debe hablar cuando la ocasión no lo va- 
le, y cuando valdría mas callar; y aun en el caso en qna lo 
diese de si la materia, no debe tampoco ocupar la tribuna co- 
mo on abogado que tiene que defender una larga causa. Al 
ministro toca emp^ar el combate, colocar en linea tal (ro- 
pa de vangnardia, aviar tal cuerpo de reserva, y á tocar ñ 



c,q,zí<ib,Coogle 



DE LOS ORADORES. ■§ 

es predao retirada. Por úllimo, debe castigar severamenle 
las fallu de disciplina, y no permiiir por el honor de so pe- 
nadlo, qDecnenieel ejército mncbos jefes, machas voces de 
mando, mochos planes de balalli. 

II. Un rainislro de negocios eitranjeros át/be sentir mas 
qne otro loe desaires qoe pnede sofrir el honor nacional y 
ser macho mas qoi^qnilloso en este panto; no obstante no debe 
decir mas qne lo necesario,' y con ana energía moderada; y 
ana contenerse en los limites de )a mayor reserva, si ast lo 
exige d bien del estado, negándose á responder á las inierpe- 
lacioies de los miembros de la cámara; no olvidando qne loa 
embajadores estranjeros acechan sos palabras para trasladar- 
las carítatÍTamente á sus amos emponzoSadas de comentarios. 
Debe asimismo an ministro de negocios extranjeros ser-sobrio 
de teorías, exponer los hechos con sencillez, y dejar qne sa- 
qoen de ellos inducciones; no atraer las tempestades políticas, 
eacribir sus discursos, moderar sns ímproTisaciones, y encer- 
rarse en su especialidad. 

m. A OD ministro de la guerra ó de marina loca mostrar- 
mas celo que otro alguno por lo concerniente al valor, patrio- 
tismo y buena reputación de las fuerzas de mar y tierra. £1 
primero es en )a cámara el porta-estandarte, y el otro el porta- 
pabellón nadonal; y ambos, representando el honor, conviene 
que usen el mismo lenguaje. Sin embargo, no deben ser fan- 
brrones en sus ademanes, ni hacer resonar en los oídos el 
roce de la vaina de su espada, si bien en ciertas ocasiones 
00 desagrada en sos bocas cierta valentía en las palabras, 6 
igualmente un hablar franco, expresiones ingenuas, discursos 
algo recios y toscos, bastando que se produzcan algo mejor 
que en campaüa 6 k bordo: Así se les perdona fácilmente las 
bitas gramaticales, los barbarismos y hasta los jaramentos; 
ñas sadrían de su esfera si interviniesen en la polémica de 
los demás ministerios, si se jactasen de oradores; y se creería 
qH por haber aprendido el oficio ajeno ignoran el propio, y 
qiM DO descnellan en el manejo de la espada. Un ministro de 
la guerra ó de marina debe hallarse siempre pronto á dar las 
mas extensas explicaciones sóbrelos hechos, cifras y gastos de 

c,q,zí<ib,Coogle 



W LIBttO 

SD deparlamenlo, y con tanta mas razón caanto qae do se la 
exige qae pronuncie nn discarso sino qae hable meramente d» 
negúcios; pero importa que esla conversación no degenere «n 
divagaciones y bablitlas, y en ta tribuna como en la goerra 
conviene no apartarse del fin. 

IV. £1 ministro de justicia debe ser sencillo y daro en 
sos exposiciones, profundo en la inlerpretacion ^ las leyes, 
decoroso en sus refutaciones, grave en su porte, so acción, sb 
Toz, sos hábitos y maneras. Pero como generalmente salen da 
la otase de abogados llevan á menudo á la tribuna el gasto 
y ademanes de la curia, la intemperancia de gesticulación, la 
verbosidad campanuda y la hinchazón de los tribunales. Hay 
tal ministro de justicia qne bulle, se agita convulsivo y espu- 
mea como sí estuviese en el trípode de la Pitonisa, invocando & 
grítosá los dioses del Olimpo y á las diosas del Tenaro. Sos 
ojos parecen querer salir de sus órbitas, su coi'bata se desala, 
hínchanse sus venas, y el portero de servicio se inquieta y se 
pregunta si convendría ir á buscar un cirujano para que te san- 
gre. Se corre el telon,y durante el entreacto los espectadores de 
la alta tribuna se dicen entre ai: «jQué bien representa et ll- 
oaro el melodramal Seguramente no va en zaga á Federico 
Lemaitre (1)1» 

V. Se exige generalmente que el ministro de instrnccion 
púUica sepa hablar francés. 

VI. Algo mas se exige al ministro del interior: asalariar 
delatores para calumniar á tos hombres de bien; pervertir las 
costumbres para enervar tos espíritus; cerrar los oidos á can- 
dones obscenas, y apartar la vista de los gral>ados libertinos 
y novelas infames; urdir tramas y zancadillas contra los in- 
cantos; paralizar la prensa departamental con la persecución 
de los impresores; arruinar la prensa de la capital por medio 
de multas y prisiones; organizar talleres de injurias en lat 
guaridas de la policía; pagar las letras giradas por los pr^ee- 
los para la compra de votos; intimidar k los pusilánimes 
con la destitución; ganar á los ambiciosos y vanidosos coa 



ir Inanes célebre en melodranas. 



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DE LOS ORADORES. - U 

promesas de empleos, cruces, gracias personales y locales; 
confesar con descaro la TíolacioQ abierta d« la lef ; favorecer 
tan solo á los artistas, sabios y poetas, qae por dd poco de oro 
Toadieron sa alma; prostituirse á losTigelisos detacdrle; des- 
cuidar la adminislracion por la policía, los ialeresea deparla- 
nenlideB por los de la capital, el cuidado de la nación por el 
cnidado de on bombre; mentir con desfachatez, y atropeítar sa 
condencia. Y después snbir á la tribana con aire de ingenní- 
dad, haUar desa inocencia original y sin tacha, de su amor' 
& la carta, la lirtud y la libertad, de su respeto por la pren- 
sa, de su admiración por la independencia y sinceridad de las 
elecciones, de sn vigilancia, celo y talento para gobernar el 
pais. Tal es lo que, en desdoro suyo y mengua de la nación, 
efectúan los malos ministros del interior. 

iSanto Dios! ¿A. qué golpearse el pecho y bajar los ojos 
con aire contrito? ¿Para qué cubrir la vacuidad de las cosas 
con la compostura de las frases? Lo que conviene es porgar la 
urna envenenada delaselecciones; proteger las artes y no acier- 
tos artistas, las letras independientes y no las serviles, emplear 
los fondos secretos para afianzar. la seguridad del Estado y no 
para fomoitar las pasiones y orgullo propio, reprimir la pren- 
sa obscena qne corrompe, y no la prensa seria que discute; 
ser ciudadano y no cortesano; gran administrador y no gran 
director de policía; no perder nunca de vista los derechos de 
la libertad y las necesidades de los pobres; la pureza de las 
costumbres y la gloria de la patria: tal es lo qne se requiere 
para ser nn buen ministro del interior. 

VU. No son menos amplios ni menos serios los deberes bu- 
rocráticos y el oGcio parlamentario de un ministro de obras 
púUicas y comercio; precaverse del espirita de sistema, siem- 
pr« porfiado como procedente de una naturaleza 'mezquina; 
equilibrar la repartición de fondos, no sacriHcar el medio- 
db al norte, ni la agricultura al comercio, ni los caminos k los 
eanales, ni reciprocamente; no sofocar con el fisco las indus- 
trias qne empiezan; no empellarse en gastos falsos y trabajos 
improdactivos; estudiar las legislaciones comparadas del ex- 
lraDjero;formar esladisticasexactas; comprobar con los hechos y 



Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



m UBRO 

la experienda ta certeza de las teorfae; abrir al comwdo 

deexportacíoD vías nueTas abundantes y segaras; anfii las 
^fioallades de los caminas interiores; preferir los qne consu- 
men á ios qne monopoliíao, y la nlilidad general ¿ la local; 
resistir á las sorpresas del interés personal 6 del interés cotec- 
tívo; hacer qoe tanto en las relacioaes como en las disensiones 
raine el orden, la sencilloE, la buena fe, la conciencia, take MQ 
los deberes de este ministro. 

VIH. Llegamos por fin al recaudador de imiwestos, al ca- 
jero del Estado, á la llave de oro de las cámaras mejor cerra- 
das, al rey del presupuesto, al ministro de bacienda. 

Según los corrompidos sectarios de la escuela de Walpole, 
DD buen ministro de hacienda debe sabir trasquilar con mono 
ligera al contribuyente, en los afios en que se presente mas In- 
cido y lleno de lana , tan cerca de la piel como sea posible, 
sin pellizcarla ni lastimarla. Debe asimismo saber elevar sobre 
dos pies desiguales un eartelon normal, en que figuren los gu- 
les en línea mas baja que los ingresos, sí IÑen con la reserva de 
aumentarlos; como igualmente poseer á fondo el vocabulario 
de loe créditos, el ordinario y extraordinario, el adicional y el 
complementario, el suplementario y el variable, el facaltjUiTo 
y sobre lodo el aumentativo. ¡Noble idioma y ma^íflco el de 
los impaeslos! ¡Idioma antigno y siempre nnevo, qna nanea 
OMtsiguieron aprenda los que pagan , gente de dura mollera, 
y que conlinuamenle engalanan los que cobrasí con ingeniosos 
modismos, giros primorosos, y números artistamente agrupa- 
dos, tan vistosos y agradables al oido. Por lUtimo, un boea 
ministro de hacienda debe saber glosar un presupuesto, cuyos 
relatos , conexiones , titules , capítulos , artículos , números y 
eeroB, divisiones y subdivisiones, distinciones y subdisUociO' 
oes, se bailen mezcladas y confundidas con tanta matia, que 
aíAo los sabios y los muy sabios puedan descifrtu' tanto enredo, 
y nada vean ni comprendan los profanos. 

Tal es el presupuesto, en el cual todo entra y sale, los de- 
partamentos y la capital, las letras y las ciencias, la agrionl- 
tnra y la industria, los gobiernos, las cámaras, el ejército, la 
religión, la dinastía, la policía, las costumbres baoias ó ma- 

C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DB LOS ORADORES. <S 

las. El presapnesto es an compeadio de las maravillas d«l 
mando. La lierra y el agua, el aire y eH fuego, y la misma los; 
la devorado y devorante; lo móvil y lo inmóvil, lo qne al nivel 
de tierra existe y bajo la tierra; el hombre, las plantiis, los 
aiúm^es, la vida, la materia, todo está sujeto al impuesto. Es- 
te (HTogresa coD mas rapidez que la civilización, y para él no 
es qaimera una perfectibilidad indeñnida; pues lo que paga 
koy simple, mafiana pagará dobte, lo qne ano no paga pagará. 
Ea cada remolacha qne crece, en cuJa fibra de moral, en cada 
mala de tabaco que se planta, ve el impuesto an ramo de oro 
qoe cogerá con el tiempo. Y si el impnesto no basta, queda por 
recarso el empréstito, y si no hay quien preste, queda la ban- 
carrota. ¡Digna y moral conclusión! 

He atreveré á decir al ministro de hacienda: 

librad del impuesto tas indnstrias nacionales que em- 
piezan á levantar cabeza y no agolds el mananliat antes que 
ferote; 

Extirpad sin piedad la verruga de las acumulaciones y em- 
pleos de parásitos sin provecho; 

Redncid el interés de los fondos públicos para que haya 
qiiea preste á uo interés mas módico; 

Pagad vuestras deudas con vuestros capitales, y asi os «n- 
riqmcereis; 

No prodiguéis á altos empleados lo supérfloo que arrancáis 
de lo necesario á los labradores y artesanos; 

No compenséis lo que al tesoro debe la lista civil, con lo qne 
no ie debe el tesoro; 

No bagáis donación á principes altos y riquísimos, de 
Ih bosques del estado, que son el patrimonio de lot pobres; 

Bebajad las contríbucimies que pesan sobre los que consu- 
men, á tin de que puedan consumir mas; 

Dejad á la agricollura, que es la vaca qne nos sustenta, su- 
ficiente leche para amamantar su lernerillo; 

No construyáis palacios de mármol para alojar en ellos pin- 
toras y estatuas, cuando azota la lluvia y sopla el viento por 
las rendijas de nuastros techos de paja; 

No Heveas encajes, cuando carecemos de camisa, ni sus- 



c,q,zí<ib,Coogle 



M LIBBO 

pendáis á vaesIraB orejas zarcillos de diamantes cuando cslreB 
nuestros pies groseros zuecos; 

Si niveláis gastos fijos con ingresos inuertos, no saldréis Tá- 
tilmenle del apuro. 

Que d cómputo de vuestros ingresos exceda consideraUe- 
mente al de vuestros gastos, para que con lo excedente podaú 
pagar vuestras deadas, descargar la parte mas pesada del im- 
puesto, aliviar á fos menesterosos, fomuitar la {HXjdaecion, 
prevenir los casos de guerra, peste y carestia, y obrar como 
obran lodos los padres de familia, y como en todas ocasiones, 
debe proceder un ministro leal qne ama á los contribuyentes j 
& su patria. 



CAPÍTULO X. 

Da la dicción 3 d«l porte. 

Sí ta dicción del orador es desallüada, se dice qne obra sin 
ceremonia y con familiaridad excesiva; si teatral, qne qniora 
lucir. 

Un acento provincial cualquiera, sobre todo si es prononda^ 
do, choca en la tribuna y perjudica al efecto de la diccira. 

Hay tal alsaciano cuyo acento pastoso baria reir á nuestras 
verduleras, y lo mismo paede decirse del acento pesado dd 
normando ó del agudo del Languedoc. No se debe chillar co- 
^0 un tiple agrio, ni salmodiar en canto llano, sino desprenderse 
de todo resabio de jerga provincial, y acordarse de que puft 
ser recibido en la nueva Atenas hay que hsiilar con ele- 
gancia. 

El porte comprende el vestido y la postura, y el orador debe 
cnidar mucbo de su exterior. 

Tal orador se Ggnra que la cámara rie á carcajada de su 
chistes desabridos, y no hay tal; si rie es de una mosca porfia- 
da que ahuyenta y no quiere dejar la punía de su nariz. 

Los guantes amarillos del general Sebastiani, viejo galance- 



Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



DE LOS. OftttORES. M 

H,|KWatw«^ii .mu la cámara qoe eas graciosas diserlaoío- 

Dtt w^ Jia deuda .«nerieam. 

fiogifie k lOemáñita^ bu vcatido rojo y nna pelaoa de m&- 
dipliido, yd))i«»troB,ataiiieiiaetjeJtetán«aa tLeoi deBooBtjiiaaadá, 
aw en d mas paIéUeo jnonimto^ cnaado dirá el orador: «Iü 
juro por las manes de los héroes mnertoa en Maratón. » 

|0 alraiieDses, atenienses! es necesario haber vivido entre 
TOBoIros para conoceros. 

Segaramenle se debe lomaren cnenlala edad, el estado, el 
rango, el carácter, y no admite dada qne los preceptos se mo- 
difican según las personas; pero sea qnien fuere el orador, no 
deJK pialarse con la mano «n la cinlora como nn fanfarrón, 
ni llevar erguido y rizado el tupé para darse mayor semejanza 
cfiD el Apolo del Belvediere, ni jugar como por descuido cao la 
ciida de sp lente, ni fefolver los qjos encendidos como nn en- 
demoniado, ni gesticular como un jugador de mam»,.niaiaalar 
los dwalee postizai, :nt bajarse la peluca huta loa ojos, ni pne- 
s«ilBrae^gpeiirado.cj)mo na gato espeluzado, ni bacer brillar el 
mbi de m sortija, üi d^ar pendienlp las puntas de su coiba.- 
ta, ni ech^ atrás el cnello de ta levita, ni levantarse las taaa- 
gas para estar mas á la fnsca, ni d^ar pasiu* la camisa eolre 
al cbaleco y el vestido inferior, ni vcdver la c^ia á ono y 
obvladoQMnO'lotoaos.raJosjiBiUfiOs, nibeber lo que queda 
del agua azucarada que bebtd á medias el pneopaanle, ni dejuí' 
cMr«a.ib torpe CDnfoaMn de su declamaeion, los libros, pape- 
les y antaojoa, ni «scalar la tríbona con la petulancia de un ti- 
tifilero, ni llegarse á ella como los llorones de entierro que hiso- 
pean ájmjdifnnlaconagaabendita, ni hablar damdo vaeilasá 
SQ caja de tabaco entre el pulgar y. el Índice, ni apoyarse ea 
watt» eodoB para baUarimuUarmente con la cámara, ni inler- 
rni}w- «1 ^orso jn» hablar jacideatdmente con los mioBi- 
brasde lamosa, deloscQrjodoEesólflsapostrofadfH-esdelacár 
mará; ni cerrar losojosconéxtasis afectado, nifijarlos en el to- 
^ coDoai deü^de^tese prixvesir la inspiración; ni ameitazar 
cen el gesto á sus adversarios, como tampoco lanzarles palabras 
¿ miradas injnñows; ni ofender con la ostentación délas conde- 
«Dractones la ignitltbul de la asaml^a; oí mostrarse en traje de 



c,q,zí<ib,Coogle 



61 ubho 

bule, de corte, de can, ó de viaje; coBT¡«wef qoeanondoi* 
se présenle aseado sin afectación, y nataral sin abandono^ 
En ana palabra, an diputado que sabe k la tribana, no con- 
viene qne declame como an abogado ó on antor trágico, ni co* 
mo un fraile, sino como an orador, y debe presratarse eomo 
los demás. 



CA.PÍTÜLO XI. 

AforUmoi de I» elocuencia pKriamaDtMU. 

No ae debe á todas boras, y por cualquier motivo, subir á la 
tribana. Yo me canso, dirían nuestros moderaos atenienses, de 
oír coBtiDuamente á Demóstenes. 
' Un argumento repetido es como una comida recalentada. 

Guando el orador en jefe ba berido eon el filo de sa espa- 
da, no conviene que an orador-soldado dé an cintarazo en el 
mñmo paraje. 

Caaodo un ministerial ba soltado una sandez, no debe r^>e- 
Urla nn anli-mínisterial aun mas necio. 

Cnando la asamblea se baila dispuesta á llorar, hay qoe de- 
jarla en su agitación y no baoerla reir. 

Cuando se ve que sas ojos se cierran de fatiga y que va á 
dormir, no se debe tocar la zampofia para que su suelio sea 
mas profundo. 

Guando se gana la partida ái ana ffcan caeslion, importa 
no perderla en una peqaefia. 

La elocuencia parlamentaria no debe abandonarse sin freno 
á 8B8 trasportes; y necesita un gaia, una regla de experiencia 
para agradar, conmover y convencer; por cayo motivo dire-^ 
mos al orador: 

■Entrad en materia con sencilla, y proceda naluratmente «I 
-exordio del asunto. 

«No afectéis falsa modestia ni desden soberiwo. 

«No seáis bumitde ni orgatloaOf sino verdadero. 



_iv,Coog[c 



DI LOS 0B1D0RB9. 67 

«No OS anegueia en la prolija yerbosidad de las precancionfiB 
eratorías. 
. «Sea Ytiestra exposición lisa, llana, clara, variada y atrac- 
tiva, y qae del orden ingenioso de los hechos se colija el de 
los medios. 

«No mullipliqneis los gestos, no sea qne, en vez de esca- 
charos, 03 mire tan solo la cámu'a. 

«Qne Toeslra voz no sea pesada ni precipitada, sorda ni 
chulona, para que no distraiga de la idea qne emitís. 

uNo recitéis de memoria como un escolar, para dar á en- 
leoder qae improTÍsais nn discurso laboriosamente entretejido, 
y qne tal vez habrá recibido el laqaigrafo del Monitor. 

"Si sois militar, no contéis historias de vivandwas, jarando 
eoD la pipa en la boca; ni retorzáis el bigote como na erizo, 
ni estropeéis vaestro idioma. 

<Si sois abogado, no elevéis con dotor vnestros ojos y bra- 
zos á Júpiter tonante con motivo de nna coma olvidada; ni des- 
leyais una idea en un océano de palabras, y sobre Iodo do ol- 
vidéis qne si habéis comenzado tenéis qae acabar. 

<rSi sois sabio, no empleéis las voces técnicas para dar k en- 
t«ider qae sois nuestro superior, y qae no somos dignos de 
oíros; al contrario, procurad poneros al alcance de los igno- 
ranles qae os escachan, para qae estos qaedeo ufanos y satis- 
fedos al ver qne os compreaden. Tampoco debéis abandona- 
ros á digresiones excesivas, oí olvidar que la cámara no es 
una academia, qae el discurso no es una lección, y que las te- 
yes no deben redactarse en estilo escolástico. 

«Escoged, con an instinto rápido y seguro, entre los medios 
qoe tenéis á mano, el mas luminoso, aunque no sea tal vez el 
mas sólido; pero qne, segnn la disposición de los ánimos, la 
iialQraI«a del negodo y la singularidad de la circunstancia, 
ese! mas adecuado para impresionar la asamblea. 

i^Domioad con fuerza la atención de esta; excitad su piedad 
6 m indignación, sus simpatías, su repugnancia ó m pundo- 
nor; mostraos animado de su soplo y ebrio de sas inspi- 
raciones, al paso que te comonicais las vuestras. Cuando en 
derlo modo hayáis conseguido separar todas estas almas de 

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BU caerpo, y vengan por si mismaB jt agmiíane m torno 
de la tribana, cautivadas por el poder magnético de Tues- 
1ra mirada, entonces no andéis con nñramicDtos, pues os 
pertenecen, y todas se confunden con la vaestra. {Ved oómo si- 
gnen sns flujos y reflnjosl" ¡cómo descienden y se elevan! ¡có- 
mo desean lo qne vos deséate! ¡oimo hacen lo que vos iiaoMel 
Continuad sin reposo, marchad, apretad vuratro discnrao, y 
pronto veréis palpitar y jadear Iodos los pechos, porque el vues- 
tro palpita y jadea; todos los ojos iluminarse, porque los vues- 
tros chispean; ó llenarse de lágrimas, porque los vuestros se 
hamedecen. Todos los veréis suspendidos á vuestros labios por 
las gracias déla persuasión, ó porm^or decir, nada veréis, 
lin dominado os hallareis por vuestro enajeoMaienlo; os sen- 
tiréis doblar y sucumbir bajo vuestro genio, y seréis tanto mas 
elocuente cuanto que ningún esfuerzo haréis para parecerlo. 

«Anudad vuestias transiciones sin apnro y ñatean todas 
de la discusión. 

«tSed en vuestra exposición claro, exacto, preciso, imparelal. 

aN» procuréis 'decirlo todo, sino decirio bien. 

«Si la oámara está distraída, llamad su atención por lo gran- 
de de la causa ó por et sentimiento del d^er. Si está alboro- 
tada, dominad el estrépito con et eco atronador de vuestra 
palabra. 

«Goando veinte y nueve oradores han agotado la cneslMu, 
no la tratéis por trigésima vce. No remontéis, en el orden de 
vuestras pruebas, hasta nuestro padre Abrahxn, ni dig^s qae 
Dios hizo el cielo y la tierra, tos cuales deben acabar un dia, 
siso acrtiad ves mismo. 

«Fgaos con pi-eE^reucia al laclo mievo de la cuestión, pues 
asi deleitareis al auditorio y pasareis por ingenioso. 

«Si exbactsta está la atención de la cámara, no subáis k la 
tribuna, pues no seriáis escuchado, y esto es mwlal para qd 
orador. 

eAsí como solo los objetos de gran tamaffo son víñbles á \o 
lejos, del mismo modo las razones aparentes son las que im- 
presionan la mayoría del auditorio: conviene pues prescindir 
de h demás. 

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DE LOS OBADOBES. W 

• Tal poderosa, razón qne la vísp^a babiera baslado á con- 
mover la cámara, la eaconlrará iaerle al día siguiente; ú pues 
esla razón sejialla en vaestro discarso escrito, conviene bor- 
rarla y callaría si improvisáis. 

«Si el orador (|«e os ba precedido Ba hablado en lono joco- 
so, bablad en lono grave; si ba hablado grave, sed Tesüvo, sin 
olvidar que el mismo eco repetido cansa el oido, y qne ba^ 
blais en presencia de ona asamblea francesa, la mas distraida, 
caprichosa y mnjeril de todas las asambleas del mnndo. 

iSi qaereis que os escnclwn, y aegnramenle no podds tener 
otro fin, evitad hablar en propia causa, y por vuestro dis- 
Irile 6 lagar; ni digáis: Rnan, que me ha visto nacer, Nantes, 
me ba enviado; tengo el honor de representar la ciudad de 
León. Os engañáis, sefiores, do ret^esealais á Rúan, Nantes y 
LeoD, sino la Francia. 

«No digáis: Soy gascón, soy inlou, ¿Qué nos impela qae 
seáis de Tebas 6 Aleñas con tal qne habléis griegof 

■No seáis fisgoa ea demasía, poes se pddria decü': Ea nn 
hombre de chispa y nada mas; ni tampoco seáis na disearrí- 
dor prapétno, porque os acusarían de monotonía. 

aSi qoereis ser perpétsamenle interesante , sed siempre 
Averso. 

«Mientras que un medicamento se «Ee á m(^r la piel, la 
suaviza; mas si el efecto se prolonga, la hiela. Lo mismo sncede 
con nn discurso. 

«Lo díncil para nn orador no es tanto encontrar pala- 
bras, como saber cuando debm cesar estas. 

"Si arrastrado por el torrente de la improvisación temas 
no acabar k ttMopo, ataos nn hilo al pié, y cuando alalais 
q« 08 tira atgon amigo cooqdMíenle, deteneos y bajad de la 
tribuna. 

«Otro aviso: si senlis qne voestras flecbas se embolan y no 
causan lesión, que las conversaciones suspendidas vuelven á 
reanudarse, qne los oyentes mueven la cabeza, qne en lodos 
los baocos se notan sefiales de distracción y cansancio, qne nn 
bostezo epidémico recorre el auditorio, y que sns párpados se 
cierran; temed que, antes de acabarse vuestro discnrso, la 



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70 uno 

cámara entera se abandone al %ueSo, y conclaid caanlo antes. 

sNodeiscoDtihnoa golpes en el mármol de la tribuna, no 
sea que espantéis las graciosas cariátides que las eostienea, y 
en lugar de lomar parle en vuestra agitación, los circunslan- 
tes teman tan solo que os descoyanteis la mano. 

«No 09 dejéis arrancar, por el brio del discarso, concesio- 
nes qne mas tarde pueden pesaros, ni aceptéis el combate en 
terreno que no conozcáis; poes la simulada generosidad de 
vuestros enemigos podria ser una emboscada. 

aAlended mas á lo que se calla qae á lo que se dice, á lo 
que se oculta que á lo que se descubre. 

«Hablad para decir algo, y no para que se diga que habéis 
bablado. 

«Si leñéis na argumento nuevo y decisivo, guardadlo en re- 
serva, y no lo entreguéis á la discusión sino caando hayáis 
preparaJdo los ánimos á recibirlo, y cuando solo aguardarán 
esta pieza, en cierto modo, para tomar partido. 

<<No os chanceéis por el estéril placer de mofaros y por luu^r 
ver que tenéis chispa y chiste, sino para demostrar lo ridiculo 
6 falso de un argumento. Y si vuestro adversario os lanza 
una personalidad, derribadlo entonces de un solo golpe. 

«Domefiad vuestras pasiones para domefiar las ajenas; no 
os amostacéis sino contra lo arbitrario, no demostréis amor 
mas que por la patria y libertad, y soto admiración por el de- 
sinterés y virtud. 

•Qne teóricamente cundan tan lejos como es posible las con- 
secnencias de vuestros principios; pero en la práctica ceñios á 
exigir lo posible. 

«Por último, pensad qne vuestras leyes deben labrar la di- 
cha 6 la infelicidad de nn pu^lo, protegerlo ú oprimirlo, mo- 
ralizólo 6 corromperlo. Hablad, paes, como si os escHichaae; 
hablad como si os viese; qne nnnca se aparte de vuestros ojos 
so imagen santa y venerable. « 



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DE LOS MIDOHBS. 



LIBRO II. 

DE U38 BEUÁS GÉNEROS DE ELOCUENCIA. 



CAPITULO PRIMERO. 

Dell lelocaaaclk d« la pranu. 

¿La preiua es el [rimero ó el eearto poder áá Estado? Caes- 
lion cootroTertida. 

I^jo el puBlo de \isla de las ficcioDcs consIituoioDales, la 
prensa no es siquiera an poder; pero considerada desde la ^ 
tora de la verdadera realidad, la prensa es el primero de los 
poderes. 

&i efecto, a({iiel qne habla siempre acaba por trinafar del 
gae no siempre habla. 

£1 qae promoeve la publicidad es, en defloilivaT del qae 
la recibe. 

Solo el poder qae incesantemenle obra, en otros términos, el 
gobierno, pnede lachar con armas ignales con el poder que 
ttcesMt^nenle habla, esto es, con la prensa. 

Así el gobierno procura introdocír cuaDlos empleados pne- 
de en la (ámiT&, T la prensa todos los oponentes qae le es 
posible. 

De ahí procede ese perpétao oleaje de la política, qae em- 
paja el pueblo, ora contra los excesos del orden, esto es, el 
ileapotismo; ora contra los excesos de la libertad 6 la anarqnía. 

^ bien se examina, el poder ejeaiÜTo y ambas cámaras, de 



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tt Lomo 

las cuales ima se compone eichisiramente de faDcionarios, y 
la otra casi enteramente, fianqneadas de la prensa ministerio, 
apenas pneden defenderse contra los ataqaes de la prensa dé 
oposición. 

T sin embargo, bay qníen pregunta si la prensa es el cauto 
poder del Estado, y ano si es on poder; verdadera cnestion de 
palabras. 

Si, la prensa es nn poder, pero este poder posee mas herza 
GolecliTaqne fiíerza tadivídiral; en otros términos, hay, alo 
menos en Francia, mayor número de baenos oradores qne de 
bnenoa escritores. 

Y sin embargo no es orador el qne á serlo aspira, mientras 
que lodo el qne quiere es escritor. 

En efeelo, no es orador parlameatU'W eV que qniere, poes 
para esto se requiere pagar quinientos francos de contribución, 
impuestos sobre una buena pro[Medad. Demóstenes y Cicerón, 
con un jnstillo agujereado en el codo, la sandalia calzada y 
k b*taa vacia, podrían embriagar al pa^o ca« sb eiocaencia; 
pero si osasen presentarse en un colegio elechnral para aoUei^ 
tu stw nfragios, el presidente tes expalearia escaleras atejo, 
paaé Semóslenes y Qoeron podrlau' no pegar el eeoM «^ecto^ 
nll reqairído. Prohibido está á todo franca ser orador y 
servir á su pais en la tribuna, sí no presenta préviameMe ma 
oiría de pago, debídamenle tegOÍEaife, (pe úa^tlñ que puede 
tener una vida ociosa. Tal es la ley, ¿no es derlo qne es«8- 
ti^tida tal ley? 

A pesar de esto la cámara de diputados cuenta na(ta menos 
qne una docena de oraidores. Adiétale que ib renueve iotegral- 
m^té la c&mara, con exaltuaoo de h» doce mencionadM, y 
será fácil reclutsF de todos \m t^noales da 1& nodoo «sa i»- 
gnnda doeúna de oradores (fe igual faerza. En fin, snpdagase 
ifae queda libre la entrada de la eánnra por la lAdiñon del 
censo de eligibilídad, y saldrán de todas laa clases sacíales ona 
tareera y cnartadocena de oradorcK 
' I hay qus adrártir qae no iocMiiflUM ea este uúoMro los ora- 
dles eveitoalcfi daveidte á lienta afiov, de ei* edad diobeto 
éi,qaedBspKega la imagámcion ns ma» riou faeolladM^ai 



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DB LOS ORUI0RE3. 73 

que el g«8to tiene toda clase de gracias y la voz del hombre 
resaeaa ctw toda pompa. Asi es muy considerable el náoiero 
de 1<M oradoras frutceses tía el parlamento y faera de este. 

¿Sucede lo mismo con los grandes escritores políticos? Sega- 
nmeatequeno-, y sin embargo noae exige para escribir como 
para hablar un cesao de quinieaíos ni ano de doeetealos francos. 
Todo el mundo [mede manejar la pluma, mayor 6 menor, rioo 
& pobres enfermo, sordo y aan ciego, sin que vengan 4 inqoi^ 
rir loqoe paga, lo(pehaée,loqBee8;m Tense gendarmes fer- 
iar su domicilio, con el sable en la mano, y expulsarlo por causa 
de indignidad, como cuando se asieroD de la persona de Manuel 
n las gradasde la tribuna; ni se le imponela violencia electora 
ó paríamenlaria de un jnramento absurdo, ni tiene qae ocultar- 
Mea esas fdrmalas aralortas qae diafraian el pensamiento y 
despejan la palabra hnmaoa de so libertad y viveza de mo- 
TÍEÚ«nto. Libros voluminosoe, folletos ligeros, periódicos, re- 
vistas, folletines, puede emplear todas las formas y hablar 
todas tas lenguas. Que sea breve ó largo, sencillo 6 pcmpos», 
grave 6 festivo, poético 6 lógico, vehemente 6 templado, tieso 
iinible, acrimonioso ó afable; nadie le pide cuenta del ca- 
pricho de so» colores, coa tal cpie resalten á la vista y pinlea 
la verdaé. 

ICmíA es la causa de la escasez de buenos escritores y la 
abondaocia con^iarativa de buenos oradores? 

La causa es que el arte de escribir es an vte muy grande^ 
va vte que exige muchos trabajos y esludios, una paciencia 
iiveaoiblB, una asiduidad máravillesa. Al mismo tiempo sa ne- 
cesHa madio mas v^or para esribir que para hablar, pues la 
persecución jurídica amenaza continuamente al eserítM-, mien- 
tras qne el orador se escuda con su irresponsabilidad parla- 
veataria. 

Qae la palabra del orador se resicsta de se provineia, que 
por e) exceso de sencilleí degenere ca negligencia, ó pordema- 
siaéo estudio raye tai hincháis^ qne careaca de precisión, de 
Krrio y gracia, defectos son estos quo desaparecen en el calor 
y brillo ásA Macano. Pero si el aadileno es índalgesle, save- 
m sMloa IfltJtnes: aquel sa tlqa caalivar por el encanlo da 



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7t UBMO 

DDa voz halagtteQa y sonora, de ana acUlud noble, de una Sso- 
nomia viva y animada; basca él mianio la ilusión, eienle eatn- 
mecerse sns nervios, se conmueve, se apasiona, se indigna, n 
enternece; sube á la escena, se introduce en el drama; se incli- 
na ó levanta Begon el poder del orador; se pone á descnbier- 
lo, desnado en su prasenda; se ofrece k sus golpes, redbe tos 
dai-dos contra él disparados, y cuando el orador eiicnentra fa- 
vorable su auditorio, puede producir grandes efectos con pala- 
bras casi desprovistas de sentido, pero bien dichas y bábil- 
mente dispuestas. 

Pero hágase después el análisis, léase á sangre fría esos dift- 
cursos qoe tanto enígenaron, que produjeron tantos arranques 
de simpatía y gritos de admiración, y no se encontrará ^r- 
den, método, elegancia, corrección de lenguaje, profuatU- 
dad de pensamiento , ni vigor de raciociaio ; y se figura- 
rá el lector que tal cosa no ba oído, que le engaitan, y que 
se han desfigurado las ideas y las frases. No, no cabe Miga- 
fio, pues hay que oir y no leer & los oradores. ¿Podrá acaso la 
taquigrafía, por mas fiel que sea, reproducir la sonoridad de 
la voz, el fuego de la mirada, la pasión, la acdon, laactilsd, 
ti gesto? ¥ sin embargo, ahí está casi lodo el orador. 

Los oradores pueden solo vivir eo la memoria, y A exkmta 
los mala. Demóstenes y Cicerón elaboraron, con largo y entre- 
tenido trabajo, en on idioma de riqueza incomparable, las prer- 
cíosaa arengas que admiramos. Tales como las pronancia- 
ron hubieran sido ininteligibles. ¿Quién compra, quién hojea 
«quiera los discursos tan ponderados del general Foy? ¿T, 
desde la revolución de julio, existe por ventara un solo di«cnr- 
80 de nuestros improvisadores que pueda sostener la prueba 
de la lectura? 

Esto no impide que en nuestros tiempos los mas vanos de 
todos los hombres son los cómicos de la tribuna, mas vanos 
que los cómicos de profesíoa, mas vanos qne los poetas. 

Por otra parte, todos los grandes muiantiales se bailan des- 
terrados actualmente de la elocumcia parlamentaria. Ne «e 
permite hablar de la soberanía dcd pueblo, de igualdad poU- 
tica, de la libertad de la prensa, de lo pesado de Ua im- 



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DB LOS ORiDOSES. n 

pnestoi, de la inmoralidad del poder, ni de lo arbitrario de 
losmíBisIros; y redncídos eetán los oradores á parafrasear los 
teilos mas vulgares, á dar mil vnetlas y rodeos y i torcer la 
boca para no decir nada. No es de extrañar qae baya lan 
poca verdad y tan poca anslancia en los discarsoa mas a[4aa- 
didos y ensalzados, y sorprende, coando se les despoja 
del prestigio de acento y de la recitación, no enconb-ar en eltna 
foima ni fondo: forma, porqae la belleza y las gracias que 
animaban la voz y el gesto del orador, no pasan en el estilo; 
fondo , porqae no hay, ni puede baber en todos esos discnr- 
Ms, grandes principios, ni grandes pensamientos. Vistos de 
cerca no son mas qae la sombra vaga é indecisa, las propor- 
ciones diminutas, la osadia homillada de una columna que 
parada subir ¿ los cielos. 

Olra diferencia entre la prensa y la tribuna. 

Escúchase k va orador con entusiasmo, y léese i un escritor 
ceo reSexion; el primero tiene un efecto mas pronuaciado en los 
aottidos exteriores y pasiones del auditorio, y el otro en el es- 
pirilo y razón de los lectores. 

. La TU de los oradores, por implía y sonora que sea, oo 
paede extenderse mas allá de un ámbito reducido; mientras 
que la voz inleleclual de los escritores es tan rápida, qne 
atraviesa ínstaDlineameDle los puentes y mares; tan pene- 
traote, qne perfora las paredes de los palacios reates, yseinu- 
noa por las rendijas de las cabanas. 

Los coloristas de la tribuna se cifien á menudo á iluminar 
Je« dibujos de la prensa , sin afiadir nada á la pureza de los 
rasgos, á la invención del objeto ni & la belleza de las formas. 
' La tribuna posee mas movimiento, la prensa mas ideas. 

A la tribuna caracteriza mayor anioridad obligatoria, á la 
-{HWsa mayor inicialira fecundante. 

Con un presupuesto fotado para muchas legislaturas, códi- 
gos corrientes y leyes completas , se podría prescindir , de un 
modo absoluto, si bien no constitucional, de la tribuna duran- 
te nachos aflos; mas ni un solo dia se puede (vesandir de la 
prensa. 

La acción de un discarso parlamentario estriba en la unidad 

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de BU plan y de sa leogaEge , mientras qoe la acción de la 
prenaa reaide eo la variedad de ra tono y en la flembflJdaAJe 
sns formal. 

El discurso parlameoterío estalla por intefvadog, Bemejanto 
al torrente de las mooUfias qne se hincha, salta, se arremoliBa 
y se estrella espamoso contra el pefiOQ de la ríbwa; pero b 
roca permanece inmóvil y la ola se deshace y desapifece. 

La prensa, hablando enolidianamente, poede ser comparada 
i la gota de agaa qoe cae de continuo y acaba por taladrar ri 
mas duro y compacto granito. 

iQoé cosa tan porlentoia es la prensa! Tal u^ele parta- 
neatario, representante de tal ¿ ca¿ departamento, comisario ^ 
del presapnesto , relator de una gran ley, trabaja todo ti dia^ 
pasa eo vela la noche , y produce una expesicion sMia , eoa- 
cienzada, inmensa , qne no reprodaoe ningan peri&ffico y qae 
casi DÍDgao diputado lee. Viene aa eserilorr y toma nna nota, 
ana nota ligera, la pablica en un periódico, y hé aqai la nata 
y BU atilor conocidoB en toda la Francia. ¿Qaé vienan & ser sia 
la prensa, la cámara, los trabajos legislativos y los oraAmaí 
La prensa es la que saca esos diamantea del cofre, kw pona ea 
SQ dedo y brillan. 

El orador y el escritor difteren ann en otros mochos pamlos: 

El orador tiene la fisonomía de so peraoaa. 

El escritor solo tiene la fisonomía de sa ratilo. 
■ El orador compone los pUegaes de en vestido cwno ú Inje 
t^ar de los rcnsaaos. 

El escritor deja vw sns músoalos y nervios en la dosDodaE 
de sa discurso. 

El nno vive en el mando de los (ijos y oídos , el «tro en ^ 
de las ideas. 

Pero como es mas fácil tener ojos y oídos qoe ideas, es mas 
-ftcil tener una persona original que on estilo originaL 

Al tratarse del orador, se comentan sos ventajas y drieetoa 
corporales; mas no sucede asi om el escritor. 

Si HorlffliBio se hubiese presentado al púMíeo con naa barba 
sacia y desalifiada y una verruga bajo el ojo, los romanos 
hubieran soltado la carcajada; pero ¿qné importa qae Cicerón 



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BB LOS ORIDORES. ti 

Inviese ú. cdiídor Qolante y dd garbanzo en la nariz cnando 
componía sna libros? 

La tribana es nn tealro, la elocuencia na especlácnlo , y el 
orador un cómico; cnando baja el telen, el público le signe y 
le acompasa con aplansos ; nómbrale en alta voz, le rodea ea 
las calles y plazas de la ciudad, y besa respelaosamenlela ori- 
lla de BQ toga. En una palabra, es nn hombre de exposicíoa 
pti>tioa, qne se avoMa -en yeso, se fondt en tvonoe, y m co- 
loca es los froDlñpicios de los lemplos y m^eos. Si fatleoe, se 
lleva su aland en bombros al través de una doble fila de per- 
sotas y é la Inz de mü antorchas; despnes se esculpe su nom- 
ina en iBármol , y oi preciso reconocer qne las mas veoes no 
ipnda dd di&uUú mas que este recuerdo. 

íDwo iqaién as eu bomtffe de frente calva, y algo encorva- 
d», i|Be atrcviesa la mvllilad sin verla ni ser visto? Es Cha- 
leasfañnd. ¿(^iés «s eee o^o emboeado en una capa negra, 
que pasa lento y qne lodo d mando codea? Es Lamesnais, qo« 
gniíia el <JQ, nna las .paredes y .extiende las manos temiendo 
tropcoar. ¡Baos mió! iQaé Qaeos y pequefios son ambos en la 
calle! Pero en sns otÑ'as tienen diez codos de eslatnra. 

El arte de habtar y escribir no es como la rebirica de nnes- 
Iros padres, an arlesubUme, pera frivolo, sin mas objeto qne 
el recreo de aobleí inteligencias; esle arle, oi nnaslros dias, se 
ha devadoá laaltwa de una misión social. 

U dvilizacioD ha cambiado de corriente; la espada ha có- 
salo de ser la soberana y ÜBÍca dominadora de los imperios; 
laelocENada^y la prensa sometoa gradualmeahe todas las par- 
lesidefiKopa. Los oradores y los escrilores son los reyes de la 
tntaiigeaaa, y ta i^igeiraa acabará por dominar al mundo. 



Cqi-ZÍ-dbvGOOglC 



CAPÍTULO II. 



DldicÜM dal fDlIato, 7 qjemploa. 

Escribir y haUar, formas aoB ambas de elocuencia , si biea 
diferentes entre ú, é idéntico es et fin aunque dírersos los pro» 
ceder«. 

Permíteme, querido lector, mecerme » los caprichos de mi 
fiottasia y prodigar mis colores : voy á pintar el folleto. 

¿Qué viene á ser el folleto? El folleto es nn excelente cama- 
rada del libro y del periódico, cuando van ambos ¿ la guerra. 

El folleto es el arte de animar el pensamieolo, de reflejarla 
en prismas que emiten colores mil, de revestirlo de feena, 
erizarlo de flechas y lanzarlo al combale. 

No confundamos, empero, el folleto con el libelo. 

El libelo ataca á las personas , las muerde , las despedaza y 
degüella. 

El folleto solo ataca á la vida pública del hombre público, y 
es ciego y sordo relativamente & la vida privada. 

El libelo se c^ia en el hombre, el folleto en et aboso. 

El libelo pretende saciar su odio, el folleto aspira solo á ha:* 
eer triunfar la verdad. 

No negaré que en derlas ocasiones el libelo, aguijoneado 
por ana ira virtuosa contra los malvados é infomes , &o haya 
tmido excelentes efectos ; pero lo cierto es que yo siempre he 
huido de semejaste arma, tal vez terrible en mis manos, pw 
grande qoe haya sido mi enojo, la agresión de mi ataque, Ó 
mi defensa personal ; y si por desgracia , y contra mi dáter, 
me ha sucedido lastimar á cualquiera de mis adversarios en 
sn vida moral y privada , no titubeo en pedirle humildemoite 
perdón. 

Todo lo que honra la virtud, todo lo que mancilla el crimen, 
lo que castiga los tiranos, ó canta la gloria, la patria ó la 
libertad, todo esto es folleto. 



bvCooglc 



DB LOS 0BADORE8. N 

j Acaso DO esculpió Tácito ei folleto histórico, cnando 
con varoniles toques reprodocia á Tiberio, Calfgola, Claudio 
y NeroD? ¿Arquiloco, Horacio, Persio, JaTCoal, Boileaa, Swifí, 
Giltiert, no armaroa de un verso saogrienlo el folleto satírico? 
¿Por ventara Bossuet, Bonrdalone y Massillon, no fneron mo- 
delos del folleto sagrado cuando, desde lo alto del piilplto, fnl- 
minaron cootra los magnificos adalleríos de Lnis XIV? ¿No 
era folletista el mismo Fénelon, en sn Telémaeo , cuando nos 
pintaba los terrores nocturnos del tirano de Tiro? ¿No era aca- 
so (blletisla el mismo Racine, cuando abogaba por los proleta- 
rios oprimidos, y movia á decir á Lnis XIV: a ¿De qué se 
ocupa ese poeta?» ¿No era igualmente folletista el mismo Só- 
crates, cuando bebia la cicnla por baber denigrado k los diosea? 

Si bien se considera, Demóslenes y Cicerón fneron mas biea 
folletistas que oradores. Las Olintianas, las Verrinas, las Cali- 
liDarias, escritas y divulgadas en el imperio griego y romano, 
han pasado ruidosas i la posteridad, mientras que desapare- 
cieron las numerosas arengas de tantos oradores que agitar«a 
el estrecho recinto del Agora ó del Foro. Mirabeao no fué me- 
nos elocuente en su folleto contra la nobleza do Provenza que 
m los bancos de la asamblea nacional. Aristófanes , Luciano, 
Teofraslo, Abelíu^o, Moliere, Votlaire, Beaamarcbals, Sieyes, 
Franklin, La Brnyére, esos admirables folletistas de la reli- 
gión, filosofía 6 literatura, hicieron mas en provecho de la hu- 
manidad que tantos parafraseadores de tribuna. 

Por mi parte, lo confieso, nunca me he visto mas & mis an- 
cba», mas cómodo que en el folleto. 

T DO obstante cien veces ha habido quien me haya dicho: 
«¿Escribe V. folletos en Interés de un partido? No. ¿De un 
corrillo? No. ¿De un pretendiente? No. ¿Tiene V. acaso na 
reseolimíento oculto? No. ¿Solicita V. un grande empleo? No. 
¿Tal TM dinero? No. ¿Honores? No. ¿Ser par de Francia? No. 
jQsél ¿No quiere V. nada? Nada. Pues sepa V. en este 
caso que sí se mantiene V. asi porfiado en decir la verdad á 
todo el mondo , se malquistará V. con todos, empezando 
pcH- la corte. ¿Qué me importa? T el parlamento. ¿Qué 
86 me da? ¥ con la academia. ¿Qué quiere V. que le diga? 



L;,q,-z.= bvCoOgk' 



■o uno 

f oon ta pr«i»a. Se me da an pilo. T«idri V. mil flOTidio- 
■oB. Me es iodlferenle. Sos mismos amigos romfierin eoo V. 
Lo mntiria macho. Dirio que tiene V. mal estilo. Que 1« di- 
gas. Que carece V. de lógica. Paedeo teoer moa. Ceasara- 
riuLSDB obras. Que las censureD. Sus servicios. Eattoratnieoa. 
So persona. Allá se las hayan. Sos íntencionee. Boen pravecbo 
lee baga. So repotacion. Como gusten. T quedará V. máo, 
aislado. Lo senliré mneho. — Pero no, poco á poco, hay engallo. 
No, no quedaré tolo mientras qoe á mi lado t«iga á los tem- 
bres de bien, mientras qoe estos oontinaen comprendiendo, 
otano yo comprendo, el folleto qoe continaaré escribiméo como 
lo escribo. 

El libelo en prosa se dirige á los eoenigoe personales déla 
persona difomada; la sátira eo verso no cunde sino entre tos 
aficionados al chiste y á la literatura; el orador hace solo me- 
lla en so andilorio, siempre poco numeroso; el periodista poH- 
tico es leido de los saBoiloree; mas el foIleUsta babla á todo el 
mando. 

No bay materia qae le escape, ni corazón qne oo lala en Ht- 
mo, ni voz que no responda en eco. 

Continuemos: 

El discorso parlameolario se prennnda delnite de no aodi- 
torio compuesto de arislocraeia y de plebe. Alli laarístocrada 
ffli traje de embajador ó par de Francia, en la persona de 
marquesas esmeradamente acicaladas, con lente -y gnaelos aso^ 
ríllos, se ostenta vistosa y arrogante en los palcos; mieBlras 
que la gente baja qne, desde la maflana, arrostra la Itavit y 
la escarcha, en torso de los veslibolos del Palaefo-BotiK», se 
iitrodoce, se empaja, se codea, se baúna, se atropdta, y se 
inclina dude la parle mas empinada del edificio, eslrecÚ^ 
mo en demasía para contenerla. 

El folleto, al ooKtrario, Ü«ie por auditorio todo un paeblo, 
pu^lo inmenso de trabajadores intelectuales, artísticos y ms- 
Duales. 

A donde no llega el libro, se insinúa el periódico, en donde no 
penetra este, areola el fdleto. Este corre y sabe al estrado, 
trepa hasta la guardUla, eab'a eo lae catñfias y hnmeanleí 



Cqi-ZÍ-dbvCOOgk' 



DK LOS (KUDORES. N 

cfaozaa. En lu tieadas, obradores, guaridas de trahanes, ga- 
biaelee al&mbradoB, hcgares, curtdes, colegios, en toda par- 
lew flDcaeaIra. Soldados, cisdadaBOs, ricos, pobres, jornale- 
ros, amos, criados, s&bios, ignorantes, yiejoa y jóvenes, gen- 
tes de toda clase, de estado y opiaiones, se lo pasan de mano 
tm mano y I9 deToran. En menos de nna semuia. se le ve ba- 
jeado, roto, descosido, socio, pringoso, nian(Aado, arrollado, 
efecto de tantas manos qne lo manosearon. 

Para calarse d almete de folletista, no es necesario sa* ma- 
yorazgo, ni tirar el oro en merendonas y francacbelas; ni tener 
cas» propia y bienes raicee; ni ser graduado en tal 6 cual nai- 
Tersidad y baber arrastrado bayetas. No, nada de eso: basta 
poseer una plama metálica, algo afllada, ana ligera cantidad 
de dioN'O para comprar una resma de papel, y algo mas para 
pagar un pliego de impresión. Y si es tan fácil, ¿por qué no 
iMHrmiguean las personas que callivan no género qne CMidnce, 
H no á la Cartnna, á lo menos á la celebridad? No me loca á mi, 
ipierído lector, decirte por qné motivo, y prefiero que lo adi- 
Tines, lo qne no le será difícil por poco ingenioso queseas. 

Mocbas Teces se ba preguntado: ¿A qué debe atribuirse la 
nniversalidad de la leogaa francesa? La respuesta es fácil: á su 
lucidez, poes nada hay que sea mas oniTersal que la luz. 

El folleto es esencialmeote francés entre los moderaos, como 
aib% los griegos era esencialmente ateniense. 

£1 folleto debe rebasar de colores, ser de ana exposición sen- 
cilla, chispeante de verdad, exacto de cálculo, atrevido en m 
modo de discurrir, variado de tono, si intenta agradar, lo cual 
M supone pues es francés. 

A cada uno h^la su idioma, pues mochos posee! Con el ló- 
gico, argnmenla; con el matemático, maneja tas cifras; ctm d 
publicista, ensefia; con el poeta, canta; con el pueblo, conversa. 

Gomo la nación francesa es por esencia imaginativa, desea 
^e, rin qne se la oculten enteramente, se le cobije la verdad 
bajo el velo de una alegoría; que las ñbras de la argumenta- 
<^on se cubran de carne, se anime y adquiera color y calor co- 
no la poesía. 

Como la nación francesa es dialéctica, quiere, ea otras oca- 

RWO L I 

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n LIBRO' 

sioDes, qaese le maestre la verdad desnada, sin adoroo, üa 
composlura de lenguaje, sin mas atractivo que el del racioci- 
nio, y se eofada al ver que el argumento es falso, y lo conoce, 
y lo dice. 

Como la nacioD francesa posee nna inteligencia rápida, acaba 
las frases antes de oírlas emitir, y vacon presteza á la condu- 
sion, bay á menudo que decir las cosas á medias y dejarle el 
placer de completarlas. 

Gomóla nación francesa es festiva, viva, impetuosa y ardien- 
te, exige qoe ee ande á saltos, qoe se proceda de nn modo pre- 
cipitado, que el escritor se asocie á sus pasiones, que tome 
parle en su enojo, qoe ría, que cante himnos & la gloria y á. la 
libertad, que vomite pestes contra los tiranos. 

Todos los rasgos caraclerislicos del pueblo francés deben no- 
tarse en el folleto, diversiflcados con Inz y sombra, con arte y 
descuido, con razón y arrebato, con gravedad y escarnio, con 
ralnsiasmo y despego, con lógica y Gguras, con vivos accesos é 
inopinadas conclusiones, con apostrofes y resúmenes. Importa 
pnes que el folleto sea, segno el caso lo pida, serio, jocoso, po- 
sitivo, alegórico, sencillo, figurado, agresivo ódefensivo, y qoe 
en todos puntos se acomode á la Índole de nuestra nación, que 
aborrece lo oscuro, lo difuso, lo pesado, las afirmaciones sin 
pruebas, los excesivos argamenlos, las demasiadas explicacio- 
nes, la acumulación de palabras inútiles. 

El folletista está siempre al acecho, prestando oido á lo 
que se dice, sea en una reunión, 6 en el gabinete de toa minis- 
tros, ó en las salas y corredores de la cámara; y apenas divisa 
nn abuso, algo que cojea, se abalanza con las alas abiertas, lo 
arrebata con sus tremendas garras, lo despedaza, y siembra con 
sns despojos las ciudades y los campos. 

Verdadero Proteo, león, águila, serpiente, cuchilla, llama, 
torrente; muerde, vuela, se arrastra, corta, quema, inunda. 

Pasa los Alpes, el Rhiu y los mares; adelanta los tiempos, 
pregunta á la historia, registra los archivos del ministerio y de 
la corte, corretea día y noche, basca sn presa con ojos de lince 
y garras de buitre. Si divisa sanguijuelas chuponas agarradas á 
los ijares y lomo del pueblo, derrama sobre ellas puñados de sal 



_iv,Coog[c 



DE LOS ORADORES. B} 

para qae se despeguen. Si algao grao personaje se desliza á tien- 
tas y callandito hasta el tesoro, y llena sos faltriqneras, el fo-. 
lleto dirige á él sa fanal, llama k la guardia, y lu manda pren< 
der. Si los abusos se amontonan y ruedan en lomo, si como las 
arenas moYedizas de la Libia, velan el sol y borran la vereda, 
loma sn pala y azadón y la escombra. Nunca sacrifica á Mo- 
loc, y solo ofrece algunos granos de pnro incienso en las aras 
de Dios vivo. A nadie manda, á nadie obedece. No lleva ana 
casaca cargada de galonazos, ni recamada con flecos, encajes 
y cintas; prescinde de cartas y despachos convocatorios, y sa- 
be convocarse k si mismo. Soldado de la prensa militante, 
combatir con leson, guerrear sin tomar aliento, tal es su oricio, 
sn deber, su vida. 

Dragón .granadero, cazador, artillero, gastador, capitán oca- 
bo de escuadra, por la derecha, por la izquierda, ¿qué le impor- 
te bajo qué regimiento milita, con tal que sea vencedor? Sable, 
fusil, lanza, lodo lo maneja, á lodo recurre, con tal que hiera. 

Por otra parte sale y entra en el campamento á la hora que 
gusta, como un volnnlario, y él mismo escoge el lugar, el arma, 
la hora de sus escaramuzas: ora acomete con impávido denue- 
do á las Rías enemigas, ora dispara el caBon de alarma, ora 
hace so velada de armas al rededor det campo, para ver si 
hay alguna centinela dormida, ora pica k los rezagados con la 
punta de la bayoneta. 

Escribe sobre sn rodilla, ala luz del vivaque, con un peda- 
zo de carbón, en hojas sueltas, impregnadas de azufre y sali- 
tre, qne estallan repentinamente en lo& escuadrones enemigos 
sembrando el estrago y espanto. 

A veces se sale fuera de la (ila como mero tirador que com- 
bale solo, y no pierde su pólvora y plomo contra los soldados ra- 
sos, sino que apunta á los jefes, y todos sus tiros son certeros. 

Otrasveces acecha desde las cercanías del parlamento, y, ar- 
mándose como Sansón de la quijada de un jumento, derriba 
sin vida á trescientos filisteos; ó bien, como el caudillo hebreo, 
desmorona wn sus robustas espaldas las colamnas del templo, 
y sepulta bajo sus escombros á los ministros y sus proyectos, 
aunque sepa perecer con ellos. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



H LIMO 

Mieolras que él orador se fatiga y pierde eo el laberíalo de 
gos exordioíi, el folletista parte silbando como una flecha que 
llega iostaoláDea al blanco. , 

El folletista puede decir lodo lo qiM dice el orador, pero esle 
no puede enunciar, ni con mncbo, lo qne aqael escribe. En 
efecto, al primero no snjetan las circBnlocociones, ni las pa- 
sosas qae le rodean, escuchan y juzgan; ni, como al periodista 
el despotismo de los partidos, ¡as convenciones de los aaocia- 
das, los caprichos de la opinión y preocopaciones de los sus- 
crilores; ni, como al publicisla, la solemnidad del tono y gra- 
vedad de la materia. 

No tiene obligación el follelísla, bajo pena de malta, de 
limilar so indignación & an pliego de un lamailo dado, ni 
repetir continnamente la misma cosa á sos lectores, ni hablar 
& los espectadores únicamente porque está levantado e) telón, 
su nombre en los anuncios, é indispensable qoe diga algo, 
aunque nada se le ocurra. 

Guando le da la gana al folletista, se le pegan las sábanas, ó 
bien se levanta cqu el canto del gallo, tomando su vuelo ora 
de un peBon, ora del llano, y pasando por los senderes Irílla- 
dos. No se acerca á los abusos con sombrero en mano, sino 
los sacude por ía barba y, arrancándoles la máscara que los 
cubre, les dice: Yo sé quién eres, bien te conozco. 

El folleto es la artillería volante de la prensa, qne, al girar 
en sus ejes de bronce, mete no ruido infernal, estremece el em* 
pedrado de la ciudad, y hace resonar los valles y las montaOas. 

O bien rasa el suelo y se desvanece en el humo, ó s»-pen- 
lea en el aire en penachos y gavillas de fuego, iluminando con 
so fulgor U tierra, el cielo y e) agua. 

O bíNi el pueblo le aparia con an puntapié, 6 le comunica 
al tocarle su estatura de gigante, su voz de trueno y la fuerza 
misteriosa de su poder y universalidad. 

Los publicistas y oradores soplan en sos flautlllas para me- 
ter al rededor de sí todo el ruido qne pueden; pero solo en la 
mano del publicisla pone la fama su (rompa, permitiéndole 
qne snene la inmensa voz del pueblo por sus trescientas mil 
embocaduras. 



-:l,vC00glc 



D£ LOS ORADORES. íü 

El foUetisla tiene á veces la ventaja de ser el hombre mae co- 
nocido de la corle, «nnqne nanea la haya visto, y de conocerla 
mejoi- qae nadie, annque nunca haya paealo los pies en ella. 
La corte le aborrece hasta el punto de llamarle picaro, 
pero lo eslima lo bastante para no intentar coriomperlo. Ea 
decto, el MletiBla tiene en -si razones de honradez para no 
aceptar el oro; razones de indepeodeocía para no qnerer ser 
cnado; razones de lógica para ir al ataque de Ion sofismas; 
razones de verdad para no venderla 6 velarla cuando su 
deber es cantarla clara. V sin embargo hay que contar con 
el folletista como con una potencia, cuando se avanza sosteni- 
do loa brazos de cien perÍ<kticos, ebrio de su fuerza y aun 
mas de la de aquellos. ¿No existe medio alguno de conjurar 
esas tempestades desconocidas que soplan estrepitosas y derri- 
ban las almenas del despotismo? ¿De qué recurso es preci- 
so echar mano, ya que no es posible domesticar esos terribles 
folletistas, para romper entre sus dedos su pluma de hierro? 
Matarlos es lo mas fácil, pero gobernar la nación en sn interés 
B^a, en nuestro concepto, lo mas conveniente. 

Si el folletista consigue no acabar con una mala ley sino con 
an mal ministerio, el que sale le Tuelve la espalda, lo que na- 
-da tiene de «xtrafio, y el ministro que llega ni aun se digna 
darle las gracias, imaginíiodose que para lograr el puesto qne 
ocupa, le ha bastado presentarse con la cartera bajo el bra- 
zo y decir su nombre al portero. 

Si el folletista está al alcance de todos es que habla como 
todos. 

^ traduce en cíft'as sos raciocinios, es porque se dirige á 
galles que piden cifras por pruebas. 

Sí insiste tanto en la demostración basada sobre las cifras, 
«8 porque hay quien sabe agraparlas con oiafla y demostrar 
qne dos y dos hacen cinco. 

Si tiene colorido, es porque el pueblo apetece las figuras, y 
qne lo qne comprende el filósofo por argumentación, el pu&- 
blo lo comprende por imagen. 

^ es corto, es porque tal es el úoíco medio de decMo todo k 
persoHas qee no tienen tiempo de oírlo todo. 

ü,.i,-z__iv,Coog[c 



S6 uno 

Si es vivaracho é ingenioso, es porqne el francés es et pae- 
blo mas provisto de agudeza y penetración de todos tos poe- 
blos, y porque en Francia todo e( mando tiene talento, salvo 
los tontos, los cuales no existen. 

Si es atrevido, es porqae le es necesario coger el abuso por 
los cabezones, darle tirones, sacudirlo y estrajarlo hasta qae 
vomite. 

Por último, si nada le queda que decir despaes qae ba dtdio, 
es porque diría mal si no lo dijese todo. 

El discurso viste admirablemente la verdad, y la corona de 
de flores y diamantes-, mas el folleto la muestra desnuda á la 
vista. 

El primero reza entre dientes 6 declama con pompa al bor- 
de de un pozo en qne se anega la vu'dad; el segando baja al 
pozo y la saca. 

El discurso obra en los diputados, el folleto en la opinión 
que rehace en la tribuna. Cada uno tiene sn acción igualmen- 
le decisiva, el uno directa y el otro indirecta. 

El folletista y el orador son dos amigos caprichudos y rega- 
fiones, émulos y celosos entre si, algo pendencieros, pero qae 
DO pueden prescindir ano de otro. El golpe que acabarla ood 
ano, acabaría también con otro: tan inseparables é indiviai- 
bles son la tribana y la prensa, ambos órganos necesarios de an 
gobierno libre. 

Las abejas de la tribuna fabrican sd miel con el jago que de 
las flores sacan las abejas de la prensa. 

Tribuna y prensa, rivales eternas, inseparables hermanas, 
ambas nacidas, á coosecaencia de un parlo doloroso, de las 
enlraíias de la revolución; ambas hijas gemelas de la misma 
madre, rayos del mismo haz de luz, ramos del mismo tronca, 
cationes del mismo órgano, cnerdas de la misma lira, flechas 
de la misma aljaba, acentos de la misma voz, suspiros del al- 
ma popular. 

Resumamos: 

Para durar mas de un dia, para repetirse de eco en eco, es 
necesario que el folleto gaste & lodos, y sin embargo qne no se 
asemeje á nadie; qne derive de la grandeza de las cosas, por 



C,q,-ZÍ-dbvGOOg[C 



D£ LOS 0UD0RB3. 91 

la seocillez de la expresioD; que sea incisivo sio ser ÍDJurioso, 
fiuniliar 8ÍD trivialidad, original síd extravagaDcia, natural á 
la vez y lleno de arte, lacil y trabajado, escrito para la aca- 
demia y leído por el pueblo. 

Pero>al mismo tiempo imporla qae no charle conlinnamente 
y no repita siempre las mismas notas á esos frivolos atenien- 
ses que se imaginaban oír todas las noches arrullar á Filomela 
bajo los sauces del Iltso, ó ver á cada momento del día al ave 
ostentosa de Judo desplegar su plumaje de esmeralda, oro y 
záGro. 

tampoco debe, después de los combates de la prensa y tii- 
baoa, hÍDcbarse de viento e! folletista y atribuirse todo el ho- 
aor de la victoria, pues no debe olvli¿r que es el espejo de 
la opinión, órgano de sus sentimienlos, l&piz en sa mano, bo- 
dna que envía su voz, y nada mas; lo qne es snficienlemenlQ 
bonoriBco. Pero todo hombre que escribe, todo hombre qne 
habla, se eleva, por un amor ilimitado de sf mismo, sobre el 
nivel de los demás hombres, y el orgullo del pensar excede de 
macho al orgullo del poder. Si, creemos, estamos persnadi- 
dos de que nuestra palabra es una cuchilla, que nuestra pluma 
es un cetro; nos figuramos qae los negocios de la sociedad i^ 
podrían segnir su rumbo sin naeslra cooperación; y.mas am- 
Ihcíosos qne un rey constitucional, («lemos la pretensión de 
reinar á la vez y gobernar. Veinte y cinco ediciones de una 
mera carta (1) qne, por la ley ordinaria de las reacciones hu- 
manas, se olvida con tanta mas facilidad cuanto mas ruido me- 
tió en el público, nos embriagan y dan vahídos; lo cual mues- 
tra que nada excede á la presunción de un folletista, salvo tal 
vez la del orador. 

Pero este siembra en buena tierra, en terreno bien abonado, 
en el campo del presupuesto. 

£1 folletista se desgarra y ensangrienta los dedos en los abro- 
jos del camino, y tal es & menudo toda su cosecha. 

El discurso conduce á los honores, á la fortuna, á la acade- 



(<1 Por ejemplo las Caríate* Tímomobn la ¡tita civil. 

Cqi-ZÍ-dbvGOOglt' 



m Llano 

mis, & las embajadas, á las magistrataras pingOes, al minis- 

lerio. 

El folleto acarrea el desprecio de los h&biles diserladores, 
la ojeriza y emponzofiado rencor de los corlesanos, noa noa- 
bradia torbuleota y dispalada, los IriboDales y la c^vel, las 
zancadillas qm la safla inspira, tal Tez el hospital, las reaccio- 
■es caprichosas déla popalaridad, mas repentinas, iDespera- 
<1bs y variables qne las vueltas de nna veleta, mas agitadas 
qoe las otas del mar cuando lo ensoberbece la tormenta. 

Marcha siempre, folletista, si tal es tu destino, que hay algo 
aap^ior k todas las recompensas y sacrificios, y es decir la 
verdad. 

Pero basta de didáctica, y no habiiTa seguramente insistido 
tanto en esta materia, si el folleto no fuese, entre los diversoa 
^neros de elocuencia poiilica, un género por eicdencia fran- 
cés, nn género completamente nnevo. 

Agotemos este asunto ya que en éi nos hallamos, y agre- 
gando los ejemplos á la tecria, bosquejemos rápidamente tos 
retratos de onestros mas fomosos folletistas, de aquellos cnya 
inflaenGia fué mayor en la vida pública de la Dación. 

Van á desfilar á naestra vista los reprweniantes de la 
opinioD en las diferentes clases de la sociedad: tales como el 
abate Sieyes en la oposición de la clase media; B. Conslant en 
la constilQCional; Pablo-Luís Conríer en la anli-cortesai»; 
A. Garre! en la republicana; Chateaubriand en la realista; 
Cobbett en la radical; Eariqne Foafréde en la orleanisla, y el 
abate Lamennais en la social. 

Empezaremos por el folletista de la clase media, el abale 
Sieyes. 

EL ABATE SIEYES. 

En d momento en que va k estallar una revolack» inmen- 

n, lodos dicen lo qne nadie hasta entonces osó decir, ana- 
qne todo ti mnndo lo hubiese pensado. En tal situación, el he- 
dió mismo de proponer la cuestión es resolverla. 



c,q,zí<ib,Coogle 



DE LOS ORADORES. H 

En estos (¿nniaos la propaso Sieyes: ¿Qoé és la dase inedia? 
Todo. 

Inútil era el resto del folíelo, pues establecida de este modo, 
resuelta quedaba la cseslioD. 

El abate Sieyes fué el promotor liberal del gobierno de la 
dase media. ¿Hasta qaé panto pnede condliarse con el prínd- 
]Mo de la soberanía del pueblo rale sisteau que reinó bajo la 
misma convención, absorbió el imperio en el poder de un so- 
lo indívidoo, que la reslanraciMí no intentó modificar sin pe- 
ligro-, el cual, en fin, la fevolucioD de jolio ba plenamente esta- 
blecido en los negocios? Tal es lo que ni Sieyes ni oiro alguno 
han dicho todavía, bailando mas cómodo negar el principio 
qae concederlo con sus consecueDcias. La clase media no era 
aon el pueblo, y la revolución bizo dar un paso á la palabra de 
Sieyes. 

Ño brillaba este por el giro íeüt y la elegancia del estilo, 
por la soblimidad de los pensamientos, por la vehemencia 
ontoria, ni por el vigor de la argumentación. Pero teórico ab- ' 
Bolnlo, dialéctico consumado, á la manera de los abates inde- 
pendientes de aquel entonces, nnla á la finura algo aguda de la 
escolástica, el atrevimiento de los filósofos; viendo las cosaa 
bajo un punto de vista abstracto y sin acepción de personas, 
]08 intereses positivos, precedentes é instituciones, y siguiendo 
coa obstinación un [H'incipio que pretendía aislar como un mi- 
itero experto sigue con la zapa la veta de ana mina. Asi nada 
d^aba que decir en las materias qne trataba, tan completa- 
mente las agotaba. Al mismo tiempo, y como de paso, sembra- 
ba ciertos axiomas que en el día ban llegado á ser vulgares; 
pero desconocidos ¿ la sazón y qne casi atemorizaban por lo 
ioandito. Poseia sobre lodo el arte de coordinar un plan, 
trazar una constitución, y agrupar todas sus partes con si- 
metría y nuJMlad. Era además una especie de poisador muy 
Ofrto, por la fecundidad, la ciencia y la profundidad de su mé- 
todo, para resumir los becbos generales de-una situación, las 
exigencias dominantes de la opinión, las deducciones completas 
de an príncipio, y por consignienle para formular un evang^ 
político, una ley orgánica, una carta, una declaración de dere- 

c,q,zí<ib,Coogle 



W UBAO 

chos. Asi el fogoso Mirabeaa, deseoso de fundar ud nnevo go- 
Inerno, ioterpelaba á Sieyes y se quejaba de sa silencio como 
de una calamidad pública. 

Pero Sieyes, annqne uno de los mayores ingenios de la asam- 
blea Gonslitayenle, gastaba poco de las luchas de tribuna. Re- 
plegado en si mismo y en sos meditaciones, prosegBÍa, eu me- 
dio del rnido de la multitad, la organización solitaria de sos 
utopías. 

A la Terdad, cuando luvo que derribar el antiguo régimeo, 
no le faltó decisión y precisión, sostenido como estaba é impeli- 
do por la ola irresistible de la opinión. Pero cuando se trató de 
reedificar y se le dejó á si mismo, volvió á caer en las nubes de 
su metafísica, á Teces mas satit que profonda, y siempre mas 
ingeniosa que realizable. 

Tales inteligencias, cuando se aplican á la política, estndian 
8D mecanismo con una curiosidad interior y obstinada, quitan- 
do cada pieza y volviéndola & colocar en el circolo de rotación; 
pero al mismo tiempo no atienden á la desviación de los he- 
chos, á la mudanza insensible de las costumbres, á los miles 
accidentes de la sociedad, y serian capaces de hacer pedazos 
et reloj mas perfecto porque adelantara ó atrasara ana centé- 
sima parte de segundo. 

Sieyes arreglaba en su interior sos csnstitacioDes políticas, 
con UQ mecanismo muy complicado y may docto, como tantos 
otros visionarios que fabrican para ellos solos una religión, 
una sociedad, nna literatura. 

Gran controversista, analizaba en todos sentidos ana tesis 
política; pero si esta tesis se encarnaba en la asamblea y llega- 
ba á ser hombre, se turbaba completamente á su vista. Domi- 
nador del derecho, se dejaba arrastrar por el hecho, y sabia, 
mas qae domeSarlos, prever los acontecimientos: efeeto. que 
debe atribuirse á ta superioridad da su inteligencia, é inferio- 
ridad relativa de carácter, y & sn imaginación indómita que no 
secundaba igual valor. Asi fué como los dem&s, terrorista por 
miedo, y ¿quién sabe? tal vez aleo; pero supo ocultarse ttn 
pronto y tan bien en la oscuridad del centro convencional, qoe, 
aunque presente y vivo, se le tuvo por ausente y muerto. 



Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



DE LOS OBADORES. M 

Lo mas carioso es que taviese mastadelanle el caprícbo de 
condenar al reposo constitucional un hombre á quien no íom- 
taban la Francia y la Europa, y caya vida fué una tempestad 
continua. .Bonaparle envió á naestro visionario k meditar sos 
planes ideológicos en los oeios dorados de ana senatoria. 

Pero el abate Sieyes dijo á la monarquía, al clero y á la no- 
bleza: Nada sois; y á la clase media: Lo sois lodo. 

Si esta última fuese menos ingrata, elevaría est&laas en sos 
museos, palacios y c&maras, al folletista de 89, que, al reve- 
larle su fuerza, le aseguró la victoria y el imperio. 



benjamín CONSTAN!. 

De Sieyes k Benjamín Gonslanl la distancia es menor de lo 
que se cree. Ambos hablan recibido la misma educación, la 
del siglo décimo octavo. Ambos observan, raciocinan, disertan 
y concluyen por los mismos procedimientos. En nna palabra, 
ea la misma escuela de filosofía y política. 

Sieyes ve el asunto con mas elevación, Benjamin Constant lo 
analiza con mayor paciencia y finura. 

£1 primero se atiene mas al fondo, el segundo cultiva con 
yreferoicia la forma. 

Aqael es mas generaliíador, este mas ingenioso. 

El uno tiene mas atrevimiento, porque posee la fe de los 
principiantes; el otro mas circunspección, porque tiene las da- 
das de la experiencia. 

Sieyes habla declarado qae la clase media debia ser todo, y 
Benjamin Constant demaestra porqué y cómo debe ser todo. 

Aquel prepara las vías de la gran revolución de S9, y este 
el de la peqnella revelación de 1830. 

Ambos, por último, carecían de constancia en sus opiniones 
y de resolución en el momento de obrar, como .todas las inteli- 
gencias muy extensas, qae, descubriendo á la vez todas las 
consacoencias de un principio, presagian las ol]geciones que dfr- 
bm acvrear los argumentos y los movimientos de lasresisten- 



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tt LIBRO 

BenjamiD Cooslaol, mas elegante qaeTebemeDle, mas sen- 
dllo que enérgico, complacíase en medio de las ficciones de atítt 
carta otorgada. De todod los prestigiadores liberales 6 doctri- 
narios de la reslanracioD, ninguno como ét acertaba i soste- 
nerse mejor eihla ponía de ana agoja, con ademanes y contor- 
siones increíbles para gaardar el equilibrio. No se podia tocar 
con el dedo á esta carta de fábrica inglesa, á ese edificio cons- 
Iroido en la arena y tan poco seguro en sus cimientos y rema- 
tes, que habíera derribado soplo ó un papirotazo, cuando no 
los morrillos arrancados en julio. 

Mucho talento nótase en tos volnminosos libros de Benjamín 
Conslaot sobre la monarquía coosti tucional, q»e no acertaría k 
comprender la generación actnal, y que seguramente no lee. 

Era mas dialéctico que lógico, lo que no es lo mismo, pues 
la lógica es el arle de sacar las coDsecnencias necesarias de OD 
principio verdadero, y la dialéctica el arte de dedncir conse- 
cuencias especiosas de an principio Talso. 

Sea como quiera, este publicista ha desenvuelto en la prensa, 
con nna ciencia de análisis superior, los principios del gobieÍT'- 
Do restaurador y el juego tan móvil como-variado de sus com- 
binaciones. Hábil experimentador, supo despejar el organismo 
de ana nueva sociedad, recorrer con el escalpelo todas las do- 
lencias del poder, sondear las llagas é indicar el remedio. Si 
las ficciones del régimea de triple resorte, vistas de mas cerca, 
no salis&cen completamente la práctica ni la teoría, es fuer- 
za confesar que Benjamín Constant conlribayó efjcanoenle al 
paso inmensa que dio la libertad á fines del imperio, y no bay 
qae vituperarlo de haber sido en exceso hombre de sa época, 
pnes solo tales hombres son los qae poderosamente obran enk 
opinión. 



PABLO-LÜK CODRIER. 

En la misma época zabu'ia Pablo-Lois Cooríer lai ridieaie- 
ces de la corte y la necedad del ministerio eo sos folletos, mo- 
delos inimitables de razón festiva y fina sátira. Estos «soi- 



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DE LOS ORADORES. N 

(OS que rebosan, delicadeza, cbiele, gracia y & Teces elo- 
CRmcia, exbalan no perfame de antigüedad. Tan fiagon co- 
mo Lnciano, tan puro como La Bruyére, trabajaba todas laa 
partes de ao estilo con caiifiosa mano, cono Cánova el mármol 
THioso de Paros. Gonrier prescinde de las geoeralidades para 
CDlIÍTar coD esmero ciertas partes de sn arle ingenioso, y la 
poreza de sq gasto literario leme ó deedeíla las grandes tesis 
pcditicas. Pero al atacar á los cortesanos y al mostrar el crngi- 
do de sus oropeles, Conrier lisonjeaba á la nación francesa tan 
amante de la igualdad, y era el Béranger de la prosa. 



ARMANDO CARREL. 

Casi al mismo tiempo qne dejábala vidaBenjamio Gonslant, 
recogía Armando Carrel su pluma de publicista, y entraba glo- 
rioso en el palenque. Mas dichoso que su predecesor, llegaba 
en un terreno despejado del atavio de ñcciones conslitacionales; 
poro era preciso abrirse paso por estos escombros, cuanto 
aules y sin perder tiempo. Garre! abordó sin timbear las tesis 
palilicas, y con una vivacidad militar las hizo marchar espada 
en mano. 

Armando Carrel, como todos los hombres de su tempera- 
mento, era desigual en so bomor y en su polémica. A menudo 
cnando se cargaba de bilis su hígado, se desalentaba comple- 
lameale; pero cuando se animaban sus ojos, y la indignación 
hacia hervir la sangre en sns venas, su impetuosidad degene- 
raba eu exaltación. 

'Tenia una memoria vasta , un gasto puro y delicado , va 
saber profundo, ua modo de producirse sencillo y varonil. 

Geoeralmenle , sn estilo corría con abundancia límpida y 
«"ist^ina t como si hubiese reflejado los rayos del sol. Otras 
Teces se redacia, se armaba de aguijones, se amostazaba, y su 
sarcauno partía con la e^^losion del rayo que brilla y mala. 

&Mnigo de rodeos, proponía lisa y llanamente una cuestión, 
y decía á sus adversarios : Este es el punto de ataque , empe- 
cemos. 



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Asi como eo el ardor de las tropas, eo la ciencia de las ma- 
niobras, en el modo en que esti abierta la trincbera, conocen 
fiícilmente tos sitiados si está á la cabeza de las tropas sitiado- 
ras el general ó sos laiienles; del mismo modo fácil de ver 
oa si eo su perí<3dico abría el mismo Armando Carrel el fuego 
de la polémica: y en este caso era otro el orden de batalla, 
otros los giros inesperados, las expresiones orig:inaIes, la viri- 
lidad de lenguaje, el estilo noble y denodado semejante al cía- 
rin que loca al asalto. 

Decia que todos los problemas del gobierno representativo 
quedaban en suspenso, y que nada babia terminado la revo- 
loción de julio porque nada habla resuello; que el antagonismo 
organizado de los poderes y condiciones no constiluia un esta- 
do social, ni UQ estado político racional y daradero; que pen- 
diente y amenazadora estaba siempre la lucha entre la aristo- 
cracia y democracia, debiendo estallar hasta que quedase una 
ú otra definitivamente postrada; que si las naciones actuales 
fuesen tan maelles y serviles que se dejasen oprimir, no imi- 
tarán ]as generaciones venideras la cobardía de sus padres, y 
que lodo hombre de talento y corazón , aun admitiendo que 
quede solo, no es dueSo de sus acciones ni de sus pensamien- 
tos, de los cuales debe dar cuenta á su patria. 

Amaba la libertad con refleiioo y la gloria con entnsiasmo. 
Carrel era naturalmente intrépido , equitativo , desinteresado, 
caballeresco; pueblo por su corazón , gran seSor por sns ma- 
neras, asociando en su persona la elevada razón de un estadis- 
tacon la temeridad de un alférez; dolado de im aire victorioso, 
ana efusión expansiva ; celoso en materia de honor , presto á 
vengarse y aun mas á olvidar las injurias. 

Armando Carrel, que parecía haber nacido para el mando, 
moderaba la impaciencia de su partido , disciplinaba sd fogo- 
sidad, y, por la superioridad de au carácter é inteligencia, 
^ercia en sus amigos ana dictadura tanto mas incontestada 
cuanto que era voluntaria de sn parle. Es seguramente re- 
prensible por no haber protestado desde luego contra la usar- 
paciott, y por haberse dejado engreír por las dos cámaras y la 
gloria militar; pero tal es-naestro carácter nacional, y siempre 



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DE LOS OaUlOflBS. «B 

tendremos mas ardor qne filosofía eo polilica, mas abnegacioD 
qno prndeBcia. Mientras qae un francés no ha pasado por la 
proeba de nna circunslancia grande y única, nada arguyen sns 
mas bellas protestas , y locara seria responder por él. ¡Gnán 
pocos hombres entre nosotros , por mas que hayan descollado 
con la pluma ó la palabra , han sabido resistir á los mimos de 
una situación ó á la embriaguez del poder! 

Resumamos : 

Armando Garrel fué ano de esos hombres qne no tuvieron 
antecesores, y que no dejan posteridad. Con ellos elévase, bri- 
lla y fenece su nombre, semejantes i esos metéoros qne fulgn> 
rao en la oscuridad de la noche , iluminan el horizonte y se 
desvanecen. Soldado del ejército, sin que de él qnede nna vic- 
toria; soldado de la prensa, sin haber dejado ana sola obra & la 
posteridad, faeno obstante mas célebre que tantos generales 
y escritores. Pero su nombradla faé tan solo de circunstancia, 
y, después de algunos afios, cuando hayan pasado algunas olas 
de esta corriente del tiempo que á todos nos lleva, no quedará 
de Cvrel mas que algunas hojas y pliegos medio rotos , que 
atestiguarán nuestras revoluciones borrascosas; y solo vivirá 
el fogoso polemista en la memoria de sus amigos , memoria 
tierna y fíel qne no olvidarán jamás , pues fué un noble cora- 
zón , un gran carácter y un admirable escritor. [Ayl ¿Quién 
hubiera podido prever que Garrel, lleno de vida , rico en ta- 
lentos, debiese haber sido arrebatado tan pronto á las esperan- 
zas de la patria? Cayó herido de una bala en un miserable 
lance de honor , por una quimera que no era la suya. Un ce- 
menterio de aldea acogió sns mortales restos, y una estatua de 
bronce, debida al célebre cincel de David, honra la memoria 
del heroico y desventurado joven. Una multitud inmensa asis- 
tid á sos obsequios, y marcharon tras el fúnebre carro dos 
ilastres ancianos qne fueron sus amigos , llorando la memoria 
del difunto ; y ¿quién no hubiera llorado por un hombre tan 
generoso , tan glorioso d^ su pasado , tan lleno de porvenir? 
Tan lleno de poj-venir como hombre de estado qne iba á ser 
elegido diputado, y á ocupar en la cámara un puesto á qne lo 
hacia acreedor el irresistible ascendiente de sn carácter al. cual 



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tt UIBO 

inToluDlariameiile cedían coantos le conocian. Tan lleoo de 
porvenir como orador, pues poseía esa vehemencia de apostro- 
fes qne sorprende y desespera ¿ los adversarios, esa elocuencia 
pintoresca , inopinada , apasionada , producida por los movi- 
mieolos y no por las palabras, por el calor del alna y no pw 
el artificio del estudio. Tui lleno de porvenir como escritor 
qae inlenlaba escribir la historia de Napoleón como debe m 
escrita, con ese estilo firme, noble, varonil, seocillo y n«io de 
faego, qne exigían la grandeza del héroe y la dignidad del es- 
critor. Si , libre de los cuidados y continuos afanes del perio- 
dismo, de esa vida ardorosa é infatigable de la polémica cuo- 
tidiana, que no permite tregua ni reposo, y obliga al soldado de 
la prensa á no desertar ni na momento de la brecha y á guer- 
rear sin descanso con armas qae no tiene tiempo de escoger ni 
preparar, se bobiese retirado Carrel eu una soledad estudiosa, 
no se puede calcular á qué altura habiera ascendido su talento 
de escritor: tan anchurosa ,■ tan natural , tan lirme , tan abon- 
danlemenle luminosa era su dicción. Su noticia que sirve de 
prólogo á los folletos de Pablo-Luis Couríer, es una obra maes- 
tra de análisis literario , elevación y exquisito laclo. Garrel 
poseia un gasto perfecto como se nota fácilmente leyendo este 
opúsculo , en que en apreciado con taula gracia , seguridad y 
finara el ingenio original de Pablo-Lais Coarier. 

¥ no obstante, mocho distaban ambos entre si: Coarier pro- 
fesaba por la aotigaa Grecia an caito qae degeneraba en su- 
perstición; Carrel se precipitaba en las abstracciones y teorías 
renovadoras de la democracia ; el primero no acertaba á ex- 
plicarse á sí mismo su opinioo, y no hubiera osado dedr, 
combatido como estaba por los hábitos de su juvenlnd, si ad- 
mitía otra creencia polftica que el odio por la dominación emi- 
grada, y por el insolente extranjero; el segando procedía firoM 
de deducción en deducción , hasta los últimos límites de la 
república; el ano calculaba los vincules latentes de una frase 
con otra frase, borraba la disonancia de ana palabra y afilaba 
con primor un epfgrama, 6 meditaba sobre el afecto y alcance 
de UD antítesis; el otro se abandonaba á la impetaosidad de aa 
vena, se dejaba arrastrar por el declive de so dicción, y mo- 



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DB LOS OBIDOBES. ff 

^do por so inspiración , sin mirar si la expresión respon- 
día perfectatnenle & la idea , la bailaba con felicidad , y 
cabalmenle porque no la buscaba. Tal vez la diferencia qne 
eiisiia eolre ambos , tal vez el contraste entre el ardor origi- 
nal de Garr.e] y la naturaleza Ifroida y correctiva de Courier, 
nelivabaa la admiración de aqnet por la prosa trabajada con 
exceaivo esmero del ilustre folletista ; pnes hay qne recoaoow 
gse nos gustan los contrastes y nos impresionan vivamente las 
calidades ajenas que nos faltan , las cuales nos muestran la 
pobreza de nuestra inleligencia, limitada siempre por un la- 
áo ú otro. Este hermoso prólogo de Armando Garre! es tal vez 
la página en qne su talento literario se ofrece con nn sello 
mas profandamenle marcado de fuerza y brillo, y ha tenido 
mucha íuflaencla en la nombradla de Couríer , popularizando 
sus escritos que encontraban mas aücionados entre los litera- 
tos de profesión que en el público. Otro escrito de Armando 
Carrel, en 1831, sobre les hombres de la revolución, presenta 
nn carácter mas severo, uniendo á una osadia extraordinaria 
de principios , una prudencia consumada en la apreciación de 
los hombres y cosas de la época, sin eotnsiasmo excesivo; y se 
echa de ver que la política domina en el autor al socialismo. 
Caballeresco en sns maneras, costumbres y gustos, no agrada- 
ban á Carrel la» teorías del comunismo, y, hay qne reconocerlo, 
en nuestros diaa, si viviera, hubiera perdido esa popularidad 
qne solo conservan los que consienten en caminar con las ma- 
Dos atadas á la espalda y los pies encajados en los carriles 
de su partido : necia posición , esclavilnd mentirosa que no 
bsbiera tolerado dos minulos el humor impaciente de Carrel. 
Por último, la prensa periódica fué en las manos de este escri- 
tor nna verdadera potencia, y se pnede asegurar que fué d 
hombre mas completo de la revolución de julio ; nadie , antes 
de esta época, le habla igualado, y nadie desde entonces le ba 
reemplazado. 



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CHATEAUBRIAND. 

De Carrel á Chaleaubriand no bay mas qae un paso, y en 
el estilo, manera y carácter de ambos, había una caballerosi- 
dad que forma un vínculo y semejanza nolable entre el jóveo 
republicano y el anciano realista. 

Mas que ¿ la tendencia y disposiciones naturales de sn Ín- 
dole, debió Chateaubriand á su oacimiento y fortuna literaria 
ser par de Francia, embajador y ministro. 

Ed la asamblea de los griegos hubiera cantado como Home- 
ro y no deliberado como Néstor. 

Menos estadista que caballero francés fué siempre Cbalean- 
briand, y los caballeros franceses son muy poco apios para las 
luchas políticas, conslitacionales ó de olra especie. 

Compónense sos polémicas mitad de ojeriza contra Villéle, 
mitad de amor por los Borbones, resaltando un anfagoniemo 
perpetuo entre el escritor y el paladín, entre tas afecciones de 
sn corazón y las luces de su, entendimiento, entre sn razón y 
sus preocupaciones. 

IncoDsecneDlemeDfe aspiraba á dos cosas contradictorias, co- 
mo, por ejemplo, la libertad de la prensa en principio y en he- 
cho, y al mismo tiempo quería por ministros hombres nllra- 
monárqnicos, que se oponían á la libertad de la prensa en prin- 
cipio y en hecho. 

Cosa era que no dejaba de sorprender ver reunidos y 
amalgamados en nn mismo gabinete dos personajes de tan 
opuesto carácter. 

Por una parte Villéle, seco y exacto como una labia de loga- 
ritmos, hombre que en sn vida Mego á saborear una fígora de 
rel¿ríca, un movimiento de sensibilidad, una palabra emanada 
del corazón, un arrebato de elocuencia. Aritmético frío, idgi- 
co, positivo, ducho en conocer i loa hombres, en penetrar m 
estratagemas, en lisonjear sus pasiones, en anudar un sistema, 
en coadncir una asamblea, inaccesible á la astucia, lleno sicm- 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ORADORES. 99 

pre de caaleia contra taimadas arterías y mañosas asechanzas, 
arrostraba Villéle las amenazas, sin dejarse sorprender por U 
vanidad peor que la corrnpcion. Dotado de atrevimiento y pre- 
TisíoD eo la concepción de sus designios, mostrábase Arme, se- 
gnro, alentó y lleno de paciencia en la ejecución, mas celoso 
por el valor real de las cosas qae por lo que en si promeleu. 
At mismo tiempo reservado, desconfiado, flemático, naluraleía 
férrea en que no podían hacer mella la Tanaji;loría del frían- 
fo, el abatimiento de la derrota, ni las flechas del escarnio. 

Por otro lado, Chaleanbríand, espirita aventurero y algún 
lanío romántico, de carácter poco uDÍforme, dispneslo siempre 
áfóniarse impetuoso en vaslas empresas, sin dejarse amedren- 
tar por tas resistencias y sin calcular los medios de vencerlas; 
fascioado por el corazón, por la imaginación, por el lado bri- 
llante de las cosas; impresionado mas por lo bello qae por lo 
ülil, por lo grandioso mas que por lo posible; perfectamente 
en estado de describir por qué motivo, en tal situación extraor- 
dinaria, había encallado tal ministro, y al mismo tiempo inca- 
paz, ministro él mismo, de salir del atolladero; dotado del don 
de conocer el pasado y prever el porvenir, pero sin acertar á 
comprender lo presente; en una palabra, por ningan titnlo hom- 
bre práctico, hombre de estado. 

Hallábase embebido en su personalidad como todos los es- 
critores embriagados por et humo del incienso, y que rodea 
uta corte aduladora lo mismo qne la de los reyes: gente 
irritable cuando se les contradice en vez de ensalzarlos; incó- 
moda é intratable por lo inopinado de sus antojos y arranques 
de SD imaginación, impaciente y enemiga de toda regla, agria 
de condición, y dispuesta siempre á sacriücar la razón de es- 
lado á BU vanidad personal. 

Chateaubriand fué siempre, mas publicista que polemista, y 
mas publicista que folletista. Reina en su estilo no tono grave, 
melancólico, amargo á veces; pero nunca obsérvanse esos to- 
ques chistosos, esos rasgos de agudeza que esmaltan el discur- 
so y divierten al lector. El autor se aproxima á las masas por 
la grandeza de sentimientos, pero de ellas se aleja por el len- 
guaje, el cual 8i no es íiempre tirante, tampoco es flexible, va- 

c,q,zí<ib,Coogle 



ríacto y seductor; prueba evidenle de qae solo los folíelos po- 
pulares soa los que reboiBo de origioalídad, grada y vida; y 
parece que, al arrojar al víanlo sus hc^as ligeras, sialió pasar 
Chateaubriand k sus manos el soplo glaraal de la aristocra- 
cia, y por seguirla abandonó la marcha libre y rápida inhe- 
rente al folleto. En efecto, aun cuando qui«-e ser natura], nó- 
tase un aire de aticismo, cierta ITor de alia sociedad y trato 
delicado, y bien se echa de ver que el autor guarda siempre, 
aun bajo el techo doaéslico, alguna pieza de su armadora 
para no ser confundida con los rústicos. 

Tan brillante, gracioso, c«Dtetlante de gala, colorido, subli- 
midad é invención sa muestra en sus poemas de Átala, Beméf 
los Mártires, como correcto, gramatical y severo en la forma 
de su polémica. En ellas ni por asomo nota el lector esas loca- 
ciones sonoras, esos rodeos ingeniosos, esos movimientos lle- 
nos de brillo y donaire, esa vehemencia arrebatadora; sino, al 
contrario, una discusión prudente y sobria, y ¡cosa notable y 
don singular de la apropiación! ese poeta trata de un modo fe- 
liz, y mucho mejor que muchos hacMidislas de profesión, el 
juego de las rentas y de la amortización; y ese hombre, dotado 
de una imaginación tan brillante, penetraen espíritu y porma- 
nores de una ley con mas acierto que un jurisconsulto consu- 
mado. A veces, en su calidad de grande escritor, ennoblece la 
vulgaridad de la idea con la osadía de la voz; otras desciende 
de lo encumbrado del débale con la fj^miliaridad de la expre- 
sión; ó bien entrecorta el curso llano de la narraciea con una 
imagen deslumbrante, con una alusión histórica, un giro ines- 
perado, un toque vivo, una fecha, ó una de aquellas palabras 
que solo puede decir Chateaubriand. 

Ningún escritor imperialista ha hablado de Napoleón en tér- 
minos mas pomposos, pues soto el genio pue^e comprender tuen 
la gloria. 

Ningún publicista constitucional ha batallado tanto, en todos 
tiempos, por la santa causa de la libertad de la prensa, con mas 
entusiasmo, con mas Bel perseverapcia, con mas heroísmo. 

Ningún patriota en Francia tuvo mayor.le que Chateau- 
briand en el advenimiento de la democracia, y fué republicano 

C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS Otl¿DOHES. 101 

por razón y presenlimienlo, si bien realista por recnerdo y fi- 
delidad caballeresca. 

Loco perdido por ta legilitnidad, adornaba amoroso esta que- 
rida imaginaria con los hechizos qne soDado había, sin com- 
prender, como PigmalioB, que la Venus procedente de sos ma- 
DOS era mas bella que la misma Venus. 

Ilustre por su soto mérito, y padre lileraiio de dos insignes 
poetas, Lamar4ine y Viotor Hugo, herederos , el primero de sd 
melancolía y el segundo de su originalidad , ci bardo mas ad- 
mirable de nuestros tiempos desde Sbakspeare y Gomellle, sin 
exceptuar á Itnrd Byron; bello y noble genio qne se estremece 
al aspecto de toda tiranía, qne vierte lágrimas al aspecto de 
todo infortunio , y cuya memoria debemos amar mucho y pnr 
mocho tiempo deepu^ de haberlo tanto- admirado. 



COBBETT. 

De Chateaubriand á Cobbelt, ¡qné diferencia de personas, 
oxracléres, estilo, opiniones y manerasl 

Las oiencias. el álgebra, la geometría, la física, la qnimica, 
son de todos los países; y hablan una misma lengna convenida 
7 universal. La filosofía solo expresa ideas generales, la moral 
sentimientos comunes, la historia, la epopeya y la tragedia las- 
pasiones del corazón humano. Pero la comedia en las letras, la 
caricatura en las arles, el folleto en la política, son prodoctos 
de cada suelo que revelan la fisonomía é índole peculiar de 
c*da imeblo. 

Asi las alusiones finas, los raiOBamieolos puros resbalan y 
gotean sobre la epidermis de nuestros vecinos de ultramar, y ^ 
folleto británico , profundamente impreso con el sello de las 
costumbres del pais, soez, agresivo, grosero y bmlal, nanea 
sonrie, sino ríe ácarcajadas estrepitosas, es incoherente, desor- 
denado, y su cólera huele á aguardiente. Sin periffasis ni ro- 
deos, llama las cosas por su propio noibbre , forma caricainras 
(que presenta al p^íco enteramente desnudas ó grotesca- 



_iv,Coog[c 



lOt UBBO 

nenie vestidas, da voces y reone á los que pasan, qnitase la 
cacQisa y descúbrese hasla la cinlara, y con los cabellos dea- 
grefiados, la víala torva, cierra la maEio, anda á pnOelazos, hie- 
re & su adversario en el rosiro, en el cuello, cp et pecho, en los 
lomos, le rompe los miembros, le derriba y pisotea. 

Cobbeii diciaba en general sos folletos, y el folleto dictado, 
qne imposible declaro en nna lengua tan minuciosa, delicada j 
gazmoíla como la francesa, se acomoda mejor con la negligencia 
de la inglesa. Et folleto diclado suple á la incorrección y pureza 
de estilo, por la abundancia, chispa y calor, asiéndose del ob- 
jeto al vuelo, sin tardanza, apoderándose de la persona sin sol- 
tarla, y enardeciendo la mnltilud. ^ bien es cierto que es me- 
nos duradero que el folleto elaborado, también es preciso con- 
fesar que es mucho mas vehemente y produce uoa sensación 
mas profunda; y si discorre menos persuade mas, imitando los 
arrebatos, desorden é inlermilencias de la pasión. 

Cobbeit prefería el estilo epistolar, pues sabia que solo lo na- 
tural gnsla ¿ la moltitud, sin contar que esta forma se adap* 
taba mejor á la variedad é inagolable fecundidad de so pluma. 

Reina en sus folíelos una rareza de estilo, figuras y chanzas, 
qne incomprensibles y repugnantes encuentran las demás na- 
ciones, y sin embargo, esto es cabalmente lo qne hace qne taolo 
gusten al pueblo inglés. 

Cobbeit estaba lleno de su personalidad, como todos lo8 
autores que, separados del trato de los hombres, embriaga la 
popularidad, se constituyen su propio c^lro, y en cierto modo 
su Ídolo. 

Tory al principio, despnes radical, enconado en su saOa, fo- 
goso en sus coDvicciODes, condenado, perseguido, atacado en 
su persona y bienes, obligado á emigrar, oscilando sin cesar 
entre la fortuna próspera y adversa, Cobbetl se sirvió del folle- 
to como arma terrible. 

Apoyado en las masas, luchó contra una aristocracia apoya- 
da en el suelo, allanera, ioteligenle, paciente, ávida, sefiora 
de la tierra y capitales, del ejército, ministerio y parlamento. 

Agrónomo, militar, grunático, periodista, publicista y es- 
critor, fundó un periódico que lavo cíen mil suscritores; y en 



cqi-zí-dbvGoogk' 



DE LOB (SUDORES. . 403 

.caalqnier pais un periódico decien mil sascritoresconslilayeaa 
poder, y Gobbett lo ejerció. 

Nadie tal vez llegó á «diar coa mas eacono, y en la explo- 
sión de BQs sarcasmos, hollaba hasta sus mismos amigos. 

Testarudo, antojadizo, acrimonioso, iojaslo, cínico hasta el 
ullraje, desalmado y casi feroz con sus enemigos venci- 
dos, que apaleaba y pateaba al verlos en tierra basta es- 
pirar, sin dar ni pedir cuartel. Escritor salvaje tal cual con- 
viene á ese pueblo taciturno, cuyas opiniones son tanto mas 
absolutas cuanto que nunca las comunica, y cuya ira es tanto 
mas acérrima cnanto mas comprimida. 

Entremezclaba este gran folletista en su polémica moralida- 
des filosóficas, revelaciones del corazón humano, retratos, sá- 
tiras personales, anécdotas cuotidianas, coIo<]nios iutimos, 
comparaciones y pinturas animadas de la vida campestre, con- 
trastes inesperados y salidas originales, que explican el secre- 
to de sn popularidad. 

Este homenaje debíamos tributar á un hombre que luchó 
tan vigorosameute contra el orgullo y preocupaciones de la 
oligarquía, acumulación de empleos, parasitismo, opulencia 
moQstrnosa del clero inglés, castigo corporal y humillante del 
soldado, y tantos otros abusos; que amó y defendió la cansa 
sagrada de la reforma, y la causa no menos sagrada de la li- 
bertad francesa. 



ENRIQUE FONFRÉDE. 

De Cobbett ¿ Enrique Fonfréde, hay todavía mas diferencia 
qne de Chateaubriand á Cobbett. 

Hay en efecto toda la distancia qne separa el délo nebuloso 
de la Inglaterra del cielo despejado de los Pirineos. 

Desde la muerte de Armando Garrel, no conozco polemista 
comparable í Fonfréde. 

Voy á juzgarle como si no fuese su contemporáneo, y coma 
sí no hobiese sido mi enemigo, aonqne seguramente no era yo 
íi suyo. 



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Sqb ciulidadeB le waa propiu, y sos d^eclos de sn pate. 

Enrique FoDfréde era hombre del mediodía, nnadeesasna- 
tara^aa de fuego qae ei^ameaa y w extravasan, pero qae 
COD focilidad se sogiegaii. 

¡Cosa UDgBlarI yo he víalo, en un aln-ir y cerrar de ojos, 
leTantarse lamsItaosameDle todas las pebUcitmes meridiona- 
lee, juDlu'ie y seguir ¿ aaa persona coa gritos de amor y jú- 
bilo, y cuando creía aquella que la rodeaban, é iban ¿ so eo* 
cuenlro, de repente se disipebau ; relírabaa coa tambores y 
trompetas. 

Los hombres del mediodía no andao sino corren, no «•- 
diten sino improvisan, no rezan sino precipitan su oradon, 
muestran tanta prisa ea acabar como en príBcipíar, y en Uq;«r 
eomo en partir. La índole meridional se complace en la celeri- 
dad, estrépito y Ivíllo, ynnaca abandona la región de las tor- 
mentas. 

Extremados en todo, dirán de nn hombre de cortos alean- 
oes que es un insensato, sí carece de talento qse es estiipido, 
si posee alguna inteligencia que es un genio, si es valiente qae 
es ua héroe, si delinqae &a un ligero pecado venial, que merece 
el fuego eterno. Para ellos so hay purgatorio, sino cíelo ó in- 
fiwno. 

Así conviene no tomar al pié de la letra su impacieecia y 
gritos, pues en general hablan recio, y hay ¿ menndo mas 
malicia en un normando que dirige un cnmplido, que en la 
injuria de an gascón; el primero pica con un alfiler, pero sale 
la sangre y queda la sefial de la picadura; mientras que el se- 
gundo, lleno de cólera, echa la baba al rostro, mas basta lim- 
fHU^e para que nada quede. 

Todo en los meridionales es relieve, salida, juego: la mirada, 
tí gesto, la palabra, hasta el estilo. Ponfréde no sabia escribir, 
6 por mejor decir, no escribía con el diccionario de la Acade- 
Mia, sino inventaba y forjaba los términos que necesitaba, sin 
que le arredrase en modo alguno e) neologismo. ¿No era por 
wBturaftHletiatar Ahora bien, -el folleto m ana lucha, an cem- 
bale vivo, precipitado, decisivo, pié contra pié, pecho conlfa 
pecho, sin tregua ni misericordia; los campeones se miden con 



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DE LOS OdADORBS. m 

)os ojos, se acercan, se agarran, se esfuei-ian, se derriban. El 
folletista del medíodia, gladiador impeluMo, brinca en la are- 
na y ase el cuello de sa adversario; con tal que lo postre i sus 
pies, poco le importa de qué manera. Sin cnidarse de las re- 
alas de la esgrima 6 del pugilato, aspira solo k vencer ó ¿ 
morir, morir sin tardanza ó lograr victoria campal. 

¿Se li^ra acaso el lector qae tuviese tiempo Enriqoe Fon- 
fréde de preparar un plan? Nada de eso; lo concebía, lo deva- 
naba, lo tramaba, lo tejia de paso, sin caidarse de la corrda- 
<aon del exordio y el epilogo, sin observar si cojeaban sos ra- 
zonamientos, ni si sus paradojas destraian la verdad: tan pre- 
mroso eslat» de llegar al Un propaeslo. Poco gusto en el estilo, 
desaliso en el disefio, argumentación flaca, falta de ceriidambre 
«a los principios, tales eran los d^éctos de Fonrréde, defectos 
considerables y no los ünicos; pero este publicista poseia im 
giro la» original, una vena tan inagotable, ana seducción Un 
atractiva, ana gracia tan inopinada, una cbispa tan irresistible, 
^e sería fácil reconocerlo enb-e mil, y ¿no es esla la señal de 
los grandes escritores? 

Fonfréde poco se cuidaba de las precauciones oratorias, del 
miramiento á ciertas personas, jerarquías, dignidades y repa- 
taciones; para él nada babia alto ni bajo, sagrado ni profa- 
no, y Ripeaba ¿ derecha é izquierda oomo un hombre ebrio 
que con el palo en la mano, se abre paso por la mutlilud. 
Fonfréde se replegaba y enroscaba en torno de su adversario, 
envolviéndole y sofocándole en tos nodos de so dialéctica, y 
<d)Ugándole á gritar, suplicar y pedir perdón. 

El folletista meridional amaba con exceso la «ntoridad, por 
miedo á la anarquía; como otras personas aman con exceso It 
libertad, por miedo al despotismo. 

Has polemista que publicista, demasiado fogoso, fallo á» 
aliento y excesivamente espontáneo en su inspiración para com- 
poner nn libro docto, un libro elaborado, agotaba en un sc^ 
«■tfculo el fondo de una cuestión, á la cual apenas hubiera po- 
dido bastar UB lomo voluminoso. La naturaleza no le babia he- 
cho para hojear con paciencia los volúmenes en fótio de nu 
biUioteca, ó meditar en el fondo de un aposento, sino para el 



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106 LIBRO 

cómbale. Alíela ínfoligable y brillante sobre las u^as; caáo 
hermoso estaba en uo día (te balallal 

En so. polémica agrupaba con un arte tanto mas maravillo^- 
so coaulo mas natural parecía, todas las pruebas directas, 
todas las indaccioDes emanadas de la analogía, las citas 
históricas, jndicíaies y legislativas que acarreaba su asunto, j 
abromaba k sns adversarios con golpes seguros sin piedad, 
tregua, oí favor. 

Fonfr¿de llevaba un prisma de mil facetas, y este prisma 
inuatlado por los rayos del sol del mediodia, despedía colores 
purísimos y deslumbradores. Este terrible polemista des- 
cubría y desnudaba una nombradla 6 una situación de piéa 
á cabeza. Con su garra de león arrancaba á esos efimeros 
reyes, á esos soberbios ministros cuadrados y ceíiudos en sa 
silla parlamentaria como en ud trono; y cuando conseguía 
atarlos con ana cuerda, los arrastraba hacia sf, y los mostraba 
como mnQecos & la mullítad. 

Temerario en sus lésís, inexorable en sus consecuencias, 
mostraba la fealdad de los tiempos modernos con un sarcas- 
mo, y bacía terribles incursiones en el porvenir. 

Su imaginación acalorada é impetuosa le llevaba á menudo 
mas allá de los limites de la vei-dad, como sucede frecuente- 
mente & la gente de su país, y cuando esta se apasionaba, pro- 
rumpía en declamaciones, y escribía como esta habla. 

Estaba sujeto á súbitos arrepentimientos, como toda persona 
inconsecDenle y sin principios, ó con convicciones opuestas, 
cuya imagmacion, semejante al caballo indómito de Mazeppa, 
atormenta y arrastra sin descanso hasta el fín del horizonte, 
por valles, rocas y senderos espinosos. 

Asi qneria una monarquía elegida, sin la condición de esta 
misma monarqnia que es la elección; la monarquía no elegida 
sin su condición forzosa que es la legitimidad; el gobierao per- 
sonal sin la condición de este gobierno que es el despotismo; 
la libertad sin la condición de estaque es la soberanía del pue- 
blo; un parlamento sin la condición evidente que es la inde- 
pendencia; el bienestar del pueblo, sin la condición necesaria 
que es la economía. Asi flotaba incesantemente entre dos pla- 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS OniDOBES. «07 

yas. como qd bajel sin áacora, eternamente azotado por las 
tempestades de sn ímagioacion. 

Fallat)a k Fonfréde lo que á Sieyes, Coari«-'i B. Conslaal y 
oíros laotos, ana base fija, no sistema coordinado, on príoci- 
pio, pues, ¿acaso era legitimista? De díosiib modo. ¿Por ven- 
tura radical? Mncbo menos. ¿Parlamenlario? Ni con macho. 
¿Constitucional? Ni por asomo. ¿Liberal? En otro tiempo. ¿Ab- 
solutista? Si, se intitulaba absolutista franco, determinado, síd 
coDdicioa ni límites, absolutista-absoluto. ¡Absolutista! ¿Y pw 
qaé? íCómo podía ser tal según la carta? ¿Cómo tal sin la car- 
la? ¿Con quién? ¿Tal vez con Enrique V? No. ¿Con Lnis Feli- 
lipe? [Obi (ohl ¿Con quién pues? acaso con Dios? ¿Con qaé, se- 
gao Foufréde, la monarquía constitucional emana directamente 
de Dios? ¿Pero á qué cosa no le sucede otro tanto? ¿Hay algo 
qae asi no sea? ¿Acaso no pueden engreírse y blasonar de sd 
origen celeste y providencial la república, la beptarqufa, la 
monarquía constitucional, la oligarquía y dem&s formas posi- 
bles de gobierno? V «n este caso, ¿cuál es el valor del famoso 
argumento de Fonfréde, de ese argumento del derecho divino 
llevado basta el extremo, hasta to absurdo? 

Siento k la verdad no poder completar esta figura caracle- 
ristiea con nuevos loques , y en la qne tanto se complace mi 
pincel. En mi concepto hubiera podido hacer de FonfrMe oa 
estudio original , un buen cuadro ; pero me faltan el tiempo y 
espacio. 
, Acabemos , pero antes que se me permita decir que Fon- 
fr¿de fué, cosa rara, aun en Bárdeos , adorador y no cor- 
leeano del poder , sin revolcarse como otros tantos en el cieno 
de la corrupción, y hombre de bien, hombre de fe, se mantu- 
To arrinconado para conservar su independencia y fortaleza. 

Creo haber explicado el origen de la intemperancia de ens 
paradojas y la violencia extraordinaria de sa lenguaje. Así no 
me es posible guardar rencor & ese escita, á ese bárbaro, qae 
qaeria arrojarme como una presa á las garras y dientes de los 
leones y tigres de la Macedonia (1), por haber marmarado 

[1J DuniDia uo mes, estuvo Fontréde reclamando la acusación de Timón que 

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168 LlMtO 

^gsn taslo del rey Filipo y de sus pensiones , yo Timpo de 
Atenas, buen bocabre y sin malicia algona, que sin enfado be 
leído lo sigateDte por mas fuerte que sea; 

«Declaro que nno de tos mayores crimenes cometidos conlra 
«la exisiencia , prosperidad y safosistencia de dd paeblo , sod 
«las carias de Timón sobre la lisia civil y dotaciones del rey 
«Luis-Felipe. Timoo ba sembrado mas ruinas , miserias y 
«hambre en los hogares del pobre paeblo, qae babierau pedi- 
«do acarrear diez affos de guerra y calamidades. A falta de 
«JDBlicia bamana que le ha dejado camptir esta obra de ini- 
«qnidad, le predigo qoe llegará un dia en que le despedazará 
■el alma un gran remordimieolo de stt coadocla, y Uortfá 
«amargamente lodo el mal que ha causado. 

«Firmado y rubricado, Fonfrede.» 

¡Por Júpiter, lector! yo hubiera podido afilar mi buena ho- 
ja, esgrimir con ese escita, ese bárbaro, y volverle herida por 
herida. 

Pero nosotros, griegos de Atenas , si tenemos sal en losla- 
JÑos, carecemos de hiél en el corazón, y sí hubiese venido Fon' 
fr^de á echar en el Píreo el ímcora de su bajel, lo juro por 
Minerva, yo mismo le hubiera tomado de la mano, lleva- 
do á la academia bajo la sombra de los hojosos chopos, serrl- 
dole UD plato de la apetitosa miel del monte Q¡melo> y después 
le hubiera conducido, coronado de flores , á los confines de la 
república. 

Desgraciadamente ha fallecido Fonfride, y lo siento, aoD- 
qne tal vez me hubiera vuelto i atacar con virulencia. Per» 
los reyes son casi tan ingratos como los pueblos: Fonfréde 
pasó BU vida glorifÍGando una dinastía que le olvidó, y no eti 
seguramente el medio mas adecuado para eternizar su meno' 
ría pnbllcar sus obras que nadie lee en la actualidad; sino, al 
contrario, inaugurar su busto en las galerías históricas de Ver 

Dunca habla visto y da qui^n nu babla recibido el menor átüo, Mas adelaniS: >' 
ver »u retrato pintada por Timón, quedú tan conteato. que, saltando da alegríi T, 
moBtraadolo i lodo el mundo, exclamaba: xUlre V., mire V.,lo que dice da mi 



- C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS OUMRBS. 10> 

ealles, en que laqtoa mayortkmoa de o6tI& y tantos insignifi- 
cantes ¿aoadorea de batallas osurpao el puesto de varones jus- 
luieBte célebres. 



EL ABATE UMENNAIS. 

iQaé diré da Lamennaia folletista; de Lamennais, uno de loa 
mas profundos filósofos de nuestro siglo; de Lamennais, el mas 
ilustre miembro del clero cristiano? ¡Qoé conslascia en el tra- 
tejol iqué exleosioD en la ciencia! ¡qué fecundidad de imagi- 
nación! iqué capacidad ¡nieleclual! ¡qué nedíladorl iqaé dla- 
lidico! ¡qué poeta! ¡qué prosador! 

No pretendo bacer comparecer en mí presencia al abate 
Lamennais , y juzgarle relativamente á sa mayor ó menor 
ortodoxia. ¿Quién podría darme tal derecho? ¿De dónde ms 
vendría á mi lal competencia? No me toca h mi sondear los 
corazones, y seguramente Dios reserva, para los varones pre- 
destinados á quienes concede el don del genio, misericordias 
tan grandes como los dotes que les depara. Todo lo que sé de- 
cir es que solo un sacerdote, y un sacerdote como Lamennais, 
podía manejar con tanta caridad é imperio el folleto religioso, 
ese folleto que revela el hombre al hombre , que enternece 
nuestra rebelde naturaleza para someterla mejor, y hace vibrar 
todas las cuerdas de nuestra alma. Lamennais ama al pueblo 
COI la sencillez de on talento elevado , lo ama con la fe y 
esperanza de un cristiano. Sr le recuerda sus derechos, le en- 
Kíia también sus deberes; si lo humilla á la vista de sus llagas 
y miserias, lo consuela por loa estremecimientos simpáticos de ' 
la fraternidad; si le inspira piedad para consigo, lo abrasa de 
anor y temara pava con los demás; si le dice, como lodo co- 
rason noble, que debe odiar la tírai^a, lo exhorta ala paciencia 
en la servidumbre ; si levántalas cadenas que abruman sus 
miembros, abre á sus ojos horizontes celestiales, coronados de 
fiores , abundantes en infinitas beatitudes. 

Ningún esra'itor desde Bossoet habló lenguaje mas solemne 



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ttO UBfiO 

y sonoro, y solo Lameonaig ba conserrado loa periodos espa- 
ciosos, la continaa armonía y el grande estilo literario, sin re- 
cnrrir á an vano oropel, ni emplear palabras nuevas y loca- 
dones imparas. Basta á sa genio la lengua nsaal, ora entone 
con voz profélica los himnos del pueblo en las Palabras de un 
Creyente, ora escudriñe en el Bosquejo de una filosofía los mis- 
terios de la creación li del entendimiento humano; ora, en los 
Negados de ñama pinte con cálido tono y puro las campiSas 
de Ilalia; ora en sus fottelos acose con implacable lógica al 
enemigo qne va i derribar. 

Pero bien se ecba de ver que Lamennais no se baila á sns 
anchasen el folíelo politico, y qne no puede avenirse ni acO' 
modarse k esas lachas vulgares contra míoistros de poco tiem- 
po. No, Lamennais no ha sido enviado á esta (ierra para rasar 
el suelo con esas alas sublimes que nalaralmenle le elevan al 
cielo, y le arrebatan í las alias regiones de Dios y de la eler- 
nidad. 



CAPÍTULO ni. 

De la elocuencia de) pulpito. 



Apenas hay relación enlre la elocaencia sagrada y la profa- 
na, y se paede decir qne todo difiere, la persona, el lugar, el 
asunto, el auditorio. 

£1 orador deriva sa misión de sa persona, el predicador de 
sn carácter. 

El primero esa menudo menos que un hombre para sos 
partidarios, el segundo, á los ojos de los fieles, es mas qae an 
. bombre. 

El uno habla cuando paede, como diputado; el otro cuando 
quiere, pues es sacerdote. Poco importa qne el predicador sea 
jéven ó anciano, calvo ó con una hermosa cabellera, dolado de 



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DE LOS ORADORES. «III 

bella presencia 6 conlrahecho, qae sa gesto sea Doble ó 
vulgar, sa voz sorda ó sonora y acenloada. Todas estas obser- 
vacioaes muudaDas las omile el auditorio cristiaoo, que otros 
(KBsamieDtos asaltan. 

El predicador habla en nombre de Dios, el orador en su pro- 
pio nombre: así mientras el primero se aparta y guarece res- 
petuosamente bajo Ja imponente majestad del santuario, el ora- 
dor se ostenta en la tribuna á cuerpo descubierto en toda la ex- 
lotsioQ de su individualidad. 

El predicador dobla la rodilla y humilla la frente ante la 
majestad de Dios; el orador la levanta erguida, y segaro de su 
propia fuerza, parece desafiar ¿ sus adversarios con el gesto y 
la mirada. 

El predicador se compara al mas humilde de sus oyentes, y 
aun menos, al polvo del camino, á una yerba ligera, á nn gusa- 
nillo rastrero; golpéase el pecho, con compunción, se acusa 
ásf mismo, confiesa sus culpas, y da séllales de arrepentimiento. 
El orador se jacta de la constancia de sos opiniones y de la 
austeridad de sa vida, no se juzga sino para absolverse, se hin- 
cha, se exalta, quema el incienso para respirar su olor solo y 
sin rivales, y si baja de las regiones de la apoteosis es para 
ir al encuentro de las congratulaciones. 

El predicador habla en el silencio, el orador en el ruido: el 
primero con una voz débil ó apagada, llena el ámbito de la 
nave de la iglesia, desde el altar basta et pórtico; mientras 
que el segundo se desga&ita y enronquece en una sala llena 
hasta el techo, que apenas trasmite sa voz, resultando qae se 
te oye apenas 6 demasiado. 

Bossnel, Fléchicr, Bourdaloue, Massillon conmovían casi sin 
TOz. á un auditorio cortesano y plebeyo que, reunido en la vas- 
ta nave de nuestras catedrales, doblado el cuello y atento el 
oído, respiraba apenas y oraba interiormente con el corazón y 
con los labios. 

Demóstenes, Cicerón, Mirabeau, O'Connell, Berryer, Gui- 
zol, no conseguirían dominar nuestras asambleas tumultuosas, 
si á la sensibilidad, ciencia, vehemencia oratoria y dones del 
genio, no nniesen vastos pulmones y una voz sonora. 



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«11 UIBO 

El predicador halla los corazones benérdos , el orador opon- 
cioaes sordas y pertiaaceB. 

El predicador encuentra favorable lodo el andíl(»ú, al ora- 
dor es adversa la mílad de esto, 6 caaado meDos la tercwa i 
la cuarta parle. 

El predicador procura coodliar y hermanar al andilorio; el 
orador convoca al combate, & un cámbate morlat, ana parte de 
la asamblea contra otra, y sos triuafos estriban ea la división 
del cuerpo legislativo. 

£1 predicador, á qnien acompafia el silencio, signe tranquila- 
mente el hilo de sus ideas, tal como on rio majeslnoso m car- 
so apacible y cristalino; el orador agita sns olas espumosas por 
los ásperos peflones de sn canee cerrado y los diques de sos 
riberas. 

A su persona dirigen continuamente el lente y los gemeloB 
numerosas mujeres engalanadas y extranjeros dorados, conde- 
corados y resplandecientes. Importa qne se baile en nn estado 
de atención conlinna.qDe estudie su declamación, sus adema- 
nes, su acliind, sns miradas; sí las cintas de sns zapatos no 
están desaladas, si no son iguales los picos de su corbata, si 
su pelo se halla descompuesto, si los pliegues de so loga care- 
cen de gracia. Importa que no se bambolee, que no se incline 
adelante ni atrás mas de lo que es debido; que sns gestos no 
sean precipitados en demasía como los de nn danzante, ni pe- 
quen por exceso de sobriedad ea este pnnlo como nn filósofo; 
que su voz no tome un tono agndo de falsete, ni se [Herda en 
los sones caveraosos de nn bajo. 

Detrás de él está el presidente con sn campanilla, que d^e- 
ne su* curso cnando coordina los miembros de un período, 6 le 
detiene cuando se tanza en los confines de un bello desórdenqoe 
es un efecto del arle. A sn lado no cesa de resonar la yoi d^ 
portero que grita continuamente: ¡Silencio, sriloresl En frenfe 
sus adversarios de los centros, izquierda y derecha, golpean 
en sus carpetas con sus plegaderas de madera, mueven estre- 
pitosamente los píes, charluí, silban, grufien, exclaman ole 
interrumpen. A cada momento hay quien dibuja con lápiz, y en 
sns mismas barbas, sus contornos grotescos, cnyo perfil puede él 



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DB LOS OUDOBBS. 44S 

« ii m o 4ÍTÍBar; 6 bien hay qoieo remeda n voz gangoM ó 
atiplad*. Tal miembro repite irónico sni palabras dándole od 
Miitido difereote; tal «tro le interpela para hacerle perder los 
estribos en medio de as silogismo; algunos protestan contra 
«la demostraciones, ^ocoencia y afras, decididos como es- 
tün á DO dqarse conmover ni convencer. Algnnos te amenazan 
«en ri paito, 6 respeodra oon timarías i una verdad proferida; 
y hasta sus mismos amigos le desconciertao aplaudiéndole «a 
el momento miemo en qae acaba de soltar ana sandez. 

Ademia el auditorio del pulpito difiere del auditorio de la tri- 
buna lo miemo que la persona y el lugar. 

Compónese este auditorio de algunos hombres fervieDles y 
mujeres piadosas y resignadas, sencillas de espíritu y corazón, 
qie DO osan levantar los ojos; que no ven en el predicador qd 
hombre, siao un ministro de la Divinidad; auditorio que se do- 
Ua bajo la doctriaa emitida por el mtnislro de Jesucristo, y se 
deja arrastrar por todos los movimientos que este lea imprime, 
indignándose cuando se indigna, amando lo que ama, aborre- 
ciendo lo que aborrece, creyendo lo que cree, unido á su fn- 
U)ra por los vinenlos «stredios de la fe, rechazando romo una 
mala iratacioo los impulsos de la duda y asomos impuros de 
«pensamiento, haciendo esfaerzos para comprenderlo, y st- 
guieado sus luellas. 

i sn fulminante voz se espanta la conciencia, el estremeci- 
miento del terror corre de vena en vena, arrodillase el crímeo, 
despiértase el remor-dimievto. Entonces él predicador, indinán- 
dosedesde sn cátedra sagrada, toma, por decirlo asi, todas las 
alnas en sus manos, las asusta, las ctmsoela, las precipita, las 
eroca, las lleva sucesivamente del temor i la esperanza, de la 
vida i la moerie, y, después de haberlas juntado y confandido, 
bu prende todas como anillos misteriosos á esa cadena de 
oro qae une el cielo oon la tierra. 

No faltan al orador paríamentario asuntos propios para desple- 
gar el vuelo, mas la prensa desflora todas las lésis y las agota. 

Al contrario , mil sermones sobre un lema moral dejan 
^pre que decir, [tan grande es el destino del hombrel 
¡tan infinitos los horizontes de la Providencia I [ tan vasto el 



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lU UBHO 

ámbito eo qae puede campear ta aoctiHi det alma- hnmaoa! 
Pero ¿cuál es cí lema de paz ó goerra, dinaslia, m¡Bisterio, 
libertad , impaestos 6 prensa , que no quede agolado después 
de dos discursos, y á veces cod qoo soIo7 

El predicador babla solo , sin colegas , Jii rivales ; mientras 
que el orador babla anles y después de otros tantos, luchando 
COD la monotonía de los ataí)ues personales , el cansancio det 
auditorio, la repetición de los argumentos, las acechanzas de 
la insinuación, la resistencia de la contradicción; yes menester 
qne improvise sobre todas las materias que la vehemenua del 
debate acarrea á la superficie de la cnestioa , se explique re- 
lativamente á las inlerprelaciones accidentales, y duplique al 
replicar su discurso. 

Algunas veces, ano no ha abierto la boca, cuando la asantr 
Mea impaciente empieza á bostezar. Si profundiza la materia 
se quejan los oyentes de que es prolijo en demasía, y le gritan: 
jBasta! ¡basta! — Si procede con soltura en su exordio, se le 
dice: ¡Albechol — Si sedetiene un momento: ¡La conclusioni— 
Si brilla por un lenguaje lleno de color y brillantez: Es no poe- 
ta y nada mas.— Sí argumenta: jQué secol— Si expone: Balo- 
nes, veamos las razones.— Si se produce en lenguaje tée- 
uico: To DO entiendo una palabra. — Si en vulgar: ¡Qué 
pocaeiencia!— Si es vehemente: iQné calor tan rmgldol— Si 
es natural: ¡Qué ordinariol- Sí babla de un modo elevado; 
iQué gerga! 

Además cada diputado orgulloso con so oligarquía parla- 
mentaria . se cree un reyezuelo , y tiene su pretensión domi' 
Dante, que es la de ser tratado como ta) , quererlo lodo, 
saberlo todo, poderlo lodo, mandar y no obedecer, exigir y 
DO dar, contradecir y no sufrir contradicción; de modo que 
las asambleas son en general poco sufridas;.^ando por reaulU^ 
do que conviene cortejarlas, captarlas con mil agasajos, lisoa- 
jearlas con la voz y mirada, para que accedan á una propaii- 
cíon cualquiera, y es necesario acariciarlas y pasarles la mano 
por el lomo Emles de introducirles el rejón en la epidermis. 

El predicador elige sn asunto y prepara, dispone, fomen- 
la, esmalta de flores, suspende, prolonga, concluye segno joz- 



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DE LOS OIUDOHES. 1» 

ga oporlono, abandonándose sin freno ni responsabilidad á sn 
inspiración, alargando ó acortando el paso, y siguiéndolos irá- 
fflites mas fovorables. Si es lógico demuestra, si narrador ex- 
pone, si patético conmueve, si docto ensefla, si poeta cania, 
y la lira de David produce un sonido único, pues sola una 
coerda ptme en ella. 

Al coDb'ario , el orador no elige la maieria y debe estar 
siempre dispuesto k todo, pronto & todo momento, al principio, 
al medio, al fin de una discusión. Si ha de instruirse ai audi- 
torio antes de conmoverle, importa que et orador empiece 
por hablarle el lenguaje de los negocios , que diga los hechos, 
esiablcEEca la cuestión, indique una solución adecuada, empie- 
ce de nuevo si es pr^iso, ilumine lo oscuro y nebuloso, disipe 
derlas dudas , complete lo incompleto , zanje las dificnltadeá, 
llene los vacies, fije las Techas, y deje á los ánimos imbuidos 
de SD enseñanza, dirigirse por si mismos al fin propuesto. Si 
se baila cansada la atención del aaditorio, importa que el ora- 
dw entre con viveza en materia, resuma en pocas palabras, 
alegue la razón perentoria, y sea breve. Mil peligros le aguar- 
dan en el camino , mil enemigos le acechan ocultos, y para 
cnnbalitlos se Te obligado á variar continuamente de armas 
y láctica. 

Cuando le domina ana santa ira, Bourdaloue se acalwa, 
se ind^a, folmina, y estalla contra tos vicios de los reyes, 
ds los grandes y del pneUo; los reyes, los grandes ^ el pueblo 
hnfflillan la frente, y se doblegan bajo la vara de la palidira 
del ministro de Dios. Pero si el orador secular emiliesd eu- 
colerizadú, semejante lenguaje, veriamos á los representattfn 
inculpados subirse á los tmocos y vociferar: ¡Al orden! [aPSr- 
deal y habría quien arrojaría á la cabeza del temerario las 
plegaderas de boj.y tinteros de plomo. 

Pero lo que constituye el apuro y tribulaciones del orador 
{ffoduce también sn poder; su elocuencia fertiliza un terreno' 
estéril ; la contradicción continua forliñca su temperamento 
oratorio ; tas facultades de su inteligencia se exaltan y lo- 
Din Íncr«nento can ese vigilante cuidado de su persona, 
geslo , actitud , voz , mirada , argumentación , movimieu- 

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tos, ealralageans; y lanío eos araigt» oobm sos enemigas, 
UB rivales como sus admiradores , ooiIrUmfen á foraar aa 
tiento y dar pábulo á bu isgenio. Asi DenésMeB ladia «oo 
los opresores de sa amada patria, y defieede pidno á palmo al 
terreno de la libertad espirante, mitado por el oro de Filipo; 
CiceroD, en una república corrompida qac se éoUaga al des- 
potismo, aboga por la vieja cassa de las eoslsmlms contra lo8 
descarados defensores de Verres y CbIUíds; Hirabean coBfnnde 
con la pujania de sa toe de trueno las sDbtevaowoes d« la 
aristocracia, y Berryer, con admiilable mafia, pana al tnr 
vés dea campo enemigo y elude an vigilancia, s^níendo las 
evolaciones de las tropas boeiiles. En todas partes, en Atesa*, 
en Boma, en Londres, en Madrid, ea WashisKlen, en Parla, 
éí Iríaofo parlámeutariú ea el premio de la diflcoltad vencida. 

El predicador es duetiu de sa tesis, magslGca otmo la 
oreacion , sublime como Dios , vasta oonl* el espacio , ídIíoüb 
como el tiempo. Ni las montafias, m los mares linúlaa el vnde 
déla palabra del misionero apostáHco, qae baja alo mae 
profando del Océano para «Eamioar la oecora vegetación dd 
mas pequefio marisco; sube á les palaoiM celestiales, en tas 
regiones etéreas resplavdecienles de kzy poblados de ar- 
moniosos serañoes; huella el polvo de los siglos y de los man- 
dos, y con sa vara profética oeadaoe las generaciones qne 
aiott no han visto el dia. Una Qor qae«smatta la verde yerba 
do no valle solitario, arrancada de su laHo por el aquilón 
embravecido ; on volcan cuyos twrcBtes As candente lava 
sepultan campos y ciudades, «n recien nacido qne «eaa de 
aMá, nn trono que se desploma, nada «s sjeno & la elo- 
enirfcia sagrada. 

Algo hay que el predicador encaenira aon toa hiag»- 
table que la naturaleza, y aon los misterios de la peligioa y las 
secretos iocompreneibles del ooraznn hnnaoo. jQné tesoros! 
iqoé miserias! ;qué ruindad! ¡qué grandezas]' ¡qné asnntoe 
tan fecnndos! Ora, armado de la palabra divina, imponga al 
soberbio el deber de la humildad, al rmeoraso el perdoa de las 
inJBrias, al egoísta el amor de sus semejantes; ora arrastre las 
almas despavoridas al borde del abisnw sin &mdo ni ori- 



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DB LOS (KAfiORES. U7 

llfr d« lá eterntéidi y Ibb dekaiga 6 tomerjaca ü; ora las 
flTM)De de la Dotte sepulerat , las «rrebale en alaa de su 
rioeoeacia y les abra laspaertos dd finnanieala; ora azote 
las eQoeteaúÍH devaitaB y. )a> punce con el aguijón de los 
Fflmordkmentoc; ora diga, á los desventurados: Esperad; f á 
lo» niios: AoMOft sDos'á otres; la palabra del pulpito eclip- 
M les demás giia&roa de elocuencia en lo sublime, iaiponenle 
y en la vetemeatia padilica; pero también es preciso reconocer 
qnettingonaolra fecuadataato et en^síasnio, la imagínacioD, 
ü razón y la aemibüidaú. 

Sia eniíargOi la iomansidad del asonlo abroma la mayor 
parte (tebs pfedicadorea. FaUan palabras á. su vea, ^eol» ¿ 
M pecbo , jmágeneB i lu docnmcia para desempefiar cumplí- 
dañonte su tarea. Sola el águila de Measxpaede remontarae 
y cernerse en la eievada F^ipa del aire, y mirar de frente 
al sol, cuando despide las' tórrenles de fuego en un [MBto 
dal TasU) esfnciM qae llenan los mandos estrilados. Pero 
solo esta» jBlabna», Btos, nada, iomerlatídad , pronuBciadas 
como al aeaso, sia* ceweeoflBCia, un conexión con otras palo- 
lirasv resuenan ouali eco maravUlos» en todoi el saatnarío, y se 
arraigaa proten^meite ett las almas. ¿Qué puede aCadirse i 
atlas piafaras? jQtié vos ajena equivale i la iolína tos de 
' nuestra concienoia? ¿Quifo podri llegar Jaaaás oon el ade- 
man ó la :eipresíon á. la sablimidad del pensamieola boma- 
no? ¿Quién podrá hablaraofmeter de Desoíros qoe nosotros 
ausmaa? 

Eí orador parlamentan» 4a rienda suelta á las pasiones , y 
como Eolo di^a libre eursoá los Tientos y tempestades. Unas 
veces ds^^rá ea ivesencia del pueblo y de los s^ados la 
tánica ensai^rentada de. César ; oirás etrooará la sombra de 
Napoleón; ya exdieciá los pueb^M contra tos pueblos^ ya de»* 
cabriiri el seno dei larpalriat' sondeará sos palpilanlea heridas, 
y baferáicensegudo an triuaA> templólo ü mil brams se'levan- 
ta% lé le inteitimpea aiü gritos de guerra, ai se inflamas 
lea roslnte, h laaicfiíudas centellean, y ti ciando grito'vw^an'- 
», IB eea deseoonnaii y formidable pepitw fVaigaDial pivpf 
gaam! 



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Atnrazando cod bd amor todo el género hnnano , d orador 

orístiano se baja para lavar loa pies de lo9 pobres, para alzar 
á los peDÍtcntes postrados , para tocar las llagas repugoauíes y 
flélidas de los apestados. CariLativo, aan mas que elocaeole, 
admite en su bogar á los proscritos lanzados por las tormen- 
tas revolacionarias , y se despoja de su c^a para cabrirlos. 
Lleno de borror por la efasion de sangre, se arroja enb^ loa 
combalientes que separa y concitia , sin cuidarse de la dife- 
rencia de intereses, alianzas, lengnas , climas, bandera, 
color de la piel , ní aon de lo que la vaaidad llama gloria; 
viendo solo hermanos, lanto en ios exü-anjeros como en sas 
concíadadanos, é hijos lodos de na padre; y mira el cielo como 
la patria oomun de lodos los hombres. ¥ mienlraa que el enln- 
siasmo y aclamaciones del pueblo conceden palmas al orader 
parlamentario, por haber tal vez provocado al incendio de las 
mdades, 4 la explosión de los bnqnes y cindadelas, al degfietlo 
de las mujeres, ancianos y niCos, ¿ la apropiación de las arcas 
públicas , al traslomo completo de inslitaciones y leyes , k las 
contribuciones degnecra, á las rnpluras de aduanas, alas conGs- 
oacioues directas ó indirectas; el orador orisliano, ese humilde 
apóstol desciende de sn cátedra y desaparece, dejando a) aa- 
dítorio por állimo consuelo estas (üdabras; Amaos unos ¿ oíros, 
volved bien por mal, y rogad al Padre'celeslial. 

Sin embargo, igualmente que la profana, la docnencia sa- 
grada cneula sus habladores viügares. 

Usan unos un lenguaje pálido y lánguido , otros nn idio- 
Bia bneco é hinchado; algunos emptean un habla mundana y 
llena de aleclacíon, mientras que los hay cnyo descuido raya 
en indecencia. Ciertos predicadores am£Dazan conUnnamenle 
eon el infierno, mientras que otros sonríen inoesantemenle ooa 
la gloria eterna. Tales lanzan el estrepitoso r^iqne de la im- 
provisación vehemente; otros con nxiribunda voz se esfuNzan 
en recoser penosamente en su memoria ias hojas descosidas de 
aa homilía, tropezando á cada paso entre un aidjelivo y on vo-- 
bo. Los hay qno afectan ana intemperancia frenética delengna- 
jey adnaanes, estremeciendo los vidrios, tu términos ^e m 
creería oir á los ángeles del juicio final soplando por los coafaro 



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DÉLOS OIltDORES. 119 

lados para rraacilar á Idb diínotos; al mismo tiempo qae te- 
men los oyentes Ter brotar la sangre por sns bocas y nari- 
ces, al escuchar y ver sem^ante tempestad en el pulpito sagra- 
do. Otros pDsil&nimes en demasía, se anegan en ana palabrería 
estéril . 

Los dereclos pecnliares de los predicadores son: la monolonia, 
la hinchazón de las metáforas ó lo trivial de las expresio- 
nes, la analogía forzada de los textos bíblicos, el tono dei^ama- 
torio y los logares comanes. 

Mas qae por la fuerza de la argumentación lógica, descuellan 
los oradores cristianos por la explicación de los misterios, la 
enseQanza del dogma, la moralidad de tos ejemplos, el encade- 
namiento de las prnebas hisK^icas, la sublimidad de las imá- 
gHiesylas indicaciones déla caridad; pero ámenndo, y es pre- 
ciso reconocerlo, como su género do admite ai pnede admitir 
impugnadores, sucede que Qaqaean en la contextura y arma- 
zan de la dialéctica, pses ¿qué viene h ser ana argumentación 
m argumentadores, nn triunfo sin combate? Les falla la pirié- 
mica, que es la palabra animada, la palabra viva. 

Ei gasto del siglo ha estragado á los mas célebres oradores de 
la cátedra de Jesucristo, é, insensible como una serpiente, se 
ha introducido en sos corazones la vanagloria. 

Ta no ocultan su vida y persona en la sombra del san- 
Inario; al contrario, diariunente los vemos lüograliados, 
eslampados en papel pintado, vadados en yeso, expuestos 
en las tiendas confnndidoa con las cantatrices y cómicas. Al 
mismo tiempo ande la taquigrafía para reproducir sus 
diicarsos, como sí aun les inspirase et genio de los anti- 
guos tiempos. Quita amannrase, qae no encontrarán lectores 
tas páginas descoloridas; pasaron ya los tiempos de Hauillon 
y Boordaloae. 



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CAPITULO IV. 



De h elocucncfft Atmim. 



El ^wgado e> e) Upo mas coman del orador )>arlaiMDf«río. 

Los hay civiles, crisuiuies, fiscales y de tribava, y ntos 
«Rnponen el abogado propiameole díclio. 

I. 91 m el día se tratase de asimilar la etoceoncift jndicia) 
k I* elocuencia parlamentaria , foltarkm lénnisos de eon- 
pirañoD, pues ya no existe esa doeueneia forense q«e eo «tro 
tim;» poseía forma, carácter y fisonomía pOTticnlar. Todo ha 
cambiado de costombres, estadio, legíBlacion, geran^a, lor 
gnaje y hasta el gasto dri público. 

La maltilad ociosa y erndila qne desea las agitaciones esei- 
Dicaa y Ta en Imsca de c^bridades. Iba en otro tiempo, cun- 
do DO había libertad de imprenta, á escuchar las defensas y »»- 
mones, y frecaeotaba les teatros, los tribanales y las iglesias 

Pero desde qne el pAblico encoeatra agitaciones k la vei tío- 
le&UM y pesitivftg en la prensa y triimna, no va á las igleáUt 
tríbaitales y teatros. 

Los tfM fracBeotan los teBOros- son atraídos por ks piéa de lai 
bailarínas, la música de Rossiñ, y ásicaiDeBteponfQehiptt- 
feclibitidad de naeslras eostnmtres no ha íntrodacido ana el a» 
de ealtosi y gorjeos en la cámara de dipntactaa. 

Et arte die aliaeniar los procesos, y ertender con holgara 
los pedimentos y demás escritos, ha decaído de sq anlígoo es- 
plendor, y hay mas ventaja en arreglarlos que en defender- 
los. Asi es que el personaje importante de nuestros liempot 
es QD juez de paz amistoso qne concilla á las partes con el di- 
nero en la mano. Antiguamente era necesaria una biblioteca 
de diez codos de alto para colocar de an modo conTeaíenle ^ 
Dígesto y las Novelas, los edictos reales y el dereclio codsbo- 



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DE LOS OBAfiOBES. III 

It^Dario, con 8118 apéndice», escolios, comeDlarios y deriva- 
dos. Gracias á Dios ea oDeslros días, deseAnean lodos, sia qw 
Dadle los loqae en su respetable polvo. 

Un tomo en fálío de mil páginas, dobtemenle reforzado y 
MD broches de cobre , contenía tas solo od Iraiado sobre 
las suslilnciones y la gnardia n«btQ. Eu el día an lomo poco 
Tolankisogo, si bien algo compacto, contiene todos los c¿dÍgos 
de la nadon francesa: el civil, criminal, comercial, militar, 
corrección^, rural y de montes, con sus notas y comentarios; 
; no hay eslndiaote que, at ir al baile campestre de RanalaglL 
6 RomainviUe, no pneda llevar en sa faltriquera toda U ley y 

IsB ]H'Ofelas. 

iV si yo (üjera que el código civil es aun abnltado ea excesol 
¡Si se dijese que, sin perjnicio alguno se pneden suiM'imir consi- 
derables fragmentos, tal vez la cuarta parle! Ya casi nadie bace 
lestamenlios y aun menos donaciones. Todas las tisis relativas 
4 la divisibilidad é iadivisÜNlidad de las obligaciones, son me- 
na sutilezas de escuela. Se divide ana sacesion en lautas 
partes iguales como heredwts bay; cada ono, per el tercio 6 
sexto qne le toca, enlierra at difuDlo, llora ó no llora, firma re- 
eü», coba su parte y se va. Nadie babla de las cuestiones de 
eatido, esa mina tan Eeeunda de escandio y elocuencia; y en 
verdad, íquién estarla interesad» en contraer alianza con las 
grandes familias, cuando estas oo existen, ni grandes fortU' 
UB, oi titnioe, ni privilegios hereditarios? Los ardides ju- 
ridicos y trampas legales se estrellan pof do quier cónica la 
igualdad. 

fieade que ae ba pnealo la ciencia al alcance de todos, 
hay tantos sabios que ninguno puede preciarse de tal, poes 
solo se recuerda lo que difkUttente se aprende. Oa^, re- 
chnado en ana Ubres, desgastaba coa la rodilla el snelO' de 
n gabinete; Pothier velaba dia y noche y ae encerraba como 
no cartujo en el estudio solitario del derecho. En et di» 
^eoas podriamoa encontrar un alngado eo estado de redactar 
un eonmlta, sostener «na tesis, argumentar en forma, «t- 
tttbii m libro. Un abogado es un hombre, atento, de Snos 
modales, que conduce con su propia mano un elegante tasy 



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m UBBO 

maje, doma nn caballo brioso, con el bigote bien peinado^ 
de grata conversaeiOD, y coya casa frecoeDla una sociedad es- 
cogida. 

II. ¿Quién consentirá en resignarse en nuestros üemposá 
mantenerse on solo diaen so lugar, su estado, sos placeres, 
sn ambición? Si sabe el primer escalón, es para llegar al se* 
gundo, el cual conduce al tercero, y así 8uceaÍTamenI«. El 
magistrado no consieale en jnigar como un Dandin inamovi- 
ble, sino solo piensa en empujar, avanzar y abrirse camino. Sí 
es inamovible por su titulo no lo es por sn persona, y atr&s 
los demás. 

El sustituto aspira á llegar á ser juez de sala, y cuando con- 
siga sa intento, juez de iastrucciou, y después vice-presiden- 
le de UD departamento, y luego presidente, y mas adran- 
te consejero, y cuando sea consejero querrá ser mas, y asi 
basta llegar á ser par de Francia y canciller. [Enhorabne- 
na! ¥ digase después que an jaez inamovible de cindad de 
segundo orden puede llegar á vestir la toga de Aguesseaa 
como un pobre soldado á ser mariscal' de Francia. Tambiend 
abogado facundo aspira, desde luego y sin rodeos, al mi- 
nisterio, no de justicia, ¿qué es eso? sino de marina ó nego- 
cios exlraojeroB, pues un personaje de su alcurnia solo puede 
alternar con embajadores y principes. Pero seBores del bone- 
te y del armifio, con esa vanidad desmedida, con esa nbicni- 
dad petulante, con esa ambición sin limites ni reposo, ¿cómo 
podréis complaceros en vuestro estado, ser independientes, es- 
tudiar con fruto, meditar santamente en los'lares de lajuatí- 
cía? No cabe duda, y á nadie consta mas que k mi, que 
bay jueces, abogados, procuradores, alguaciles, escribanos; 
pero ya no bay costumbres judiciales. 

III. La magistratura y el foro no son profesiones sino 
oficios, y se desempeñan sin aftcion, pues fuerOn abrazadas 
sin vocación. 

Hay abogado que defiende una cama con botas y enme- 
las, con los ojos y la cabeza aun turbadas por el vino, y Mte 
se butúera pialado solo para acuchillar & los bedaioos de 
Ai^l. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DB LOS ORADORES. MI 

TeMimo, el snslilnlo, después de haber solicitado perla 
mifiana con voz lúgabre nomerosas condenadones á muerte 
y & presidio, (varea por la noche en aria de Bellini ea los 
bastidores de la ópera. 

El climle qae vid al abogado de sn caos» y al Gscal casi 
ll^ar á las maDos y por poco arrancarse los cabellos, se qoeda 
atónito al ver qae ambos encieoden el cigarro en el misoio fue- 
go, echándose reciprocamente bocanadas de hnmo. [Qaé có- 
micos! ¿Y qaién no lo es en el dia? 

[En donde están los tiempos en qne los jueces se levsnlabani 
las cnatro de la madrugada, se acostaban & las ocho, é ibani 
los tribsnales montados en mnlM por las fangosas calles de la 
ciodadl Aquellos jueces como actualmente no los vemos, ni ana 
loa concebimos, que solo salían de so domidlio para juzgar ú 
erar. En el dia no vemos eo los buques de vapor, en las diligeo- 
cias y caminos de hierro, sino magistrados pretendientes, ha- 
blando familiarmente con los dependienles de comerdo. En tiem' 
pos de antafio, un juez encanecia y moria en su puesto; y en el 
dia no se ocii|ki mas que de viajes é intrigas, mudando de juz- 
gado como an oñcial de guarnición. No hay que insislir para 
que den un dictamen daranle sus viajes, pues seria dislraerlea 
por poca cosa: lan ocupados se hallan escribiendo en estilo ro- 
Sillico sus Impravmet de viaje. 

El ahogado debe ser elocuente, esto es, lacónico con un 
cliente que mide la palabra por horas, y con jueces que ne- 
cesitan no dejar holgar la audiencia; paes seria poco decoro- 
so que Du abogado ingenuo y novicio, dijese después de dos 
borasde defensa: «Señores, voy á abreviar. — ¿Cómo abreviar? 
«Gontinue V. caballero, conUnue V. sin rebozo, pues conviene 
«que parezcamos ganar, V. sus honorarios, y nosotros nues- 
■Irea poyos.» 

Púa coluMi de infortunio, la revolución, esa picara revoln- 
cion, apenas ha conservado el traje del abogado antigao. ¡6 
tiemposl jó eoslambreil jÓ venerable tesoro de sagrados i 
iiMmnprensibles adagios! ¡ó lengua de nuestros padres, lea- 
gna dd aatigno foro, lengua s¿bia y mezclada de griego y la- 
Ud, y á veces de francésl Todo eslá revaello, todo perdida. 



c,q,zí<ib,Coogle 



1» LlIRO 

¡Exigir del abogado qae bable poco <f 'como todo á mudo! 
Vaya qne exigencia. 

Eb efeelo, ya no son admílidae en les tribnndes liai alaa.de 
los padrea de la iglesia, san Basilio y san Crisóstono; ó loa 
fragEUDtos de 6ayo bailados en los apotega^ del grao Pa- 
piaÍMio, nies pernúlido jarar coa la mano levanla^ sobre la 
palabra de Arístólelea. En el dta los abogados tienen ra sas 
gabinetes, á Caías, Domoolin, Agacssew, Polhin-, Merliir, 
bermosamente encnaderna^ en tafilete supn'fiBa , cod 
cortes dorados, como si fuesen Ggurines.de broncea mougo- 
lés de China; pero do las leen, conlenlándoae con salntolo» y 
pasar k aa lado como rogáodoles qne no se íDCORMden. Un 
^logado qne expectorase latía, y aan el masdegante, dde 
mpiaoo, DO sería eomprendido de sos clientes^ ni tal vez de 
sos jueces, y tan solo probaria que acaba de recibir el ^ra- 
dode bachiller en letras y que qníere acreditarlo. 

Ed e) dta relatar el becbo es decirlo lodo, y coando mu, 
nna palabra de la ley. P«-« la jnrisprudatciaesoosa qoe 
saraa agradablemeele á los oídos de) )uez ; y esasdo se h 
Iffneba que sus predecesores de gloriosa memoria, eo igvd 
ocnrreocia.jazgai'ondetalócualmodfr, enloDGeselaiagtsIradq, 
por espíritu de corporación d por pereza, se indina y responde: 
Amen. El qne sabe perfectamente de corrido el Sirey á el Dftf 
Uoz, es UD jurisconsulto suGciente, un Bayardo con bwia, un 
abogada sin miedo y sin tacha. 

Los negocios ban llegado k tal grado de simplifieaeioD ; 
reducción, que ¿ Us .tres caartas partes de las camas civi- 
les, baslariao abogados de palabra s^ocilla, 4^»ra y bren; 
limitándose ¿ exponer lea hechos, á leer las aelas y pieíaa ara- 
lanoiale» y decisivas, i poner el dedo en losi artíealo» 4al 
Código y citar los decretos convenientes. Por lodes partes 
eecapa el Gwo á los ahogados: llegaron loi ém de deat^ion 
tn qae desaparecen los diosea, los rey«s y los procesos. 

Por lo laato no hay comparación «otre la eloraenda da b 
tñbanaylaeloeeeneia delíorre, pues esta, última no eiiila. 

Selo la materia criminal da márgM ¿ cierto géaei» de d»* 
«letuúa, pero ¡por Jápiter, qué ebacaeicial 



-:l,vC00g[c 



DE LOS OKáDORES. «tt 

IV. Mosdéel foIleU), eDntba á los oidos de loa abogados y 
BUfistratnra: iiastante has picado á los minietros y reyes. 

Si otro^CopnetUedieseiüiZiflDBudecr^ilad, la tragedia de 
Agmlao, seJe griUrtanniTersalmnite: Soke lenesteníem! 

Si el armonioso KoísÍdí naltratase ouestros Ümpanos ow 
destemplados acordes, se le coalestaria oon acompafiamiw- 
to de vlbidos. 

Sila8HfidedelaOpera,Ía diTina TaglioM, en vez de revo- 
lotear por el aire, no se presentara en las labias sino 
pora cojear j tropezar coolinaamenle, babria mas de an 
importuno qae te tiraría patatas cocidas. 

Si tos marqoeses y vízccffidesdel divino Moliere se enlretu- 
YÍeran escupiendo en no pozo para ver los circuios que forma 
el ag«a, nos reíriamos de tos vizcondes y marqueses. 

SUbaase los reyes, silbase el genio, la gloria, la «tooseBCia, 
los músicos, los viscondes. las bailarinas, y ¿por qnése 
librarian de los Mltñdos los magistrados ridfcolos? 

V. Hay dos clases de magistraturas: la amovible y )a 
jnamovible, la que está suitada y la qne esli en pié, la que 
perora y la qee juega, la qae reqniere y la qae condena. 

No conozco raecion mas aagusta, tremenda y -santa, qne la 
de ns presidente de tribnna) criminal; pnes, en el ejercicio de 
sBfHíder, r«pres«ita la faerza, religien y jnsticia, reoníendo 
ta triple aateñdad de rey, sacerdote y jnez. 

iQaé idea formará de s{ mismo un magistrado colocado 
raí ton «ninente puesto, tdl vez el primero de la sociedad? 
¿Qoé idea formará de si mismo, esto es, de sus deberes, 
para 4e8ea^aarlos dignamente? ¿Con qné sagacidad deba 
anndar et bilo de los debates, cien veces rolo por los lorluosos 
pódeos de la defensa? Debe dar tiempo á los testigos para 
que se seresen. recapaciten y fortalezcan su memoria y voz, 
^es sebattan tal vez sobrecogidos á la vista del nueyo é im- 
ponente espectáculo de un tribunal, de su aislamiento en me- 
dio de los jaeces, del testimonio que van á prestar, y de tas 
ooDaeesendas del mismo; hablarles con entereza, miramiento y 
b«Bdad; articular llanamente las cuestiones qne les dirige, 
y repetirlas mas de ona vez si es preciso; hacer brotar 



c,q,zí<ib,Coogle 



m LIBRO 

la verdad de anscoDlradiccioDes; opoDerlais deposidones ora- 
les á las escritas; explicar Ui ambigOedades; agrupar las aná- 
logas; disiparlas dudas; sacar partido de UDa circanslancia, 
DD hecho, una carta, unadeclaracioo, na grílo, una palabra, 
BU acento, para que nazca la taz; pregontar ^ acusado con 
suave firmeza; abrir bu alma á la confesión y arrepentimiento; 
animar sn espíritu abatido; advertirle caando se extravia, y 
dirigirle por el buen camino; contener en los limites de la de- 
cencia, la defensa y acusación, sin coarlar la libertad. 

Tales son los deberes de no presidente. ¡Feliz quien sabe 
practicarlos! 

Pero el escollo en que tos mas naufragan, es et resumen de 
los debales. 

¿Qué significa resumir un debate? Exponer el hecho con 
claridad , recordar sumariamente los testimonios en pro y 
conb'a, analizar lo dicho eo favor de la acusación y al apoyo 
de la defensa, y nada fuera de lo dicho ; y establecer en 
4Írden sracíUo y lógico las cuestiones que debe resolver el jn- 
rado. Todo resámen debe ser claro, firme, imparcial y breve. 

Pero hay presidentes que se arrellanan cómodamealera 
sus sillones sin pensar en nada mas; otros que garabatean 6 
trazan con la pluma las caricaturas de los miembros de la a^ 
diencia; estos pasan como por descuido sus dedos por los rizos 
de sDs cabellos; aquellos flechan con el lente las lindas mn- 
chacbas y buenas mozas de la audiencia. Algunos intimidan 
al acosado con la brevedad seca ¿ imperiosa de sus pregaitas, 
otros asustan y descarrian & los testigos, corrigen á los abo- 
gados é indisponen el jurado. En una palabra, unos son ridi- 
culos y otros impertinentes. 

Los hay que aun son peores, pues se abandonan sin freno i 
la ciega impetuosidad de sus pasiones de partido, arrojándo- 
se á pecho descubierto en la arena polfUca , Knnando nn 
fusil y disparándolo. Estos tales descubren al jarado todas 
las baterías de la acusación y ocultan las de la defensa; repi- 
ten pesadamente los hechos en vez de aclararlos, perdiéndose 
en divagaciones de localidades, tiempos, caracteres, y circuns- 
tancias, ajenas á la causa, pues su fin es lisonjear el poder, 



Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



DE LOS ORADORES. (17 

tm partido, ana persona. Asi iodicanqnelo que en Ift con- 
cioicia del jurado se halla en eslado de preveocion, en la saya 
es delito sin la menor dada, y se complacen en manifestar su 
evidencia, inminencia y peligro; disertan sobre el derecho, 
aturden con su retórica, suplen con nuevos medios que ia- 
venían, los omitidos por el fisCal, y creen eicaaarse dicien- 
do: <tHe aqui lo que dice la acusación, d aunque la acosa- 
cion DO diga semejanle cosa, y asi afiaden la mentira al es- 
cándalo. 

Figuraos ahora la posición del acusado alentado por )a ani- 
mosa y persuasiva palabra do su defensor, á quien el nnevo 
resumen postra y aniquila. Figui-émonos su zozobra, rubor, y 
los eslremecimienlos convulsivos de su cuerpo y alma. 

[¥ el jurado! pudo este piecaverse contra la vehemencia del 
acusador que llena su oficio, y del defensor que aboga por su 
diente, pues sabe que hay mucho que. tomar y dejar en las 
palabras de ambos. Pero ¿cómo podrá desconliar del presidente 
qae tiene la balanza imparcial de la justicia ; del presi- . 
d^le, mero relator de la causa; del presidente, que nonca 
debe dejar traslucir su opinión, ni dejar ver el hombre bajo la 
toga de magistrado? 

Estremece pensar que en los lagares y sobre todo en las 
poblaciones de segundo orden, con un jurado campesino, an 
jurado seocillo, ignorante y fácil de atemorizar, el resumen ar- 
tificioso de un presidente puede motivar una sentencia capital. 

La ley ha querido que la palabra pertenezca en ultimo la- 
gar al acusado, de quien, por una ficción humana, presume la 
inocencia. ¿Acaso no es el ultraje mas completo á la huma- 
nidad y al derecho, si en vez de an resumen fulmina el presi- 
dente aua acusación? El acusado, en vez de uuo, tendrá dos 
abogados coa trariog, el fiscal y el presidente; y en vez de un 
asilo ó de un escudo, cuando volverá la vista al tribunal, ha- 
llará una espada asestada contra su pecho. 

VI. Al minislerio público corresponden también grandes 
cargos. 

¡Hermoso papel el suyo en los dramas criminalesl Ór- 
gano de la sociedad, ¿por qué no es siempre impasible como 



_iv,Coog[c 



1» uno 

esta? La sociedad no se venga, se defiende; no persigne «1 
ciripaáo, lo iMisca; y nna vez bailado, enlrégalo á Iob <^ 
calores de la ley. La sociedad cree inocente tA aoaudo, 
compadece al erímin^ quecúndena, sin apetecer mas cAocacn- 
eiaqoe la de la verdad, masfaerzaqne la de la }Eistidi. 
Coando dos soldados llevan i «o preso, y lo sientan en wi 
banco delante de doce dndadanos sns jueoes, de nn triboBal 
qae va á wterrogarlo, de un acosador qae lo iDerimina, 4e 
un publico carioso qae lo conlempUi ese hombre, aunq«e ha- 
Iñese empoDado nn cetro, es nn otijelo digno de coiB^sion. 
Sa fortuna, sa libertad, ss vida, su honor, mas predoM 
que su misma exietencta , en vuestras manos están: hom- 
bres de la ley, ¿no os sentís conmovidos? 

¡Conmovidos! ¡ayl ¡sobraido amenndo snoede que, con la ca- 
beza erguida y faz rubicunda, aturden á los jueces con voi fw- 
Btídable y los abruman con sus contorsiones! He visto jaeces 
que cerraban los ojos y se tapaban los oídos al sentir a^roxt- 
marse una tempestad de retóricos. 

Efectivamente, el jurado no acade al tribunal para asíaür & 
las peripecias de un drama simulado. En el teatro es cosa difi»> 
rente: si van es porque encuentran placer en d movimiento es- 
cénico, contando om lances de lerroró temara, y teaiende cai- 
dado en no olvidar el pafittelo que debeenjogar sus l^ñmas. 
Bien les consta que los criminales de melodrama, y i^ves tí- 
ranos que hablan saQudos, son hombres de bien & carta ca- 
bal, que los inocentes asesinados en la escena ó en los bastido- 
res, siguen gozando de la mejor salad, y van á contiBear on 
sos asesinos, en el próximo café la partida de dominó inter- 
rumpida por la represeBtacion. T además, «i el actor desem- 
peda mal su papel, quedará el recurso de silbarlo sin perjoitM 
del autor. 

Mas cuando la realidad reemplaza la ficción, cuando esto* 
mismos espectadores, en calidad de jueces, se hatlaa solena- 
nemenie sentados en el templo de la justicia, ceando la sen- 
tencia que van á pronunciar debe absolver ó condenar, en- 
tonces no pueden menos de recogerse y apartar de so pre- 
sencia, y con una especie de terror, á la imaginación, esa 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS OAÁDOBBS. IM 

loes de la oasa, sin escachar mas qne la f^ia é ímparcial 
nzoa , examiaa&do «I becbo, peoetrando los peiasamienlos d^ 
acosado, procarando leer en so semblaDle, estudiando cuida- 
dosamente sns respuestas, cODlracciones, exclamaciones, agi- 
taciones, {«nales de gozo , palidez súbita , estremecienlos; sin 
elTÍdar que se hallan en presencia de Dios, en la de los bom- 
bres, deiaole de la verdad augnsla y santa qne buscan, lla- 
man é imploran. ¡Ah! no hay qoe distraerlos de esta medi- 
tacton religiosa, qne toda la elocuencia de los retóricos no vale 
la«oiiciencia de nn, hombre honrado. 

No, no conciben lo elevado de su misión, los qne de 
magistrados se vuelven hombres, hombres de partido, hr- 
saoles; los que en vez de proceder segnn las vías de la jus- 
ticia, se fatigan, se encolerizan, hacen mil contorsiones, relor- 
«óéndose de mil modos. Ta sale por sus ojos et Tnego de la ira y 
la espuma por la boca; ya se envnelven, con majestad afectada, 
de su negro manto, para acusar con elegancia, como los gla- 
diadores romanos eaian con gracia bajo el acero enemigo; ora 
imitan torpemente la actitad, voz y gesto de los tiranos melo- 
dramáticos, imaginándose qne producen grande efecto, cuando 
mío causan mocho rnido. 

No, no conciben lo elevado de su misión, los qne se agi- 
tan penoBunente y casi se lastiman la mandíbula de puro 
abrir la boca, para liindar nn crimen enorme en un d^í- 
to ligero. 

No, DO conciben lo ^vado de sa misión, los qne revis- 
ten de oropel y poeeia los lugares comnnes de moral. 

No, no conciben lo elevado de sn misión, los que apostroM 
4 Wm acusados, denueatan á los abogados, y tratan con aspe- 
reza á los testigos. 

No, no> conciben lo elevado de so misión, los que, con- 
vencidos por loe debates de la inocencia de los acusados, bo 
ídiandonan la acusación y la dejan sobsistir, salvo las circons- 
taocias atenaantes. 

No, no conciben lo elevado de sn misión, los que se apasio- 
tau por la cansa; tos qne, por medio de figuras vehementes, 
de apelaciones de energúmeno á la excitación pública, mira- 



_iv,Coog[c 



110 UBBO 

das feroces y sinieairas, y ademanes ameDazadores.conoiaeTea 
y sublevan al jurado, al Iribuoal y a) audilorio, solo para lograr 
la mezquÍDa satisfacción de que se diga de ellos: ¡Cómo se 
anima! ¡qué elocuencial 

Segaramente la retórica es magoiGca; pero conviene bo 
abusar de ella ' con hinchadas reprimendas, acnsacioDes de- 
sordenadas, ni ruidosas réplicas. Porque un hombre borracho 
haya dado maerte á otro, en el calor de una disputa, no hay 
para qoe gritar con voces descompasadas qne la sociedad se 
baila desquiciada hasta en sns cimientos, que los ríos retM- 
ceden, que el so] se oculta horrorizado, que las estrellas van 
á desprenderse del cielo. 

VIL Pronto á emponzoñar la sociedad coa sus peligrosas 
teorías para salvar la vida y libertad de ud solo hombre, 
el abogado, á quien toca después la palabra, no quenÍL ser me- 
nos en elocuencia, y luego le veremos con zancos de diez pies 
de alto. 

Si el acusado ha sido salteador decamioos, contestará el 
abogado que nada tiene de exlrafio, y que este hecho solo 
prueba qoe tenia hambre y queria poner en práctica la má- 
xima filosóSca, de que los goces de la sociedad deben repar- 
lirse entre todos los hombres. 

Si el reo ha premeditado el crimen, y además lo confiesa, el 
abogado dirá, como Orestes, que lo impele una fatalidad ia- 
vencible. 

Si mató á su padre y á su madre, es porque se le agolpó 
la sangre á la cabeza, y hubiera necesitado en el momento noa 
sangría. 

Si violó á mujeres casadas ó doncellas eso arguye qne pecó 
por exceso de amor, y nada hay mas digno de perdón. 

Si incendió nna casa, fué por pura curiosidad, y solo por 
poder ver nn fuego artificial. 

Por último, hay abogados qne encuentran buenas intenciones 
en todos los reos, y son capaces de decir que si tal ó cual de- 
lincuente cometió tai ó cual muerle, fué únicamente con el ob- 
jeto de que sus victimas gozasen cuanto antes de la beatilod 
celeste, en una palabra, que era para su bien. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ORADOBES. 13t 

El acosado qne, segDD el fiscal, es no mónatrno horrendo 
cargado de crimeaes, pasa k manos del abogado defensor, qoíeo 
lo reviste de la candida tánica de la ÍDOcencla, y adorna sa frenla 
para y virginal con una corona de virludes; en lénninos que 
soto falla enviarlo á Roma en una urna y canonizarlo. 

T animándose en so defensa, llegará (al vez el abogado & 
llorar y sollozar de nn modo tan fervoroso y naloral, que ^ 
mismo reo está para creerse inocente, y los mismos juradas se 
enternecerán á la vista del facineroso, basta qae después de 
enjagarse los ojos, prononcien la sentencia de muerte. 

Hay una reforma qoe orge mas que la reforma de la 
ley elecloral, y es la reforma de la elocuencia crintinat, 
tan vana y hueca. Recrearse, cuando se Irata de colocar la 
garganta de on hombre bajo la cochilla de la ley, eo redon- 
dear, limar y suavizar las frases, hacer contorsiones como un 
Climico de la tegua, ó declamar comoOrestesrelopciéndose bajo 
las sierpes de las Euménídes, argnye enlrafias empedernidas; 
al mismo tiempo que, bajo el punto d& vista del gusto, debe- 
mos reconocerlo, no hay cosa mas falsa y mas torpe. ¿Por 
ventura hay quien ignore que ese admirable instrumento de la 
palabra, llamado elocoencia, consiste á la vez en pintar, con- 
mover, relatar, ' probar, segon las circunstancias? Hay cansas 
en que la sencillez es elocuencia, y remontarse k la sublime 
ridiculez. Ser verídico, tal es lo único que se requiere, y esto 
basta. 

Mas de una vez me be preguntado á mí mismo de qué sir- 
ven, á qué van al templo de la justicia, tantos vengadores 
oficiales de la sociedad, tantos vengadores benévolos de la ino- 
cencia, y en pro de quién representan; me parece que en 
los dramas de los tribunales los únicos personajes necesarios, son 
el jaez para formar el proceso, el presidente para interrogar, 
el escribano para apuntar, el acusado para explicarse, los tes- 
tigos para deponer, y el jurado para ver, oír y juzgar; lo de* 
más, salvo los gendarmes, lo suprimiría. 

Queda el aoditorio al cual reservo mi úllima pincelada. 

VIII- Asiste un público á los tribunales criminales que no 
se asemeja á ninguno. Algunos jornaleros sin ocupación, mn- 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



131 LIBRO 

jerea de mal» vida, bombres de taberna, soslenedores de ra- 
BBerss, ladrooes jubilados <i apreodices, fngados de las cárce- 
les, b'shaaes, pillos, haragaDes, tal es la concarrencia qoe 
Uanda ta sala del tribunal, Allí se agrupan, se apifian, se co- 
dean, se agitan de lodos modos, presentando í lo lejos ona 
Biaaa Degra, movediza en la que se observan movirnteotos 
atropelladoa, quejas sofocadas, contracciones enérgicas y rai- 
dos confusos de pudor, juramentos y exclamaciones eo lengua- 
je soez. Bay ratero ó asesino, que acude á aprender como se 
confunde í m testigo, elude una cuestión, inventa un efagio, 
disfraza un hecho, interpreta una penalidad. Otro acode mo- 
vido por la curiosidad, y vuelve lleno de malas tentaciones, 
con «1 germen de un orlmeo que fermenta y no tardará en 
estallar. La mania de la imitación produce mas crimÍDales, 
que escarmientos causa el apáralo de la ley y temor de los sa- 
plicíoa, y el tribunal es una escuala de detestable inmoralidad. 

Tal es el primer término el del fondo, el auditorio: el 
pueblo [00 profanemos tan bello nombre), el populacho está de 
|Á¿ en el patio, mientras que las damas ocupan los bancos re- 
servados, y acuden para ver y ser vistas, llenas de adwnos y 
prendidos, cubierta la cabeza c»n plumas y flores. 

A menudo es el tribunal criminal la reunión de personas ele- 
vadas, y en él distiogoense los lores ingleses, los magnates 
búa££U'Q&, los boyardos ruaos, atraídos por la curiosidad 
que produce el crimen. 

Mas de un personaje hay que atraviesa los mares borraaeo- 
aos del norte, ó abandona la risncfla Italia para disfrutar del 
horrible placer de ver sufrir á un desgraciado. Mujeres tier- 
nas y flODsibies que van á los baSos en busca de distracciones 
para su lemperaDtenio gastado por los deleites mundanos, luer* 
cea su camino para presenciar tales espectáculos; y esas señoras 
tan delicadas y melindrosas, para quienes la primavera no te- 
nia suficientes colores, ni las flores bastante perfume, .acu- 
den presurosas á respirar esa atmósfera pestilencial, esos he- 
diondos miasmas de cemeutei'io y de muerte. Desde so puesto 
escuchan con oido átenlo como hierven y saltan las entrañas 
humanas sobre las ascuas de un laboratorio, con el mismo 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ORADOBBS. I3S 

aire y con et mismo paso con que van í la iglesia á dar gra- 
cias á Dios por haber pei-mitido que nna educación pia y cris- 
tiana cullivase secretamente en sns corazones tas semillas de 
las virlndes crislianas, y por baber esparcido en sus personas 
las gracias de la mayor sensibilidad. 

¿En qué diBere nna sala de Iribnnal de un saloD de leatrof 
¿No se dan allí representaciones continnas para )a buena so- 
ciedad, seguidas de desmayos y ataques de nervios? En ellos 
se apuesta y juega ít la alza y á la baja sobre la vida det acu- 
sado; y se forman toIos impíos y criminales sobra sn abso^ 
loción 6 suplicio. Hay apretones para enti'ar como en las puer- 
tas de los teatros. Para que la orquesta sea completa, fallan 
solo trombones y cometas, y es de estraftar quemas denn 
espectador impaciente no grite: jmústcal ¡musical Cada dia se 
TDelven mas exigentes: ya se quejan y murmuran dequeet 
acosado baja loa ojos, oculta sus angustias y palidez, y presen- 
ta á los curiosos, á esos bárbaros, de perfil y no de frente, em 
cabeza que va á caer. Insisto en esto porque es un punto de 
alta moralidad. 

IX. La mujer elegante no es mala, pero es la mas cnríosa 
de todas las criaturas de la aeacion. Tiene sobreeaMos marca- 
dos, precipitados, involuntarios, conUnuos. Vive de emociooef, 
-y Be muere por tener emociones á cada paso , i cada minuto. 
Tiene un amante por cania de sns vértigos , y tiess vérligos 
por cansa de sn amante. Bnsca penas para gozar tmas; y 
goces para sufrir mas. Nada teme tanto como las horas »te- 
gladas, la soQolencia de la vida, y la tibieza det reb-ede y de 
la blanda pluma. A medio dia, á media noche, en el teaire, 
en el gabinete , en el sermón , en ^ paseo , en el sarao , eet Ji 
perpetuamente al acecho de lodo cnanto puede interesar, con- 
mover, divertir, agitar, sacudir, destruir, estragar y desorde- 
aar sn pobre alna y su pobre cuerpo. Multiplicase m ciH 
uno de los objetos donde coloca su mano. Pone toda su vida, 
lodo su ser en cada una de las sensaciones nerviosas que ex- 
perimenta , y dirfase que dejó de existir para Iodo lo dem&S- 
No hay para ella obstáculo ; ai se propuso ver á alguien é al^ 
guna cosa, no hay q|uien se lo impida. Sí le asalta hoy d ca-^ 

c,q,zí<ib,Coogle 



ISI LlUO 

pricho de ir al IríboDal critnioBl, al panlo escribirá al presi- 
dente diez billetilos, ano. después de olro, bafiados y perrn- 
Biadoa con ámbar , para que la permita entrar é instalarse ea 
un aillon, ó en ana silla, ó en ana banqueta , ó aanqoe sea ea 
na pico de escaloo. Entonces salla al aiba de sa tranqnilo ; 
calienle lecbo, y va á hacer cola (1) á la pueria del Palacio de 
Jasticia. Alli se estará, sí es menester, las horas maerlas, res- 
pirando la tramontana, y con los pies metidos en el lodo, ca- 
briéndose eD vano con so mantilla , lirilando de píes á ca- 
beza, y lívido el delicado rostro. Ábrese por fin la pner- 
ta, y béla ya que se desliza, y se ingiere, y codea, y empaja, 
y se estruja, y se abaja, y arremete, y penetra por fin entre 
gendarmes y porteros , y abogados qne arrastran sus negras 
logas. Cuélgase y se prende á los faldones del agente de poli- 
cía {sergent de vüte), le habla al oido, le hace una deprecación 
con voz melosa, y no le snelta hasta verse colocada, encajona- 
da y sentada , con tos codos libres y flechados los gemelos ¿ 
boca de jarro del acusado y de los jueces. 

Mírenla VV. como va aiguleudo escena por escena el dram» 
TÍTo que se está representando, y como, agitado el pecho por 
ana respiración afanosa , va pasando de emoción en emoción. 
Si el reo (iene la barba erizada y los ojos espantados , experí- 
menta al contemplarle el placer del temor. Si tiene tas mejilla! 
sonrosadas y el cabello artísticamente compaeslo: ¡Qué bnei 
mozo! exclama ella para sos adentros, ¿no es an dolor? Si Iw 
testigos se presentan con los brazos colgando , y empiezan ii 
ensartar frases enmaraftadas ó repulidas, se ríe por lo bajo ta- 
pándose con el pafinelo. Si el acosado solloza, ella llora á li- 
grima viva por simpatía. Si alguna jovencita se desmaya, ella 
acude, se precipita, la afloja el corsé, y la hace respirar salea 
eapirítosas. Para qne la intrépida aficionada á cansas deja« 
» asÍMilo , era prenso qne el suelo del tribanal empezase i 



(I) P*rft «Tllar los ■IropelhM de la concnrreocla i la eatnda de lot lealrMT 
otroa parala [lAbttcw, pwnea en Franela udb eapecledo barreras de laiM* 
foi mando «na calle larga í eslrecba, por donde solo pueden entrar iaa pMMau 
aiiti «na. A eUe modo de entrar sa l\»aaLha*ireBlaffginlaqunii\.—S. dtlT. 



Cqi-ZÍ-S-bvCOOglC 



DE LOS ORADORES. (35 

crnjir bajo eos anchos pilares (1). Pasan las horas , aván- 
zase la noche , el jurado delibera ; y ella clavada esperando! 
Porqaé necesita qne sas ojos se ceben con avidez en los ojos 
del reo, y estar suspendida de aquellos labios trémulos, y dar 
á sa alma el pasto de los indeñnibles terrores de otra alma! 
Necesita recoger , uno á uno , todos los sobresaltos y convul- 
siones de aquella conciencia martirizada y carcomida. Nece«- 
ta oir el campaníllazo que anuncia el último fallo, y la senten- 
cia de mnerte, y el estertor de aqael hombre cuyo semblante 
se descompone, y cuya vida interior se desgarra y despedaza! 
EntoDces [con qué ansia clava en él los ojos y aplica eí oido á 
sus inarticuladas exclamaciones, y á sus ahogados suspiros! 
-T le signe con la mirada, sin pestañear, hasta que las puertas 
del calabozo se cierran para siempre á la esperanza! Después 
cae sobre su asiento anonadada , absorta en la contemplación 
del drama. El portero de estrado tiene que advertirla qne se 
ha desocupado ya el tribunal, y dispónese á empujarla por 
la espalda. Itfárcbase por fin, crnza cabizbaja loa sombríos 
corredores del Palacio de Jnslicia, y entra en su casa agita- 
da, rendida y destrozada de cansancio, con los nervios crispa- 
dos y el alma anegada en lágrimas , y se acuesta sin pensar 
que su anciano padre no ha comido, y que desde la madru- 
gada está su ñifla llorando y llamándola en vano. Bobadas 
tas colgaduras, vuelve su imaginaciou á ioOamarse. Entonces 
palidece, se enciende, se estremece y tirita, y vuela otra vez á 
la vista. Desvia y rechaza con, la mano al reo ajusticiado qne 
le Ira» su cabeza ; cree ver la cárcel , la capilla , las cadenas, 
los jueces, el acusador, el verdugo y sus aniiliarea, y el ces- 
to (S) lleno de sangre coagulada y carnes palpitantes , y pw 
último lanza un grito de horror. lOb digna hembra! 

¿Qaé significan esos broches de oro, esas sartas de pwlas, 
esas flores , esas gasas , esas ligeras plumas entre el lúgubre 



11) La Mía de vinas en el tribunal orlmlnal de París (conr d'aaslMB] es nos de 
l«9 que maa conservan el aspecto severo del a dIIruo Palacio de JuBilda. Su le- 
«feo, BUDlaosameDle decorado </ reparllOo, estí sostenido por loi Krt)«MS pilares 
á.que alude el autor.— ^V. id T. 

[Ij El cesto OD que aa recoge la caben del alustlelado.— N. iá T. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



m LIBRO 

aparato da las causas criminales? ¿Por Teotara está ^li pre- 
sente el reo para divertir, ó no es el pratM-io boy dia mas qoe 
OB salón de teairo? ¿Qoién nos asegura que ante ^ espléndiÓD 
cortejo de tanto curioso, no se turbará el reo ai verse ctibiert» 
con et rústico sayo de las prisiones , y qna algno testigo no 
perderá la memoria, y que algún jurado distraído do aleaderi 
mas á las emociones de caalquiera mujer boaiía que se ponga 
pálida ó colorada, que á las congojas y agonías del acusado? 

Sí yo tuviera el honor de ser presidente del tribuna, no ad- 
miliria en su recinto mas que á ios parientes del reo, y diría 
i todas tas aficionadas: sSefioras mias (las qae están de pié y 
alas sentadas), tengan YV. la bondad de oir lo que voy ¿ de- 
«cirles: YV., tas de este lado , vayanse á concloir las medias 
ade sus bijos, que aquellos sefiorílos esiáo descalzos; ó va^ai 
«á almidonar las coleretas de las seSoritas. VV.,las de mu 
«allá, vayanse á cuidar de que no se queme el asado. YV., lat 
■de este lado, cuiden de que no falle el aceite á sus lámparas, 
«ni la sal á la sopa.YY. , las de aqui, vayan á bordar con llores 
«sus países de caüamazo.VV., las de acullá, dejen para el co- 
«qaetismo del palco de la ópera el teje maneje del abanico: y 
« VV. .márchense á hacer escalas y cabriolas. ¡Eat Sefloras, ya 
«están VV. demás: los curiales nada tienen que ver con las 
«gracias, Y una sala de vistas no es el sitio destinado á la mas 
«bella mitad del género humano. 

«¡Alguaciiesl lejecutad las órdenes del tribunall» Tales se- 
rian en efecto mis órdenes, y creo^qoe merecerían la ^oba- 
óon de toda persona sensata. 

X. Poca es la ganancia del abogado de causas; escasa 
también su gloría. Pero cuan distinta la tribuna! es ella todo 
es bonra y provecho, ¿Qaé macho, pues, si para H^ar y pe- 
garse alH como una lapa, le vemos trabajar tanta con los j^és 
y c«Q las muios? 

¡En nbestra hermosa tiel-ra de Francia por cuántos reinados 
vamos pasando! Principió el reinado de los cortesanos; signió 
el délos cardenales; luego et de las mancebas; luego el de los 
militares; y estamos ahora en el de los abogados. Estoe van 
sin comparación infinitamente mas de prisa á sa negodo 

Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



DE LOS ORiDORES. 137 

que lodos ]ob otros. En .liempos de aolaOo, los corlesanos y 
los cardenales preparaban la cosa de muy lejos, é iban inai- 
Duiodúse poco á poco, por vías ocultas y sobterrjiDeas. Las 
nuacebas no se apdderaban cJerlamenle al primer flechazo del 
moaarca y de los negocios. Los mililares solo gaoabao sus gra- 
dos con la poDla de la e^da y tambor baLieste. 

Pero la prosperidad de los abogados raya en lo increíble y 
EibnloBo. Al comenzar la campaña, y aoles casi de haber dis- 
pirado el primer tiro, ya se plañía el abogado sus charrete- 
ras. A la primera batalla aseíende de un salto á capílan ge- 
oeral. Deja las ñlas y se pone á mandar. AImcíodI el abogado 
habla, y [cómo habla! ¡qaé pico de orol Nómbrasele diputado 
i& rémia que habla cómo OB Cicerón I Háceale fiscal logado: 
claro ealá! SI habla tan bien! Y nómhranle por fin miaistro. To- 
do esto en menos tiempo del que yo gasto m escribirlo. 

Ecehombreezlraordinario habrá esfudiado indudablemente 
eidereebo, lafílosoriay la poHlica; habrá soDdeado los aijís- 
Bwi del corazón humano, explorado la historia, manejado los 
negodosl Puede ser, pwo ¿qué importa que no sea? basta que 
hablel T no insistan VV. , si no quieren que les vuelva á repeúr: 
bula que hablel 

El alwgado habla en la tribuna de todas las materias: de ca* 
mÍDOs de hierro, de guerra, de marina, de pintura, escultura 
y arqnileclara, agricultura, música, baile, moral, cultos, pre- 
8ff|neslos, negocios exirajeros. Todo lo que sabe lo oprendiií 
ayer; mas no por eso deja de sabei-lo todo. El hace de diestro 
piloto cuando la nave boga eulre sirles y escollos, y sea cual 
fnere el viento, siempre dirige sn rombo hacia el ministerio. 
Planta su bonete sobre la tribuna, como tos navegantes que 
plantan sus pilares con una iDscripcion* en las rilaras donde 
abordan, y al saltar á tierra dicen: Esto es mío! 

Ejercitado en las snülezas de la farándula, se cuela por tas 
apretadas mallas del raciocÍHÍo, opone á los golpes de aríele 
con que le sitian los blandos vellones de su defensa; huye, de 
rodeo en rodeo, y se refugia, como en un lugar inaccesible, ea 
nn vasto montón de frases estancadas. 

Apenas se apea de la diligencia, pregunta el abogado al en- 

ü,.i,-z__iv,Coog[c 



43S UBRO 

trar en la cámara con resuello ademan: Qaé hay?— Se habla 
del azúcar.— Hablaré del azúcar.— No, se eslá discnliendo so- 
bre el Oriente.— Paea hablaré del Oriente. — Me eqaiíoqoé; 
se trata de caminos de hierro. — ¿Y qaé me importa que se ha- 
ble del azúcar, del Oriente, 6 de los caminos de hierro? Eslojr 
yo pai'a algo desprevenido? -^Pero todavía no se ha mudado V. 
de bolas. — Aguarde V. , voy al vestnario. — ¿Y el jorameD- 
to?— Ahí se me olvidaba. Válgame Dios, y qué de afanes se 
necesilan en esta tierra para vestirse, jurar y hablar! Has 
aprisa vamos en Brives-ia-Gail larde! 

No hace seis semanas que nuestro abogado recibía en su em- 
polvado despacho paiaoes con abarcas, y que alargaba cor- 
dialmenle la mano á todos los algaaciles del distrito. En el 
dia, elevado á ministro por la gracia de Dios y del parlamen- 
to, tiene gran tren de casa, servidumbre, carruajes, palco en 
la úpera y todo lo demás; da audiencia á los primeros presi- 
dentes que se apífian en sus antesalas: arrastra soberbio la ro- 
zagante loga; se ostenta, se arrellana, se dilata en el silloadel 
Canciller de L'Hospital (1). Ministro de marina, lanza al 
Hedílerráoeo 6 al Océano velas 6 torbellinos de vapor; minis- 
tro de comercio, preside á la agricullara, da regtamentosá la 
indastria; ministro del ¡Dlerior, manipala la policía y los fon- 
dos secretos; no reina, pero gobierna, mientras que so mnjer, 
recien convertida en gran seQora, relambra con pedrerías, da 
la mano á las princesas, y se digna admitir en su corle mati- 
nal á la aristocracia femenina. 

Los abogados hacen hoy triunfar las revoluciones, y las 
revoluciones hacen triunfar á los abogados. 



|1) Fué primero Canciller de Margarlia de Talol.-, hermaim de Enrlquell, 1 lue- 
go Canciller de Francia búlalos reinados de Francisco II, y Cirios IX. Su Inlegrt- 
dad es proverbial en aquella nación: en adeniía hombre muy duelo, y dejd Ta- 
rlssobrai detniporlancla, seAaladamente un Traioia é^la rtfoxw ti laitutlcit. 
Muriú pobre en M73.~N. del T. 



Cqi-ZÍ-dbvGOOglt' 



DE LOS ORJlDOBES. 



CAPÍTULO V. 

Da la elocuBnela deliberativa. 



Ed las peqoefias democracias, la etocaencia ae agila ea la 
plaza pública: en los estados coDsIiinciúsales, loma asiento en 
la tribuna; eo las monarquías lempladas, delibera con el prin- 
dpe. 

Alli mzé arrebatada, aqni mas grave. AHÍ vive de agif acio- 
nes y de figuras; aquí habla el lenguaje de los negocios. Alli 
pide á la publicidad su movimienlo; aqai saca del secreto so 
fuerza y sn prudencia. Alli se mezcla en la acción det gobierno; 
aqni en la leoria de las leyes. Alli dirige las pasionesde la mul- 
titud; aqui el poder de ono solo. Allí su frialdad helaría los 
ánimos; aqnf sn vehemencia embarazaría la discusión. 

De esta suerte no se apaga jamás el fuego sagrado de la elo- 
coencia, y cuando do brilla á los ojos del pueblo, se conserva 
bajo las cenizas de otro tiogar. 

No podiendo sufrir el yugo revolacionario y las licencias del 
Foro, Bonaparle se cíQÓ con sus propias manos el acero de dos 
filos de la espada y de la palabra; no quiso que hubiese mas 
tribuna que su silla de consol, mas poblicidad que la de sos 
leyes y decretos, mas prensa que su prensa oficial, ni mas eco 
en Francia que el de su propia voz. 

Envió al sebado los gloriosos veteranos de nuestros ejérci- 
tos, menos para consagrar la preeminencia de la espada en un 
gobierno mililarqae para asegurarse dóciles votos; porque sa- 
bia qne el hábito de la obediencia pasiva y del mando dispone 
al despotismo con los inferiores y al servilismo con los amos. 

Encerró en vesliduras espléndidas de oro á loa mudos de an 
diván legislativo. 

Apriscó en el tribunado los restos de aquellos hombres in- 
({nietos, cuyos pedazos se agitaban todavía, y que en breve 
iba i aplastar bajo su planta de emperador. 

Cqi-ZÍ-dbvCOOgk' 



m LIBRO 

Puso eD e] consejo de estado jurísconsallos, generales, na- 
rinos, publicistas, administradores, restos casi todos de nues- 
tras asambleas. Los mas fogosos revolDcionarios habiau p& 
recido en la tormenta, ó sido arrojados á las playas del des- 
tierro: además, tos hombres de accioD no responden masqae 
al llamamiento de las revoluciones: los hombres de organiza- 
ción convienen mas ¿ los fundadores de dinaalias. Diéronse á 
los países que hablamos conquistado nuestras instituciones, 
Boestro gobierno y nuestras leyes; quitáronseles sus juristas, 
sus sabios, sus hacendistas y sus diplomálicos; lomóeele i 
Genova, Corvetlo; á Florencia, Coi-sini; á Tnrin, Saint Mar- 
san; á Roma, Barloliicci; á la Holanda, Appelius. 

Cuando e) extranjero, alraidoporla hermosura de sus co- 
lomnas jaspeadas, de sus cuadros y de sus arlesonados, ve en 
las salas del muelle de Orsay (1) á algunos personajes llenos 
de bordados y plumajes, decidir sobre la formación de cansa 
de un guardabosques, ó sobre la limpia de un simple arroyo, 
se pregunta si es ese aquel consejo de estado cuyo oombre re- 
sonaba en toda Europa, y cuyos cidigos inmortales rigen to- 
davía muchos reinos desprendidos de la Francia. 

No, el actual consejo de estado, mezquina jusj)<»Ajría, com- 
petencia disputada, guarida de prebendas, establecimiento sin 
forma y sin importancia, no es ya aquella poderosa corporación 
que, bajo Napoleón, preparaba los decretos, reglamentaba lai 
Iffovincias, vigilaba & los ministros, organizaba las provin-. 
eias reunidas, interpretaba las leyes y gobernaba el ini' 
perio. 

En el gran salón de las Tullerias contiguo á la capilla, M 
donde se elaboraron nuestros códigos, cuya concepción es tu 
magnifica, cuyo drden tan sencillo, y cuya claridad tan 
rigorosa, que han sobrevivido á las fastuosas glorías del imperio 
y serán mas duraderas que el bronce. Ahí fué donde se orga- 
nizó aquella vigorosa administración de lo interior, á cayas 



|l¡ El Hctual coDseJü da esudo ocupa un magníBco palacio recién, acabado t* 
construir. situada Au et muelle (quai)d' Orsay, eo rrenle dal Louvra, I UútItliR 
quierda del Sena.— .V. M T. 



L;,q,-z.= bvCoOg[c 



DE LOS ORADOBES. 1« 

ruedas, por no caerse , se agarran todavía nnestros raqaUicos 
liombfes de estado. 

Ei consejo de estado era el ceotro det gobierno, la palabra 
de la Francia, la antorcha de las leyes, y el alma del empe- 
rador. 

Sus oidores, con el nombre de istendenles, aveiaban al fre- 
no ¿los países subyogadoa. Sus ministros de estado, con el 
nonabre de presidentes de sección, inspeccionaban los actos de 
los ministros con cartera. Sos consejeros en servicio ordinario, 
con ei nombre de oradores del gobierno, soslenian las disca- 
siones de las leyes en el tribunado, en el senado y en el cnerpo 
legislativo. Sus consejeros en servicio extraordinario, con el 
nombre de direclores generales , administraban las rentas de 
adnanas, del patrimonio, de los derechos reunidos (1), de 
los pnenles y calzadas, de la amortización, de los bosques y del 
tesoro, establecían impuestos sobre las provincias de la -Iliria, 
de Holanda y de Espaila, diciaban nuestros códigos á Turin, 
i Roma, á Ñapóles, á Bamburgo, é iban á montar á la fran- 
ona principados, ducados y reinos. 

Aquellas reliquias del borrascoso partido convencional que 
llevaban la república en el fondo de sns recuerdos, cedían de 
mal grado k la atracción del emperador. Napoleón los babia 
dedombrado con sns victorias y como absorbido con so fuerza. 
Sqs ánimos, cansados de las tormentas de la liberiad, aspi- 
raban k esplayarse en et seno de nn reposo lleno de esplw- 
dor y de grandeza. E! consejo de estado reproducía k sos 
qos las animadas luchas de la tribuna, en aquellas graves se- 
ñonesen que no carecían demovimienlo los debates, ni de in- 
dependencia y autoridad la palabra. Atli era donde, á la voz de 
napoleón, parecía que se habían concentrado de comnn acaer- 
do todas las notabilidades civiles y militares de la revolución. 
Allí brillaban Cambaceres, el mas didáctico de los legisladores 
y el mas hábil de los presidentes; Tronche!, el primer magis- 
trado de nucirá edad; Merlin, el mas sabio jurisconsulto de 



c,q,zí<ib,Coogle 



W UBHO 

Europa; Treilbard, el mas robusto dialéctico del consejo; Por- 
tatis, célebre por su elocueocia; Segur, por las galas de sniD-> 
genio; Zauguiaconii, por la decisiva concisión de so palabra; 
Real, por la originalidad de sus réplicas; Pourcroy, por suId- 
cidez; Defermon, por su experiencia; Pelet de la Lozére, pw 
so talento clarísimo; Dudon, por sn erndícioD adminislratíia; 
Ghauvelin, felicísimo en sus salidas; Fréville, economista libe- 
ral; Portal, hacendista exacto; Üem-ion de Pansey, jurisconsal- 
to eminente; Guvier, vasla y universal inteligencia; Monnio', 
tan cáustico; Pasquier, tan fluido; Boulay^ tan sesudo; Thi- 
beaudeau, tan firme y tanindependienle; Fievée, tan súlil; Mo- 
le, tan grave; Bérenger, tan conciso, tan incisivo, tan ingenio- 
so; Berlier, tan profundo y tan abundante; üegérando, tan ver- 
sado en la ciencia del derecho administralivo; Andréossi, en el 
arte del ingeniero, y Saint-Cyr en la estrategia militar; Reg* 
naold de Saint-Jean-d'Angely, orador brillante, publicista cod- 
samado, trabajador infatigable; Bernadotte, hoy rey de Sneda, 
y Jonrdan el vencedor de Flenrus. 

Napoleón, qne devoraba los hombres y las cosas, no qaeria 
mas que obreros que trabajasen bajo su dirección, aprisa y bieo. 
Regnauld deSainl-Jean-d'Angel, y de temperamento roboi- 
lo, de ingenio vivo, de elocución elegante y fácil, hábil redac- 
tor de proyectos de leyes y de preámbulos, aprendía y expre- 
saba en pocas horas todos los pensamientos de su maestro. 

Los consejeros de origen plebeyo se dislingnian de los de 
origen noble; entre ambos formaban como dos ríos corriendo 
en el mismo canee, sin mezclar sus aguas. Los primeros afec- 
taban la sencillez de los convencionales, y parecía que se les 
despegaba el traje de corte qne los otros llevaban con gracia 
Estos eran mas unos en sos modales y en sn lenguaje; aquellos 
mas ásperos y, en el comercio familiar, cínicos á veces. 

Pero, cosa notable! entre los mas hábiles del consejo ninguno 
«■a noble. Ni los Purlalis, los Treilhard, los Tronchet, los Ben- 
lay, losMalevjlle lo eran; ni los Regnanid de Saint-Jeas- 
d'Angety, los Defermon, los Mounier, tos Berlier, losHenrioD, 
los Cavier, los Zanguiacomi, los Real, los Régnier, tos Alient, 
los Merlio tampoco: todos estos hombres superiores se elevaron 



Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



DB LOS ORADORES. 113 

del eslado Haoo por la fuerza de su carácter y de sa [alentó, y 
esto explica híslóricameDle como el dominio de log Degocios 
públicos ha venido á caer en manos de la clase media. 

T no solo fund<i Napoleón, asistido por sus consejeros, mo- 
.Donentos eternos de legislación, sino qne legó también á sos 
sucesores una multitud de hombres de estado ilustres, que luego 
hao sido ministros, como los señores Portal, Gouvíod de Saint 
Cyr, Pasquier, Porlatis, Broglie, MoIé, Bengnol, Pelel de la 
Lazare, Simeón, Sainl-Cricq y Cbabrol. 

Tampoco olvidemos á tres personajes que llevaron á tos con- 
sejos de estado de la restauración las grandes tradiciones del 
consejo imperial, y ia ordenada economia de sus debates: ha- 
blo de los serlores Bérenger, Cuvier y AUeot.- 

Bérenger, mas listo que sólido, sutil á Tuerza de ingenio, em- 
pleado por casualidad, pero déla oposición por h&bilo, por 
carácter y casi por temperamento; valeroso defensor de los in- 
tereses nacionales, nutrido de ideas y de costumbres republica- 
nas, consejero de estado por su mérito, par de Francia sola- 
mente por haber sido consejero de estado; sepultado, perdido 
en tos trabajos secundarios y en los oscuros honores de una 
comisión; y sin embargo, nacido para pelear en la tribuna del 
país, para pelear en ella perpélnamente, y labrarse por este ca- 
mino una celebridad. 

Jamás he hallado en nuestros circuios parlamentarios ora- 
dor mas penetrante ni luchador mas atrevido. Por agolada 
que estuviese una tesis, siempre hallaba en ella un aspec- 
to nuevo; por sólida que pareciese una argumentación , éi 
sabia con algún rebote hacerla cojear; no dodaba en ciertas 
ocasiones sino para asegurar mas , ó no aseguraba sino 
para dudar mas. Sembraba con tanta mafia bajo los pies de 
sn adversario los artificios y las trampas, que era muy difícil 
no caer en ellos: su dialéctica en efecto estaba llena de mil fa- 
cetas, de ambajes imprevistos y de redes de mil mallas: era 
como un surco que él se abria en el campo de la discusión mas 
juida ó maa oscura, y que siempre dejaba en pos de si un lumi- 
noso rastro. 

Cavier gustaba de los negocios por los negocios mismos, 



_iv,Coog[c 



tu UHO 

y si no habiera sido nataralisla, habiera sido procsridor. 
Siempre el primero en los juzgados, bqeaba los espedieoles 
con una expecie de pasión: Télasele mas asldao á las aadieocias 
judiciales del consejo de estado, qae á las sesiones del iosUlo- 
to. Sd iDlellgenciaseelevaba álos mas sublimes descabrímio- 
tos de la ciencia, y se rebajaba k las fórmalas vulgares y ei* 
tereotipadas de una aceptación de legado ó de nna aalorízacioii 
de molinos y de fraguas. Grande juntamente y sutil; hibll en 
anudar los rolos hilos de las anligaas edades; en descender i 
las profundidades de la tierra, y en recomponer, con el esfae^ 
zo creador de su genio, las generaciones eitinguidas de los 
enormes animales antidil avíanos, y en smidear, con la misaia 
penelracion, las estrechas y capciosas circunvolacioaes de nn 
procedimiento; admirable en lo pequeDo y en lo grande, en la 
exposición administrativa de los intereses reales y vivos, y a 
la anatomía de la naturaleza maerta; inveslígando enlodo la 
razón de tas cosas con la paciencia de la observación y las Ib- 
ces del análisis. 

En todas las grandes épocas de la historia se ha visto siem- 
pre a! genio qae organiza los imperios, encontrar como por 
adivinación al genio qne sirve y qae obedece; parece que, por 
nna especie de instinto simpático, ambos se acercan ano i otro 
para confundirse. Asi Napoleón, en los últimos momentos dB 
su reinado, descubrió á Atlent. Bajo sas auspicios, Allent tra- 
zó el plan de campafia al rededor de Paris, y sin la caida 
del emperadffl*, hubiera ascendido rápidamente á los sapremoi 
honores del ejército. La paz y la resíauracioo le clavaron en 
los bancos del consejo de estado. 

Versado en la litei-atora antigna, nacional yextranjera, in- 
geniero militar y civil, estratégico, artista, administrador, ha- 
cendista y aun jurisconsulto, era nn hombre dé una «ndioiOB 
inmensa y de un mérito prodigioso. 

Tan versado en la práctica cnanto sabio en la leoHa; capaz 
de abarcar el conjunto y de percibir al mismo tiempo todos Im 
pormenores de las cosas, Allent era apto para lodo, y ha- 
biera sido tan buen ministro de gracia y justicia como de ha- 
cienda, de lo interior como de la guerra. Era et alma y la an- 



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DE LOS DBAD0RE9. i» 

tiHcha de todas las comisiones, y sd talento gaberaameDtal 
igualaba en capacidad, y superaba eo aniversalidad al de todos 
los ministros de la restauración y del tiempo presente. 

Lo súbito y oportuno de sus arbitrios eran cosas proverbia- 
les en el coBsejo; y cuando él opinaba, la asamblea, por lo co- 
man, se adhería á su dictamen. 

Trabajado por una dolorosa enfermedad, generalmenle no 
oía mas que el principio 6 el Sn de un informe; pero era tan 
viva su penetración y tan vasto sn saber, que con la simple 
lectura de los autos comprendía el negocio y redactaba la re- 
Bolacioo sobre la marcha, con tanta concisión como claridad, 
verdaderos prodigios que nos dejaban pasmados. 

No solo descabria á primera vista todo el borizoDte de una 
lésis, sino que la atacaba cqn espada en mano con ímpetu y 
fuego: la dividía, la despojaba de su fraseología y de sus in- 
cidentes, y no dejaba aparecer mas que el paulo culminante, 
objeto del litigio. 

Siempre la fartuna te fué contraria: lo mismo á los ejércitos 
déla república, que k los consejos del imperio, y & la tribuna, 
ÜBgó algunos años demasiado tarde. 

Hombre de una modestia singnlar y de nn desinterés roma- 
no; que no veía en las cosas mas que los deberes á ellas anejos; 
que buia de los honores que iban á solicitarle; sencillo en sus 
costumbres y en sos modales como los hombres superiores, y & 
quien no faltó mas que querer ser para ser, y otro teatro para 
dejar una nombradla; hombre extraordinario ¿ quien yo qui- 
siera hacer revivir en estas lineas, si un hombre como él pu- 
diera morir; hombre irreparable para el consejo de estado, 
querido de todos sus amigos, y digno de ser llorado por cuan- 
tos aman todavía el saber y la virtud. 

Pero estoy impaciente por llegar al que los domina y los 
eclipsa á todos, á Napoleón. Donde quiera qne se maestra esta 
groa figura, ¿cabe por ventura ninguna otra? 

Cuando el genenil Bonaparte fué á ocupar en el consto de 
estado su sillón de primer consol, todavía era el mismo bom- 
breqae apareció en los campos de batalla de Italia; pálido, de 
roslro pronuncíado¡ proemiaenle ceja, ojo meditabnodo y hon- 



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dldo en BD 6tW&; ya (levaba en sa Árente, como en d fondo 
de sn alma, toe destinos de legislador, de monarca y de con- 
quistador. 

Abriese la sesión, y Bonaparle preguntaba los asuntos del 
orden del día. Huchas veces, mientras se enumeraban, caía él 
sin advertirlo en una profunda meditación, y perseguía su idea 
como un ardiente cazador persigne sn presa; hablábase á si 
mismo, en alta vos, con exclamaciones, con sonidos cortados é 
interrumpidos, y h veces con lágrimas. Lu^o ge lanzaba rá- 
pidamente sobre la cuestión, para alejarse-de ella un montólo 
después, yvolverá ella en seguida. 

En el consejo de estado era donde urdía los hitos de centra- 
lización gubernamenlal y administrativa, y donde, teniéndolos 
todos reunidos en so mano, sentía la menor sacudida de su 
centro y de susextremidades: alü era donde los extendía sobre 
toda la nacíoQ, izando en ellos, como en una altura fortificada, 
el pabellón de su poderosa unidad. 

Napoleón amaba á su consejo de estado, y estaba en ü como 
en sa casa, á sas anchas ; allí hablaba confidencialmen- 
te, como se habla á hermanos, á amigos; allí reposaba de sus 
grandezas oficiales; allí esbalaba sus resentimientos; allí reve- 
laba, como impelido por una fuerza superior, el estado de su 
alma, y claramente podía leerse en nna sonrisa de sus labios, 
efi ana arruga de su frente, el secreto de sus profundos desig- 
nios. 

El orden del día no era para él el que esl^ ya consignada; 
sino lo que premeditaba en la hirviente agilacíon de sos ideas, 
ya las tDviese preparadas con antidpaciÓD, ya se le oeurríesen 
de r^nle. Por eso se le veía tan ¿ menudo salirse bruscamente 
de la cuestión, dejar los caminos trillados, y acometer (oda es- 
pecie de asnntos. Trataba de todo, de la paz, de la guerra, de 
sus sistemas adminístratÍTos 6 filosóficos, de su diplomacia, de 
sn políiica. Descendía familiarmente hasta las mas insfgniS- 
cántes menndencias de etiqueta sobre las ceremonias de la ctm- 
sagracion, sobre la metrópoli arzobispal donde había de verifi- 
carse h, coronación, sobre el emblema imperial que había de 
adoptarse, el gallo, el ágníla 6 el elefante. 



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DE LOS On&DOHBS. ItT 

AdmiKa en <4 seno del consto de estado diputaciones de la 
imiTerBidad, del imlilato, d^ comercio. Goncedia !a palabra é 
instaba & qae se pidiese. Resnmia las cnestíones, y le agrada- 
ba sobre todo proponerlas; esto caadraba mas á sa carácter 
impaciente. 

Dictaba SDS resoluciones con tal Terbosidad y rapidez, qne 
apenas podía la plama segnirle. Siempre que se le ocnrria en- 
cargar Tin proyecto de ley, nn informe, nn considerando, dd 
^sonrso bien razonado, bien meditado, bien profundo y lami- 
noso para el senado 6 para el cnerpo legislativo, lo babia de 
hacer á la misma víspera de necesitarlo, 6 en el mismo dia, 6 
solo algonas horas antes. 

Gaando la redacción que le presentaban no le convenia, so- 
lia encargarse él mismo de corregirla. No gustaba ni de regla- 
m«tos prolijos y redundantes, si de largos pre&mbnlos de de- 
cretos. Temía que la opinión tomase ta cosa al revés de lo qne 
se quería. Ast que, todos los decretos imperiales ajustados al 
genio de Napoleón, participan de su laconismo imperioso, de 
BUS prontas y violentas decisiones, de su aire listo y militar. 

Fingía algunas veces dejarse penetrar, para penetrar mejor 
& los demás, y psrra internarse mas en los pliegues recóndi- 
tos de sos intenciones. Lo que no conseguía con la fuerza, lo 
alcanzaba con la aslnda. Lo mismo hicieron siempre casi to- 
dos los hombres nacidos para gobernar los imperios: Anibal, 
Sila, Cromwell, Federico, Richeliea. «To soy león, decia Bo- 
naparte, pero también sé volverme zorro. » Esta expresión re- 
vela la doble faz de su genio. 

Acercábase mas á lo Intimo de los corazones por la vía disi- 
mulada de una plática amistosa, qne por medio de las excita- 
ciones premeditadas de an debate, porqne entonces no hallaba 
los ánimos prevenidos con la desconfianza. El origen y la ex- 
plicación de los negocios mas importantes de sn reinado, no 
deben buscarse sino en las conversaciones familiares de an 
cornejo de miado. 

Desgraciadamente, la prensa de entonces no tenia voz. Los 
adores de aqnellos dramas Íntimos no se han curado de ser 
8QS historiadores. Un secretario que escribía sentado al lado 

ü,.i,-z__iv,Coog[c 



1» uno 

de Napoleón do podía jamás atreverse, sin so maulato expre- 
so, á anotar en un acia bus arrebatos, sas iras, sds momentos 
de ternura, sus paradas, sus exclamaciones confidenciales, y 
SDS digresiones oratorias. Asi es que aquellas minutas son ud 
seco y frió esqueleto fallo de oerTio, de colorido, de animación 
y de vida. 

Hoy dia solo los recuerdos paeden servir para reconslrair 
las opiniones de aquel varón extraordinario sobre varios asan- 
tes de constitución, de política, de religión, de legislación, de 
gobierno, de administración y de policía. 

Cuando, siendo ya cónsul perpetuo, ascendía por camÍDM 
tortuosos hacia et imperio, se le vio proponer en consejo de es- 
lado la cueslion de sucesión, absolaiamente como si fu^a nn 
republicano neto. 

«La herencia de la corona, decia con afectación, es absurda, 
«porque la herencia deriva del derecho civil. La herenda su- 
apone propiedad; su origen fué asegurar la Iraamision. Ahora 
«bien ¿cómo conciliar la herencia de la corona con el principio 
«de la soberanía del pueblo?» 

~ ¥ en verdad ¿cómo conciliaria? Pero nadie se atrevió k de- 
cirte : es cierto, mi general; no puede ser. 

En tales ocasiones, los papeles mas solemnes que se repre- 
sentaban en consejo de estado, y cuyas frases dejaba traslucir ] 
por defuera, valiéndose de las indiscreciones oficiosas de la po- 1 
licia, hablan sido ya arreglados y ensayados cien veces & teloo 
corrido entre él y sus autores. 

Algunas veces solo dejaba traspirar su secreto gota & gota; 
decia una palabrita suelta^ ó se expresaba con una simple mi- 
rada, y era preciso adivinarle y obrar en el sentido de aqaella 
mirada ó de aquella palabra. 

En todas las cosas era de una destreza singular, y saina 
convertir en pro de su ambición las alternativas de temor ó de 
esperanza con qne agitaba los corazones. 

No era cruel por naturaleza ni por carácter; mas no tenia 
una alta filosofía ni una gran moralidad. 

Fuerza, es decir, sin embargo en disculpa saya, que halló 
cómplices eficaces y serviciales entre aquellos hombres que 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DB LOS ORADORES, > U9 

las oleadas de la revolacíon habían pulido y redondeado, re- 
voleándolos sobre las arenas de la ribera, y qae en la eapnma 
de la ajena forlana sabían k los mas altos honores. Consagrá- 
roDse en verdad á Napoleón, pero siempre con la condición de 
Ho qoedar ellos olvidados. El senado, metido en caiTÍI y tenía- 
lo en SD codicia, estipnló descaradamente la herencia de sus 
litólos, sueldos y fanciones. El tribunal y el cuerpo legislativo 
solicitaron como sirvientes el aumento de sus salarios. La ba- 
jeza de los criados excedió á la usurpación del dueíio. Los es- 
tados-mayores, las prefectaras, las administraciones, las mu- 
nicipalidades, las academias, las magistraturas y la misma 
prensa, se precipitaron en la servidumbre con rivalidad y 
emulación vergonzosa. Impelieron á Napoleón, lleviroole en- 
^e mil brazos al imperio, y la corrupción de ia gangrena se 
extendió de tal manera por todo el cuerpo de la nación oficial, 
que ano no ha podido salir este de su degradación, y que el 
virtuoso Pablo Luis Gourier, en su noble indignación, no ha 
sabido darnos otro nombre que el de pueblo de lacayos. 

Digamos sin embargo para ser justos, qne entonces mismo, 
en medio del general silencio, no dejaron algunas voces mas 
enérgicas, algunos pocos ciudadanos, algunos tribunos, de le- 
vantarse contra el César. 

Gamot, coya rara temperancia se escandalizaba con el lujo 
ylas galasde ttoacórte, fué uno de ellos. Carnol, que con la 
espada de los republicanos venció á los ejércitos coligados de 
Garepa; que con dolor violento veía á la libertad sucumbir y 
espirar; que, para no hacer traición á sus convicciones, quiso 
sepultar en la soledad y en el retiro las esperanzas de una bri- 
tlanle fortuna, y que después, en los días de luto y de ruina 
del imperio, había de presentarse lleno de patriotismo á ofre- 
cer su brazo, no al emperador, sino al representante armado 
déla independencia nacional. 

Acompasábanle: 

Lanjainais, bretón de los antiguos tiempos, que tascaba im- 
paciente el freno y respingaba bajo el peso de la dictadura, 
protestando contra ella con las vigorosas exhalaciones de su 
alma ardiente. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



4« Liiao 

DaoDoa, «Bemígo oo mraor de la tiranía; IneDto sólida j 
recia; elegaote sia afiiles, erudito nn pedantería, etocneote 
BÍD gritos y aspavieotos, ÍDaecesibte á la seducción, ioflexiUe 
contra las amenazas, filósofo «maUe y tolerante, sencillo en 
sQs eostambres, profundo y abstraído en sus estudios, dada- 
dano al par de los mejores oíadadanos de Greda y de Ro>^ 
ma, sabio al modo de tos sabios de la grave y modesta aoti- 
gOedad. 

Benjanún Conslanl, joven á la sazón, lleno de imaginacioit y 
de fuego, destinado & llevar adelante, en los espl^didos salones 
de madama de Stael, la oposicioQ del talento contra el inge- 
nio, del examen costra el entusiasmo, del derecho contra la 
nsurpackin, de la paz contra la gaerra, de la Hberlad contra el 
despotismo, y déla jUBticia eterna contra las extravagancias 
de la arbitrariedad. 

Algunos otros, menos notajes, lanzaban clamores mal re- 
primidos y lascaban rabiosos el freno de la servidumbre impe- 
rial; pera la gran masa de ta nación enmudecía. 

Asi por temperamento como por sistema, profesaba Napo- 
león las máxiEoas del poder absoluto. A^ por instinto como 
por necesidad, quería un gobierno fuerte, y leyes severas y 
obedecidas. Despreciaba al populacho; idolatraba al ejército 
como la mas completa significación de la nacknalidad, como 
la fórtnola mas homogénea del poder, como el instramento ma« 
actÍTo, mas dócil, mas compacto del gobierno. 

Pero no gustaba de la prensa, de los abogados, ni de los 
salones de París; porque en verdad, la prensa, los salones 
de París y los abogados, han sido y serie siempre ee snmo 
grado impertinentes para el despotismo. Conocía, y no dejaba 
de decirlo, que las constituciones imptriales no ofrecían La me- 
nor garantía de duración, y qae en cabo con unos cuantos sol- 
dados podría, como por poco llega después k demostrárselo 
Hatlel (1), apoderarse del trono cayendo sobre él de golpe en 



.[>) Blautotbaca ata duda refai«Mla «u wls pataje ala ttalM<T»<r<Mmt 
Bocbe deis *IUda octubre de ISIlbizD el celebra geaeral republicano. Cirio* 
FranclicoMallet, paradMpc^ar i Napoleón del iroDo durante su permaDencla W 



■í-abvCoO<í[c 



DS LOS ORADORES. W 

ocasión oporlona. No confiaba aino ea $i taimo; por eso forti- 
ficaba SD trono á expensas de la libertad. 

Además ¡raro contraste! ese mismo bombVe qne decía que á 
los fancioDarioa se les había de conducir por medio del temor, 
del interés 6 de la vanidad, no tenia fe intima mas qae en el do- 
sinterés y virtud de ellosl Ese hombre qne solo quería esclavos, 
se indijíDaba de la bajeza de los esclavos! El que desdeflab» 
la opinión, temía sobre todas las cosas á la opinión! Fundaba 
para ana eternidad, y apenas creía qae llegase á ser vitalicio 
su poder! Por último, aquel nismo que tanto despreciaba í los 
hombres, deliraba por las glorias que los hombres distribuyen! 

Quería qae el cnerpo legislativo no faese tan débil qae 
le sirviese mal, tan rico de patrimonio qne pudiera oMstrár'- 
sele independiente, ni tan pobre qae anduviese siempre coo él 
exigente y pedigfiello. 

Como bombre de genio, so temia á loa hombres snparíores. 
Consideraba & todos los talentos notables como cosa suya, eo- 
mo destinados i sa uso. Tendía sobre ellos sa mano; sacjibalos 
de entre el vulgo, y se los atraía con aquella especie de fasci- 
nación mapélica que le era peculiar, y á la cual el misoio 
Carnot, Benjamín Conslant, Macdonald, Leconrbe, y otros iqd- 
cbos no pudieron resistir. 

Napoleón tenia en materia civil ideas mucho rjma ¿nplias 
que los jurisconsallos de la Basocbe (1) y del Cbalelet (3). To* 



SUJli. Evsdiéndoite ea la nocbe referida da un bospltal del arrabal da Salit-Jjf 
l(dD«.doDcle se bsllsbs urreslado por SDSoplDfonea y pni]' actos re volu ció Darlos, 
lairaiú un Rolpe de m4ii« deflalllTo, r aeotiadado por una pane de la gutralctoB 
da Parla, ae apoderú del miniado y del pretecto de policía, aublevd la población, 
y piuo de un plalotelazo (uera de combate al general Bullln que mandaba la 
plata. Cuando el éxllo de la conspiración pared* ya aeguro, fué Uallet prendi- 
do y desarmado por al coronel Laborde, quien ea recompetua de aviel emloeib 
la lervicio, recibid luego de Nspoieoo el titulo da baroD.—N.ifei T. 

m JurlMliccIoii V uibunal dé lo* pasantea que laalan los proeuradoreí m el 
paiUmenti da Parla. —M. 

(% K< CbStetet ara el tribunal maa antiguo da Paría, de )urladicclqn real ordh 
narlaqoe comprendía en *U9 cuatro principales aeccionea la preboatla, el «Ucon- 
dato, la ballía 7 li sanaacalla. i Qnea del ilglo paaado aomponlan el CUitbf al 
Bical general d«l parlamento de Paria, un preboste, aeU lugartenieplea cItIIm, 
criMlnate* T depullcia, sesenta y cuatro ci»ae)eroa,usluaz auditor, cuatro Oaea- 
lea clvlleü, nn promotor fiscal, ocbo ausiUatos, y a» oabailen» de tMtier. Ttnia 
•demlM ¥M tMtUlma ilf pendancla de mcriliaDcs cuUilulw. tuMrloi.guacda» 



c,q,zí<ib,CoOgle 



dae sns observadones eran profoDdas, y dejaban asombrados 
á loe legistas por bu originalidad y exaclilnd. 

Trabajó él misnio ea el código que lleva so nombre; mDcbu 
de sos disposiciones emanan de él exclnsivamenle. «Donde es- 
tá la bandera, decía, alti eaiá la Francia.» 

Cuando se trató la caeslion de la deportación lavo movi- 
mienlos oratorios llenos de sensibilidad. «Si no ba de ser liei- 
■lo k la niDJer de an deportado accnnpafiar á so marido, M- 
«jor es matar al reo. Entonces podrá al menos la infeliz viada 
«alzarle ana tumba en aa hncrlo, para regarla con lágrimas 
■todos los dias. ■ 

Ét fué quien fijé la edad qoImI, quien dispnso que en el acto 
de la celebración del matrimonio juiase la mujer obedieDCia 
al marido; y afiadió en tono festivo: «Conviene macho qae la 
«palabra obediencia quede consignada, sobre Iodo para París, 
«donde las mujeres se creen antorizadas para hacer todo lo 
aqne se les antoja. » 

Todos los conquistadores y fnndadores deimperios han pen- 
sado con preferencia en la educación de sus subditos, ya por 
instinto, ya por previsión. 

Quería Napoleón que no tuviese en cnalqniera la libertad 
de abrir una tienda ó despacho de enseñanza, como se iütire 
an almacén de palios; que la unidad despótica del gobier- 
no se infiltrase en los liceos (1); que una corporación dejesni- 
tas secalares diese educación moral y política al pueblo, ense- 
cándole á mirar en lodo al emperador como su providencia; 
que los pies de aquel gran cuerpo estuviesen en los bancos 
del colegio y so cabeza en el senado; que empezase desde la 



mUos, proonradores, alguaciles, Djleresdai piar a caballo, pregoneros y Irom- 
peieros, etc.— A', iii T. 

(f] Habiéndose geneíallzado lamo ea Espalla esas reunloDesde diversIoD y ■■• 
ItiDleo, [uodadad coa el pretexto de proteger y fomenisr las arles y la bella UU- 
ralura, con el nombre de liceos; es ya necesario advertir al lector espaflol, que loa 
liceoa de que babla el auutr, na son esas asoclsctones ausodlcbas que habrh itMe 
eu Madrid, en tas ciudades de provincia, y basta en pueblos de úlüme drden. í 
donde se representa y se caola, y se toca y se balls, y baata se juega al billar y m 
Alma. Loa verdaderos Uchhsoq una especie de públleas academias, donde t Imi- 
tación del que fundii Aristúleles cercado Atenas, se reúnen los profesorea y 
geate estudioaa para ensebar, 6 disertar sobre Bloaofia ó llieraiura.— M. 



c,q,zí<ib,CoOgle 



DB LOS ORWORES. 158 

cnaa la eosefianza de la religión napoleónica; que at pueUo se 
le cebase !a memoria con la historia de las uiliguas Gallas; 
qne los profesores, al tomar la borla, ge desposasen con la ani- 
T«^idad como se desposaban los frailes con la iglesia. 

En la looerte, que arrebata cada aQo en Paria de quince i 
veinte mil personas, no vela él mas qae annahermosa batalla.» 

Solo apreciaba el fanatismo militar. «Es necesario, decia, 
apara dejarse matai'. » 

Solo en algunos arranques y humoradas le gustaba agitar 
cuestiones religiosas. 

Enojábase contra los eclesiásticos que querían reservarse la 
acción sobre la inteligencia, y reducirle ¿ él á la mera acción 
siAre el cuerpo. aQuédanse oon el alma, y me dejan el ca> 
dáver!» 

Consideraba la r^ígion como institución política, kt mismo 
qae todas las demás cosas. «La religión enseSa á descubrir en 
«el cielo ana idea de igualdad qae impide que el rico sea aseai- 
«na^b por el pobre.» 

Queria convertir á todos los misioneros en otros tantos agen- 
tes diplomático», para llevar á cabo sus lejanos designios. 

Decia: n£n el cnlto, todo debe ser gratuito y paraet pueblo. 
■La obligación de pagar á la puerta del templo, y de pagar 
*tas sillas, es cosa repugnante. No se debe privar á los pobres, 
iBOlo por ser pobres, de lo que les consuela en su miseria. ■> 

Sin remordimiento y sin gran deliberación sacrificaba á la 
razón de estado loa intereses particulares. No obstante, en mn> 
ehos casos manifestó grande y delicada solicitad en favor del 
derecho privado. 

Qnejábase de no ser mas que una rúbrica para la firma de 
los decretos imperiales, y organizó por su propia idea la bella 
inalitucíon de la comisión de lo contencioso. Cosa singalar! 
quería justicia en la arbitrariedad! 

«¿Quién creerá, decia, que mi mueblista pretende hacerme 
«pagar cien mil francos de un mal trono y seis sillonesZa Pues 
esa fué en realidad la úiiica causa de la competencia del con- 
1^ de estado en los suministros de la lista civil. 

Hé aqui algunas de sus máiimas en materia de impuestos; 



_iv,Coog[c 



«Mas Tile dejar el dinero eo manos de los -cíudulaim, q» 

«melerle y guardarle bajo tierra. 

« Para lomar es preciso saber dar. 

oSeiscientos millonei de renta deben bastar i la Fnnoafl 
«tiempo de paz. 

tNo Be debe cargar al barro por todas partea. 

«Plaza y agaa deben tenerse de balde; basta con pagar la 
salí» 

Hé aqni otro axioma suyo de inmoral merslidad: ■& 1« 
«hombres de dinero es preciso obligarles con dio^'O. » 

En todas ocasiones se mostró benigno con los emigrados; lea 
restitQyó sns bienes no enajenados, y su poUlioa se inoliiubi 
¿ ooncaderles ona indemniaaóon. 

Por favorecer al pueblo qoiso bajar los precios de las locif 
lidades m los teatros. 

Solía decir muchas veces: «No hay por lo general cosa mM 
«tiránica que un gobierno que langa la pre[«ision de ser pi- 
ulernal.» * 

Tales eran sus palabras y máximas de cdnsnl. Cuando Ué- 
gó al imperio ya fuá mas dneOo de sus secretos, inas caidad»- 
30 de sus destinos, cuyo fin habiérase dicho que presagiaba, 
y mas reservado en sus momentos de expansiui. 

Pero donde con mas frecuencia mostraba d corazón oi lu 
labios, donde mas comunmente buscaban un eco sus pean* 
miraios, era en el seno del consiyo de estado, al cual le ligaba 
nn antigoo afecto. 

Apenas se descalzaba Napoleón de sus espuelas ú vt^var dt 
cualquiera de sus grandes batallas, oíase á la entrada del cw* 
sejo rumor de armas, y nn triple redoble de tambOT. Abríanse 
las puertas de par en par, y un ujier decia en alia voz; «Sefio- 
res, el emperadorln Napoleón se adelantaba ctm paso firme 
y militar hacia su sillón, saludaba, tomaba asiento, y se cu- 
bría la cabeza, mientras qoe sns oflciales, y á veoes vanos 
príncipes extranjeros, cuadrados á sn espalda y o» el aofl)* 
brero quitado, permanecían « profundo silencio. 

Era yo enlonoes mny joven, y confieso que no podia coih 
templar sin emoción aquella froQte cidva, sobre la eoal pan- 



c,q,zí<ib,Coogle 



DK LOS ORlDOhES. «t 

eU rd^arse desde U alta technmbre toda la gloria de Aus- 
terlilz (1). 

Asisll & la famosa seaíon qae tuvo lagar al día sigaienle de 
M voelia de la batalla de Haoau. 

Reodido y destrozado aun de las faLigas del viaje, pálido y 
pensativo, hizoDos el emperador pasar á su gabinete. Alli, de 
pié y bíd la menor preparación, interpeló enérgicamente & 
Janbert, goberoador del banco de Francia, por haber co- 
melido, según él decia, la imprudencia de hacer con demasiada 
precipitación el descuento de los billetes. Explicó Napoleón los 
«slatBtos del banco, y desentrañó sa mecanismo con toda la 
precisión y claridad de an censor ó de un regente. Chocábame 
nainralmente oir á un militar discarrir sobre la organizacioa 
de los bancos, y sobre la teoría del descuento. Janbert, hom- 
bre de natoral tfmido y sencillo, balbnceó algunas dísent- 
pas que apenas pudimos oir. Volviéronse á abrir las puertas 
del salón principal; todos se sentaron, y celebróse e) consejo. 

Primeramente hizo el emperador nna larga pansa. Velase 
trámenle que estaba absorto en sus pensamientos; tenia sin 
advertirlo la cabeza inclinada sobre el pecho, y con an corta- 
plumas se puso á acnchillar maquioalmenle plomas, tapete y 
papel. Por éltimo, como saliendo de an sueiio exclamó: «Esos 
«b&varMl esos bávaroar he pasado por encima de sos cner- 
«pos; he mnerto á Wréde (S)i la invasión se propaga rápida- 
«mente, el tiempo urge; ea, Mfi<H%B ¿qaé piensan VV. hacer! 
■Qné tienen W. qne decirme? 

— «Sefior, respondió Regitaold de Saint-Jean d'Angély, 
CMtad con ^ valor de los holandeses. 

— dLos holandeses! no es sangre, sino agua tellida la qae 
corre por sos venas. 

— o Ved, sin embargo, sefiw, que llegan ffdiálacíones de to- 



(I) Ocupiba el lecbo de la ssls del connejo el cuadro de lu batalJs de AUíter- 
IMlflalMo porGérard. 

9) Mí lácrela. El tirÍQclpB Cirios Felipe de Wréde que mandaba IBH tropw 
Mtaraa, habla sldn ee efa«to gravemente berldo en la sangrienta batalla de Bd- 
M«.T aun loa diariMfraBeaaM llegaron i anunciar lO maeile; pcroal aOo al- 
ntaDUi(eii IBI4)valvlúü tomar el manda de las LropaSt é bUo la campafia de 
ft«icU~íí. dit T. 



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1 GS UIBO 

•das parles, y que todas las corporacioDes dd imperio es pro- 
nteslaD fidelidad y snmisioD. 

—«¿Qué dice V., Regnauld? acaso do sé yo cómo seb- 
«brican esas felicilaciones, y qué sígniBcan? creo yo en ellu 
■por vealora? Dioero, hombres es Ío qae se necesita, y no 
«frases; y VV. sefiores, son ciadadaoos emíoenles, padres de 
«familia, padres del estado; á VV. corresponde reaDÍmar el 
■espirita público con la elocuencia de sus exhortaciones, alieo- 
«dan, pues, á precaver la vergüenza y las miserias de la in- 
«vasiOD que amenaza al imperio, d 

Palabras tardías! el imperio se iba desmoronando por horas, 
y cnando están marcados los tiempos, es preciso que los go- 
UerBos y los pueblos, á pesar de su poder y de sus talentos, 
sean arrastrados hacia la tumba por la fatalidad del desuno, 
qne, bien considerado, no es mas que el encadenamiento lágico 
de sus errores. 

Napoleón acabó (an completamente porqaeenél solo se4»ii- 
Iraiia toda su gloria, toda so dinastía, todo su imperio: ¿Quién no 
se hubiera humillado ante nna superioridad tau natural? ¿Quién 
00 ha experimentado, al acercársele, el encanto de su seduc- 
ción omnipotente? En la obediencia que se le prestaba no había 
servilismo, porque era. voluntaria; mezclábase á ella la iodi- 
oacion, y aun algunas veces ta pasión que inspiraba su persona. 
No había nnnca saciedad en contemplar aquella frente espa- 
dosa y pensadora que encerraba los destinos del porvenir. No 
era posible clavar mucho tiempo la mirada en aquella mir»)a 
irresistiUe que le penetraba y .escudriSaba á uno sus pensa- 
mientos hasta en el fondo mismo del alma. Todos los demás 
hombres, emperadores, reyes, generales, ministros, parecianá 
su presencia seres de ana raza inferior y común. Había cierto 
inaperio en su voz, y ¿ vecescierta dalzura, una especie de insi- 
noacioD italiana, que penetraba basta las fibras. Con nna ma- 
cla inconcebible de gracia y de fortaleza, de sencillez y de gala, 
de candor y de dignidad, de astucia y de franqueza; consegau 
dominar tos ánimos mas rebeldes, y arrastrar en pos de sn 
consejo á los mas prevenidos en contra saya. Puede en verdad 
decirse que tanto conquistó con la lengua como con las armas. 



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DE LOS OBADORES. W 

Había en si genio pempa oriental y precisión matemática á 
QD mismo tiempo. 

So elocuencia, qoe no era para él ana Sor de estadio, sino 
no inslramento de mando, se amoldaba á todas las épocas y 
circonslancias. Con los soldados, que son hombres del pne- 
blo, hablaba el lenguaje del pneblo que gasta de grandes flga- 
ns, de recaerdos y de emociones; trazaba con sns mariscales 
sns planes de campatia; con bus ministros y secretarios, com- 
ponía y redactaba notas diplomáticas, y articulo» para el Mo- 
nüoT. Pasaba sin el menor esfuerzo, déla elevada discusión de 
las leyes civiles y políticas, á los mas minuciosos reqoisltos de 
on decreto de vestaario de la marina, ó de nn reglamento so- 
bre el oficio de panadero. Presidia sin descansar, y una des- 
pués deotra, & la junta de trabajos públicos, ala de la guerra, 
y á loa consejos de administración. Disertaba sobre literatnra 
y ciencias con los miembros del instituto. Con los auxiliares de 
oficina revisaba y corregía los cuadros intrincados de la esta- 
dislka yde los tíilculos. En el consejo, confeccionaba leyes con 
Tronchet, Treilhard, Merlin, fiérenger, Cambacéres y Porlalis. 

Cuando cansados y rendidos los consejeros de estado, se 
dejaban vmcer por el sueño, él se divertía maliciosamente en 
prolongar la sesión hasta la noche. Nunca tenia hambre, ne- 
cesidades, ni fatiga. Dirlase que su indomable voluntadle 
hacia dueBo de sn constitncion como de todas las demás cosas. 

Se recreaba con los consejeros de «stado en enzarzarlos k 
unos contra otros; lisonjeábalos en cierto modo para que entra- 
sen eu disputas, ya porque sus polémicas le representasen U 
imagen de la guerra, ya porque se propusiera hacer brotar la 
verdad del choqne de la discusión. El mismo se Isalia algunas 
veces con Theilhard, légico adusto, intrépido atleta, qne no 
perdonaba á su adversario imperial: y decía en sus conversa- 
dones familiares que le costaba mas vencer ¿ Theilhard i^ue 
ganar ona batalla. 

So argumentación era animada, rápida, interesante; sin tra- 
bazón, sin método, pero llena de naturalidad, de genio y de ins- 
piración. Cuando disculiai lanzaba torbellinos de hamo y lla- 
maradas. 



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W UBBO 

Habia nacido Napoleón ano mas para gobernar qae para oon- 
qnistar, mas para fnndar eslados qne para derniirlos. Veantw 
sino ¿qoé ha quedado ea lo exterior de tantas victorias regadas 
con DBestra sangre? No hemos dejado en tierras eitrafias, y 
eso en algunos logares tan solo, mas que las vividas incrosta- 
dones de nnestros códigos, de nuestro jarado y de nuestra or- 
ganización jodiciaria. En lo interior ¿qué seria de naeslra justicia 
mil, criminal y mercantil, sin la unidad de nuestra legislación, 
sin la concordancia de nuestra jurisprudencia y la iostitodon 
del tribunal de casación? ¿Qué serian las garantías, la confor- 
midad y la responsabilidad de la administración, sin la unidad 
de la división territorial, de las prefecturas, del ministerio 
y consejo de estado? ¿Quién, sin la unidad del impuesto, de 
la contabilidad por partida doble y del tribunal de cuentas^ 
pondría coto alas esquilmas, vejaciones y dilapidaciOBes risca- 
les? Desde el imperio de Napoleón, marchamos por los carriles 
que nos abrió su carro admioislrativo, y á pesar de tantossa- 
cudimíenlos políticos do han salido aon fuera de aquellos sar- 
cos sus poderosas y volantes ruedas. Napoleón en el consejo de 
Estado, era la centralización encarnada, la centratizacwB eo 
coDsubsIancialidad con el imperio, la supremacía del rauda, 
la tenacidad de una voluntad única, y la vida conUnna de ana 
misma acción. Con la centralización de la Francia, nnesira 
nación pesará siempre en la balanza europea con el poder 
homogéneo de 4reíola y tres millones de habitantes. Con la oeo- 
tratizacion de la Europa. la civilización del mundo marchará 
y prosperará como dispuso Dios que prosperara, y Napoleón 
será mas admirado de la posteridad por sus glorías de preen^ 
sor del porvenir, de político, de legislador y de «vgaoizador, 
qne por sus timbres de aselador de naciones, de guerrero, de 
etmquistador y de trinn&dor. 



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DI LOS MADORES. 



CAPITULO VI. 

> g^eiM de alocnenda cainparkdAB. 



I. 

DE Ll KLOCUKHCU IGIPÍHIU. 



Cada género de elocuencia tiene so tiempo , sa lagar , sa 
ñsonoinfa, sn proceder y sa manera. 

La elocnencia académica se entona y pavonea delante de 
los espejos de sos salones. Mírase en ellos como nna coqaela, 
y se coDteotpIa dé pies á cabe». 

Entra eí el palacio del Institato saludando é inclinándose 
respetaosanmite ; acaricia con halagüeOa mirada la vanidad 
ajena, para qoe tribaten incieaso á la saya propia; mas bien 
qne andar, se desliza sobre el encerado piso del Testnarío; 
llera ergnida la cabeza para aspirar mejw el incienso qae ella 
misisa exhala, y el oído alerta para recoger los dichos Iísod- 
j»w9 cofl qtie le retribuyen sus encomios ; no es aficionada 
al Biacbo mido, al mucho andar, al mucho hablar, ni ¿ mn- 
diM ideas; mécese blandamrale en un lamino medio de 
cDHTeaieMias estudiadas, de delicadezas impalpables y de sa- 
tSes attieiones. 

Tedos Km inmortales qae reciben el honor de ser admitidos 
k sa tnnquele , reciben sa invitación en billetilos satinados y 
perhmados. Gomo dama de fino trato, se adelanta á dar á sas 
cobridadoB la mano asi qne los anuncian; indícales con dis- 
creto gesto el sillón que han de ocnpar, y en lenguaje de los 
dioses regala con toda especie de dulzuras los oidos de cada 
uno de aquellos grandes hombres. El gran tono, durante el 
festín , eslá en no mascar con fuerza, en no chocar las copas, 



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fSO UBRO 

en QO embriag:arse con Champaña sino con adolaciones, y en 
DO desqoitarse del fastidio de los campUmienlos y de las apo- 
teosis dando pisotones por debajo de la mesa í los qne están 
al lado. Al fin del banqaete, la elocnencía académica se levan- 
ta ; echa en honor de los inmortales on brindis, tan delicado y 
ligero que se evapora antes de perdbirse so eco. Después ta&e 
la lira de oro , de donde se desprenden algunas notas ioded- 
sas, y se corona por último de rosas blancas, nacidas al calor 
del carbón de piedra en las estufas del Instituto. 



DE U BLDCCENCIÁ FlUlMENTlBIi, 

La elocnencia parlamentaria no lleva, como su hermana, 
guantes de ámbar ni coturnos de terciopelo. No dirigen siempre 
sus ojos lánguidas miradas, ni dilatan sus labios tiernas sonri- 
sas. Casi puede decirse qne á veces es algo brutal en sa len- 
guaje, y que lleva zapatos de herradura (1), y algo despeinada 
la melena, y algo desaseada toda su persona. Pero por fortuna 
se mantiene siempre á cierta distancia de las Iribnnas públicas, 
y es preciso decir que los espectadores no se paran en pelillos. 
Además, el termómetro, la cuestura (2) y los calorifwos, con-' 
densan allí todo el auditorio en una temperatura muy grata 
sobre cero, y se está al abrigo de la tramontana y de la incle- 
mencia del tiempo. En cuanto á las demás injurias, sa circula- 
ción no está permitida, para evitar, creo yo, qne la gente se 
ponga á tirarse de los pelos, y lluevan las pufiadas en medio 
del salón, y en medio délas narices; por lo visto no se quiere 
qne se diviertan con exceso las tribunas. Basta, pues, con prohi- 
bir que se noml»:e á las personas, y que se las eche mano ase- 



m Alusión al sdttdo callado de Duplo, lema lavorilo de 'todos los perlDdli- 
IBS ssliricoa.— rv. d<¡ T. 

(!) En la címara francesa hay diputados cuiitortí, nombradoa por taño para 
desempozar lodaa las iDcumboDcias de urden y policía inleríor del congreso.— Jd. 



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DE LOS ORIDOBBS. M 

diándales en sos bancos. Pero no eslá prohibido atacar sub íd- 
teDcíonea , con tal que se tenga buen cuidado en decir qne se 
respetan iaa intenciones. Asimismo , tamporo esli prohibido 
interpelar con ademanes y mii-adas á los diputados á quienes 
no es lícito designar nomioalmenle, siempre y cuando uno di- 
ga que su intención no es de manera alguna aludir sino á los 
de afuera , no habiendo nadie fuera ; y no á los de adentro, 
donde están todos sus adversarlos. Esto es lo qne se llama en 
lenguaje parlamentario el noble decoro de las precauciones 
oratorias. Tenga V., pues, la bondad de ser cortés por ese es- 
tilo; esas costumbres son la verdad paral 



n u BLoccEncu db los clüh. 

La elocuencia en traje de clubista (1) tiene también su es- 
pecie particular de oradores, su jerigonza y su temperatura. 
Generalmente en los clabs se suda el quilo y no se ve gota. Si 
tanto le cuesta Á uno obtener el oso de la palabra, en cam- 
bio puede tener el gusto de ver que lodos hablan á la vez. 
El drd» de las ideas no suele ser lo que mas embaraza ¿ 
los oradores de dub, porque alli es muy raro que se tenga 
mas de una sola idea. Tocante í las opiniones, hay liber- 
tad completa de profesar la que se quiera , con tal qne sea 
la de los mandones. Allí no se va á discntií*, sino á gritar, .y 
cada cual á su vez puede ejercitar sus pulmones, soplando en 
la embocadura de una misma trompeta. El mas grande ora- 
dor de un club es siempre el que presenta, según el espirita 
de la reunión, la proposición mas enérgica, casi diríamos la 



(1) Nos v«mos precisadoi á introducir Isa pslabrw club j rlubúla de contra 
IwtidD, alODdlds la reconocida losuflclencla del diccionario de la Acsdsniia, qin 
aa li ruinosa aduana de nueslrs lengua. La palabra ttvb. de oso ya general. d< 
M puede traducir por fn-{ulía, por junta, por nddfad xerMo, ni por Dadamaiqui 
tíuo; lampoco al clubUta se le puede nuairinnttro.-N. id T. 

loao L 1^ 



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la LIBRO 

maseitravaganle. Si algoien se permile aveotorar ana correc- 
cios, ya se le mira de mal ojo ; si insiste, se le deonDcia coma 
perturbador; si pide la palabra, escita la índigaacion por su 
aadacia, se estremecen todos los clnbístas de santa cólera, cla- 
man traición , y los catecúmeoos le plantan á la puerta de sd 
pequeflo santuario : y dé las gracias de que no se le haya de- 
clarado fuera de la ley, y de encontrarse sano y salvo en el 
arroyo, cara á cara con un corchete. 

La elocuencia de los dabs es muy abrasadora, moy desca- 
bellada, muy delirante, mny gritadora, mny fanfarrona, mny 
zahareBa, muy descompuesta, muy intolerante, muy clamado- 
ra, y mny poco elocuente. Tiene sin disputa su mérito, pero 
creo que lo oculta; también tiene sus modelos, mas yo los ig- 
noro. 



DE U ELOCUENCIA iL BASO. 



Viva la elocuencia al raso, la elocuencia de O'Connell, y 
vamos á ella! 

La elocuencia ai raso no conviene h todos los lugares ni 
& (odas las estaciones. No á todos los lugares, porqne si bien 
en América, en Holanda, en Bélgica y en Alemania, podrían 
den mil hombres reunidos estar escuchando con paciencia á 
un orador; en España, en Italia, y en Francia, al cabo de nn 
cnarto de hora, tal vez se armarla un motin y empezarían los 
tiros y las cuchilladas. Tampoco ¿ todas las estaciones, porqne 
para oir á un orador no se está muy bien debajo de nn para- 
guas ni de una sombrilla, de cara al viento, con los píes en el 
barro, é expuesta la cabeza á ana insolación, por no poder pa- 
sar por otro ponto. 

Por lo demás, parece que la diosa de la elocuencia no es 
necia é impertinente, y que sabe prestarse de grado á las cir- 
cunstancias. Unas veces se encarama á un tonel; otras se 



Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



DE LOS ORADORES. 163 

muestra á la mullilud por el venlaDÍllo de ud ligón; oirás se 
empina en la zaga de no coche simoo; ora se embadurna la ca- 
ra con heces de vino; ora asalta los hustíngs (1 ) con acompafia- 
mienlo de silbatos, y tronchos de berza, y manzanas cocidas;, 
ora se arremanga hasta los hombros, y embriagada de gritos, 
de injurias y de aguardiente, solo se retira de la refriega con 
el mandil rasgado, rota ona costilla, y con heridas manando 
sangre! No es esta ciertamente la parte mas lisonjera de su des- 
tino. 

Pues si la elocuencia al raso tiene sas saturnales, también 
tiene grandes y gloriosos espectácolos. Vedla adelantarse ma- 
jestuosamente, precedida de banderas donde resplandece su 
nombre estampado de azul y oro. Paséanla sobre una carroza 
lirada por cuatro arrogantes corceles, y va hendiendo las olea- 
das de un pueblo que la admira y cubre su carrera de aro- 
mas y flores, haciendo con estrepitosas aclamaciboes retemblar 
el firmamento. 

Una voz aflautada, un pecho angosto, una baja estatura, 
gestos ülosóñcos y ojos humildes mirando al suelo, no sirven 
para la elocuencia al raso. El pueblo no comprende la elocuen- 
cia y el genio, sioo acompañados de los emblemas de la fuerza; 
respeta con gusto lo que ama; solo cede al que le empuja; solo 
se dobla bajo aquello que le agobia; nú comprende sino lo que 
oye bien; do clava los ojos sino en lo qne percibe de lejos; do 
entrega su corazón sino al qne le connineve; no ge inspira sioo 
de lo que él inspira; no hace bien sino lo que le enseSan, y el 
colmo del arte está en que el orador haga creer al pueblo que 
él es una mera bocina de sus opiniones, de sus preocupacio- 
nes, de sus pasiones y de sus intereses. 

Es pues casi indispensable que el orador popular sea de aven- 
tajada estatura, tenga robusta voz, varoDÍI preseDcia, y ojos 
llenos de fuego. Ea preciso que sepa mezclai'se tan bien con los 
qne le escuchan, que parezca no poder estar separado de ellos; 
que su cabeza descuelle sobre tes oleadas de la multitud, y 
qnecoD uua seSal las alborote, y las apacigüe con una mirada; 

(i) ReuDioDes popuUies para las elecclonea eo la Gian Breíaüa.— N. dil T. 

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1M LIBRO 

que domine como absoluto [odas aquellas almas, de las cuales 
aparenta ser esclavo; que interpele & su auditorio, que le esU- 
mule; que le ciSa con la dorada cadena de su elocuencia, y 
que DO le deje tiempo para reflexionar, descansar, ni dis- 
iraerse; que penetre en el fondo de snsenlraSas y revuelva 
en ellas lodos sus grandes sentimientos de libertad, de Igual- 
dad, de humanidad, de compasión, de virtud, que dormitan 
en el corazón de todos los hombres; qbe delante de todos aque- 
llos rostros admirados, de aquellas bocas entreabiertas, de 
aquellos ojos fijos y centellantes, evoque las grandes imágenes 
de la gloria, de la religión y de la patria; que nos extravie en 
risueñas praderas; que nos envié los ecos lejanos del caramillo 
pastoril, ó que salpicfuecon terrrones de sal sus alusiones fes- 
tivas; que apostrofe enérgicamente á las Inrbas, y espere su 
respuesta! y finalmenle, que alternando en estilos y tonos, 
poético y pintoresco unas veces, y otras jovial é irónico, nos ba- 
ga percibir ya el murmurio inmenso de la. ciudad , ya los so- 
lemnes bramidos de la tormenta. Un hombre ha aparecido do- 
tado de esta magia y de este poder: ese hombre es O'Connell (1). 



CAPÍTULO Vil. 



Ds U elocuSDCia oficial 



La corte de Francia (no hablo do la de ahora) fué siempre la 
mas culta y galante de Europa. En ella reinaba el monarca 
sobre los hombres, y las mujeres reinaban sobre el monarca. 
Odette era la reina de Carlos VI, Inés Sorel la de Carlos Vil, 
la Féronniere lo era de Francisco I, Gabriela de Enrique IV, 
la Hontespan de Luis XIV, la Paírabére del Regente, y la Pom- 
padoar de Luis XV. La corte imitaba al monarca, la capital 
imitaba á la corte, y las provincias á la capital. Los caballeros 



Cqi-ZÍ-dbvGOOglC 



DBLOS ORlDOHEá. 1K> 

CDmplimentabaD á las damas; los poelas cumplimealaban á los 
grandes señores; los gravea predicadores cumplimentaban des- 
de el púlpilo á los cadáveres de los principes, cubiertos COD 
sus sudarios de terciopelo y oro. Vollaire debió la miiad de sii 
gloria á la delicadeza caballeresca y gentil de sus lisonjas. En 
aquellos tiempos gastaban su vida los elegantes en buscar 
fórmulas para agradar, en saludar con gracia, en escribirse y 
hablarse pulidamente. 

Todo aquel pueblo de empalagosos aduladores fué después 
á estrellarse la frente contra los ángulos, bario pronuDciados 
en verdad, de la revolución; pero como una nación no pierde 
nunca su índole, el cumplimíenlo engendro la manifestación 
(Adresse) (J)'que salió por cierto lan suave, tan flexible, tan 
variada, tan afeminada, tan universal, tau embustera, lan ri- 
dicula como su padre el cumplimiento mismo. 

La manifestacioD es un arbusto peculiar del clima de Fran- 
cia; aqni prospera, se desarrolla, brota ramas en todas direc- 
ciones, y bojas de lodos colores. 

Imposible seria enumerar las resmas de papel que, de cId- 
cuenta afios á esta parle, han gemido bajo el peso de las feli- 
citaciones. ¿Qué francés hay, de los que saben leer y escribir, 
cuya firma uo se halle al pié de alguna esposicion? Nacimien- 
tos de principes, advenimiento al trono de una dinastía, sea 
cnal foere; muertes de reyes naturales ó viólenlas, asesinato ó 
tentativa de asesinato, casamientos y bautizos de hijos ó hijas 
de reyes, victorias ó derrotas, todo es bueno para los hacedo- 
res de exposiciones; el argumento les importa poco. 



(I) En esta parte de) texto hay una exproalon (Adrauj que es como la clava 
fnndameiilal de lodo ea[e capUulo, y cuya unidad nu nos potmile conservar en 
todos (08 casos el rigorismo de nuestra lengua, perdiendo poc conalguienle mu- 
eila parta de la eoergia enfíllca que dicha unidad da al original fraDOés. ia 
BSiela palabra Adretie BigniSca absolutamente cualquiera alocución, y el uao 
admite que se aplique con Igual propiedad 6 las diferentes especies de arengas 
que nosotros deEigSamoa ooq las difereatea vocea: Discurso de la corona, coates- 
lacion al mismo, exposición. lellcUacion, arenga, representación, y en suma teda 
irani)bliu4«i verbal 6 eacrila, ea cualquier sentido que sea. Como ealre nosotros 
el uso no permite esta lalilud, conservando la traducción única de JTani/ítlacion por 
tírust, bubléramoa despojado i sale bermoao capítulo del brillante colorldolo- 
ral que caracterlu r distingue da lodos IdS demás k cada uno de sus pírralos. En- 
tra dos Inconvanleutas bemos optado por el manor.— iV. iM r. 



c,q,zí<ib,CoOgle 



t« LlIRO 

Se firma por sedaccioD, se flrnia por miedo, se firma por 
cálculo; pero siempre ae firma. 

Ed las escribaoias de todos los tribanales, y eo los archivas 
de (odas las alcaldías y prefecloras (1), hay moldes de felici- 
laciones para (oda casta de gobiernos tegilimos ó ilegitimoB. 
Los modelos se despachan desde Paris, á fio de easefiar á los 
empleados cómo deben formular sa adhesión, y, en dia fijo, 
las autoridades acoden á la catedral para canlar en ella nn te 
Deum en honor de la república, del imperio, ó de la moou- 
qaia, salvados por la gracia del Todopoderoso; porque es 
sabido que el Todopoderoso desde lo alio de las esferas estre- 
lladas, tiene la twndad de lomar ¿ sn cargo las revoluciones y 
contrarevolDciones de la tierra, y derramar sus bendiciones 
sobre todos los gobiernos, cnalesqniera sean, con tal que que- 
den Irianfanles. 

* Si la guardia real de Garlos X hubiera revolcado en el lodo 
y la sangre á los héroes de las barricadas, es indudable que 
hubiera caido sobre las gradas del trono una lluvia de íelici- 
taciones; pero se hubiera dado al augusto monarca el parabién 
por haber puesto á Paris en estado de sitio, y por baber he- 
cho fusilar á Lafñtle, k Lafayette, á. Benjamin Gonsiant, á Ca- 
simiro Perier y á una buena parte de los iií (2), en calidad 
de traidores á la patria. El cabildo de Nuestra SeSora (3), con 
la mitra en la cabeza y vestido con sus mas ricas sobrepellices, 
hubiera pregonado sn vicléria con gran repiqueteo de campa- 
nas: los ministros de entonces le hubieran congratulado del 
triunfo alcanzado por la razón sobre el desorden, y por las le- 
yes sobre la anarquía, y la frase habitual de naeslros minis- 
tros del Mnque y del porque (4) se hubiera visto de esta sucr- 



¡11 CortespondeD ■ nuestroi goblarnos polilicoa.— A^. M T. 

(t) Esie tué el aün>ero de los diputidoi que proiesUroD contra tss ordentnus 
de Carlos X, y vordadeíameate hicieron y toflolaron en su provecbo la tevolu- 
CJOD de julloi de aquí proviene la odiosidad que ha querido derruinsr sobre esia 
donomlnocioD general (los ni) el partido republicano en Francia. £1 número 10 
de la Némnii de Barilialemy ea una amarga sátira conlra ellos: ae Ulula la Ja- 
liciadil futblo. SepufailcdéiltdelunlDdelSSt.— M. 

(3) La catedral de Parfi— Jd. 

(t) Alusión al ridiculo debate que buho en las cámaras y en la prensa, en 
Francia, después de la roTolucloD de julio, sobre si Luis Felipe ocupaba el tro- 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ORADORES. lOT 

le nsnrpada cod aniícipacion. {Láslima hubiera sido por eierlol 

Los consejos muDÍcipates, los consejos generales (1), los juz- 
gados de comercio, los prefeclos, los iribanales, los jefes del 
ejército, Tos diputados y los pares hubieran suplicado al her- 
cúleo mooarca qae aplastase con so pié i la hidra de la fH-en- 
sa, y DO gobernase en lo sucesivo mas que con buenos decre- 
tos 6 con leyes excepcionales, que son peores todavía. 

Todo eslo hubiera pasado al pié de la letra, como lo vamos 
refiriendo. 

Begla general: el cielo estásÍempr6porelqueTence(8); esta 
es la moral de las felicitaciones. 

Tan luego como uno de nuestros ocho ó diez gobiernos (digo 
ocho 6 diez, como podría decir veinticinco) ha tenido la dicha 
de libertarse de una trama, de un alentado, de una asonada, 
de una insurrección, de una conjaracion, de ana revoluciOD, 
de una máqnina infernal, de un cohete, de una puíialada 6 de 
un pistoletazo: ¡Dios ha salvado á la Francia! exclaman. 

De modo que Dios salvó á la Francia cuando la república 
malo k la monarquía; Dios salvó k la Francia cuando la res- 
tauración mató al imperio; Dios salvó á la Francia cuando U 
revolución de julio mató á la restanracion. ¿Es posible burlar- 
se de la Francia hasta este pnnto? ¿Es posible burlarse hasta 
este punió de Dios? 

Las frases qae producen efecto, el amor, el profundo respe- 
to, la leallad incontrastable á las repúblicas, anas é indivisi- 
bles, alas constituciones del imperio, á las cartas otorgadas, á 

no aunqu) era Sorban ó porqut ara Barbo». Ur. Dupin fué quien dld oifgsD i aiU 
CueslioD con lu célsbre írase iiuoiqvi Baurbmt.—N. iit T. 

(1) Los primaras oorresponden á nueairos ayuncamlenlos; de les degundoi no 
bif en España institución snftloga. Hay uno en cada departa mentó, y vienen á 
»er como loa eonujoi dt titado del prelecto. Loa Individuos de estos conaejo» 
Mn de Dombramiento real; loa de aquellos, 6 eean loa qpncejaleí, ion electi- 
vos.- Id. 

9) lo mlBaio viene t decir Dueatra coplllla papular: 
Vinieron loa aarracenoa 



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IM LIBRO 

los acnerdos adicioBales (1) yá las aoftastas dinastías, como 
también el celo sin limites, hacen pandísimo papel en las feÜ- 
citaciones. El género felicitación lo exige absolniamente; ni aan 
hay feliciíacioD sin estas palabras sacramentales. 

Por sn parle, loa veinliciDCO gobiernos felicitados se vistea 
lodos con los mismos ropajes, y calzan tos mismos colorDoiea 
el mismo Tesloario, y satén ante los mismos especladtves á las 
mismas tablas. Ora se atavian como no pontfRce det Ser Sn- 
premo, ora como nn presidente del directorio, ya como no (¿a- 
snl de la república, ya como nn padre del pueblo. Este ponela 
mano sobre sn corazón diciendo, qoe no ha vivido mas qu 
para la prosperidad de la Francia; aqnel qne no aspira, como 
Cincinato, mas qne al reposo flel campo; que el trono es nn 
carga mny pesada, y que las execrables facciones no le d^ 
dormir. Bonaparle anunciaba que estaba pronto á abdicar 
el consulado, mientras meditaba ser emperador. Otro, alza- 
dos los ojos al cielo, hablará de su doloroso sacrificio, exhala- 
rá tres largos gemidos del fondo de su pecho, y se dejará ar* 
chidotar. Ilecho esto, se mezclan familiarmente unos con otros, 
se aprietan las manos, se prodigan las mas amables sonrisas, 
se enternecen, y de todos los ojos corren las lágrimas de la pú- 
blica felicidad; pero ¡cuánlas veces, restituidos á sus gabineles, 
subditos fclicitadores y principes felícílados, se han echado & 
reir de la comedia qne acababan de representar (i) I 

Sin embargo, se vuelve á empezar. ¿Nú se representa por 
ventora en los boulevards cien veces seguidas la misma pieuf 
De otro modo, ¿qué sería de los actores, del teatro, de los man- 
tos, de los bastidores, de los espectadores y del dinero? 

En rigor, un presidente, un rey, un cónsul, un emperador 
podrian contentarse con reinar sin gobernar : pero no hablar, 
eso nol Habla nn abogado, habla nn diputado, habla no indi- 
viduo de la universidad, habla todo bruto; y no había de ha- 
blar' el reyl Bueno fnera! la lengua se subleva á esta ideal 



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DE U>S ORADORES. If* 

Babia la carta de violar la natnralezal Se ha arreglado, pues, 
la cosa de modo qne el principal mandario, sean CDales fue- 
ren SD sombre, su dinastía y su gom , encaje una vez al 
año, en púUico, su discurso do apertura al parlamento; fae- 
na que por h comnn desempeBa con muchisimo salero, cu- 
bierto delante de tos represeDlaules del pueblo soberano, lo que 
no es acto sumamente cortés, y rodeado de militares con el sa- 
ble al cinto, lo que acaso do es may constitucional. 

Los pronombres , mis vasallos , mi ejército , mi marina , n» 
gobierno, mt tesoro sobre lodo,, engalanan con sds graciosos 
posesivos la elocuencia de la corona. Si ocurre que se contra- 
dice incomparablemente de atlo en alio , y de nn discurso á 
eiro, no hay que hacer de ello el menor caso , porque los qne 
bablan por la misma boca, y ¡qué bocal |una boca real! son 
ministros diferentes en nombres, en fechas, en caracteres, en 
planes , en opiniones y en conduela. Todo pasa por aquella 
boca: boy la paz, maSana la guerra , ahora dotaciones , luego 
infantazgos. Derecho común y monopolio , religión y filosofía, 
libertad y censara, nu discurso de la corona lo comporta Iodo 
Y lodo lo promete; salvo la disminución de las conlríbnciones; 
lo qne es en este punto, no hay que esperar variante alguna. 
¡Discursos del primer aRo, diuerol ¡Del segundo aSo , macho 
dinero! |Del tercer año, mucbfsimo dinero! y asf sucesivamen- 
te, sin que se prevea el fin. Tal es el fondo propio, el fondo 
sólido y macizo, el fondo metálico de los discursos de la coro- 
na: lo demás son puramente adornos y atavíos, mas ó menos 
literarios. 

Los discursos de las cámaras en contestación al discurso de 
lacOTona, no son masqaeJQStas parlamaitarias delante de 
los embajadores de Europa, y de las agraciadas damas de la 
galería. Cada uno de los retóricos que salea la palestra, se cree 
obligado á exhalar, á propósito de negocios extranjeros ó de 
aanntog interiores , todo lo que tiene allá ea sos adentros ; y 
como no ha hablado en seis meses , y tiene sed de hablar , y 
quiere hablar, y hablará y hablará, hace durar la diversión— 
bario lo sé yo, oyente, — lo mas que puede. Apenas el primero 
inscrito en la lisia de aquellos justadores ha preparado su 

Cqi-ZÍ-dbvCOOgk' 



170 LIBRO 

trozo de elocoencia, agitado sd lengua y sne brazos, y sndado 
copiosamenle bajo sn loga, pasa al vegluario, mnda de l^aj^ 
y Be larga síd volver & pensar en lo que acaba de decir. T 
Inego empieza otro la misma operacioo, y oiro en seguida, y 
después de este otro; de tal suerte, que los miiiulos, las boras 
y los diasse pierden en revolver, y enlTirbiar el agna de 
la mas clara caeslioD. Hecbo eslo, y ya una vez vaciado el 
saco de las palabras, el presidente de la cámara pega en ta vi- 
driera, con cuatro obleas, el discurso de la corona, en el cual, 
acercándose , puede cada cual leer lo que sigue : 

«Sefiores: tengo la satisfacción de anunciaros una bnflU 
■ noiicia, y puedofeticilarineeumptidameDle con mis amados 
«y leales súbdilos deque la bactenda de mi reino se halla en 
«el estado mas pnispero; de que las rentas exceden con mucho 
«á los gastos; y de que, mediante un empréstito de algunos 
«centenares de millones , todo lo mas , podremos de aqui ea 
«adelante, lodos los aQos, hacer frente, con- la mayor economii 
«posible, á todas las eventualidades. » 

Gn seguida el presidente, cogiendo entre el Índice y el pn)- 
gar el papel en que ba de escribirse la conleslacion, calca so- 
bre el vidrio el discurso de la corona, y lee á la cámara el pár- 
rafo primero , arreglado en estos términos : 

«Sellor: tenemos la satisfacción de recibir la buena noticia 
«que nos da V. M., y nos felicitamos cumplidamente con V. H. 
«de que la hacienda de su reino se halle en el mejor estado; 
«de que las rentas excedan con mucho á los gastos, y de qne, 
«mediante un empréstito de algunos centenares de millones, 
«todo lo mas, vuestros amados y leales subditos puedan ayn- 
«daros, todos los aftos, á hacer frente, con la mayor economía 
^posible, i todas las eventualidades. » 

A medida que van ocurriendo Duevos párrafos, s« repite la 
misma ceremonia, no sin acompaSamiento de comentarios, glo- 
sas, escolios, disputas y perífrasis; y solo cuando ya van perdi- 
dos quince dias de esta suerte, se echa de ver qne,para llevar la 
obra á cabo, do ae necesitaba arriba de un cuarto de bora (1). 



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DE LOS ORADORES. 1TI 

Por lo demás , sí el régimen parlamenlario no taviese , de 
vffl eo cuando, eslas diversiones qae ofrecer, ¿con qué habis 
de dÍTeriir al pueblo mas ingenioso (1) de la tierra? 

No olvidemos, empero, y eslo es mas serio, que tas fa- 
Fmosas conteslaciones de Mirabeau y de Royer Gollard derriba- 
ron, mediando cuarenta afios entre una y otra, las manarqnías 
de Luis XVI y de Carlos X. La cosa se bizo, es verdad, qod la 
I mas esqaisila urbanidad y con indecibles miramientos; ¡lan 
cierto es qae la forma nunca daila al fondo! 

No se crea que esa maoia gala, esa comezón de hablar que 
experímeotan nuestros FaraHiundos de todas las razas, puede 
satisfacerse con un solo discorso de aperlnra; hasta se ha sos- 
tenido que si alguna vez hubo dos legislaturas en el mismo 
afio, fué únicamente por suministrar á la corona dos solemnes 
ocasiones de hablar, y aun también que, si la caria de ISli 
dividió el parlamento en dos cámaras, fué para que la corona 
tuviese el placer de dar respuestas á los dos discursos de los 
pares y de los diputados. Yono podré decir á VV. qué hay de 
verdad en esto ; sin embargo , no me sorprendería que estu- 
viese oculto en la caria un sentido tan profundo. 

Sabido es que no hay cosa mas común que las comidas, los 
bailes y las festejerfas (2) de la corle. Pero jvivan sus solem- 
nidades representativas donde no se consumen mas que pala- 
bras! Asi como hay en el Calendario gregoriano ciertos dias 
festivos en que se paede alabar á Dios mas particularmente, 
del mismo modo hay en et calendario palaciego ciertos dias 
oSciales en que puede tomar sus anchas y atracarse para (oda 
el afio ese gran prurito de perorar. 

En tales días, todos los cuerpos copstiluidos se presentan 
delante de) pío monarca, entre la misa y las vísperas, y desfi- 
lan en procesión. A medida que los va llamando el ujier de 
servicio, el decano de cada compaOia saca de debajo de sa 
manto an pebete de oro , quema en él algunos granos de in- 

11) Lt ptupli ¡e flm tpiritutl á» la (nra, deuooiLnscion que mudedUmeote m 
fl"n & if propios los tr«ncoseí.-JV. dd T. 

B) Bidiculo oeologlsmo, coo el que bemos procurado traducir si no manoa ri- 
diculo del iBito |'Mfi>wrifi.-7íí. 



_iv,Coog[c 



nt LIBRO 

cieDSO, saluda y se retira. Cuaulas son las corporaciones, lan- 
íos son los discargos; caanlos son los discursos , lanías son las 
contestaciones. El taquígrafo recoge en ana punía del manto 
real toda esta cosecha de elocuencia. ¡Estos son los grandes 
dias de la monarquía! 

El primer dia del aQo sobre todo, qné gran dia! Apenas da 
el toque de las doce, toda la nación oficial se calza, se peina, se 
compone, se repule, se prepara una cara propia de la circuns- 
tancia, repasa entre dientes alguna mentira, y con los pies he- 
lados y la cabeza descubierta asalta las escalinatas é inunda 
los atrios del palacio. 

Un extranjero que asistiese á estas solemnes recepciones, 
donde se han arrastrado y ensuciado tantas casacas , tantas 
togas y tantas conciencias (1), creería que la Francia esd 
país mas feliz, mas anido, mas Doreciente y mejor gobernado 
de la tierra. En ellas los principes son siempre héroes y gran- 
des reyes ; no respiran , hasta que caen del trono , mas que 
para la felicidad y la gloria del pueblo francés. La hacieoda 
que, en los presupuestos, sucumbe lúgubremente bajo el peso 
de las cargas y de los gastos, no se présenla delante del mo- 
narca mas que en traje dominguero, y como un hombre qae 
vive de sus reñías y no debe nada & nadie. Las facciones han 
qoedado vencidas y desarmadas para siempre por la faeria 
del gobierno en el a9o que trascnrria , salvo á empezar de 
nuevo en el corriente año, para quedar nuevamente vencidas 
y desarmadas para siempre por la fuerza del mismo gobieroo. 
El cuerpo diplomático protesta de su deseo de una paz inalte- 
rable, en el instante mismo en que está maniobrando sorda- 
mente para turbarla. ¿Tiene el monarca nn hijo? se hacen vo- 
tos por este ilustre guerrero. ¿Tiene dos, tres, cuatro? á todo* 

(t) No aliamos eeguras de baber iQierpretsdo bien aquí el pensamlula d«l 
»uUtT.EItex\oú\co:tantd'habili,dtrobetttdte»ntcÍ4nef.Ea I» lengu* trtrKSU 
•aiBUy comuii que una mlama palabra deelgne cosas muy dlutinlad: asíAni".*!''* 
bIríi I Bca tnv' itiilido en general, signiQca lambían fme, cmaca, ú «uli^' ■* 
katpbrí: — robt e» proplamonle M»(«(o talar , y lo mismo atgnlSca nítido ii ^*V 
que «fla ó fioloniirati. ¿El aulor ba querido contraponer aquí hoftff i rüH e™» 
mies de hombre y de mujer en general? {4a es probable, porque en 1*> soiem»'- 
dadeadeque babla no sueleo figurar lasseflorsa. Lo regulares que baT^qu*"^'''* 
dealgoar á ios «IJUaro y i kia,KjadM.— iV. iü T. 



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DE LOS ORADORES. 17) 

cuatro se les coloca , en sendos pedestales, en el templo de U 
Fama. ¿Qué no se ha dicho del béroe del Mediodía , del ven- 
cedor del Trocadero , del pacificador de EspaSa , del duque de 
ADgnlema eo fin? Apenas se acuerda ya nadie de que baya 
existido ese DetGn (1) (an felicitado. ¡Para que se vea lo que 
«8 la gloria! 

T sin embargo todos tos príncipes la quieren! á la cuenta 
esta es la necesidad de los corazones grandes, y todos los prin- 
cipes, como nadie ignora, tienen grandes corazones. Los prin- 
cipes de aquende Jnlio no han degenerado, bajo este concepto, 
de los principes de allende Julio , porque como ellos quivrea 
gloría. Gloria necesita el duque de Nemours, gloria el princi- 
pe de Joinville, gloría el daqne de Anmale, gloría el mas pe- 
qnefio, gloria también el cbiquirritillo (2); y si los respetuosos 
¿rganos de tas corporaciones del estado no se la concediesen 
en sus felicitaciones, la obtendrían íi lo menos en las conles- 
laciones, de la gratitud real y paternal; siempre , entendámo- 
nos, bajo el refrendo responsable de los ministros. 

Y el segando dia del año, cuando el saco de tas arengas está 
todavía lleno de la provisión de la víspera, ¿no se ha de se- 
guir vaciando? ¿No hay que pronunciar todavía discursos? 
Dios mío. Dios mío, ¿cuándo acabarán con lodos sus discur- 
sos? Es preciso que el rey se esté de pié para oÍr al gran.maes- 
tre de la universidad (3) que habla despaes del presidente del 
tribunal , y al canciller del Instituto después del presidente , y 
al prefecto después del canciller, y al general después del pre- 
fecto, y al arzobispo después del general. Dios mió, Dios mió, 
icuándo acabarán con todos sus discursos? 

Las arengas oBciales se pronuncian todas en dia y bora fijos; 
pero no hay dia, hora, ni limites paralas arengas espontá- 
neas. Apenas una novedad de palacio , próspera 6 adversa, 
verdadera ó falsa, cunde por la ciudad, se ve á una turba de 

(I) Salildoeique sale titu1o(DeIBp} era el quelenlaaa Frnncla, mies dala ro- 
mochio da juila, el prlaclpe herodero. que ahora te IIqihb principe real.— 
S.MT. 

(I) Bale Bsri alo duda el Conde de ?aris, Dieto del rey. El inlerior seri regu- 
larmente el daque de Uonlpensler, el ülllmo de sus bljoB— Fit. 

(3) Equivale t nueairo leciur solo que se considera mucho mas alia su dlgnl- 

sta.-id. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



17t UBRO 

oficiosos diputados, cod el cabello erizado, ecfaaodo llamas por 
loa ojos, correr desatentados por los corredores del Palacio-Bo^ 
boa, hablándose á sí mismos, y lanzando inarlicDlados grílos. 
Una manifestación! pronto una manifestación! ¿dónde esl&n los 
cneslores? ¿donde está el presidente? ¡vamos á palacio! T vao, 
y bailen, y se sofocan, y cada cual, sin informarse apenas de 
lo que se trata, se agre^^a & la escolla para manifestar «ila- 
aíasmo. 

Ciertamente no me admira qae todos esos dignos dipnlados, 
empleados en propiedad ó en perspectiva, se maniñeslen tan 
celosos é impacientes; nada mas justo. Luego, dicen que re- 
presentan la nación, loque admito también, basta que baya 
prueba en conlríu-io. 

Fuerza es reconocer, además, qae esas manifestaciones á ga- 
lope producen siempre dos buenos efectos: primeramente pme- 
ban que los que las hacen tienen celo y aman á su rey, y Inego 
qae los que no los imitan son por lo menos facciosos, cuando no 
republicanos. Servirse á sí propio y perjudicar á sus adversa- 
rios es, convengamos en ello, obrar con bastante habilidad. 

En estas graves y solemnes circunstancias, el Monüor cnida 
de decir que las cámaras han ido en masa á llevar á palacio 
la sentida y profnnda expresión de su júbilo 6 de su dolor, to- 
do ello según la naturaleza del asunto de que se trata. Si, por 
el contrario, las cámaras en masa, saliendo de su palacio, fue* 
sen á dirigirse á la corona para pedirle el cambio de sus mioi»- 
tros, el Monitor no las llamaria entonces las cámaras leales, 
sino tas cámaras sediciosas, y loscentinelas, cruzando bayoae^ 
delante de ta paerla, les grilarian: jAlto ahil ¡no se pasa! 

Y se diría por supuesto que son unos cuantos individaos amo- 
tinados que deliberan donde no deben, y sobre lo que no entra 
en sus atribuciones, y que van á imponer á la corona sus apa* 
sionados y tiránicos caprichos; de modo que, cuando se va i 
elogiar, lodo es bueno, todo es legal, y cuando se va á viln- 
perar, todo es malo, lodo es ilegal. ¿Qué sabemos? ¿Acaso sea 
esta también una de las consecuencias de la carta-verdad (l)t 

[I] Atusiun á aquella expresioa, que luego iia dado mÍLrgeu á tantas TactÉmlii'' 



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DÉLOS ORIDOREE. 175 

Pero las manifüstacJODes que con mas complacencia consig- 
na ú Monitor en sus largas columnas, son las de la gaardia 
nacional y las de los consejos municipales; y la razón es esla. 
Caando las corporaciones del estado nombradas por el poder, 
pagadas por el poder, ascendidas por el poder y condecoradas 
por el poder, alaban al poder, dice la genle: claro eslá,! ¿Qué 
tiene eso de eslraüo? En vez de que cuando los que congrata- 
lan son la guardia nacional y los consejos mnnicipales, excla- 
ma: ¡Oh lisonjera espontaneidad de unos cuerpos indepen- 
dientes! No es esa voz el eco de un corazón sencillo, de un co- 
razón penetrado? Ab! ese si que es un júbilo verdadero! ó bien, 
— Ah! ese sí que es un sincero dolor! 

En cambio es preciso decir que si la guardia nacional quiere 
ensetiar los dientes, se le lapa la boca, y que, si insiste, se la 
disuelve. Lo propio sucede con los consejos municipales, y de 
esta suerte se establecen las compensaciones. 

Los panegiristas oñciales tendrian gusto en que citase aquí 
aas nombres, profesioues, frases y domicilios, y yo le tendría 
también en bacerlo; pero la lista, en verdad, sería demasiado 
larga. 

Sin embargo,. no puedo prescindir de pagar an justo tributo 
de homenaje á los seGores empleados asalariados por el go- 
bierno. Reconozco con placer que siempre han sido fíeles. & es- 
la grande y hermosa máxima: El que paga debe recibir ala- 
banzas del pagado. Por lo tanto, aunque nuestro desventurado 
país ha pasado, de cincuenta afios íi esla parte, por tos siste- 
mas mas opuestos entre si, en el nombre, en la forma, en los 
principios y en la práctica, jamás los empleados han dejado 
de asegurar & cada uno de aquellos tristes gobiernos, que siem- 
{ve era el mejor de los gobiernos posibles, que labraba la feli- 
tídad de la Francia, que debía levantar su maza y aniquilar 
& los facciosos, y que si í<ucumbia, la patria, herida de un gol- 
pe mortal, se hundirla con él en la sepultura. Nada tengo que 

chilles, proDunciada por L11I3 Felipe en el tlotel de Villa tCasaa Consistoriales) da 
Paris después de la revolución: lEn lo iucsbIvo la carie será uoa verdad > Ti- 
■Bon jgu ]iarlldose quejan deque no lo es abora mas queen tiempo de los Bor- 
IWDes; Y en ereclo,los estados de aillo f ¡as durislmas ItjlM dt «ilinnbra do dejan 
de dalles alguna rauía.— .V, itl T. 



Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



176 UIRO 

decir sobre esto, sino que los señores empleados barias muy 
bieo eo conleotarse con asistir puntaalmeote á sus oficinas, 
¿ las diez de la mafiana, para no salir de ellas basla las cua- 
tro de la tarde. 

Por lo locanle á los seBores jueces cougraluladores, creo que 
bay en la carta un cierto articulo 48 que les manda admiois- 
trarlajusiicia con alma y vida, sin levantar maoo, y á todas 
las boras del dia¡ y paréceme h^ber oido decir que anda por 
esos mundos de Dios una multitud de litigantes que tendría 
tanto placer en ver á los seOores jneces ponerse á juzgar sos 
pteilecillos, como irse á barrer, con la cola de su toga enea^ 
nada ó amarilla, las antesalas de las Tullerias. Nadie segura- 
mente duda del celo de los señores jaeces por la persecuciony 
castigo de los crímenes, ni de su inalterable amor á la perso- 
na del principe, porque todos los principes legítimos 6 ilegíti- 
mos, lo mismo los príncipes nacidos en el trono que ios que 
ban nacido lejos de él, bao ido cargando sucesivamente con los 
sinceros y tradicionales homenajes del inalterable amOr de tos 
sefiores jueces. Abí está la bistoría pai'a condenar al que lo 
dude. 

A mayor abundamiento, to que conviene qa« sepan los ingle- 
ses, los españoles, los rusos, los prusianos, los austriaoH, Im 
badenses, los bávaros, los wurlembergueses, los hesenses, los 
mecklemborgenses (1), y lo que no es por cierto el lado menos 
ridículo de las arengas oficíales, es que el instituto de Franda, 
la aniverstdad, el clero, la guardia nacional, el tribunal de 
casación, el tribunal de cuentas, la audiencia, la cámara de 
los diputados, la de los pares, el tribunal de comercio, y to- 
das las corporaciones posibles, no saben, al entrar en el [ala- 
cio de las Tullerias, ni la primera sílaba de todas las lindeías 
que va á ensartar en su nombre el orador decada corporación. 
Verbigracia, ese golilla con pieles y gorra (2) arralla, en nom- 
bre de la magistratura, nn idilio florido, absolutamente cmno 



(1) Hemos farmtdo por aaatagla esLas termi Daciones, sin la prelsnston de SU- 
laapor buenas, j bo\o por conservar fielmente el giro del leítoorlglaal.— i"-*! f. 

(1) Fourri ti toqui. Algunos magisirados en Francia uaaD en sus trajes deMM- 
monlaesclavInasóTuellasda armiao, y gorrasdedirerenleabecburas.— M. 



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DE LOS 0UD0RE3. 177 

hablaría Celadon á Amarilis. Ese corpnlenlo coronel desentu- 
mí 80 tizona oratoria, y laja y hiende en tercera y en coarta, & 
nombre de los sDÍdados, la hidra de la anarqola. Esotro gran 
maestre de la universidad, snella en fabordon la campana de 
alarma, y craza á palmetazos las piernas de los barbados pro- 
fesores qneleacompafian. Aqoel canciller déla academia frac- 
cesa estropea la gramática, y este presidente de la cámara re- 
Inerce el pescuezo á la carta, como se lo retorcerla á dd pollo. 
Pero no se Imaginen VY. qae todas esas ilnstres comitivas que 
se vuelven de las Tollerias á sos casas, reronfnllando entre 
dientes y para so golilla, guarden el menor resentimiento al 
orador porque ha babtado en sa nombre sin consultarlos, li 
porque ha hablado mal. Nada de eso! si reruofuDan es única- 
mente porque ha hablado solo, porque les pesa eo el alma no 
haber podido hablar todos á la vez. 

Verdaderamente diría cualquiera que los reyes constilodo- 
nales, las dos cámaras, las cinco clases del instituto, las aper- 
toras de los tribunales, las oraciones fúnebres del pulpito, los 
juzgados {¡riminales, los bautizos y casamientos de principes, 
los banquetes patrióticos, ios comicios agrícolas, las revistas 
déla guardia nacional, los teatros y loa entierros, no se han 
inventado expresamente, en nuestra hermosa Francia, mas que 
para los regocijos y solemnidades de la palabra. Un viento de 
parlanchinería sopla de los cuatro puntos del horizonte sobre 
nuestro sensible, olvidadizo y amabilísimo pueblo, y arrastra 
en SD torbellino el derecho, la lógica y la verdad. 

No, no hay en las cuatro parles del mundo poeblo mas com- 
plinaeulador que el mandarlo galo, como no sea tal vez el chi- 
no. Si se le encajasen á nn mono las mangas de una casaca 
real, al punto mismo veríamos á la turbamulta de los emplea- 
dos titulados, bordados, dorados y llenos de ciotajos (1 ) precipí- 
tarae, con los l^ios p^pitanles de alabanzas.á los pies de S. M. 
el orangután. 

No, no hay bribón entronizado, principe imbécil, tirano le- 
gitimo, usurpador reinante, septmbrizaáor (S) corta-cabezas 



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tn UBBO 

que, k sQ tiempo y ea los bnenos momeólos, no bay» sido a^ 
bade y ensalzado, para ser Inego, á bu [lempo UmbieD, tnúd»- 
y wrastrado de bn eatafatces de( pwletHi k las geaneDlaa dd 
muladar. 

No, no bay pais donde mas se baya atrasad» en prosa y es 
verso del paBeglrico, de la hipérbole y de la apoteosis. Quien 
oyera i los necios del imlitato, creería qae tod(» los acadésú- 
cos son celebridades; qniea oiga á las prostitotas de la ciadad 
y de la ciírle, creerá qae tedas las mancebas del rey son mn- 
jeres de extremada virtad; qaien oiga á los cortesanos, ereerit 
qae lodos los principes rubios ó pelmegros son na límto i»anlft 
saperiores á Napoleón; qniaioigaáios dependientes dd Pala* 
tío BorboD, creerá qne todos los dtpntados son anos inírépidw 
mártires de la libertad; quien oiga á los del Lnxembnrgo (1), 
qne todos tos pares de mostrador son anos grandes scAnta. 
Qaies oiga á la gente de iglesia, creerá que cada prelado es nn 
santo, de tal suerte qne, s^un ellos, todos tenemos la delec- 
taciott deviyir en nn país de vírgenes, de genios, de héroes, 
de grandes hombres y de bienaventurados. 

La peroración va ganando terreno: me destombra los <^, 
me atruena los oídos. ^A. ddnde huir? ¿dénde escóndeme? 

Eal ya me lleva ese serio magistrado en pos de su comitiva. 
Sobe la escalinata del pabellón de Flora (i), y prosternándose 
delante de nn chiquillo de tres affos, le dice; aS^ar, acabamss 
«de saber por vuestra nifiera, con [M'orundo sentímieoto, que e»- 
tita noche babeis tenido un cólico. Ah principel algno día se- 
«rasel monarca mas granda de la tierra!» Oidolo cnal, pre- 
gunta el Difio, llorando, por qué no quieren voNerle su ca- 
baHito (3). 

¿A ddnde se precrpilan esos jardineros pdf ticos y canpe»- 

tali»aaapitliea{ciirniUili taltitjmblititif) que dDraDl»losdlH) jS dewUamK* 
de 1TW IdvbJM [aa corceles de París, y comeliúen ellas los DiaasaugriBatoa bOF' 
(ores. Luego se áió por ailenslon el mismo apodo á iodos los que, ducaote la re> 
TohiclDD, predlcaroD' doctrinas da $uigre y exterminio.— JV.dil T. 

(I) En el palacio de ene Dombre celebra íus sealooea la címara de loa p«> 
rea— Id. 

(1) El lado dalasTulleriaaque habilabala duquesa viuda deOrleans (omu 
dos hijoí, el conde da Ptiris j el duque de CberlrM.— M. 



_iv,Coog[c 



DE LOS OUDÓHKS. tT9 ; 

tr«9 de la Bodedad de horlicntliira, con sd liesto de «Ihínm en la 
mano? Van hnmildemeDle á ofrecer al rey aos feiicitaciODes 
cragralalatorías y laeritnalorías. ¿Y qaé responde el rey? El 
rey, confuso en vista de tan oaevo caso, y no es para menM, 
responde con admirable preseneia de ánimo, qne la alocu-' 
don de aqoelios jardineros es el mejor eonmeto qne pnede'fe- 
cífair. Confeaemos que la salida no es de las mas infelices (1). 

¿A dónde van esas doncellas con sns canastillos de rosas y 
laareles? Hincad !a rodilla, profanos qne holláis la tierra santa 
de loa miKrtosI Escachad esa fúnebre oración en qne os ha* 
üdn de la vamdad de la vida y del menosprecio de las gran- 
dezas! Venid, hombres soberbios, que todavía tenéis en algo 
la vana gloria; yenid, acercaos todos, y leed racnlpida en el 
mármol, ea letras de oro, esta fúnebre inscripción tan bella en 
SM sencillez y qne lo dice todo: Aqai yace an especiero (!). 

¿QaiéB es ^e otro abacero (3) á qnim nn centenar de 
electores con patente acaban de nombrar diputado de la Fran- 
cia? CómoT También á este nna arenga de felicitación! y qaé 
Tan á decirle? Acércase el magistrado manícipal con so faja 
tñcdor, y descQtR'iéndose: «Merced á la recomendación éú 
excelcmUsimo seOor ministro de policía, dice, cayo proveedor 
sois á precio eqaitalivo, acabamos de de^ros para representar 
& la Francia Mt- general y al comercie de abacería de nne»- 
tra localidad en particolar. Gaando se trate de ios grandes in- 
tereses de la Francia, no perdáis de vista, seDor dipntado, oh) 
DO perdáis jamás de vista el campanario de vneslro lagar. El 
CMOpanario es la patria (4)1 » 

«St, amigos mios, mis amados electores, responde el pro- 
veedor del ministro, la patria es el campanario! Soy francés, 
P«re soy abacero ante todo, y en las grandes como en las pe- 
qoefias ocasiones, sabré manifestarlo (5). » 

()} HJsbirico. 

n Histórico. 

(3] Acaso DO eiUrí de mas prevenir aquí que uu especiero ú abacero (BpicitrJ 
en PTBDcla se considera como el símbolo déla Incapacidad, como e) lipo mu 
acabado de un hombre prosaico, malerlal y síndlo. Es algo mas que el bourgttb 
; algo menos que eljobard. — N. dtl T. 

(i) Esta expresión pierde necesarUmetile su chiste en la traducción i, lo peor 
M, que no puede suplirse con otra IgualmenLe expresiva.— /d. 

(0) Véanse los discursos poalerlores & lis elecciones. 



c,q,zí<ib,Coogle 



w Limo 

Los pares, qae no paeden perorar con los electores en su in- 
terés reciproco, pues que el ministro solo es quien refrenda 
sos nombramiMitos, después de nn bnen almuerzo, toma copio- 
sam^ite su revaneba en el género de la oración fúnebre: no 
hay par difaBto.qne, á pesar de la oecaridad de so vida entera, 
paóda lisonjearse de evitar las llagas de la oración postuma. 

Y no crean W. qae el panegirista luxembargaés, para ei- 
halar su dolor, vaya á bascar á su muerto bajo la piadosa 
sombra de los cipreses y de las sepulturas: su palabra necesita 
la luz del día y de la gloria; y delante de la cámara de los pa- 
res, en plena asamblea, es donde soltará la voz á estas ó seme- 
jantes razones: 

■Ilustrisimos y afligidísimos colegas, permítanme vuestras 
se&orias que refiera delante de ellas la solemne y resplande- 
ciente vida del conde Chopart, muy alto y muy noble par de 
Francia. Nació en una aldea, de au padre aldeano. Se crió al 
pecho ó con biberón, pero debo decir que en este punto no es- 
tán may conformes los historiadores, y aprendió á leer en la 
escuela. Luego fué, por espacio de veinte aOos, escribano, re- 
caudador de contribuciones 6 boticario; después de lo coat le 
nombraron dipn lado, y después par de Francia; prestó jura- 
mento á Luis Felipe, después de habérselo prestado á Carlos I; 
votó por M. Guizot, después de haber votado por H. Thiers; 
en fin, se morió después de haber vivido. Hombre estupendo, 
qOe la tierra te sea ligera (1)!» 

Ahí buena la iba á hacer! Sin mas ni mas se me olvidaban 
los discursos de apertura de tribunal (8), otra variante de la 
elocuencia oficial. Sé muy bien que todo hombre que se mete 
á escribir, y ¿quién con mas motivo que yo? tiene mil razo- 
nes para no malquistarse con la gente de curia, y por mi parle 
protesto que profeso á su elocución lodos los respetos imagi- 
nables. 

En las homilias de estos seSores hay dos especies de lengua- 
jes, uno para el público, otro para los iniciados. 

(I) Véanse loa elogio» de los paresmuerlos. 

(3) Bn francés irurcwíatii, toi que lamblen slanlBca olraa varias comí.— 
N. dilT. 



_iv,Coog[c 



DE LOS ORADORES. -181 

Reqaisiloríns hace & las mil maravillas este doble papel, y 
caando despnes de los idut de noviembre, llegan las grandes 
aperturas de la magistratara y del foro, Reqaisilorías 8e ea- 
casqueta inlrépidamenle sd bonete hasta las orejas, y reman- 
gándose loB brazos, comienza asi sa arenga en partida doble; 

{En alia vos) «Abogados! individuos de esta ilustre orden, 
tan pura como la-virtud, tan antigua como la sociedad, tan ne- 
cesaria como la justicia, sin duda sois los mas desinteresados 
entre cuantos mortales pueden tener que habérselas con las 
viadas y los huérranos. » 

[Bn vos baja) «Eso no impide, como bien supondréis, oh abo- 
gados, que los mas encopetados curiales alleguen moy legiti-r 
mámente hacia el fin de sus cansados dias, dos ó tres millones, 
á fnerza de no tomar nada, y por ello les doy el parabién, tanto 
mas cuanto bien quisiera yo, pobre sustituto, hallarme en su 
pellejo, n 

[Enalta vos) aAbogadoa! todos sois, nadie lo ipora, y so- 
bre todo desde la revolución de julio, todos sois inaccesibles al 
bvor y & la ambición. Os encerráis en vuestra profesión, y 
vuestra modestia esparce su perfume, como la violeta & la som- 
bra de los altos bosques.» 

(£11 vos baja) «Verdad es que se hallan mochas de esas vio- 
letas, formando ramilletitos en las escaleras de todo ministerio, 
y veo con placer que tienen embalsamados todos los salones del 
poder. » 

(£ft alta vos) «ProcoradoresI á vosotros me dirijo ahora. 
¡Procuradores! sed Armes, exactos, puntuales y vigilantes en 
la manutención de las actuaciones, y no abultéis los procesos 
mas de lo que lo permite la capaádad de las carpetas, v 

{En vos baja) «Cuando estoos recomiendo, procuradores, ya 
OB haréis cargo de que mi objeto es únicamente encargaros que 
no esquiléis muy k raiz de las carnes á vuestras ovejas; tos 
tiempos están fatales, las plazas cuestan mucho, y no debéis 
echar «i olvido el arte consumado de ios antiguos procurado- 
res que tan superiormente sabian cebar los procesillos. » 

{En alta voz) «T nosotros, magistrados, seamos tan ínte- 
gros, tan conciliadores, tan virtuosos como lo fueron naeetros 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



m UHO 

padns, qas se qaedabui ea aaa oasas y se coDl«nlabaa coa 

jBigar coa» verdaderos Dan^xa (1). » 

(£ii fox baja) «No neoesito; doctos é inleligeDles compafie- 
nw, aaplicaroB que do toneis mis expresiones al pié deia4eb-a, 
y eo ^eto ¿para qoé serviria qoe ú vapor hiciese girar las rue- 
das de los barcos, ó que las locomotoras nos arrebalasen por el 
espacio ooD la rapiden de la flecha, si do nos aprovechásemos 
de ello como todo el mando para dqar nnesW pseblo y se- 
goir el oamino real de la plaza de VeodomeT En la chaocille- 
ría, en los salones del ministro, y solo alH, es donde podremra 
ostentar los raros méritos de qne tan magnifícamenle nos has 
dolado la nataraleza y la ambicioQ. AJU, allí es donde los grao* 
des servidos qoe hagamos dos oondacir¿D & los graDdes soel- 
dM, y solo eoD grandes sueldos, mu qaeyo lo sabéis, doctos 
é inleligeotea compafieros, pneden levuitarse grandes casas!» 

Nada diré de esos concejales con sus ropas domingoeras, 
de esos prefectos bordados, de esas vírgenes podibanáas qae 
se«Bcarren por estre los gen liles- hombres, los lacayos, los co- 
cheros y las nodrizas de los principillos, y que á riesgo de pe- 
Twex bajo las ruedas del coche real, se proslernaD en ia adora- 
cioD y ea el polvo. Ahí jCa&ntos de esos coches reates he viste, 
tiradm algan día á fuerta de brazos y engalanados con infioi- 
las flores, ine luego tristemente cubiertos de imprecaciones y 
d« &Dgo por los solitarios caminos del destierro (2)! 

¡Nación siognlar, que se pone á loa pies de sus reyes, á me- 
nos que los male, y que se titnta soberana, á m^tos qne 
eUa misma se ciña al cuello la rienda, el bocado y los casca- 
l»l«i! 

V V.,MnA dirátal veZi'Y V., implacablecensor ¿no \km 
per dtoha que confesar cu su nombre ó eD el de los sayos, 
«¡orlos pecados de elocuencia eft:ial qne comete, á su Biodo, la 
^uaicion extra- [wrlamentaríaf Sin dada, y probablemente ala* 
£r^ W. ¿ los banquetes patrióticosl ¿Y por qoé no he de de- 
cir can la franqueía [H-oiña de na hombre que m es el cortesa- 

(|l) iJoiufla ilsnlflca tonto, tnmuc^a, paro«gu¡ ae loan en buent pute,«D á 

ceotldo da hmnbrí di bitn.~S. dtl T. 

■K VUdBs UianfatM r irliiBBdQatlectDsdeNapolaDQ.GariMXt^iigaltDlea. 



c,q,-zí-dbvCoOg[c 



DK LOS OIADORBS. <K 

no de ntdie, qae ba Itaiiido oi»-los baoqoeles rtdtcnh», de lo» 
cuales «na desenfrenada paria desterraba ta cordialidad y las 
baenos se&limitDlM, la verdad de loa principios, la segaridad 
Úe las resoluciones, el decoro personal, el respeto á la ieoffu 
y el oporlQDO é inteligenle discernimiento de las necesidadH, 
4e los intereses y deseos del pais (1)? 

Soy sin embargo bastante partidario de los banquetes patrid- 
lioos, con tal qse no esté ano en elku' harto sofocado biyo bu 
ardorosos rayos de la caDÍcola, ai st^radamente. acolado n d 
rostroporlasllavias y los vientos; con tal qae los daríieles 
VtqaM á «Mopás; que le digan '¿ ano claramente c(HH|aién se 
baila, y le den siquiera nna idea del objeto de que se va á tra- 
tar; que cada convidado, despaes de comer, no se «icarame ta- 
mulluartamenle sobre an escabel, «n medio de los jarros y 4» 
las botellas, para hacerme saber de cómo mocho antes de qaft 
el innndo faese mondo, todos los hombres eran igo&lea y lier- 
«anos, y de cómo también, «a tiempo del dilavio y md des- 
pués, los miniálroe han eslrajado á los labradores y i los tra- 
bajadores para constrnirse con su sustancia soberbios p^uioa 
de jnirmol, mantoier nuaas, caracolear en el bosque de Bolo- 
BÍa (2), y saborear espnmantes copas de Champaña. ¿Selesfi- 
garará acaso á esos sefiores que no estMBOs barios de saber 
todas estas cosas, y que es necesario ir á ec^ar brindis glol»* 
oes y vinosos? Por ejemplo: 

AUltmplanza ¿e/ofesporfanoi, cuyos reyes yéforos se ha- 
tñeran diupado los dedos con las migajas de noesbos banque- 
tes patrióticos; 

A la maeria detosproieiarioi, que están ahi de plantos ¿ la 
paerla cabio-tos de guiOapos, y que no lieoen la dkha de oír 
el retintín de Toestre dinero al el de voestros discursos; 

Ai trabí^, que estaba mucbo mejor organúado, es^n -di- 
cen, bajo el patriarcado de No6, cuando el buen bombre míü 
delarca; 



(1) Dltcursog y brindla de loa banquetes patrlútlcos. 

(SI Pateo bibltiiBld« la gBDle rica ea Parte, por liraMQdeqnBhalI&ndoaeiit- 
guua distancia fuera de pnertaa DO se puede riecneoiar come no sea yendo 1 él 
por pié« BJeDoa.— !V. lírl T. 



c,q,zí<ib,CoOgle 



iU LIIRO 

A Bruto y á Ccuio, asesinos de César, aristócratas may proi- 
dados de so palríciado, DíoreroB y preslamislas á tanlo por so- . 
mana, amos y azotadores de esclavos, y qae no se hubieran 
quitado los guantes para apretar la mano á los ganapanes de 
Boma; 

A Ut pertever anda política, áelicadl nos ofrecen los mas 
interesantes ejemplos todos los empleados que han atravesado 
la monarquía de Lnis XVI, la república, el directorio, el con- 
salado, el imp^o, la restanracion, los cien días, la Caroleyada 
ylaFiUpidaCl); 

A la rotundidad de los preiupuestos, qne acabarán por reven- 
tar de ana indigestión de oro; 

A la gloria de la Francia, que brilla con tan vivo esplendor 
desde las arenas de Alejandría hasta las playas de Bnenos-Ai- 
resíí); 

Al eMíablemnento de nuevas retigionei qne, para no chocar 
demasiado con las preocopacioaes del pneblo, podrán tal Tffl 
permitirle que adore á Dios, con tal sin embargo qae para 
entonces haya todavía nn Dios] 

A ia itutilacion de nuevas sociedades, en las que no habrá po- 
brffl, porque todos serán ricos; en las qae no habrá criados, 
porque lodos serán amos, y en las que no habrá código pmal, 
cárceles, ni cadalsos, porque en ellas todos los hombres se- 
rán inocentes y virtuosos; 

A la formación de nuevas constituciones, y tan buenas, que 
vivirán cada una mas de diez y siete aíios, trece dias, veinti- 
dós minutos, caatro segundos, y qne no devor:u-án, por térmi- 
no medio, mas de ciocnenta y tres ministros por barba; 

A los nuevos electores, tan desinteresados y poco exigentes, 
qae cada uno de ellos no pedirá al diputado de sa elección ar- 
riba de nn camino real, an camino de hierro, un río, tres paji- 
les, caatro juzgados de paz y seis estancos. 

No omitamos, al concluir, una observación esencial y de la 



(1) E> decir, los relasdo» ds Carlos X t de LuU Felipe.— JV. dtí T. 

1% Alusión i lo muf desairada que, en conceplo de ia opoilck>D, qaedd !• 
Francia en la cueslion da Oriente, y al trillo papei quo eali b 
lia* del Rio de la Piata.-Zd. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ORADORZS. I» 

mayor importancia, cnal es que, por lo comno, na patrióla 
banqaetista no ya á banqaetear mas qne parala salis^cioD de 
los cinco sentidos perfeclamenle complelos de qae le ha dotado 
el Criador, y qne no le basta beber y comer bien, sino qne ne- 
cesita ver y palpar y oir al héroe de la fíesla, porque, ¿dónde 
deja de baber up héroe? y si el sueodicho héroe, por dolerle la 
garganta ó el dedo gordo de un pié, dejase de perorar, los ban- 
qoetistas, frustrados en sd esperanza, no dejarían de decir qae, 
sí tal su^úeran, no bnbieraa pagado sa escote de tres francos y 
dncuenta cénlimos; qae no merecía la pena de incomodarse 
para no ver siquiera las narices de su héroe, ni tocarle la ma- 
no, ni oir una palabra de su boca; que les haa robado su dine- 
ro, y que do volverán á caer en el garlito. 

Deddidamente, la Francia es el pais de las peroratas. Pero- 
ralas ha habido en que se le ha dicho al pueblo: ¡Aflígete y llo- 
ral como si el dolor nacional se encargase eu la administración 
de pompas fúnebres, con los pafios recamados de lágrimas de 
plata y los caballos empenachados! Peroratas ha habido en qne 
se le ba dicho á Dios: Acabamos dé eilerminar á sablazos ó á 
cafionazos á una inñnidad de hombres. jOb Santo de los sanlosl 
escucha nuestros volosl Estas peroratas son implas. Otras en 
qne se ba dicho al parlamento: Corta con la espada la cabeza 
de nneatros enemigos; — estas son atroces. Otras en que se ha 
dicho al poder: Bien veis nuestra profunda adhesión ;— estas 
son interesadas. Otras en qne se le ba dicho k nn principe: 
Sois mas que un mortal; — estas son serviles. Otras en que se 
ha dicho á princesas: Sois mas blancas que la azucena del va- 
lle, y vuestro aliento lieue el perfume de las rosas; — estas no 
son mas que ridiculas (1). 

Pero lo mas ridicnió todavía, es querer, en una perora- 
la, persuadir k un monarca sensato toda casta de cosas nue- 
vas y sorprendentes, que de seguro él sería el último en 
maliciarse; por ejemplo, qne cura tos lamparoaes ó el cólera 
morbo (8); que es digno de ser miembro del instituto (3); que 

(1) VéBDselosmillonesdeperorataBpor etesUlo, 
en HtouMca. 
m Uteidrlco. 



Cqi-ZÍ-dbvGOOglG 



m uno 

dora las mieses y qae, como el rodo del cielo, hace Irotar la 
yerba y las setas de los prados (1); si es guerrero, que lien 
gloría; si es padfico, qoe tiene genio; si es pródigo, qae la eco- 
nmnfa es qd tígío; si es avaro, qoe la mezquindad es una ilr- 
lod; si es soltero, qae la nación no ie sobrevivirá; n iieoe hi- 
jos, qne so dioastia se perpelnará hasta la consomacdon^ 1« 
siglos; si está enfermo, que nanea su salad ba estado mas 
Atrecienle; y si es(& á punto de espirar, que es inmortal. 

DetestaÚes aduladores, raza pekilenle, vosotros coa tow- 
tras peroratas, vuestros complimienlos y vneslra mentida fra- 
seología, p«-dereia á cnuitos gobiernos dttiies y locaaoes 
sirraisl 

SI; ai los hombres graves de Europa se burlan de naeslm 
discarsistas, asi grandes como pequ^os; si la machadambre da 
las perífrasis, delu locuciones viciosas, de lasredaadaaciat,ile 
los que» sobrantes (8) en las arengas rainisleriaies yrespo&aabki 
de la corona, aterra la imaginación; si todas «sas vnlgarídadea, 
esa insulsa y empalagosa retórica han sncedido ¿ las respoeslai 
llenas de profondidad y nervio de Napoleón y de Luís XIV; á 
se lectura es la mas indigeeta, lamas veríMsa, la masealopoa, 
la mas pastosa, la mas fastidiosa, la mas monóhma, la mt 
insoportable de todas las lecturas; si los cajetines de la im- 
prenta, ai los cilindros de las prensas de vapcn-, si las tabUa de 
los estantes se debitan y se quiebran bajo el peso de sa velé- 
mra, so es culpa, sábelo Dios, de tos «nperadwea y de k» 
reyes mas 6 menos constitucionales , sino de la atreaadoM 
<^ría. de las exiganraas, de la importunidad de la naciol 
oficial y cnmplimentera. 

Antes, por el contrario, me admira que naos (vlnupea, ora 
legítimos, ora usurpadores, cayo oficio ni cóyo lalealosoí 
segaramcDte loe de ser onáons, estén dotados de ana flaidcc 
de elocución bastante espontánea y de una paraoicia baataala 
naravilloaa, para lachar contra d torrente de lanías falicUt- 



«} Hitlúrlco. 

(3] S,H. el rsy de loa traocewtpMibapof abusar ringalafmaDMeDMMdlMor- 
B08 oQcialeí de loa pronombrea relatlToa f ua j qvi, loqae ea so fnocéa un detact» 
rramatic al , ó una latTMCloa de la regla que llaman dal qui nlratwM^-A. M T. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DB LOS OK1D0RB9. tfí 

títaes: me admira, me admira modio qne se paeda repetir i 
todo yrate y vioiente las mismas frases, con tas mismas an- 
cton y hamildad con que se rezaría el Padre AWstro; que 
pueda nn hombre estarse sobre el mismo pié, sin bambolear- 
te, horas enteras; que pueda menear mecánicameole, lodoan 
día, tas dos ligaduras de sos mandíbulas, sin descoyuntarse; 
qne pneda, sin cerrar tos ojos, sin caerse de sn'efio, ver pasar 
por delante de si tablos disfraces, tantas caras estucadas, tañ- 
ías espaldas de medio punto, tantas corvetas; pero hay gra- 
das de estado. Por fortuna la Providencia vela por la Frauda 
y sus gotntrnos monárquicos, republicanos, directoríales, ira- 
periales, nacionales y antinacionales, y es de esperar qne des- 
pués de haber triunfado de tantas conjuraciones, sabr&n al fin 
Irianfiu- de tantas peroratas! 

Gando los héroes de julio quemaron sn último cartucho, 
todos se consoltáron unos & otros con angustia y se pregnnta- 
im: Eal ¿qaé vamos k pmier en lugar de esto? Qnién osari 
suTificarse y quién nos echará discursos? El duque de Burdeos 
apaias sabe leer de corrido; el duque de Reichstad (4) uMareO- 
garia en gringo de Bohemia; necesitamos nn hombre qne sepa 
olmos y pueda respondernos. Franceses, ingratos francesesl 
habéis hallado al qne sabe oíros y responderos, al que haUa 
m todas ocasiones, al qne habla sobre lodo, al que habla tan- 
to y mas y mejor que cualquiera de vuestros abogados; pero 
ec prevengo que aerareis por agotar ana abundancia de [»- 
labras tan extraordinaria, y por do sacar ya de aquel gaznatn 
seco ni nna sola palabra, y ni siquiera sospecháis lo que p»- 
dria sncederoB á la primera revolución, de que Dios nos tilmt 

Ofrézcase Kttonces el trono á quien quiera que sea, con la 
eondióen de pronunciar y oscnchar tantos discursos; anúncie- 
Hese trono i son de tamboril, propóngase, ¡cosa tentadora! 
con veinte, con treinta millones de presupuesto de casa real, 
al trapero de la esquina 6 al rey de Prosia, á nn escarolare ó ú 
emperador de todas las Bnsias, y no hallareis uno solo, lo ja- 
ro, ni ano solo qne quiera aceptar, y veréis como el trono se 

(*) XlhJj0únlcoídeNipolwD.-A.<Mr. 

c,q,zí<ib. Google 



qaeda vacante, y como es preciso sacarle á pública sabaala y 
adjudicarle con rebiga. 



CAPITULO VIII. 

D« 1* alDCOBiid» mlUUr. 

La elocaencia militar de los anlignos no es mas qne nna fie- 
don de sns poetas é historiadores. 

Arengar i los soldados, no en el circo ni desde ana tríbana, 
sino á vista del enemigo, como dicen qne sos generales lo hi- 
deron, detua ser magatGco, no lo niego; pero lo conceptuó li- 
sa y llanamente imposible. 

Aquellas célebres palabras de Leónidas á Jerjes: «Ven i 
lomarlas (1),» las de Epaminoodas al espirar: «Dejo dos hijai 
üunorlales, Leuctra y Mantinéa (S),» y las de César: «Tine.Tl, 
vencí (3),B pueden muy bien haber sido pronnociadas, puesto 
qne no son sino meras palabras; pero hay mucba diferencia 
entre anas cuantas silabas y una arenga de varias páginas; la 
misma que entre la verdad y la mentira. 

T es bien claro: porque si en la misma c&mara de dipnU- 
dos, donde la disposición acústica favorece la repercusión de 
los sonidos, de cualrocientos individuos hay lo menos denlo 
que no perciben nanea con claridad las mas sonoras alocueío- 
nes de los mas ejerdlados oradores, ¿cómo es posible qne Im 
generales antigaos lograran hacerse oír de to(fo nna linea de 
den mil combatientes en el terreno irregular de an campo de 
baldía, y en medio de las lluvias y los vientos qne se Ilevao 

(1) Fué la conteBiacLao que dld al rey dePerslBcuanio lepidlúausarmaBiIps- 
DHtrai' con su Innumerabla ejercí lo en el pasa de las Termdpllaa.— /V. éi) T. 

m Loi pueblos de HuDdi 6 llanÜRM y Leucira, ahuadat el prlmOTo en la áiB*- 
día, ;el «egundo en Beucla, cerca de Platea, son Inmorlsles eola blalorla pordot 
MDgrlanMs vlcloriai del tebano EpamiDondasconlralos ItcedemoDlDa.— M 

(^ Ealaa pslsbras perpetuadas como IraH «icrameDUl para eipreur la rapi- 
dez de an triunro militar, Fueros las que ató Cétar para pintar la pronUlud oso 
qne habla lencldo y dvrroltdoá Faroacea, rerdelPonlo^Jd. 



_iv,Coog[c 



DE LOS 0RAD0EIE3. 11» 

r corlan las palabras ein que llegoea á seis pasos del orador? 
T además, ¿no puede uno ser gran general y grande orador, y 
loier Qn órgano débil y poco sonoro? Por lo común, todos aqoe- 
llos ejércitos monstruosos no eran mas que un aglomeramíento 
de bárbaros advenedizos de todos países, sometidos á la vara 
férrea de no caudillo y daefio, sin saber leer ni escribir, sia 
«nienderse los anos i los otros, aunque siempre en perfecta 
inteligencia cuando se trataba de cometer violencias, asesina- ' 
los y rápidas. Pero ia itnsion es siempre favorable á los cuen- 
tos del tiempo viejo; prestamos entera fe á los hislcriadores que 
hacen hablar á Alejandro, á Escipion y á Aníbal, como si Aní- 
bal, Escipion y Alejandro hnbieran sido unos ensarladores de 
frases repulidas, que, en lo mas crudo de la refriega, pusieran 
lodo su cuidado en no descomponer en una sola coma la sime> 
tria gramatical, y la cadencia y tiempo de nn supino 6 de un 
gerundio. Pero esas ficciones de discursos datan de muy an~ 
ligoo. 

Los griegos eran excelentes parladores; por eso salieron 
lodos los héroes del viejo Homero tan dados á las arengas co- 
mo i las batallas. Ni él ni Virgilio se contentaron con hacer 
hablar por los codos á los hombres de por acá, sino que & 
mayor abundamiento quisieron que hablasen los dioses del 
Olimpo. A imilacioD suya, pone el Tasso palabras afiligraoa- 
4hu y llenas de agudeza en boca de Reinaldos, de Solimán y 
de Godofre, los cuales, como buenos paladines, se vanaglo- 
riaban de no entender una jota del alfabeto galo 6 turco. Mil- 
ton hizo todavía mas: quiso que los alados serafines del cielo j 
los ángeles de las tinieblas pronunciasen discursos, y muy pa- 
téticos por cierto, para excitar á las milicias divinas é inferna- 
les á pelear valerosamente las unas contra las otras, sin matar- 
se por supuesto, dado que las almas sin cuerpo no pueden 
morir. 

Las desmesuradas arengas de Qnínto-Gurcio son trozos do 
n^rica que á aquel historiador se le antojó poner en boca de 
•sn Alejandro, convertido en charlatán. 

Fotibio, Tucidides, Satustio, Plutarco, visten á los héroes 
griegos y romanos con las libreas de su estilo. No es Germá- 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



tW UBRO 

bíco, sino Tácito poro y neto el qne figura eo loi Anal» (1). 
Tilo-LiT¡o se eterniza con sns areogas, y este annonioso^ par-- 
bdor de loa salones de Mecena» no echa de ver qae iog gena- 
r^es de la antigaa Boma no le hnbieraD llegado á entender 
siqoiera. Fuera de ver y ana de oir, & los genlites-booyHw 
de TarqaÍDO balbncieodo, ea medio de ioextingoibles carc^»* 
das, tajerga dei dialecto toscano en la refinada corte de Angoi* 
lol Seria poco mas ó menos, como si madama de SéTigaé (2) 
pretendiese hacerse entender de los zafios servidores del 
rey Ghildeberto (3). 

Vülemaln, el mas elegante de nnestras notabilidades litera- 
rias, no hubiera pulido, redondeado y aguzado mas so ralílo, 
«■cerrado en su despacho, que el adusto Coriolano al pié de loe 
muros de la naciente Roma, 6 qae el feroz Arminio (í) en loa 
pantanos de la Germuiia. 

Gálvaco (5), verbigracia, era una especie de salvaje deuM- 
lenado, barbudo y vellado de pies 6 cabeza; lanzaba de su ás- 
pera garganta gritos inarticulados, y blandía db enorme dia- 
farote; no entendia de elipsis ni de ablativos abaololos, yM 
DM8 que probable que no tnvo tiempo de terminar sos eatn- 
dios de filosofía en la universidad de Oxford. Pnes sin embar- 
gol Tácito hwe de él na verdadero diímine, una eapetúe de se- 
cretario perpetuo de la academia francesa; todo el discuno 
que le coelga está perfectamente peinado y barniíado: nada le 
ftlla, su exordio, su disposición, sus prnebas, su peroracioa, 
y además sn lógica, su vehemencia, su colorido. T afiádase á 
esto una admirable pintura de las costumbres, con lodo ti es- 
lib de los grandes maestros. Cicerón se hubiera nuffdído las 
aSw de eavidial 



(1) Nadie luaoraquelos aoalevda Tícllo comprendeola Bteloria det<ucD(ti» 
emperadoreiTiberlo.Claadk), HeroD f Callgule, bljo d«6ermiDlco. DeutMOM- 
UD blsiarlaa eoío ae conserva íntegra la de Tiberio, que fué el que pSMlgitfd ti »• 
líenle y lusti» Germínlco f le dlú muerte por envidia de sna glotln».— íf. M T. 

(S) Célebre eJKrlwra del aiglo XTI1, autora da unaa CarUu tradudOw Misi» 
Us lenguas de Europa, pocas obraa poaee la literatura rrancesa de sHlIo mu cul- 
to, refinado é Ingenioso.— M. 

(3) RoyíraDco del VI siglo. taljodeClodoveo.—Iií. 

A] Caudillo b&rbaro derrotado por &era>inlco.— M.. 

{6) e&lvaco era ao catrilllo breíoD del tiempo de loa rein*iioa.—7rf. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOB OUOORES. «M 

Todw esos bistoriador&s oonsamieron sd JQTOiiad deTanán- 
dose los sesos y sadando el qailo en las disputas de la escaela. 
Sos trabajadas arengas bnelen tmlas á. aceite. Parece qae 
los relralos y discarsos andaban muy en boga en aguces 
tieDBpos; y claro está qiK para agradar al público de eolonce» 
ne tenían los historiadores mas remedio qae pialarle discarsos 
y retratos. 

Por áltinio, los griegos y romanos, gente de grande imagi- 
nadoa, foeron siempre Bmy aGcionados á las ficciones, tanto 
en religión como en gobierno, en poeaia, en legislacioa, eo ta- 
d*. Si hemos de juzgar de la verdad de las cosas y acciones 
que Salostie, Tito Livio, Qnialo-Curcio y Tácito nos refieren, 
por la eiaclitad de las arengas qae nos encajan, creo qoe no 
hay Bacho qae escoger entre todas aquellas historias. 

Lo que mas patentiza la inverosimilitud de dichas arengas, 
I» qae indad^lemente la demnestra, es la cualidad de impro- 
Tísadas qoe quisieron darles. Paes, en efecto, nadie nos dice 
qse foesra dictadas á an secretario, ni qne este estuviese al 
lado del general para extenderlas. Nadie las grababa con el 
estíto ea taUas enceradas; no se fijaban en las empalizadas del 
campunento; no eran leídas en las veladas á la lumbre del vi- 
vae, bí aprendidas de memoria para recitárselas unos á otros. 

En naestros dias las arengas nútüares no se improvisan. No 
se pedrian percibir entre el triquitraque de los Tusiles y bayo- 
Drtae, el manoteo y los relinchos de los caballos, el raido de 
las- toflcs, de lo» estornudos y oMqneteos, de las ctnversacio- 
nes, de los cnchidieos y de las pisadas de los soldados. 

Imposible le seria al general reunir en nn terreno bastante 
cenceotrádo la infaoleria, la caballería, los estados-mayores, 
la artílierfa con sos trenes, los bagajes y el cuerpo de ingenie- 
ros. Tampoco podría hacerse llevar á brazo sobre un pavés 6 
» una tribana; además de ser ridfcolo parecería demauada 
estudiado. £1 general, pnes, habla mas á la imagieacion del 
8<ddado qne á so oido; te anima antes del combate, le da el 
parabién despnes de la victoria. Las arengas se insertan en la 
ÓFdea del día, y esta se pega y se lee en las paredes, en los 
árboles, en las estacadas del campamento, y se repite y se co- 



c,q,zí<ib,Coogle 



m UBRO 

menta en las Teladas det TÍvac, y se ranlliplica cnanlo se qlli^ 
re por medio déla imprenta. 

En nuestras alocacíones militares hay posibilidad, verdad y 
resultado. Pero en Taño, repilo, indagará uno qué significaba 
la improTisacion en los ejércitos de la antigüedad, y qué electo 
podrían producir, qué alcance podian tener esas palabras des- 
perdiciadas al viento, disipándose, sin qae hiriesen el oido, i 
■ ios pies del mismo orador. Considero, pues, todas esas largas 
alocuciones de tos antignos capitanes como an mero ornato 
histórico, como una Acción, una fábala, una mentira. 

César es lal vez el único á quien no comprende esta oitica, 
porque César no era solamente xm guerrero; era también noo 
de los aristócratas mas cultos de Roma en los tiempos de n 
gran literatura. Reonia César todos los talentos y todas laí 
caalidades: era elegante y enérgico, humano y valeroso, pra- 
denle y decidido, vehemente y astuto, vasto en sus planes, osa- 
do en la ejecución, pagado de su origen patricio, y familiar 
con sus soldados que le adoraban. Gran general, grande es- 
critor, y grande orador á un mismo tiempo; él mismo nos re- 
flere en los comentarios que escribió sos campaíias y sus dis- 
cursos. Has siendo César, como todos los hombres de ingenio, 
sensible k las lisonjas de la gloria literaria, no hay mucho qne 
fiar, y yo por mi parle no me fiarla en manera alguna en i^e 
no haya corregido, limado, amplificado y refundido, y ana 
quizás preparado de antemano, aunqae no faese mas qne por 
gusto, en los ocios de su Uenda, muchas de aquellas famosas 
arengas de su supuesta improvisación. Después de la victoria, 
no dejaba de ocuparle la posteridad. 

Pero sea de esto lo qne fuere, no tengo yo diGcnllad en re- 
conocer á César como el primer orador militar de los tiempos 
antiguos. Ni aun creo^ne baya qnien esta opinión coalrovier- 
la. Sienta lan bien la elocuencia á los vencedores y doefios del 
mundo! 

En los tiempos modernos, San Luis, Felipe- Angosto, Frao- 
cisco I , Rayardo y dn Guesclin , han pronunciado frases de 
marcial bravura. Las alocuciones de Enrique IV sobre todo, 
son breves, penetrantes, llenas de alma, llenas de imaginadon. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DB LOS ORlDOnSS. IK 

Pero lodos esos reyes , todos esos capitanes, solo aparecen en 
medio de un circalo de caballeros y gallardos paladines. De 
BQ caballero recibió Francisco I las armas en el campo de ba- 
talla. CaJialleros eran los que de él recibieron como an sentido 
adiós aquel dicho célebre: «Todo se ha perdido, menos el ho- 
Bor.« La misma palabra honor es una palabra de caballero. 
A caballeros íaé á quienes Luis XII respondió en Aignadel: 
«[Los qne tengan miedo guarézcanse detrás de mi (l)Iv A un 
caballero , & Crillon , fué k quien escribió Enrique IV: «iVa- 
Uente Crillon (2), ya puedes ahorcarte; sin ti nos hemos batido 
en Arques! n A dos caballeros también, á tos principes de Con- 
de y de Nemours , gritaba el mismo Enrique: «¡Vive Dios! 
¡adelante, caballerosl Yo os probaré que soy el primogénitolo 
A caballeros se dirige cuaado arrebatado por su bridón pro- 
nancia estas palabras: aiSeguid mi penacho blanco, siempre le 
reconoceréis eo el camino de la victoria! » Pero ¿no están estos 
sentimientos y estos dichos , impregnados , por decirlo asi, de 
feudalismo? ¿No se creería que aquellos paladines coronados 
tenian en mas ser caballeros que reyes? Tales eran las cos- 
tnmbres y el espirito de la época, y, justo es confesarlo, aqae? 
Uos principes valian mas que las inslitaciones. 

Bajo tas leyes de la antigua Francia, babia cuerpos de tro- 
pas valientes y disciplinadas. No habia aun entonces ejército 
ntcioaal. La grande elocuencia militar nació con la libertad 
ai las gnerras de la revolución ; pero la mayor parte de los 
héroes que mandaban nuestros ejércitos tenian mas arrojo que 
letras. Sabian mejor vencer que hablar ; y entonces ni ano 
siquiera se hablaba, que se cantaba. La MartelUsa ganó mas 
batallas qne los mas bellos discorsos. No se necesitaban oou'- 
ciales exhortaciones para precipitarse á )a bayoneta sobre los 
cuadros austríacos. Cada ciudadano era un soldado, y para 

t*) Aunque caballeros en la cuna, no lo eran cieriamante en el valor, puesta 
cílebrarespueaiade LuiaXIlasuBCorlesanoseo la baUlla de Aignadel. doiuto 
otro úbjelo que ecbarles en cara su cobardía, cuando, por aer deshonrosa la bal* 
di, acoosejaban al monarca que se retirase y no expusiese sus preciosos días. 
IV". id T. 
(t) Era un segundo Bayaido; llamíbaule en su (lempo el CabaUrro ifn miiio ; 
*l nfbnff A Ini vaíitnlei. Escribid exieuMmeote Is vlja de e9)e porienlo de Ttlor 
r herAlca lealtad Mlle. de LuSHn.— Id, 

TOMO I. 1> 



c,q,zí<ib,CoOgle 



rechazar al enemigo cada soldado tenia el corazón de nn ca- 
pitán. El mero orden del día de la cMivendon si^ ser mas 
elocneole qae laa mismas alocnciones de los generales. A ve- 
cea terminaba, entre las aclamaciones nnánimes de la asam- 
blea, con estas seDcilias palabras; «El ^ércilo d« los Pirioeu, 
el ejército del Rbin , el ejército del Sambra y Hosa , el ejér- 
cito del Oeste, el ejército de Italia, han merecido Úen déla 
patria.» 

I.Q3 acentos varoniles y arrogantes de la elocuencia repoUi- 
eana se extiognieron bajo el imperio. Diriase que la energía 
moral de la nación no existía ya sino en un solo cerebro, eo el 
de Napoleón, y que, en cuanto á la generalidad de sus snbal- 
ternos, se habla refngiado k la extremidad de sos brazos. Ce- 
só el impetD, cesó la iniciativa; obedecían , y nada mas. Decía 
el nno: «En nombre de mi augusto soberano, S. M. el empe- 
rador de los franceses, rey de Iialia y proieclor de la confede- 
racioH del Rbin, vengo á prescribiros, otieiales y soldados, qne 
cada uno de vosotros cumpla con sa deber.» Otro gaierd, 
mas servil aun, escribía: nSoldadoe, en virtud de las órdenes 
de S. E. el mariscal del imperio, oonkandanle del cuarlo Cl)e^ 
po del ejército, tendréis que correr á la victoria.» 

¿Qué diremos de la eloonencía militar de tos rusos , de los 
lemanes ó de los ingleses? 

Recuérdese la grande y heroica pantomima de Suwarow: 
en cierta ocasión, para electrizar h los rasos que empezaban i 
desanimarse, hizo que sus granaderos' abriesen una huesa, y 
teadiéndese en ella con todas sus cruces , sa espada y sos 
charreteras, mandó que le enterraran vivo (1). 

fw lo demás, los gmerales rasos tratan á sos soldados cmbs 



(1} El conde A1«)»n<Íro Huwarow Blmnlakl es uno dn los mas célebres cspiU- 
nes d6Ia pasada ceniuris. El hecbo oUado luvo lugar en una marcba queUw 
eoQ la divisfoD ruaa contra Masaéna por entre loa mas peligrosos desfllsdara* it 
Ib Suiza. Los parles de este taHenleReneml son dudas por su marcial lacoab- 
wo. En sus primeras guerras contra Iok búlgaros, habiendo entrado en la ciodrt 
deTouioukal, <liii i la emperatriz Caiallca pane de su victoria con dos versoí lo- 
KS cuyo sentido ns este: 

Gloria á Dít»! f fttria á vdí! 

lemást ia ciudad, an illa ttPiji. S. dd T. 



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DE L03 ORADORES. 196 

i esc^vos cfflbrDtecidBs. AmoDéBlaales á que eo ta refriega 
aleen el pensamiento á sos seSores, y adorea la imagen dd 
^D'San Nico!^ , y la espada del ai'cángel Sao Miguel. Sos 
proclamaa son abundantes de palabras, desmazaladas y faná- 
ticas. 

La elocaencia de los archiduques de Anslria y de los prín- 
cipes de Saboya no ha metido nunca ruido. 

Los generales ingleses son sobrios de palabras ; sus parles 
casi siempre sencillos, concisos y dignos. Nunca son encomia- 
dores ni coléricos: cnenlan la verdad y van al hecho. Sos 
soldados son frios, inteligenles, disciplinados, intrépidos, me- 
nos sensibles k la gloria que al deber, y menos á las lisonjas 
hábilmente aderezadas que al bienestar material. No es fácil 
exiliar su imaginación con figuras retóricas , reanimar so 
Talor con arrebatos oratorios, ni conmover su corazón con 
acentos de sensibilidad. Mas tampoco se les podria decir sin 
que murmuraran : por ahora no hay zapatos , capotes, 
vino , cerveza , pan , ni carne ; pero eníi'etanto , amigos 
míos, podéis volar á la victoria! Las cápiaras aristocráticas de 
la Gran Bretaña conceden á los generales y oficiales, en vez de 
acciones de gracias y de espadas de honor, crecidas pensio- 
nes. Es un pueblo aqnel donde lodo , hasta la misma gloria, 
se reduce á metálico. 

Los partes ingleses, no lo niego, son quizá demasiado secos-, 
pero por mi gusto los prefiero á los partes españoles , que son 
todavía mas ampulosos que los nuestros de África, y donde á 
la menor escaramuza se da el nombre de batalla, y el de héroe 
al mas insignificante escaramnzador. Solo en aqnel reino se 
ven marifueses de la Lealtad , principes de la Paz , y duques 
de la Victoria; dos duques á la vez de un mismo nombre en los 
dos bandos opuestos, de modo que en rigor no pueda haber 
jamás vencidos en ninguno de tos dos,, siendo ambos vence- 
dores. Todos alli son inmortales: es inmortal Riego, es inmor- 
tal Zumalacárregni, Cabrera es inmortal. Espartero es inmor- 
tal, como es inmortal Don Quijote! Por fortuna lodo ese he- 
roísmo, con BUS serenatas y laureles, y cruces de brillantes, y 
retratos , y cajas de tabaco y carrozas triunfales tiradas á 



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braio , y ampalosas arengas , no tifloe gran trascendencia ; y 
díoese qae como en Espafia hace calor , es ^eciso disimalar 
algana eosa á sos habitantes, y permitir qae el ejército, los 
ayanlamienlos y las cortes, puedan al menos desahogar sa fo- 
gosa imaginación. 



_ IV, Google 



SEGUNDA PARTE. 



RETRATOS. 



ASAMBLEA CONSTITUYENTE. 



MIRABEAU. 

Cnando deapaee de haber surcado la inmensa extensión de 
los mares, bogaba sereno Cristóbal Colon bácia el conltnenle 
de América, empiezan de súbito ¿silbar los vientos, brilla el 
relámpago, brama el traeno, rómpense las jarcias, túrbase 
el pilólo, y ya. la nave á perderse y sumergirse enire las olas. 

Pero mientras los soldados y marineros oran arrodillados y 
pierden la esperanza, confiado Colon en sus altos deslinos, 
coge el timón, gobierna la nave despreciando los mugidos de 
la tempestad y el horror de la profunda noche, y advirliendo 
que la proa del bnqne tropieza en las cosías del nuevo mon- 
do, alza el grito exclamando: itierral ¡tierral 

Asimismo, cuando la revolución, rotas las áncoras y des- 
garradas las velas, bogaba perdida en un mar lleno de sirtes 
y de tempestades, Mirabeau de pié en la proa del navio desa- 
fiabaálos rayos y centellas, y, ti'anquilizando á los pasajeros 
cuisternados, alzaba en medio de ellos su voz proCítica, y les 
sefialaba con la mano la tierra prometida de la libertad. 

Todo concurría á hacer de Mirabeau el altivo dominador de 
la tribuna, su organización excepcional, su. vida, sus esbidios 



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19S LIBRO 

y 8DS lachas doméBlicaí, la época «xlraordioarU en qoe apa- 
reció, el espiritn y la manera de las deliberaclonea de la asam- 
blea consliinyenle, y el conjanlo Terdaderameole maravilloso 
de sus facallades oratorias. 

En ana asamblea de doscientos legisladores (1} es preciso qne 
el orador sea visto y oido de l^os, y Mirabeau lo era en efec- 
to. Es preciso qne las parlicularjdades de la fisonomía desapa- 
rezcan en et conjunto, que el hombre interior se revele en sus 
facciones, y qne la grandeza del alma se imprima en el sem- 
blante y eu el discurso. Y Mii'abeau tenia este conjanto, oslas 
facciones, y esla alma; Mírabeaa en la tribuna era el mas helio 
de loi oradores. 

De orador tan cumplido es mas difícil decir qué cualidades 
no poseía de las qne le adornaban. 

Era Hirabean de una corpulencia maciza y coadrada, de 
labios gruesos, frente ancha, huesuda y protuberante, cejas 
arqueadas, mirada de J^nila , mejillas llenas y ^go caídas; 
tenia el rostro pecoso, acribado y lleno de manchas, la voz de 
4rueQo, una enorme cabellera, y uu aspecto de león. 
. Nacido con un cuerpo de hierro, coa au temperamento 4é 
fuego, sobrepujó á su raza ea vicies y virlades. Las pasmni 
se apoderaron de él casi desde la cuna, y dentaron toda so 
vida. Sos exuberantes facaltades, no podiendo extenderse ptr 
fiíera, so recímoentraron en si misoaas. Gomo el volcan qae ooo- 
dwsa, amalgama, tritura y derrite las lavas antas de laazar- 
Ias al es|«eio por su cráter inQamado, así hizo él ea su ments 
ana amátcama , na desmenozamioitú , na hervidero de to- 
das las cosas; literatura griega y latiaa, lenguas exbB^eras. 
matemáticas , ñlosofia , música , todo lo api^idió , todo to 
relavo, todo lo sabia. La esgrima, la nataoiea, la eqaitoion, 
«1 baile, la carrera. kKJos loa ejercicios gimnásticos, eu fin, Is 
eran (ámiliarea. 

Los malas qoe pintaron 1m aforlnoadoa Sldsofi» det siglo, Ü 
iHexperiiaqnlÓ. Úiró de hito en hilo y coa«rregaDCia al de»- 
potismo paternal y gúaisterial, sin nostrarle nanoa miedo y 
m d^aiae abatir por eso. 

fl) lAMUablMfloaniUireiitaMoompcatadeiloMeBlosiBdlTldiKn. 



Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



DE LOS ORADORES. 1» 

Pobre, TagiliTo, desterrado, proscripto, encarcelado, cada 
día, cada hora de so juveotud, fué una falla, una borrasca, bu 
estudio, UD combate. Bajo los cerrojos de las torrea y de laa 
cárceles, con la plnma y la frente ÍDclinada sobre sus libros» 
llenaba ios vastos receptáculos de en memoria coo los mas ri- 
cas y variados tesoros; templaba y retemplaba su alma en bus 
impetuosos asaltos contra la tiranía, como el acero que se su-, 
Bterge en el agua enrojecido [odavia al salir del horno. 

Mientras que los demás jóvenes de la aristocracia disipaban 
sns dias en un ignorante y frivolo libertinaje, él luchaba vale- 
rosamente contra todos y contra todo. Su alma, robustecida 
mas que indignada con la injusticia y la arbitrariedad, oponía 
á tos obstáculos un invencible tesón; su ingenio aguzado p(v 
la desgracia, abundaba eu arbitrios é ioveDcionea. iQaé de 
estratagemas! iqué de recursos! [qné de osadía y gagacidadl 
¿Cómo burlar las asechanzas de so padre, de la policía, de 
sus enemigos? ¿Cómo huir y por dónde? ¿cómo vivir solot ¿có- 
mo, sobre todo, vivir coq una compafiera? ¿cómo apelar nne- 
vamente de su sentencia capital? ¿cómo ablandará su padre 
sin separarse de su querida? ¿cómo no separarse de ella para 
reunirse con su mujer? ¿cómo separarse de ella sin envilecer- 
la, sin matarla? ¿cómo hacer cara á (antas necesidades rena- 
cientes^ ¿cómo bastar á tantas situaciones perplejas, á (antas 
exigencias, á tantas delicadezas, á tantos peligros? ¿cómo de<- 
fender tesis tan contrarias sin infringir la lógica y sin fal(ar.& 
la moral? Mirabean se duplica, se centuplica; se defiende y ata- 
ca; mega y amenaza; escribe y habla, habla en su propia cansa, 
como un abogado, sin ser abogado; mejor que nn abogado, 
oamo solo Mirabean podia hablar. 

[Defensa inmoral sin duda! situaciea falsa y somática; días 
sin reposo, nochee sin snefio; vida borrascosa sembrada de es- 
collos y de nanfragios; esfuerzos siempre tirantes, alguna tu 
felices, mudias frustrados: pero en un solo corazón ¡qué esta- 
dios del corazón humano! y en aquella cabeza ¡qué trabajo 
mental! iqné' fecundación! ¡qué concepciones! ¡Cómo sabía do- 
blegarse, dmbrarse, levantar la cabeza, humillarse, tomar 
todoe los iMioe, ora pmtase á Soña en caracteres de foego hw 



Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



mo uno 

tormentos de sn corazón , ora escribiese mas adelante á los 

marselleses sobre la carestía de los cereales, una carta, dimi- 

DDto dechado de sensatez popnlar, de cálcalo rigaroso y de 

sencillez! 

Por do qajera, por (odas partes se revela ya Mirabeaa: en 
sns cartas, en sos alegatos, en saa memorias, en sus obras so- 
bre las prisioaes arbitrarías, sobre la libertad de impreata, so- 
bre los privilegios de los nobles, sobre la desigaaldad de las 
dislinciones , sobre materias de hacienda y sobre la eitoa- 
cion de Earopa. Enemigo de todos los abnsos, vebemeBle 
polemista, osado reformador ; mas notable , en verdad por la 
elevación, osadía y originalidad de los pensamientos, por la 
verdad de las observaciones y por el vigor del raciocinio, qae 
por las galas de la forma; verboso, difuso, incorrecto, designa!, 
pero seductor y pintoresco ea su estilo ; estilo hablado mu 
bien qae escrito, como acostumbran los oradores. 

¡Con qné varonil elocuencia apostrofa al rey de Prasia! 

«Si hacéis lo qae el hijo de vuestro esclavo habrá hechodiez 
veces al dia mejor qae vos, los cortesanos dirán que habéis 
hecho ana cosa extraordinaria; si obedecéis á vuestras pasio- 
nes, os dirán que hacéis bien; si prodigáis los sudores de voei- 
Iros vasallos como el agua de los rios, dirán que hacéis bieo; 
si arrendáis el aire, dirán que hacéis bien; si os vengáis, vos 
tan poderoso, dirán que baceis bien; lo dijeron cnando Ale- 
jandro embriagado, desgarró de ana pafSalada el pedio de] 
sn amigo: lo dijeron cnando Nerón asesinó á sn madre!» 

¿No es esto nn dechado de discarsosf ;y qué elocnencial 

¿Y DO se descubre igalcfínenle el orador entero en a 
carta de acción de gracias al estado llano de Marsella? «CA 
Marsella, ciudad antigua, ciudad soberbia, asilo de la liber- 
tad! [Ojalá que la generadOQ qae se prepara para el reí» 
derrame sobre ti todos sas beneficios! ya no me qoeda mas 
voz para decirte lo que siento , ni lo qae pienso , pero M 
qneda nn corazón; y este corazón es inagotable para bactr 
votos por ti Id 

Por otra parle, ¿no es maravilloso verle, en tiempos tan atra- 
sados, asentar ya, en nombre de los comanes, delante de lu 



_iv,Coog[c 



DE LOS OKADORBS. «H 

estados de Provenza, las bases de) sufragio aniversal y de la 
delegación de poderes? 

«Guando ana nadon es demasiado numerosa para reunirse 
ai ana sola asamblea, forma mnchas, y los individaos de cada 
asamblea parlicalar dan á uno solo el derecho de volar por 
ellos. 

«Todo representante es, por consigaiente, un elegido. La 
colección de los representantes es la nación, y lodos los que 
DO soD representantes han debido ser electores por el mero 
hecho de estar representados. 

■ No debe existir individuo alguno en la nación que no sea 
elector ó elegido, represenlanle ó representado. » 

¿No diría cualquiera que Mirabeaa descubrió ya, ó mas bien 
creó, por os esfaerzo de su genio precursor, la forma, las de- 
finiciones y los términos del lenguaje politico? 

Resumamos, porque envida tiene muchas fases ; resuma- 
mos á Mirabeaa en esta época. 

Mirabeaa habia vivido dura y estudiosamente en las cárce- 
les, experimentado los rigores y las privaciones del destierro, 
escrito sobre la política, formulado códigos, defendido sus pro- 
pias cansas, redactado memorias, predicado k la mnltitad, 
rolo abierlamente con los de su clase, frecuentado á los minis- 
tros, visitado la Inglaterra, eslndiado la Suiza, habitado la Ho- 
landa, observado la Prusia. Sucesivamente hombre de eslndio 
y de placeres, militar, prisionero de estado, victima de la ti- 
ranía, literato, hombre de negocios, diplomálico, cortesano, 
hombre del pueblo; habia meditado, sufrido, comparada, juz- 
gado, legislado, impreso, perorado. Su educación parlamenta- 
ría estaba ya hecha cuando todavía no estaba abierto el parla- 
mento; ya hablaba corrientemente la lengua política cuando 
los demás no hacían mas que tartamudear, la hablaba mejor 
que los abogados del foro, que los predicadores del pulpito. Era 
orador antes de parecerlo, antes tal vez de saberlo él mismo; 
¡Hvnto iba á ser el gobernador no menos que el orador de la 
asamblea constituyente, el príncipe de la tribuna moderna, el 
dios de la elocoeneia, y para decirlo todo, la mas alta per- 
BoniScadon de la revolodon de IIM. 



/^' 



_iv,Coog[c 



m LtBRO 

La revolución de 1 "789 ha sido el suceso . mas grande de Iob 
tiempos modernos. Los filósofos con ebs escritos, los parli- 
menlos con sos resistencias, la corte con sus locas [H/)diga)ida- 
des, el clero con el exceso de sas riquezas, el pneUo con n 
miseria, la hacienda con sna bancarrotas, la legislación am sas 
abasos, la civilización (ibn sas progresos, la Inglaterra y loe 
Estados- Unidos con su ejemplo; todo annnciaba ana calástr^e. 

La de»^pjia sociedad de noestros padres crojia janl8Di«!e 
por la ciíspide y por los cimienlos; ¿ medida qae se iba des- 
cabriendo algana porción del edificio para repararla, se 
echaba de ver qne estaba carcomida por la polilla 7 minada 
por el tiempo; asi ñié qae, tan Inego como el pico del ée- 
moledor hnbo desprendido algunas piedras, sobrevino en las 
paredes nn sacudimiento general, y se desmoronó la sociedad. 

Agitábanse confusamente loa pueblos en medio de los escom- 
bros, cnaado se convocaron los estados generales; alzóse na 
largo clamor para pedir que no hubiese mas pisos sobre- 
puestos nnos á oíros, grandes habilaciones para una ó al- 
gunas personas, ni pequefias habitaciones para ana mnltilad 
de hombres; que el edificio no perteneciese á an solo propieta- 
rio, sino á todos los babítaoles de la ciudad política, y qne sol 
delegados estnviesen encargados de proveer á la reoonstrue- 
cion, á la seguridad y á la comodidad de la nueva casa sociil. 

Mirabean se adelanta en la carrera como un gigante, y la 
Provenía tiembla bajo íns pisadas. Noble, conduce al confie 
al estado llano contra la nobleza de Francia, que insensata- 
mente le halMa expulsado de sos filas, con el vano pretexto d« 
qne no poseía propiedad ni feudo. Mirabean se irrita , y coa- 
par&ndose & Graco proscripto por el senado de Roma, deja al 
orden estas formidables palabras de despedida: oEn todos Iw 
países, en todas las épocas, los grandes han perseguido impla^ 
eablemenle á los amigos del pueUo, y si, no. sé porqué com- 
trinacion de la fortuna, se ha elevado alguno de ellos en su se- 
no, á ese sobre todo es al que han herido, ansiosos de inspirar 
terror con la elecdon de la victima. 

«Asi pereció el último de los Gracos k manos de los patri- 
cios; pero, herido del golpe mortal, arrojó un pnfiado de pdvo 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DB LOS OtlDORES. 1» 

«I Giel«, ÍDvocs^do álos dioses vengadoree, y de ac[nel polvo 
nació Hario; Mario, menos grande por haber extermÍDado & loi 
(ñmbrios qae por haber derribado en Roma la aríslocracia de 
lanoh^al» 

Ho existe en toda la antigttedad on arranque mas oratorio; 
todo este Iroio, ademis, es de alia elocnencia y termina OM 
esta hermosa profecía : 

«Los privilegios acabsráo, pero el pueblo es eterno.» 

Esta altanera respuesta anonadó á ana adversarios, y Mira- ' 
beaa se lanzó con toda su alma en las sendas de la democracia. 
{Una vez en este terreno, le amoldó, le holló bajo sus pies, se 
extendió, se afirmó y luchó en ¿1, como el atleta del pueblo, 
eoDlra los órdenes del clero y de la nobleza, con todo el poda- 
rlo de su lógica, y con toda la energía de en indom^le vo- 
loolad. 

Créese vulgarmente qne la fneza de Hírabeau oinsislia en 
la andiura de u robusto pecho (1) y en loa eape80a<inechonei 
deán crin de león; que de una coleada barría á sns adversa- 
rios; qne se desplomaba sobre elloa con los bramidos y el furor 
ée un torrente; qne los aterraba con sn mirada; qne loaaoooa- 
daba con los estampidos de au voz, semejante al trneno: esto 
es alabarle por las dotes exteriores del porte, del órgano y ád 
ademas, oomo se alabaría á an gladiador del circo ó i dr 
cómico, DO como se debe al^ar ¿ un grande orador. 

Sia duda Mirabeaa debió mucho, cuando empezó bu car- 
FM-a oratoria, al prestigio de su nombre, porque ya era dnefio 
de la asamblea por la rq)ntacion de su elocuencia, antes de 
serlo por su elocuencia misma. 

Sin dada Mirabeeu debió' mucho & aquella voz penetrante, 
flexible y sonora que llenaba fácilmenle ej oido de mil doscien- 
tas personaa, á aquellos sobwbios acentos que dan intu'és k 



(<) Bl texto dic«; Da't In pinomdtiaiipoUraa,lUara\meoWBn ¡ai bmrbató bm- 
tlmaiiUiupichodt caballo. Hunit» lengua es demasiado severa paraadmilir una 
nieUfora lanairevida.Claroeslá queesas AarÍKiidbsJftnDt ae lomtn aqui poraa 
tisnoderaUíulst. y que la vía feUrall (iwcho de catMllo) wlá puaaia par* •■- 
carecería sDcburadel pecbo deUlralieau. Queda pues exacuiinenie vertida la 
idea, M no U expreston del autor.— N. del T. 



í<ib,Coogle 



ana causa, á aquellos ímpeluosos ademanes que lanzaban i 
S08 despavoridos adversarios provocadones sin respnetía. 

Sin duda Mirabeau debió mucbo á la inferioridad de bdi 
tetólos, porque delante de él las demás repn (aciones se eclipaa- 
Jwn, ó mas bien no se agrupaban como satélites al rededor de 
aquel aslro mas que para hacerle brillar con mas vivo esplen- 
dor. El abate Maury no era mas que un elegante retóríoo; Cá- 
zales, mas qne un hablador fluido; Síeyes, mas qne un meta- 
Osico tacíluroo; Tbourel, mas que uu jarísconaallo; Baraave, 
mas que una esperanza. 

Pero lo que estableció su incomparable d«m¡aio sobre It 
asamblea, fué primeramente la predisposición entusiasta de li 
asamblea misma, la armonía y la cooperación desús asombro- 
sas facultades, la fecundidad de su trabajo, la inmensidad de 
sus esludios y de sus conocimientos; la grandeza y eslenúoii 
de sns miras polilícas, la solidez de su dialéctica, la medita- 
ción y profundidad desús discursos, la vehemencia de sos 
improvisaciones, y la iacisiva vivacidad de sns réplicas. 

¡Cuánto distan de nosotros aquellos tiempos!... El pneUo 
de París entero se mezclaba ansioso en las discusiones del po- 
der l^islativo: cien mil ciudadanos llenaban las TuUerías, li 
plaza de Vendóme, las calles adyacentes, y corrían de muw 
en mano los boletines copiados, esparcidos, lirados por entre 
el gentío, sobre las vicisitudes de cada momento dd d^lK 
entonces habla vida púUica. La nación, los ciudadanos, la 
asamblea, estaban lodos esperando grandes sucesos, llooos lo- 
dos de aquella eléctrica y vaga emoción, tan favorable á ios es- 
pectáculos de la tribuna y ¿ los triunfos de la etocnencia. 

Nosotros, que vivimos en una época sin fe y.sin prísd- 
pios, devorados como lo estamos de píes á cabeza por la le- 
pra del materialismo político; nosotros, asambleas de bomlm- 
cillos que nos inflamos como una monlafia para no parir 
mas qne un ratón; nosotros, corredores de negocios, de carteras 
ministeriales , de cintajos , de charreteras , de recaudacio- 
nes y de togas; nosotros, hombres de la alza y baja, del tresy 
cinco por ciento, del empréstito de Ilaití ó napolitano; noso- 
tros, hombres de corle, de policía, de pandillas, de (odas espe- 



C,q,-ZÍ-dbvGOOg[C 



DE LOS OUDORES. 9DS 

Otes de épeeae, de tedas especies de sistemas, de todas especies 
de prensas, de todas especies de opiniones; nosotros, dipotados 
de oaa parroquia 6 de una cofradía, dipotados de an poerlo, 
de un camino, de nn canal, de en viSedo; diputados de la caflia 
de aiücar ó de la remolacha; diputados de la hornagaera ó de 
, losbetnnes; diputados delcarbon, de la sal, del fierro, del lino; 
diputados de la raza Tacnna, caballar, asnal; diputados de todo, 
excepto de la Francia. Nosotros no comprendemos jamás hasta 
qné punto llegaban las convicciones y la sinceridad, la senci- 
llez de corazón, la virlnd, el desinterés y la verdadera gran- 
deza de aquella ramosa asamblea consliloyenle. 

Si, cualquiera hubiera dicho que no existían ya en aquella 
asamblea ni en aquella nación de nuestros padres, hombrea 
proTeclog que habían atravesado los malos días del despotismo 
ni ancianos que se acordaban de lo pasado; lodo era en ellas 
abnegación, raptos de patriotismo, anhelos de libertad, aspira^ 
dones sin fin á un porvenir mejor; era aquello como un hermo- 
so sol que brilla en la maOana de lá primavera, qne calienta la 
naturaleza embotada por el frió y dora iodos los objetos con su 
pura y templada claridad. La nación joven y llena de gratas 
ílniiones, creía oir voces que la llamaban á los mas altos desti- 
nos; se estremecía, lloraba, se sonreía como una madre en «1 
parto de so hijo primogénito: era aquello la revolución en la 
cuna. 

Nuestras cámaras actuales son otras tantas iglesias peqae- 
Oitas dtmde cada uno coloca su imagen sobre el altar, se cania 
el Magm/teal, y se adora á si mismo. 

Nuestros oradores actuales no son por lo coman mas qne 
jefes sin soldados; no representan mas qne opiniones Ixirradas, 
partidos agotados y moribundos, fracciones de fracciones, 
coando no simples unidades: no meten mas ruido qne el mido 
de su TOi; no ejercen presión sobre el exterior. 

Mirabeau, por el contrario, representaba y conducía á sa 
época. Todavía cree ano verle en la borrascosa noche de lo 
pasado, de pié sóbrela montafia, como otro Moisés, en medio 
del rayo y de los relámpagos, llevando en brazos las labias de 
la ley, y coronada la frente con una aureola de fuego , hasta 



Cqi-ZÍ-dbvCOOgk' 



9M UBRO 

qM vaya k perderse y samergirse en la umbra qoe wbe y le 
eoTiielve. 

A la voz de MirtJwaa se reanea los estados generales, k h 
loz de Ao antorcha van á marchar. El orden de la nobleza M 
«epara violentamente y se insurreccioDa. Hirabeaa atempera 
000 sn longanimidad las impaciencias del estado ilano. Uson- 
jea , adula, honra á la minoría del clero para atraerle ¿ sns 
filas, y presta al rey sns ^pios pensamientos ^a intimidir 
& la nobleza. 

Luego, cuando ha traoqailizado poco i poco á los timides 
plebeyos de los comunes, asombrados al principio de la teme- 
ridad de sn empresa, los deslumhra de repente coa el titalo de 
representantes del pueblo: ya no son una fracción déla asain- 
Uea, ni auD la mas grande, sino toda la asamblea: los órde- 
nes del clero y la .nobleza deben absorberse como débiles ra- 
yos de luz en el resplandor de la majestad nacional. 

«¿Para qoé necesito, dice, demostrar que la divisioa de los 
(Srdenes. que la opinión y la deliberación por (irdea, serian 
ana invención verdaderamente sublime para fijar eetutítn- 
eiooalmenle el egoísmo en el sacerdocio, el orgullo en el pa- 
triciado, la bajeza en el pueblo, la confasion enU'o todos los 
intereses, la corrupción en (odas las clases de que se compone 
la gran familia, la codicia en todas las almas, la InsigDiBcaih 
da en la nación, la tutela del principe y el despotismo de tos 
ministros? u 

No le bastaba á Mirabeau haber, por medio de mía fa&bit 
maniobra, separado y roto la unión de los dos órdenes disi' 
denles, haber consagrado la permanencia de la insurrección á 
favor de la invidabilidad personal de los insurgentes, y haber 
en fio hecho decretar la unidad, la iDdivisibilidad y la sobe- 
ranía de la asamblea constiloyente; sino que necesitaba hallar 
para aquella soberanía un ^ercicio y una sanción. 

La ciarle, con la insensata, arbitraria y pródiga creación de 
los impuestos, y la nobleza y e) clero, con sa negativa de ooo- 
peracioo, hablan elevado basta )o sumo la deuda deíestado y 
precipitado la ruina de la hacienda. El mal llevaba en si d re- 
medio, remedio todavía mas político que econtimico, ^emtdio 



C,q,-ZÍ-dbvGOOg[C 



DE LOS OUDORES. W7 

que BO podía corar á la nacioD, sino eo cnaoto ella se lo apli- 
case á si misma con sos propias manos. 

Esle remedio era la voíacion previa del impaesto por el pne- 
Uo. Ahora bien, la asamUea constitayenle represenlaba al 
paeblo; Inego negando el impuesto, podia alar las manos al 
gobieroo, como se desmonta el resorte de an reloj, como se 
qoita el eje de un coche. Negando el impuesto, como lo propo- 
nía Hirabeau, mejor qae con la famosa expresión de Sieyea el 
estado llano es todo, la revolución no estaba ya por hacer, ea- 
l^a hedía. 

Nuestros padres fandieron sus obras en bronce, nasotroa 
calcamos las nuestras sobre vidi'io: ellos bascaban cuerda- 
ntenle las cosas semejantes entre si, nosotros amalgamamos co- 
mo anos insensatos las contrarias: ellos inventaban, nosotros 
copiamos: ellos eran arquitectos, nosotros no somos mas que 
peones de albaSil. 

Desde Mirabean acá, no hemos hecho mas qae retrogradar 
en la ciencia política; y si alguno lo dudase, lea su Declaracit^ 
de los derechos del hombre. 

Esta conleuia: 

La igualdad y la libertad de todos los hombres por d«-echo 
de oacimienio; el establecimiento, ta modificacioD y la revisión 
periódica de la constitución por el pueblo; la ley como expre- 
sión de la voluntad general; la delegación del poder legislati- 
vo á representantes frecuentemente renovados, legal y libre- 
Kenle elegidos, siempre existentes, analmente renoidos, ia- 
Tiolablea. 

La infalibilidad delreyy la responsabilidad de losminislros. 

La Uberlad de los otros por limite de la libertad de cada uno. 

La libertad de la persona, y por garantía, la publicidad de 
la suslaociacioD, del careo y de la sentencia, la anterioridad y 
la gradación de las penas. 

La libertad del pensamiento por medio de la palabra, de la 
eso-itura ó de la impresión, salvo la represión de sus abusas. 

La libertad de los cultos, salvo la policía. 

La libertad de las asociaciones políticas, salvo la vigilancia 
manicipal. 



_iv,Coog[c 



m uano 

La libertad de ta locomocíoD en el iolerior y en el exterior. 

La liiwrtad de la propiedad, del comercio y de la indus- 
tria. 

La expropiacioB por causa de otilídad pública, mediante una 
justa indemaizaciOD. 

£t voto previo, la igualdad proporciooal, la moralidad, la 
jnticia y la moderacioD del impuesto. 

El eslablecimiento de una contabilidad regular, Ireconomia 
.en los gastos, la modicidad de las retribaciones y !a abolición 
de los abusos consistentes en acumolar empleos eo ana perso- 
na [amml»), y en dar otros no sujetos i trabajos ni obligacio- 
nes (mécuret). 

La opción de todos los cindadanos á los empleos civites, ecle- 
siásticos y militares. 

La subordinación de las tropas á la autoridad civil. 

La resistencia i la opresión. 

La Declwramn de lot derechot era nn magnífico prólogo de 
la constitución, asi como los anUgnos colocaban un peristilo 
delante de los templos de los dioses; era ana decoración poli- 
tica llena de grandeza y majestad, nn resumen de las doctri- 
nas de los filósofos y de los publicistas del siglo XVni, nna 
imitación de la constitución americana. El ingenio francés gni' 
ta de generalizarse y, en la flotante anarquía de las opiniones, 
se necesitaba nn medio de rehacerse, una base para la discu- 
' sion. El prefacio de la constitución de 1793, y las cartas de 
1814 y de 1830 no son, en mucliOB conceptos, mas qnela 
reproducción, ora democratizada, ora aristocratizada, de ta 
DeclaracioR de lot derechot del Hombre de Mirabeaa. 

Los discursos de Mirabeau no han sido casi mas que el de- 
cnente comentario de su Declaración de lot derechot. Aquel 
atrevido innovador no se conlenlaba con descubrir playas des- 
conocidas y plantar en ellas algunos jalones-, en ellas coos- 
truia tapias y ciudades , y bajo los escombros de tantas 
constituciones como se han desmoronado nnas sobre otras, 
todavía se encuentran boy los cimientos de granito que las sus- 
tentaban. 

En so inmensa carrera sembraba con profasion (odas las 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS 0BAD0BB8. IOS 

jrandes y sagradas máximas del gobierno represenlalJTO; la 
soberanía del pueblo, la delegación de los deberes, la negativa 
evenlDal de cooperación, la independencia, la responsabilidad 
7 el refrendo de loe ministros, la iniciali'va de la acosacion y 
la ignaldad del impuesto. 

Habla con tanta diversidad como facnndia por la libertad 
de la prensa , de los caitos , del indiT^no , de la locomoción; 
por la amovilidad de los empleos, la conslitucioa de los ayan- 
lamientoB y de los tribunales, el establecimiealo de la gaardia 
nacional y del jurado, la vitaUcidad [1) de la asignación de la 
casa real y su redacción á un millón de renta(2], la exención 
del impuesto para las clases necesitadas, la unidad monetaria 
y el cálculo decimal, la libertad de las asociaciones pacificas, el 
secreto de la correspondencia, la renovación periódica y fre- 
cuente del cuerpo legislativo , el voto anual de las tropas , la 
responsabilidad pecuniaria de los recaudadores de contribndo- 
nes y la responsabilidad penal de los comunes, los pasaportes 
de los diputados, la venta de los bienes nacionales, la compro- 
bación de los poderes parlamentarios por el parlamento , el 
empleo de la fuerza armada i requerimiento y en presencia de 
los concejales elegidos por el pueblo , las casas de corrección 
paternal, la ley marcial, la igualdad de las sucesiones, la pre- 
sencia legal y la interpelación facultativa de ios ministros en 
el seno de la asamblea , la denominación de los parlamentos, 
ana educación cívica. ' 

Habla contra tos mandatos imperativos, contra ta dnalídad 
de tas cámaras, contra la inmutabilidad de los bienes del clero, 
contra la iniciativa directa y personal del rey, contra la per- 
manencia de tos distritos, contra la lotería. 

Suspenso, atiínito, aterrado se queda ano ante las obras gi- 



(1) noffmM.deinaptr, vitalicio. AqnelUvoi^comoliqus empleamos para 1ra- 
dacirla, Duevas una y olra en atnbat Lenguas, son de las que loa gramátlcoa.d«- 
nomlnao fáeSvunít farmab!ti.—S. dd T, 

(ti Ea decir un milloa de fraift, 6 aean cuatro millones de realea, Cuortnlay 
mAo percibía anualmenle el rey de los [rano^aes, amen de oíros ocbo milkniM 
(da reales también] que imporlaba la aslj(DBcÍon del pWnetp« rtal, coodedB Pa- 
rii, siendo de advertir que la familia de OrleanseraadeiDts, por su propio patri- 
monio, la mas rica d« Europa, i probablemente del muDdo.— H. 



í<ib,Coogle' 



aio uno 

gantoacas llevadas á cabo por Mirabeaa durante los dos afios de 
80 vida parlamentaria. Grandes discuraos.apÓBlrofee, réplicas, 
proposidoDea, represenlaciones, carias á sos comilentes, polé- 
micas de la prensa, informes, sesiones de la mafiana, sesiones 
de la larde, confereDcias de las comisiones, de todo hace y en 
todo está. Nada hay para él demasiado grande ni demasiado 
peqoeSo; nada demasiado complexo, nada demasiado sencillo. 
Sobre sos hombros sustenta nn mondo de trabajos , y parece 
qae en sn carrera de Hércules no experimenla cansancio ni 
hastio. 

£o el (H-oceso de Aix, auonadó & Porfalis con su elocoencia. 
£1 público salió de la sala loco de admiración. 

Multiplicábase ¿ la vez en su propia persona y en todos los 
que se le allegaban; los ocupaba, tos cansaba, los rendía k lo- 
dos janlamente, amigos, * electores , redactores , secretarios; 
conversaba, peroraba, escuchaba, dictaba, leia, compilabit 
escribía , declamaba , estaba en correspondencia con toda la 
Francia. Digería los trabajos de los demás y se los asinoilaba 
como sn propia sustancia: recibía ñolas al pié de la tribuna, en 
la tribuna misma , y las ensartaba , sin interrumpirse, en el 
bilo de sa discurso. Retocaba las arengas é informes para los 
qm habla dado el marco, el plan, la idea; los ablandaba con 
m vara, los coloraba con su expresión, los robaslecia con su 
peasamiralo. Aquel sublime plagiario, aquel gran maestro em- 
pleaba á sus ayudantes y k sus discípulos en sacar el mármol 
de la cantera y en preparar su obra, como el estatuario que, 
cuando está k medio desbastar el pedazo de mármol, se acer- 
ca, coge cincel, le infunde respiracioa y vida , y de él hace 
brotar un héroe ó un dios. 

Hirabean poseia una perfecta inteligencia del mecanismo y 
de los derechos de una asamblea deliberante: sabia basta dón- 
de puede llegar y dónde debe pararse ; sus fórmulas discipK- 
narias se han trasmitido á nuestros reglamentos , sus máxi- 
mas & nuestras leyes , y sus consejos á -nuestra política ; sus 
palabras formaban sentencia. Presidia y hablaba con gra- 
ve dignidad , y respondía á las diputaciones con nna ri- 
queza de elocuencia y una facilidad de expresión tales , que 



:=b,Coogk' 



DB LOS ORADORES. »< 

puede decirse que la asamblea constituyente nanea etlnvo me- 
jor representada qne en (a persona de Mirabeaa , en la úlla 
del presidente y en la tríbana del orador. 

Tél, ¡qaé grande idea se formaba de la representación 
nacional ! él , Mirabeaa, (¡uando decía : a Toda diputación 
ameitgaa mi valor, n Con estos santos temores snbió & la 
tribuna. ' 

Hirabean premeditaba la mayor parte de sus discursos. Su 
comparación de loa Gracos , su alusión & la roca Tarpeya , sa 
apostrofe al abate Sieyes, sus famosas arengas sobre la consti-. 
tncion, sobre el derecho de paz y de guerra, sobre el veto de 
la corona , sobre tos bienes del clero, sobre la lotería , sobre 
las minas , sobre la bancarrota , sobre el papel moneda , sobre 
la esclavitud, sobre la inslruccion pública, sobre tas suce- 
siones, donde brillan y se ostentan los tesoros de su sa- 
ber y la profunda. elaboración de su pensamiento, son trozos 
escritos. 

Su método oratorio es el de los grandes maestros de la an- ■ 
tigfiedad , junto con ana admirable fuerza de ademan y una 
vehemencia de dicción que tal vez nunca tuvieron eltos. Es 
fuerte, porque no se bace violencia; es natural, porque carece 
de afectación; es elocuente, pofque es sencillo; no imita & los 
demás, porque le basta ser (\ mismo; no recarga sus discursos 
coD un bagaje de epítetos, porque le retrasaría ; no aventura 
digresiones , porque temería extraviarse. 

Sus exordios son ora rápidos, ora majestuosos, según lo 
comporta la materia. Narra los hechos con claridad; expone la 
cuestión cou seguridad; su fnj^ retunda y sonora es bastante 
parecida á la frase hablada de Cicerón; desarrolla con so- 
lemne lentitud las ondas de su discurso; no acamóla sus enu- 
meraciones como órnalos, sino como pruebas; no basca la ar- 
nonfa de las palabras, sino la bilacion de las ideas; no agota 
en un asunto la hez, sino la flor. Si quiere deslumhrar, las 
imágenes le brotan al paso; sí quiere conmover, abunda en 
arranques de corazón, en persuasiones delicadas, en arre- 
batos oratorios que no se atropellan, sino que se sostienen; 
qne no se conftmden, sino que se suceden, se engendran 

C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



Ul LIBRO 

anos de otros y brotan coo grato desorden de aquella hermosa 
y rica nalaraleza. 

Pero apenas entabla el debate, apenas entra en el fondo de la 
cneslion, es saslancioso, nervado, tan lógico como Demóale- 
Des; avaDza en orden cerrado, impenetrable; examina sas 
pruebas, dispone sa plan de ataqoe y las forma en batalla. 

Gabierto con las armas de la dialéctica, da el toque de arre- 
metida, embiste á sas adversarios, les coge, los hiere en el ros- 
tro y no los suelta hasta qne, puesta la rodilla sobre su gar- 
ganta, les ha obligado á confesarse vcDcidos; gi huyen, los per- 
sigue, los bate por detr&s como por delante, y los acosa, los 
hostiga y los hace volver irresisUblemente al imperioso circulo 
qne les ha trazado; bien asi como aquellos marinos qne, en el 
puente de una estrecha nave cogida al abordaje, ponen á no 
enemigo sin esperanza entre su espada y el océano. 

jCuánto no debían 8DS palabras sorprender por su novedady 
conmover ta fibra popular, cuando trazaba esta pintura de una 
constitución legal! 

aCoD harta frecuencia do se oponen mas que las bayonetas 
á las convnisionefi de la opresión ó de la miseria; pero las ba- 
yonetas nunca restablecen mas ane la paz del terror y el silencio 
del despotismo. Ab! el pueblo no es un furioso rebaBo ¿quien 
sea preciso amarrarl Sereno siempre y mesurado, cuando es 
verdaderamente libre, no es violentb y fogoso mas que bayo los 
gobiernos en que se le envilece para tener derecho de desi^e- 
ciarle. Coando se considera todo lo que debe resultar para la 
felicidad de veinticinco millones de hombres (4), de una cons- 
tilncion legal sustituida á los caprichos ministeriales, de la 
cooperación de todas las volanlades, de todas las luces para la 
mejora de nuestras leyes; de la reforma de los abusos; de la 
disminución de los impuestos; de la economía en el ramo de ha- 
cienda; de la moderación en los castigos; de la regla en los tri- 
bunales; de la abolición de una infinidad de servidumbres qne 
coarlan la industria y mutilan las facultades humanas; en 



Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



DE LOS OBADORBB. 113 

una palabra, de ese gran sialema de libertad que, címenlándo- 
se en las bases de las muDícipalidades restilnídas 6 eleccio- 
nes libres, se eleva gradualmente basta las administraciones 
provinciales, y recibe sn perfección de la rennion annal de los 
estados generales; cnando se considera todo lo qae debe resnl- 
lar de la restauración de este vasto imperio, se conoce que el 
mayor de los crimenes, el mas negro alentado contra la ¡incDa- 
oidad, seria oponerse al alto destino de nuestra nación y repe- 
lerla al fondo del abismo, para tenerla alli oprimida bajoel pe- 
so de lodas sus cadeoas. » 

iCon qné tino, con qné sagacidad de observación enumera 
las dificultades de la administración civil y militar de Bailly y 
de Lafayette, cuando propone que se les voten acciones de gra- 
cias! 

«¡Qué administración! que época esta en que es predso te- 
merlo y arrostrarlo todo! en qne el tumulto renace déí tuipatlo, 
en que se produce nna asonada por los medios qne se toman 
para evitaría; en qae siempre se necesita mesura, y en que la 
mesara parece equivoca, tímida, pusilánime; en qne se necesi- 
ta desplegar mucha fuerza, y en qne la fuerza parece Uránica; 
en qne acosan mil consejos á la autoridad, que de si misma debe 
lomarlos; en qne es forzoso temer basta á ciudadanos cuyas 
intenciones son poras, pero á quienes ta desconfianza, la inquie- 
Ind y la exageración hacen tan formidables como conspirado- 
res; ea qne hay, hasta en ocasiones apremiantes, que ceder 
por prudencia, qne conducir el desorden para contenerle, qne 
encargarse de un empleo glorioso, es verdad, pero rodeado de 
crueles caidados; en que es preciso además, en medio de tan 
grandes dificnltades, mostrar una frente impávida, estar siem- 
pre sereno, poner orden basta en los mas pequeños objetos, no 
ofender á nadie, corar todas las envidias, servir sin descanso 
y procurar contentar como si no se sirviese! » 

En el momento en que M. Necker, ministro de hacienda, pe- 
día k la asamblea un voto de confianza, Mirabeau para ganar 
aquella votación desplegó toda la ironía de sn elocución, toda 
la fuerza de sa dialéctica, y cnando vio al auditorio medio per- 
Bsadido, lanzó contraía bancarrota estas tremendas palabras: 



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su UIRO 

«Oh! a declaracioDes meóos solemnes no garantizasen nnes- 
tro respeto k la fe publica, naeslro horror á la infame palabra 
de bancarrota, diría á los qne se familiarizan tal vez con la 
idea de faltar á los empeBos nacionales, por temor al exceso da 
los sacrificios, por terror del impuesto ¿Qaéesla bancar- 
rota sino el mas crnel, el mas inicoo, el mas desastroso de los 
impnetíOB? Amigos, escochad una palabra, ana sola! 

«Dos siglos de rapifias y saqaeos han abierto la sima en que 
está i panto de bnodirse el reino. Es [H-eciso colmar esa es- 
pantosa sima Faes bien! a<]ui tenéis la lista de los propie- 
tarios franceses. Elegid entre los mas ricos & fio de saai- 
ficar menos cindadanoa: elegid! pnes ¿no es preciso que pe- 
rezca nn corto número para salvar k la masa del paeblo? Stl 
esos dos mil notables poseen con qné colmar el déficit. Resta- 
bleced el érden en vuestra hacienda, la paz y la prosperidad 
«1 el reino. Herid, inmolad sin compasión & esas tristes victi- 
mas; precipitadlas en el abismo y se cegará..... Retroce- 
déis horroríudos hombree inconsecuentes! homlH-es^u- 

lánimes.... ¡Cómo! ¿no veis qae decretando la bancarrota, iJlo 
qne es mas odioso todavía, haciéndola inevitable sin decretaría, 
os mancháis con au acto mil veces mas criminal? porque, en 
fio, ese horrible sacrificio baria & lo menos desaparecer d 
déficit. Acaso creéis que, porque no pagneis, dejareis dedeberf 
¡Cre^ qae tos millares, los millones de hombres qne perdwto 
eo on iostaote, por la terrible explosión 6 por sns recbaios, 
lodo lo qae fúrinaba el consuelo de so vida, y acaso el riDÍce 
medio de soslentarla, os dejarán pacificamente gozar de vues- 
tro crlmm! Contempladores estoicos de los incalculables males 
qoe vomitará sobre la Francia esa catástrofe; impasibles egoís- 
tas qae creéis que esas couvalsioaes de la desesperación y de 
la miseria pasarán como twtas otras, y tanto mas rápida- 
mente cnanto que serán mas violentas, ¿estáis bien seguros de 
qae tantos hombres sin pan os dejarán tranquilamente saborear 
los maojares cayo número y delicadeza no habréis querido 
dÍ8minBir....T No, pereceréis, y en la craJIagracion nniversal 
que no temeU provocar, la pérdida de vnestro honor no sal- 
vará uno solo de vuestros detestables goces I Vetad, pw 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ORADORES. SIS 

ese sabsidio e^lraordioario, y plegae al cielo qoe sea saficien- 
te. Yotadle, porque los prioteros ÍQleresados en el sacrificio 
qne os pide d gobierno sois vosolros mismos! Votadle, porqae 
h» círcuDstancias públicas do consienlen ninguna demwa, y 
porque seriáis reos de toda dilación. Gaardaoa de pedir Itón- 
po; la desgracia nanoa le da. Y qnél á propósito de ana rídl- 
cola petición del Palaia-Royal, de una risible insurrección qoe 
BUDca taro importancia mas que en ias imaginaciones débües 
ó en los perversos designios de algaoos hombres de mala fe, 
oiateis no há macho estos iosensatos clamores: CíUffma. está i 
lat paertag de Roma, y detíbtraitl Y ciertamente no habla m 
torno Toesiro Catilioa, peligros, facciones, ni Roma. Pero hoy 
la bancarrota , la inmunda bancarrota está ahf ; amenaza 
consumiros á vosotros, k vuestras propiedades, i vuestro 
honor Ydeliberaisl- 

De Igual modo hablaba Demóstenes. 

Mirabeau discurriendo era admirable; pero ¿qué no era Mi- 
rabean improvisando? Su vehemencia natural, cayos arran- 
ques comprimía en sns arengas meditadas, rebosaba en sus írn* 
provisacionesj una especie de irritabilidad nerviosa daba en- 
tonces á toda BU persona la animación y la vida. Un tempes- 
taoso aliento henchía sa pecbo; su rostro de león se nigaba y 
se crispaba; sas ojos vibraban llamas, nigia, se precipitaba, 
Mcadia su densa crin loda Manqueada con espama, y tomaba 
posesión de la tribuna con la suprema autoridad de no amo (i 
de nn rey. 

iGn&D hermoso espectáculo era verte, de cuando en cuando, 
realzarse y crecer delante de las dificultades! [cómo ostentaba 
el orgullo de m frente dominadora! ¿No parecía el orador aa- 
tigno qne, con todas las potencias desencadenadas de so pala- 
Iva, agitaba y reprimía en el foro las irritadas oleadas de la 
machedambre? Entonces dejaba á on lado las notas neenra- 
das de sn declamación habítaalmente grave y solemne; pro- 
rumpía en interrumpidos gritos, en voces tenantes, en irresisti- 
bles y terribles acentos; cubría de carne y de colorido los argn- 
menlofl huesosos de sn dialéctica; apasionaba i la asamblea, 
porqae »e apasionaba él; arrastraba, porqae él también se sentía 

C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



m LIBRO 

arrastrado. T sin embargo, {tan grande era su fuerza! sepre- 
cipilaba sin exlraviarse, se apoderaba de los demáscon el sobe- 
rano imperio de su elocaencia sin cesar de regirla. 

Sds improvisaciones, sea porque se agotase pronto, sea mas 
Uen por inslinlo de SQ aríe, eran breves: sabia qne las emo- 
dones pierden parte de sn efecto con sh doracitm; qne no se 
debe dar al -enlasiasmo de tos amigos tiempo para entibiarse, 
ni á las objeciones de los rivales tiempo para aducirse; qae 
pronto causa risa el rayo que truena en et aire sin caer, y 
qne se debe derribar rápidamente al adversario, como la bala 
de cafion que mata de un solo golpe. 

Deciaae que la asamblea no debia iniciar ta acusación délos 
ministros. 

Al punto replica Mirabeau : « Olvidáis que el pueblo, k 
quien oponéis el limite de los Ires poderes, es la fuente de 
todos los poderes, y que solo él puede delegarlosi OItÍ' 
dais qne á quien estáis disputando la inspecdon de losad- 
Diinistradores es al soberano! Olvidáis, en fin, qne nosotros, los 
refH'eseulanles del soberano; nosotros, ante quienes están sos- 
pendidos todos los poderes, inclusos los del mismo jefe de la 
nación, si no camina de acuerdo con nosotros; olvidáis que no- 
BOtn» no aspiramos á nombrar ó k destituir á los ministros en 
virtud de nnesti'OB decretos, sino solo ¿ manifestarla opinioa 
de naeslros comitentes sobre lal ó cual ministro! ¡Cómo, cÁm 
DOS negaríais ese simple derecho de declaración, vosotros qae 
nos concedéis el de acusarlos, perseguirlos, y crear el tríbanal 
qne debe castigar á esos fautores de iniquidad, cuyas obras, 
jpalpable contradicción! nos proponéis que contemplemos coa 
r^igioso silencio! ¿No veis por ventura cnanto mejor qne voso- 
tros trato yo á los gobernantes, cuanto mas moderado soy qae 
vosotros? Ningún intervalo admilis entre un adusto silencio y 
ooa dennnoia sanguinaria. Gallarse ó castigar, obedecer 6 he- 
rir, tal es vuestro sistema! Pues yo aviso antes de deniiDciar, 
yo recuso antes de afrentar!» 

Por inspiración nsaba de aquellas bellas figuras que t^aspa^ 
lan súbitamente á los hombres, las cosas y loa sitios ala escena, 
y qne los hacen oir, hablar y obrar como si estuvieran presentes- 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS 0UDORE3. «7 

La asamblea iba á empefiarse imprndenlemenle en GOntieo- 
das religiosas. 

Hirabeaa, para atajar la discusión, se levanta y dice: «Re* 
cordad qae desde aqui, desde esta misma tribuna donde hablo, 
esloy viendo la ventana del palacio en que anos faccioBOS, 
oniendo iotereses temporales & los mas sagrados intereses de 
la religión, hicieran dispararse de manos de no rey de los fran- 
ceses (1) el fatal arcabuz que dio la sefial de la matanza de 
los hogoDotesI» 

DispoDÍase una diputación de la asamblea á presentar al 
rey la petición, tres veces rechazada, de que disolviese las tropas 
qne rodeaban la capital. El ardiente Mirabean no pudo conle- 
nerse, y esclamó dirigiéndose á los de la comisión: 

«Decid al rey, decidle qne las bordas extranjeras de las cua- 
les recibimos nuestra investidura, fueron visitadas ayer por los 
principes y princesas, y los favoritos y las favoritas, y que re- 
dbieron sus agasajos, sus eiborlacioues y sus presentes! De- 
ddle qne los satélites extranjeros, ahitos de oro y de vino, han 
estado toda la noche prediciendo con sus implas canciones la 
aerridumbre de la Francia, y que sus votos brutales iuvoca- 
bao la desb-uccion de la asamblea nacional! Decidle que en so 
palacio mismo han danzado los cortesanos al compáis de ese 
coro de salvajes, y que igual á esa fué la escena precursora de 
U negra jornada de San Bartolomé! » 

En 'su bello discurso sobre el derecho de paz y de guerra, ¿ 
Vuelta de algaoa confusión de ideas, llegó Hirabean á resolver 
la difícoltad por medio de la responsabilidad de los miuistros y 
la Degativa de subsidios de parte del poder legislativo. Mas 
apenas pronunció aquellas últimas palabras: «No volváis k te- 
mer qne un rey rebelde, abdicando Toluntaríamente su cetro, 
se exponga k correr de la victoria al cadalso. • 

Violentos murmullos le interrumpieron. Espréméuil pidí6 
ffae se te llamase al urden por haber atacado la inviolabilidad 
del reyl 



L;,q,-z.= bvCoOgk' 



M LIBBO 

«Todos habéis oído, replicó Hirabeaa al instóte, mi sapo- 
«cioQ de que un rey déspota y rebelde se presenlase con ■ 
üsjércilo de rranceses á coDqaistar el puesto de los linutu. Poet 
iáea, an rey qae tal húáese dqaria de ser rey. » 

T resonaron aplaasog. 

Mírabean conlinnó: aSolo la voz de la necesidad pocde te 
el leqae de alarma cuando fuere llegado el momento de ean- 
plír el imprescriptible deber de la reeisteocia; deber uénpre 
imperioso cnando la constitución es violada, y sioupre triu- 
finte cuando la resistencia es justa y verdaderamente na- 
cional.» 

¿No soB estas palabras la pintura profética y viva de la re- 
volución de julio? 

Poco después, en aqu^la misma improvisación, poso Mira- 
beao ea eviduicla a) abate Sieyes con naa imprecacioD oéhfare. 

«No quiero ocnitar, dijo, mi profundo sentimiento al ver qu 
el mismo hombre que asentó las bases de la constitodon, ew 
mismo que reveló al mundo los verdaderos principios del go- 
bierno representativo, se condena i un silencio qne de|rioroy 

juzgo culpable; que el abale Sieyes en fin y perdone ■ 

me veo precisado ¿ nombrarle. ... no se presente aquf & peur 
en su propia conslilucion uno de los mas grandes reurles dd 
orden social. Duéleme tanto mas de ello, cnanto qne, r«>did« 
de una tarca muy superior & mis fnerzas inteleclnales, é ii- 
lerrumpido sin cesar en el recogimiento y la meditación qos 
aon las primeras potencias del hombre, do babia yo ^ado 
mientes ai esta cuestión, acostumbrado i confiaren aquel grai 
pensador para la conclusión de mi obra. En nombre de li 
amistad con que me honra, en nombre del amor patrio, de m 
sentimiento tanto mas enérgico y sagrado, le he instado, li 
he rogado, le he conjurado en balde i que nos haga partidpci 
de sus ideas, y que no deje en la constitución ese vacio. Oide* 
DBDcio su repulsal y á mi vez os conjaro á qne oa apodcnii 
de su consejo, que no debe perman^er secreto, y á qne ami- 
qneis del desaliento á un hombre cuya inacción y silencio u 
puedo menos de considerar como nna verdadera calamidad 
pública!» 

ü,.i,-z__iv,Coog[c 



DE LOS 0RAD0BB3. Mt 

NingiiD orador francés alcanzó jamás sobre una asamblea, 
wbn los ministros y sobre ia opinioo, el poder incomparable 
de Hirabeaa. Trataba con el rey ¿ lo rey; así coando la asam- 
blea llena de emoción se dispoift á volar al enenentro del pñn- 
dpe, levinlase Mirabean y reprime su impelo con nn mero 
gesto. «Sea un triste respeto el primer recibimiento hecbo k 
nn monarca en un momento de dolor. £1 silencio de los pue- 
blos es la lección de los reyes. » 

Dije que lo qae ha elevado á Mirabean, fnera de toda eom- 
paracion, sobre todos los demás oradores, es la profundidad y 
la extensión de sus ideas, la solidez de su dialéctica, la ve- 
beisencia de sus improTisaciones; pero mas que nada la inaa- 
dila floriona de sus réplicas. 

Sa efecto, los oyentes y principatmenle los rÍTales de los 
oradme, están siempre prevenidos contra lodo discurso pre- 
parado. Como saben qne el orador tendió de antemano sus 
redes para sorprenderlos, ellos también se disponen de ante- 
mano para eTilarlas. A medida qne él va hablando, van ellos 
buscando, adivinando, coordinando y disponiendo, con mas 
6 wmos orden y acierto , los argumentos que el orador 
ha debido emplear, sus hechos, sus pruebas, sus insinua- 
ciones y aun algunas veces sus mismas figuras y sus mas fe- 
lices giros. Tienen contra él perfectamente preparadas sos ob- 
jeciones ; tapan las barras de sn visera y las juntaras de 
gn coraza por donde aqoel pudiera introdocirles sn lanza, y 
caando el orador salta la barrera y se lanza al palenque se 
eocnentra frente á frente con un-enemígo armado de pies á ca- 
beza, que le corta la carrera y le dispala valiente la victoria. 

Pero nna réplica oratoria afortunada pasma y fascina á los 
mismos adversarios: produce el efecto de toda cosa inespera- 
da; es como una peripecia llena de novedad que corla el nudo 
del drama y qae le precipita; es como ou relámpago qne bri- 
lla entre las tinieblas de la noche; como una flecha que se cla- 
va en el escudo del enemigo, y qne este arranca al momento 
y Tnelve á disparar hiriendo el pecho del primero que la lanzó. 

La réplica pone en conmoción á las masas indecisas y flo- 
taotes de una asamblea. Cae como el águila que desde la 



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no uuo 

alta cavidad de la roca se precipita sobre so presa, y U arre- 
bata palpitante entre sos garras antes qne piieda lanzar nn 
solo grito. 

Con el sacudimiento qnesa novedad prodnce, dispiertai 
los diputados perezosos, línf&licos y flojos qne sé entregan al 
snefio; enternece repentinameBle los áDimos; hace gritar ¡i las 
armas!; arranca exclamaciones de cólera; provoca risas i&ex- 
tiognibles; obliga al contrario, caudillo ó soldado, & reUraru 
cabizbajo ¿ ocnltar su vergflenza y su sonrojo en las filas de 
los snyos, donde solo es recibido con lástima y con burlas; re- 
suelve la cuestión con una sola palabra; pinta un aconteci- 
miento; descubre un carácter; bosqueja una situación; resume 
un debate; absuelve ó condena á UD partido; forma 6 destruye 
una repuladon; gloríñca, humilla, confunde, ensalza, desen- 
reda, anuda, salva, mata, atrae y suspende mágicamente co- 
iso con una cadena de oro ¿ una asamblea entera de los labios 
de un solo hombre; reconcentra á la vez toda su atención en 
DD solo punió, engendra por un momento la unanimidad, y 
puede decidir ii repente una derrota <i una victoria parlamen- 
taria. 

Mirabeau no retrocedía jamás ante ninguna objeción, ni 
ante adversario alguno. Volvíase con fiereza contra las «nena- 
zas de sus enemigos, y remachaba á mazadas el pedazo de lan- 
ía que pretendían qde arrancase. 

Arrostraba en la tribuna las preocupaciooes, las inculpado- 
Des sordas y las irritadas impaciencias de la asamblea, bnti- 
Til como una roca, se cruzaba de brazos y esperaba qnese res- 
tableciese el silencio. 

Replicaba sin pararse, sin descanso, á todos y sobre lodi, 
coo una rapidez de acción y una oporlonidad sorpreodeolee. 

Pintaba ¿ los hombres y las cosas con una manera y con 
palabras que solo á él eran peculiares. 

Daba i la Francia antigua la enérgica denominación de 
«agregación tficonslituida de pueblos desunidos.» 

Decía en su lenguaje monárquico: 

«El monarca es el representante perpetuo del pueblo, y tai 
diputados son sus representautes temporales. » 



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MLOSORADOBES. M 

Como miembro del directorio de Parts, se expresaba asi anle 
el rey: 

«ün árbol corpulento cobre con sn sombra ana vasta super- 
ficie; BQs profandas raices se extienden may tejos y se entre- 
lazan coD rocas eternas. Para derribarle es preciso (raslomar 
la tierra. Tal es, señor, la imágeo de la monarqaia consli- 
(acional.» 

Atacado por H. de Pancigny qae qneria precipitarse sobre 
el centro ízqaierdo con eabte en mano, y á qnien pedian se 
llamase al orden, formuló la amonestación en estos nobles tér- 
minos: 

«La asamblea, satisrecha de las maestras de arrepentimíeo- 
to que habéis dado, os levanla la pena en que incarrisleis.» 

¡Qné animación, qaé oportunidad, qné nobleza en todas sos 
réplicas! qué rigor! qué ingeniosa y caballeresca ironial 

Gastábase una vez mas tiempo de! preciso en deliberar sobre 
las pretensiones de la república de Genova á la isla de Cór- 
cega: 

Dijo Hirabean: «No creo, seOores, qae nnaliga entre Ragu- 
sa, Lnca, San Marino y algunas otras potencias igaalmenle 
formidables, deba in^aietaros; tampoco me parece muy temible 
la república de Genova, cayos ejércitos fueron dispersados por 
dooe hombres y doce mujeres en las coatas del mar en Córce- 
ga. Por mi parte pido on plazo extremadamente indefinido.» 

Proponía Cázales, como remedio á los males públicos, qae 
se revistiese al rey de an poder ejecutivo ilimitado. 

«H. de Cazal¿s, dijo Mirabeau, se sale de la cuestión, poes 
lo que está discutiendo es si debe ¿ no concederse al rey la dio- 
tadora. » 

E insisU^ido el abate Maury en que Cázales estaba en sn 
derecho expresándose de aquella manera. 

«No pretendo yo, replicó Mirabeau, que el preopinante estu- 
viese fuera de su derecho; digo tan solo qae estaba fuera de 
la cuestión. Se ha pedido la dictadura; la dictadora para una 
nación de veinticinco millones de almas; la dictadura de uno 
solo para un país ocupado en la tarea de su propia constitu- 
ción, para un país cuyos representantes están reunidos! » 



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m LIMO 

T decía ¿ los oplimistas de la asamblea qae dormilabaD: 

«Nos dormimos, si;¿oo se daerme también al piédel TesalÑvTa 

T al abate Haury que le reprochaba por soscitar en fovor 
royo al popatacho: 

«No me rebajaré & repelerla incalpacionqnesemeacabade 
dirigir, á no ser que la misma asamblea la levante basta ni 
mandándome responder á ella. En tal caso creeré haber dicho 
bastante para justíBcacíon y gloria mia con solo nombrar i m 
acosador y nombrarme yo.» 

A sa hermano el vizconde de Mirabean qae había tratado 
derta proposición con jocoso desenfado: 

«Siempre me ha parecido que hacer tas cosas con alegre 
desembarazo es prueba de buen talento; pero no puedo mam 
de vituperar al preopinante por su íntempestiYa jovialidad en 
drcunslancias como estas, que solo requieren reflexiones tris- 
tes y pensamientos sombríos.» 

A una logomaquia en la redacción de la constituden: 

•lAdvierto que no dejaría de ser conveniente que una asam- 
blea nacional de Francia hablase en francés, y que escribiera 
tamMen en francés las leyes que propone. » 

A los que reclamaban la inamovilidad de las antiguas funda- 
dones del clero: 

«Si cada uno de los que bao vivido hubieran tenido su tas- 
ín, fuerza seria demoler aquellos monumentos para encentrar 
tierras de labor, y remover las cenizas de los muertos para 
dar de comer & los vivos. > 

A un diputado que propuiía el aplazamiento de nnaprqiosi- 
doB de mas amplia información, relativa & unos infelices sai' 
lenciados: 

«Si os hubieran de ahorcar, ¿propondríais qne se ajrfazase 
BU examen que pudiera libertaros? 

A Espréménil, qne abogaba con calor por los decretos ipi- 
perativos: 

«Si el sistema de M. Espréménil prevaledese, no tradrís 
necesidad de venir en persona; podría contentarse con enviuv 
nos SD opinión por escrito, y nos veríamos privados del plaeer 
de escacharle.* 



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DB LOS 0KAD0BB3. «1 

A los qnfl prelendian qae la petición heeba al rey de la exo- 
DeraeioD de los ministros había perdido á la Inglaterra: 

«La bglalerra se faa perdido! Dios eterno! qaé noticia tan 
siaiealral ¿T ea cual de sns lalilades se ha perdido? ¿Paede sa- 
berse qaé terremoto, qaé convulsión de la naturaleza ha samer- 
gido á esa famosa isla, á esa (ierra clásica de los amigos de la 
libertad?... Pero no; ya nos habéis tranquilino... La Ingla- 
terra fist¿ Gur^dose en qd glorioso silencio las llagas que ella 
misma se abrió en medio de su ardiente fiebre. La Inglaterra 
florece todavía para lección eterna del mundo!* 

A Regnauld de Saint-Jean-d' Angély, que se irritaba con^ 
Ira la proposición de establecer una sola cámara: 

«He temido siempre indignar á la razón, pero nanea á los 
hombres.* 

Al manifiesto de la municipalidad de Reúnes, que declaraba 
traidores y enemigos de la patria á lodos los qae aprobaban el 
veto real: 

«Si la asamblea delibera mncbo tiempo sobre semejante ma- 
ttfia, será como un gigante qae se pone en puntillas para pare- 
cer grande. Melnn, Chaillol, Viroflay, tienen el mismo derecho 
que Reúnes para decir absordos; lo mismo qne Reúnes, pueden 
ellos calificar de in&mes y traidores á la patria á todos los que 
no participen de sus opiniones. La asamblea nacional no tenia 
tiempo qne consagrar á la enseDanza de tas municipalidades 
que profesan máximas disparatadas.» 

A tacomision de constitución que se oponía á que bebiera 
debate sobre cierta enmienda: 

«Las comisiones son seguramente la flor y nata del universo; 
pero ta asamblea nacional no ha declarado todavía que fuese 
SB intención concederles el privilegio exclusivo de debatir é ílos- 
Irar las cneslíoDes.» 

ÜB diputado queria conservar en las sanciones reales las pa- 
l^>raB: A todos los presentes y venideros, salud! 

T dijo Mirabeau: «¡Ojalá pasase la moda de las salata- 
doveals 

A otro qne pretendía que se siguiera usando siempre el ti- 
tulo de rey de Francia y de Navarra: 



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m uno 

«¿No seria lal vez oportnno afladír y de otros lugartú» 

A QD ¡DdÍTidno qne sosleoia qae los dipnlados debían gonr 
délos mismos privilegios deioviolabilidad que los embajadores, 
por cnaolo vieneo á ser también como representantes de wi no- 
chaei respectivas: 

«Hasta ahora ignoraba yo que en esta asamblea habiese em- 
bajadores de Doardan y embajadores del pais de Gex. Creo 
mas bien qae aqaf solo somos representantes de la naciiH) fran- 
cesa, Y ii<> <lc '<" nononej de la Francia.» 

A los que atacaban la calificación de puehh francés: 

«To la adopto, yo la sostengo, yo la proclamo, por la razón 
misma por que se combale. Si, sefiores, porque el nomlffe del 
pueblo no es aun bastante respetado en Francia; porque está 
oscurecido, cubierto con el orín de las preocupaciones; ptvque 
nos representa una idea qae alarma al orgullo y repugna á la 
vanidad; porque se pronnncia con menosprecio es los salones 
de la aristocracia; por eso mismo, seSores, quiero yo, y debe- 
mos (odos nosotros imponernos la obligación, no solo de r^a- 
bilitarle, sino de ennoblecerle y bacerle de hoy mas respetable 
á los ministros, y caro á todos los corazones.» 

A un folleto lanzado contra él, esparcido por los bancos de 
la asamblea, y del cual solamente leyó el titulo al subir & la tri- 
baña: 

aSé lo bastante; solo me sacarán de aqnl ó Irian&nte 6 hedu) 
girones. » 

A un libelo de Marat que le calificaba de negro y de lanaoite 
digno del patíbulo: 

«Hablase de negros en ese libelo de un hombre ebrio. Claro 
está, pues, que no es al Chatelet de Paris, sino al Ghatdet del 
Senegal á quien toca conocer de esa extravagancia. Solo á mi 
se me nombra en él; pasemos al érden del día.» 

A UDO que daba cuenta de una carta hallada á un sopaeslo 
agente de Mirabeau, y en la cual se decia: Riqaeti el maypr 
es un malvado. 

aParéceme, seílor informante, que me aduláis. Tuvisteis la 
bondad de comunicarme ese documento, y creo haber leído en 
él: Riqueti el mayor es un mfome malvado. Conviene mostrar 



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DE LOS ORADORES. ME 

coD 8DS verdaderoa colores «L retrato fiel qae mí agente hace 
de mi. CoDlinaad leyendo. » 

Ten otra ocasión: 

«He tísIo en mi familia cíncuenla f cuatro carlas-órde- 
068 (1) reales. Si, sefiores, cincuenta y cuatro, y de estas me 
ban correspondido á mi diez y siete Dada menos. Ya veis que 
no he dejado de ser tratado como primogénito de Normaudía. » 

Cuando ¿ propósito de los emigrados dijo: 

«La popularidad que yo be ambicionado y que he coosegni- 
do DO es una débil catla. Quiero que sus raices ahonden la tier- 
ra y se aseguren en la indestructible base de la razón y de la 
libertad. Jaro, si aprobáis semejante ley de emigraciou, do 
obedecerla jamás! » 

loterrumpido por los gritos de la izquierda, volvióse hacia 
Lamelh, Robespierre, Doport y sus colegas, y con iuexplicabla 
desden y arrogancia impuso silencio k aquellas treinta voces. 

¥ las treinla voces eDmudecieron. 

A los qne se negaban á reconocer en la asamblea los legíti- 
mos poderes de una Convención nacional: 

"Nuestra Convención nacional es tan superior ¿ toda Imita- 
ciOD como h toda autoridad; solo ante si misma es responsable, 
y solo la posteridad puede juzgarla. Todos sabéis, sefiores, 
la respuesta de aquel célebre romano que para librar á su-pa- 
tría de ana gran conspiración había traspasado los poderes qne 
las leyes le conferían: Jura, le dijo con intención aviesa un tri- 
buDO, que has respetado las leyes. Juro, contestó aquel grande 
hombre, que be salvado ala república!— Pues asímisuM, se- 
fiores yo juro que habéis salvado á la palrial» 

Los dos partidos opuestos le acusaban k ud mismo tiempo 
de conspirador: 

(I) Estas canai-órd enes, llamadas eii Francia IfHm'ícacttf.iaDlsn varios ob' 
istos, pero el maa comunera el da mandar ir preso d desterrado al individuo contra 
qolen se dirigían. Reducíanse A nn pllegocerrado y sellado que contenía el nombro 
déla persona i quien se Imponía ladnlen, la urden real, la Hrma del rey, t el re- 
frendo de un mlnislro. A veces la simple delación de un mal intencionado que 
abusaba de la buena fe del monarca, bastaba para conseguir de este una carta- 
órdeu; y se imponía la mas estrecha responsabilidad al alguacil encargado de su 
cumplimiento. A ealas caitas-órdenes, de lascpie se blzo grande abuan, aludía 
oeguramenie Uirabeau.— iV. d«l T. 

TOMO U IV 



c,q,zí<ib,CoOgle 



'% tínio 

«Tan pronto conspirador faccioso, como conspirador ddotía- 
revolacionariol respondió; permilíd, seffúres, qne pida la &ii- 
sion. B 

Virabean sostoro con tesón la'prerdgativa del Velo real, y 
'ál pnnto cambió para'él el aura pópularJEI l^vor íq trwA'% 
'^énojo, hubo contra él motines, denuncias, y por áltitb'oacm- 
'crotaes de álla traición. 

«A mi también, replicó entonces & Bamare en on arran- 
que oratorio que electrizó k la asamWea entera, k mi tan- 
'bién quisieron no ha muchos días llevarme en Irínnfo.y'ahdi^ 
'se pregona por las calles; La ¡/ron eonspírdtíon del coiíde df 
'XirtAe¿tal ^o'neceaitaba'yo esla lección pára'sab'er qneno báf 
mas que un paso del Capitolio á la roca Tarpeya!» 

'Finalmente, ¿qné cosa hay en la 'liistoría y en los arr^ba- 
'tos de la elocuencia ániigaa, mas libre, mas altiva, mas he- 
roica, 'mas insolente, mas inesperada, mas victoriosa, mascoD- 
tnrbadora, mas aterradora, mas contundente qne la réplica de 
lllirabéáu al ^ran maestro de ceremonias de palacio? Apenas 
M. de Brézé intimó á ía asamblea en nombre del rey la óril&i 
~de disolverse, levántase Mirabeau, y lanzando Tuegn sus mira- 
das, con ía frente ergitída y con imponente gesto, le dice: 

«Los diputados de Francia tan resuello deliberar : tos, 
^e pafa la asamblea nacional no sois órgano legítimo del r^; 
TOS qne no [éneis aqui asiento, voz, ini voto, id á decir á'vties- 
li'O 'amo que estamos aqni por'la voluntad del pne^lo, y qH 
'^lo nos arrancará de éste Ingkr'la Tuerza délas bayonelasd 
^TM. de Brézé, como herido de nn rayo, sin atreverte i 
volver la espalda, se retiró Cabizbajo del satos. La monarqnli 
'l-etrócedra ante la revolución. 

No descenderé ata vida privada deMirabeau, lacualfUé 
mas bien para él un obstáculo que un apoyo, y nn borrón maa 
^bien que un timbre. No me propongo contar anécdotas, ni s^ 
-biógrafo de escándalos. Soy pintor, y solo quiero represoilar 
en cada 'ano de mis personajes al hombre político, y sobre lodo 
-al hombre orador. 

'Adémás,'no es costumbre Ser may severo con los oradores 
de la oposición, tales como Mirabeau, Shéridan y otros qne 

c,q,zí<ib,Coogle 



DE LOS CKlADOftBS. W 

h&a florecido m nnestros dias, en alescioo á que m esfera es 
el simple discnrao. Júzgase coD mayor severidad k los hom- 
bres del poder, y con razoD, porqoe sn esfera es de obras y 
acciones. De Mazaríno se decía que era relajado; de Targot, 
qae era un tainislro-escrapalofio; de Bobespierre, qae era in- 
corruptible; y de LaÍB IVI, qne era un hombre de bien. Los 
pueblos necesilan juzgar á los que los gobiernan; y este senti- 
miento honra á la moralidad de la especie humana. 

Mirabean se arrepintió machas veces de aquellos desóríle- 
aes de imaginación y de temperamento que mancillaron sn 
juventud; y aun supo repararlos Doblemente, conresándolos en 
la misma tribuna. £ra su alma como su frente, que no consen- 
tía disfraz. 

Afiadiré qne sus discursos, sus proposiciones, sus manífesla- 
ciooes, sus enmiendas respiran, como hombre público, la mas 
para moralidad. 

Solia decir: «Mas importa dar á los hombres buenos hábitos 
y costumbres, qne leyes y tribunales. » 

jCosa extralia! él fué quien por sentimiento religioso hizo 
que se conserrase el encabezamiento de: «Luis, por la gracia 
de Dios rey de los franceses.! 

Salido de los calabozos de Viocennes, amaba la libertad con 
fíanatismo, con idolatría. Tributaba un respeto profundo, le- 
vado, delicado, á los derechos y á la miseria del pueblo. Qne- 
ria qne en la sociedad se estableciera un orden de cosas tal, 
que encontrasen en todas parles los ancianos nn asilo, y los 
mendigos pan y trabajo. 

£o sus vicios tenia mas parle el temperamento que el cora- 
zón; era extremado en sus pasiones, altanero en sus arrepenti- 
mientos; no sufría yogo alguno, ni pensaba en el dia siguien- 
te, i lo literato, ni se acordaba de las injurias, como toda al- 
ma grande; ¿ra pobre, estaba agobiado de necesidades, ávido 
de representación, henchido de caballerosidad, y blasonaba de 
gran sefSor y de tribuno; en fin, seducía y hasta fascinaba á 
sus mismos enemigos. 

Sd ^ma era un foco inagotable de sensibilidad, de donde 
emanaban las repentinas centellas de sn elocuencia. Vivo, osa- 

c,q,zí<ib,Coogle 



tes uno 

do, nataral, fesliro, humaDo, generoso hasta el exceso; ex- 
pansivo basta rayar en la familiaridad, y franco hasla rayar 
en indiscreto; de comprensión rápida, rebosando oporlnnidadé 
ingeaio, dolado de Taslísima memoria, de guslo eiqaigllo, 
de talento y conocimientos, y de prodigiosa facilidad pan 
el trabajo; tal eraMirabeau. 

Hirabeaufaabía meditado detenidamente la estrategia mililar. 
Valiente de snyo, y corriendo por sns venas sangre heroica, sa 
temperamento de hierro, su grande previsión , sus vastas fa- 
cultades, su presencia de ánimo y sa invencible firmeza en los 
peligros, le hubieran indudablemente conducido muy preste i 
ios primeros honores de la guerra. Hubiera sido tan baeo 
general como arengador. 

Hombre casi completo, y único en su clase, fué Mirabeand 
mayor orador y el mayor político de su época. Hubiera sido 
el mayor ministro, pues babia nacido para los negocios, pro- 
cedía con unidad y acierto en los sistemas, era sufrido en loe 
pormenores; conocía á los hombres, veía el porvenir, era fe- 
cando en expedientes, de Unos modales, de voluntad enérgica; 
tenia el instinto del mando, ponia sa conñanza en el pais ygo- 
zaba de universal nombradla. 

Mlrabeau y Napoleón, cada uno de ellos relativamente al 
tiempo ea que figuró y á la esfera ds su acción, son los dw 
que mas contribuyeron á organizar la Francia moderna; por- 
que el uno constituyó la revolución y el otro el imperio. 

Mirabeau, ñnalmente, fué el hombre de su época qne, si 
hubiese querido, hubiera podido destrnirmas y reedíBcarmas; 
ignalmeale idóneo para ambas cosas, tanto por el poder de in 
genio como por la perseverancia de su voluntad. 

No se crea por eso que Mirabeau tratase de reconstrair la 
que una vez había demolido. Sabía que no se erigen ediñcios 
nuevos con la ruina y escombros de los antiguos. . 

«A UD cuerpo gangrenoso, decía, no se le debe vendar Itag) 
por llaga y úlcera por úlcera; es preciso inventar en élaaa 
sangre nueva. » 

Pero DO es al hombre antiguo á quien se regenera con una 
sangre nueva , es un hombre noevo, es otro hombre. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



D8 LOS ORaDOHBS. V» 

' A pesar de eso, sofiaba con la alianza, lao deseada después 
y tan en vano , de la libertad y de la monarquía. Quería la 
monarquía con todas las condiciones de sn poder y de su du- 
ración, y, por una exlrafia inconsecuencia, sus máximas eran 
republicanas y sos medios revolucionarios. 

Sea qnc no se apercibiese de esla contradicción, ó bien que 
se lisonjease de triunfar de ella , proponíase, y eslaba re- 
suelto i poner en planta su amalgama, su fusión, su quimera, 
en el parlamento y fuera de él. 

Decía en la asamblea constituyen le, con su estilo pintoresco: 

«No somos salvajes que bayan venido en cueros de las ori- 
llas del Orinoco para formar una sociedad. Somos una nación 
envejecida: demasiado envejecida. Tenemos un gobierno pree- 
xistente , un rey preexistente, preocn paciones preexistentes. 
Es menester, en cuanto sea posible, poner estas cosas en con- 
sonancia con la revolución, y salvar lo brusco y repentino del 
paso. D 

Trató de reparar con su veto el navio real que iba zozobran- 
do; DO advirtió que con la realidad del velo y con un rey be- 
redítario, la soberanía del pueblo no es mas que un nombre y 
pna mera sombra, y que con la ficción del velo y con una cons- 
litDCÍon popular, la soberanía del monarca no es tampoco mas 
que una sombra y un mero nombre. Porque es absolutamente 
indispensable que la soberanía resida en alguna parle, y sien- 
do por su naturaleza una é indivisible, no puede descansar á 
la vez en dos cabezas diferentes. Es , pues , preciso elegir; 
porque dos voluntades iguales é independíenles no constituyen 
la armonía , sino la guerra ; y la guerra es el combate , y el 
combate es la muerte de uno dé los combatientes. 

El velo absoluto del príncipe implica que el príncipe gobier- 
na; porque es gobernar plenamente hacer lo que se quiere, y 
dejar de hacer lo que no se quiere. 

El velo suspensivo del principe implica que este reina, p^o 
que no gobierna ; porque , en deñniliva , no es gobernar tener 
que hacer lo que no se quiere. 

El veto del prindpe. en una monarquía parlamentaria, no 
es mas que el velo de los ministros. Pero los ministros reepon- 



_iv,Coog[c 



S» LIBRO . 

todos los faDcioDarios á ellos sotos era á quieoes debía consen- - 
Uree; ó. dejarles á lo menos la eDlrada libre eo la asamblea 
como ministros, asi como la facultad coDlradictoria del debate? 

Resolvió entonc«s Mirabcan buscar fuera del parlamento un 
apoyo, y fuerzas contra el parlamento misoao. Pero ¿por qii6 
razón, y hé aqal que ocarre el punto Terdaderamente dlBcul- 
toso; por qué Mirabeaa se delDvo de pronto en la pendiente 
de ta revolución? ¿Por ventura llegó á espantarse del rui- 
do la violencia de su can-era? ¿Proponíase solamente sal- 
var á la libertad de sus extravíos sujetando con un freno 
su espumante boca? Se apoderarían quizá de él, sin saberlo, 
sus preocupaciones de educación, familia é bidalguia? ¿Ba- 
ria con la corte algún secreto pacto de corrupción? ¿Qnw- 
ria una monarquía templada, porgada de todo feudalismo J 
favoritismo, un rey con dos cámaras, una verdadera trinidad 
constitucional? ¿O bien, cansado y basliádo de las emociones del 
orador, deseaba aquel hombre de tan grandes pasiones saborev 
otras emociones diferentes en el ministerio? ¿Tendria tal vez la 
ambición, con el nombre de una monarquía nominal é impo- 
tente, de gobernar la asamblea y la Francia entera? 

La posteridad será quien dé, 6 quien tal vez no pueda dar 
la solución de este problema que es para nosotros irresc^uble. 

Menos dudoso en verdad es que Mirabeau se proponía impul- 
sar á sus colegas á cometer excesos, y aun quizá crímenes, 
para castigarlos luego por hiiberlos cometido. Perdición saláili- 
ca y digna de Maquíavelo, inmoralidad política que toda alma 
noble y recia no mirará nunca con bastante indignación y son- 
rojo, y que á modo de una negra mancha afrenta la gloria de 
aquel grande hombre. 

Arrimado Mirabeau, como un segundo Hércules, contraía) 
rocas del torrente revolucionario, esforzóse tardíamente 60 
contener las co&secnencias que por todas partes brolabaa im- 
petuosamente de su principio. Tenia aquella especie de fe 
supersticiosa en su estrella que tienen todos los grandes bou* 
bres. Tmagináibase que la flecha que una yez fué disparada al 
viento con sus rápidas alas puede detenerse en el espacio an- 
tes de llegar á su objeto. Quería ofrecerse él soto é intrépi- 



j:,q,-zí-dbvCoOg,[c 



DB LOS ORAAORKS. SSS 

do como blanco & los tiros de sus enemigos; y preparábase 
ya coD noa nueva excilaciOD enérgica á volver á empezar sa 
locha de giganle, cuando de repente sus fuerzas se coasomie- 
rOD y se despedazaron, como la monarquía cuyo luto arrastró 
á la tamba (1). 

A lao sorprendente noticia se consternó Paris y acudió el 
pneblo; con lágrimas y lamentos va á rodear á Mírabeau mo- 
ribundo, á Mirabeau difanlo. Contempla con atónita mirada el 
cadáver de su Iribuno, tendido á sus pies; le loca, busca en 
él restos de calor; delirante, desesperado, quiere abrirse sus 
propias Tenas y, para reanimar aquella vida, darle parte de 
la saya; quiere estrechar aquellas manos heladas que lan- 
ías veces fulminaron el rayo popular. Úncese á sn carro y con- 
dnce sus funerales al panteón con la pompa y la apoteosis de 
un rey. 

Ahí no había de volver á resonar mas la voz del iribuno 
cuyos estampidos se prolongaban, como los estampidos del 
trueno, de columna en columna por los suntuosos peristilos 
de la revolución: la voz del político que proclamó loa princi- 
pios de la constitución francesa: la voz del orador -que, ea 
la remola antigüedad hubiera conmovido y trastornado con 
su poder inconcebible, naciones, ciudades, reinos. ¡Ob popu- 
laridad voltaria! Aquellas mismas estatuas erigidas en su ho- 
nor, se vieron luego cubiertas en nombre de la patria con 
negro crespón, como los rostros de los parricidas! Aquel mis- 

(1) Al saberse que Mirsbesu ealaba en peligro da muerle, so suspendtó la 
leglslaiura, los lesiejos cesaron, Uenironse las caUe» de lurbaa y se eniremeeló 
Píris Muíhoa hombrea del puablo solioilaroD que se les abrlasen las venas, pa- 
ra que con (u sangro se hiciese i Mirabeao la operación de la Irasfuslno ; oíros a» 
enlregaban públlcameDle li aclos do desaspotacion ; tal era la eiallacion de loa 
So Irnos. 

Herido súbllamemo de una daloncla desconocida, viá con gran serenidad de 
alma acercarse su úllimo momenlo. Conserrú basta el Sn la Idea do su poder y 
de su renombre ; y al murir dijo á au criado : iSosleo eala cabeía, que es la mas 
faene de Francia.» «¿Qué epilflHos pondrSn en mi lumba?» decía oirás vece». 

ta asamblea conalllujoníe, seguida de InmeBSOgenlio, llevúer ItiunCo su cadi- 
*or al panleoii, al resplandor de mil hacbss. Mas adolanle, en 17*3, se roandú por 
un decreto cubrir con un velo la aslálua de lllrabeau hasla quetueso rebabiUla- 
da BU mamoria. Después, una niK*e, dos agenWS de policía molieron sus resiga 
ten un saco y fueron A sepuliarlos al comonlork) de Ciainatt, quo soto sirve hoy 
día para enterrar i los aíustlclados, enlre cuyos huesos permanecen moicladoa 
T contundidos los huesos do aquel grande orador. 



c,q,zí<ib,CoOgle 



mo pueblo mudable y ealasíasta que había querido ealrt* 
Ciar so sangre para Irasfandirla en las heladas veoas de Mira- 
beaa, que le había conducido. Iriunfanle ea sus propios, braioí 
4 las bóvedas del panteón, maldijo lu^ &, su tribuoo infaman- 
do su memorial Y aquel mismo panleon, donde su glorioM 
oad&ver qaed¿ confiado para siempre & lacuslodia delapalría 
agradecida, le voAiló luego de su seno como despojo de horror 
y de aírenla! 

¥ él, que al borde de sn abrasado lecho soflaba con la, 
pfMlcrídad y la gloria, que soUcílaba de todos sus, acongo- 
jados amigos epitafios para su tumba, icuál no hubiera siija 
su estremecimieoto si le hubieran dicho que una noche, ¿la 
* luz de una tea, precipitarían sus restos en la fosa conian del» 
criminalesl ¿Dóade eslán ahora los fastosos epitafios que espe- 
raba? Dónde encontrar, y cómo reconocer hoy la cabeza de 
^quel gran Riqoeti en medio de tantos despojos saogríentps; 
4e tantas cabezas mutiladas por la cuchilla délos verdugu? 
¡Oh vanidad de nuestros auefiosl oh miseria de las hnmaau 
grandeíasl 



cqi-zí-dbvGoogle 



DB LOS OUDORES. 



CONVENCIÓN. 



La CoDTencioD se abrúi bajo loa sombríos auspicios de la 
miarte con la gaillotiiia al tado y el tribunal reTolacionario 
«D perspectiva. 

Los cODStituyentes.habian sido hombres de teoría. Los con- 
TNicionales fuerou hombres de acción. 

¡Qaé tiempos! jqué dramas! jqué escenas tan borrascosas y 
terribles! 

La Monlafia (1) y la Gironda (2) avanzaban una ciHitra otra, 
«ODDO dos ejércitos enemigos en on campo de batalla; se medias 
con Im, ojos y se lanzaban provocaciones á muerte; mientras 
que el Pantano [ífarais) (3), combatido de vientos coulraríoa, 
ttinclinaba, como an cuerpo flotante, ya&uo lado, ya áoiro, 
T se dejaba llevar i las resallas de sus sobresaltos y zozobras. 

Parecía qoe una espada, suspendida por un hilo invisible, 
«sellaba sobre la cabeza del presidente, de cada OTador, de ca- 
da dignlado. La palidez cubría todos los rostros; la venganza 
hervía en el f^ido de los corazones; la imaginaciou se llenaba 
de oad&Teres y de funerales; un temblor de maerte circulaba 

[I) Lado de loa jatoblDOS 6 eialUdoi. 

9l Lado de lo» tederalliiai é constitacloBales. 

{% Lado de loa madtranliila: 



L;,q,-z.= bvGoOglt' 



S» LIMO 

en todos los discursos; no se hablaba confusa y como involao- 
lariamente mas que de ci'imenes, de conjuraciones, de Ird- 
oones, de complicidad y de patíbulos. 

Marat se sacaba del pecho una pistola, y apoyándosela ei la 
frente: «Una palabra mas, decía, y me hago saltar la tapa de 
los sesos.» Nadie en derredor snyo retrocedía ni se horroriza- 
ba. Tan natural parecía entonces matarse ó ser matado! 

David (1) en pié sobre su banco, clamaba como un energú- 
meno: «Pido que me aíesineis!» 

Los convencionales se laniaban á la tribuna echando llamas 
por los ojos, levantando el puSo, jadeantes, para acusar ó pa- 
ra defenderse; por teslimODÍo de su inocencia ofrecían sn cabe- 
za; pedian la de los demás; para todos los crímenes, sin' dis- 
tinción, no invocaban mas pena que la capital. Solo fallaba 
en. la asamblea el verdugo, qae no estaba lejos. 

Por un momento pareció que la victoria se declaraba á fa- 
vor de la Gironda: es imposible formarse una idea de la vio- 
lencia de las injurias, desprecios, ademanes y miradas qae 
asaltaron entonces á Marat. Todos hnian de él con horror, co- 
mo si nada hubiera habido en él de hombre, ni la flgara, dÍ 
la palabra, ni aun el nombre. 

Al principio, cuando Robespierre sabia á la tribuna, se pro- 
ferian los gritos: Afuera el ambicioso! afuera el dicladorl 

Robespierre se doblegó, pero pronto volvió á levantar la ca- 
I beza con nueva andacia, y cada día agrandaba aquella nnbe 
prefiada de rayos y tempestades, de cuyas entraBas debian bro- 
tor la muerte de Lais XVf, et suplicio de loa girondinos, el le- 
Tuitamientodela Vendée,laley de sospechosos,la erección del 
tribunal revolucionario, la permanencia de la gaillotina, la de- 
magogia de los clubs, el atestamiento de las cárceles, las dela- 
ciones y el terror^ 

Guillotinados Vergniaud y Danton , la Convención se qnedó 
sombria y estupefacta: hasta entonces babia delirado y te- 
nido calentura: laego tuvo calofríos, abatióse y quedó que- 
brantada. Todavía se hablaba en ella, pero ya no se disen- 
tí) Bl célebre plutor que lesttuTÚ la escuele clisicaeo Francia.— N. dd 7. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ORADORES. XB 

tía. Robespierre, Saiot-Josl, GoulboD , Gollol-d'Herbois, Bí- 
Itaad-Varennes, iban á ella á leer sus informes en el horror ád 
silencio: nadie osaba respirar, ni mirar á los demás, ni sobre 
lodo contradecirles. Los mas tímidos se disfrazaban con un fin* 
gido «ilusiasmo; los mas osados larlamudeaban tas excusas del 
miedo. La inicialiva habia pasado al club de los jacobinos; la 
ínerii armada al ayuntamienlo, y la alia dirección déla poli- 
da ¿ Robespierre. La minoría [riunviral oprimía & la mayoría 
dd gobierno en la jnnla de Salvación pública. La GonTencion, 
moUlada por las sentencias de muerte del tribunal revolndo- 
nario, no movia los brazos ni los labios, como si se bnbiese pa- 
rado sn vida, y se le hubiese de pronto cuajado la sangre en las 
venas; solo le quedaban los movimientos automáticos de nna 
máquina para expedir decretos. 

Robespierre, generalmenie lan hábil, se perdió por el desden 
con qne la trataba; cuarenta días, y cuarenta días de entonces 
eran nn siglo , pasiJ sin hacerle el honor de asistir á ella. No 
comprendió qne en una nación como la nuestra nna asamblea 
legislativa, sea cual fuere, tendrá siempre on poder enorme, 
aan cuando se diga que dormita; que la multitud se apega, 
sea por deber, por interés, por debilidad, por hábito, á los 
signos exteriores y á la anidad del poder; que el gobierno 
DO se conserva, en tiempos de revolución, mas qne con la con- 
dición de ejercerse, de aparecer y de ser visto á todas horas 
en las manos qne le empuSan; que es preciso no pararse nun- 
ca, no alejarse, no confiarse, no descansar, no dormir jamás. 
Robespierre se durmió, creyó que subyugarla siempre con sa 
ascendiente á la Convención y á las juntas; las acusó sin insor- 
reccionarse; estallé antes de estar pronto; quiso asentar el pié 
en nn terreno movedizo que por dias cambiaba y que ya no 
conocía; pero tropezó, y sus cómplices, por miedo de caer 
también con él, le empujaron al abismo. 

Pero el vulgo, herida su imaginación por la grandeza de los 
sucesos, supone siempre en los hombres de acción vastos pen- 
samientos y remotas previsiones; quiere absolutamente hallar 
algo maravilloso en las causas, porque lo hay en los efec- 
tos, olvidando que, en Francia sobre todo, lo que rige es lo 



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W LIBRO 

imprevisto. Las revolatíones nacen '4e la sucesiva gMeraoiini 
de ios liecbos, k veces de una ocasión, casi siempre de la to- 
Inntad premeditada de nn hmibre, ó de nn partido, ó de ob 
ñetema. 

Hase creído igoalmenle Ter una onidad y ana faena ad- 
mirables eo la organizacioD de la GoDvencioD; pero es nn eirrffr, 
7 tanto que solo ¿ la casaalidad debió mucbas veces bd cMser- 
Taclon. Primeramente faltó poco para qae la derribasen los gi- 
nndinos el 31 de mayo; mas adelante, & no ser por nn ardid 
de SaÍDt-Jast, Danton triunfaba de ella. Sin la cobardía y la im- 
tecilidad de Henríot, Robeapierre proscripto ¿1 8 de Termidúr, 
preso, pero libertado casi en el mismo instante, recobraba el 
dominio. A no ser por ana carga de caballería'^ tiempo, elpo- 
polacbo, ebrio de sangre y de matanza, continaaba ddiberando, 
el 1.° de Pradial, en el seno mismo de la asamblea legislativa, 
ccm algunos diputados insurrectos, después de haber derríbaos 
las puertas de la sala, asesinado á Féraud y cebando á la Coa- 
veocioD. En fin, á no ser por el héroe del 13 de Vendimia- 
rio (1), las secciones de Paris asesinaban á la represenlaáth 
nacional en el recinto de sns sesiones. 

La anarquía de acción y de Tolnntad trabajó 'también álos 
montafíeses, como & los demás. 

Bobo varias montólas; la monlafia de Marat, que caminaba 
aolo, pues que te repudiaban k la vez Danton y Robespierre; la 
montafia de Danton y de sns amigos Caniilo DesmouKns, Le- 
gendre y Lacroix; la montafia de Robespierre, Coulhon y ^nt- 
Jnsl; la montaSa de Billaud-Varennes, Tatlien, Barrare, Co- 
Uol-d' Herbois; la montafia de Bourbotte y Goujon: todas sn- 
eesivamente se arrojaron k la cara lodo y sangre. Desgracia- 
damente esta es la historia de todos los partidos en casi lodaí 
las asambleas. En tiempo de paz, se injurian; en tiempo de re- 
volución, se matan. 

140 nos vengan, pnes, á decir qae la Convención fuéaiii 
asamblea perfectamente libre, ordenada, consecuente, directo- 
ra, reina de hecho cuanto de derecho, y dnefia absoluta y e^ 



(1) BonaparM, entonce! generil. Esl* fecbs a 



c,q,zí<ib,Coogle 



' DB LOS ORADORES. M 

^^l&úéa de todos saiaclos. La CotiTeiicion, desde sn aperlai'a 
hasla el saplicio de los girosdiBos, no faé ntas qaean paleo- 
■que de^iiHierle eolre los dos parlidos. Deipnes de los girondi- 
nos, obedjeoeia casi síleDciosa. Eb tiempo de Robespierre, 
■t«Tor y mudez. Despaes de Robespierre, contra-ierror, cod 
maa inlermileBcias. 

'Decretar dignos de prisión por nnaBÍmidad á los girondinos, 
por ananimidad á Danton, por onaniniidad áSaint-Jast; volar 
'por uBanitnidad, el 8 de Termidor, la impresión del discnrsb 
de Robespierre, y al día siguiente sn maerle; ¿es esto razoB, 
cóiQsecaencia, libertad? ¡Cosa exirañat La Convención fué la mas 
'Boberania y la mas esclava de' lodas nuestras asambleas, h 
mas loínaz y la mas muda, la mas gesticuladora y la mas té- 
trica, la mas'indepAndienle por íolervalos, y la inas dominada 
por conlinnidad, y precisamente porque faé en manos del 
gobierno revolucionario un iostrümento poderoso, dependien- 
'le,_pasÍTo, QDitario, pudo este gobierno derribar resnellamente 
á sus enemigos de cerca y de lejos, é imponer á todos el sílen- 
(iode la victoria 6 del terror. 

A decir verdad, la Convención no fué mas qaeel primer es- 
cribano de la revolución: las juntas de salvación pública y de 
's^nHdad general, gobernaban solas. En el exterior, se apo- 
ytíj&a en los representan les del paeblo, en misión cerca del 
'ejército; en el interior, en los distritos y las sociedades popula- 
ros qae estaban en correspondencia con ellas, en la convención 
^tie decretaba sus medidas, y en el tribunal revolucionario qoe 
les daba, en caso de necesidad, sa terrible sanción. 

El gobierno deliberaba en comunidad sobre el informe de 
sus individuos; per» cada cual era independiente y. poco me- 
nos que sefior en sn comisión. Carnet dirigía exclusivamente 
el departamento {le la guerra; Camben manejaba la hacienda; 
Robespierre tenia la policía. Cada individuo del gobierno agre- 
gaba por consiguiente al poder individoal de so dirección el 
poder colectivo de las juntas. La dictadura era completa. 

A esta dictadura délas juntas, mucho mas que k la Conven- 
ción, debe atribuirse lodo lo malo que se faizo entonces, como 
también todas ]as grandes cosas que se realizaron y todas las 



c,q,zí<ib,Coogle 



no UBRO 

victorias que se obtOTieroQ. ¡Qaé hombres de hierro todos 
aquellos individuos de las jonlas de salvación pública y de se- 
goridad general! ¡qué obstinación de Tolunladl qoépreóúon 
de mando! quéprontilnd de ejecncion! Guerra, marina, ha- 
cienda, subsistencias, policía, interior, exterior, legislaúon, 
para lodo bastaban: peroraban en el clab de tos jacobiDos, de- 
liberaban en las juntas, informaban en la convención, trabaja- 
bao qnince horas diarias, extendian tos planes de ataques y 
de defensa, estaban en correspondencia con catorce ejércitos 
y organizaban la victoria. 

Jnnlameole reyes, diputados y ministros, ordenadores y re- 
dactores, jefes y ejecutores, sostenlabao el peso del gobierno 
en su conjunto y en sus partes. El poder rebosaba en sus ma- 
nos: no teoia por extensión mas que su voluntad, y por limites 
mas que el cadalso. Si osaban demasiado, los llamaban dicta- 
dores; si DO osaban bástanle, conjurados. Omnipotentes sobre 
todo, pero responsables de todo: responsables con su cabeza 
del triunfo como de la derrota. 

La dlpuiacion no era entonces un oficio de recreo ó de lacro. 
Para acudir á la asamblea, habia que atravesar plazas eriza- 
das de cationes con la mecha encendida, y pasar por raitre 
hileras de fusiles y de picas. Se entraba en la sala á lo rey, síd 
saber sí se saldría de ella & lo proscrito. El presidente Bois- 
sy-d'Anglas torcía el rostro, sin pestañear, delante de la cabeza 
cortada del dípolado Féraud, que nn tropel de mujeres des- 
grasadas y sangrientas tremolaban en la punta de una lao- . 
za (1): Lanjuinaís continuaba su discurso, teniendo puesta eo la 

(I) El presidente Bol9sy-d' ADgtas. dechado de vetor. de consta ncia y delnsd- 
cla era el principal objeto del odio del populacho deads que en la sesión deSOtfe 
l)iajZQde179S(30de VenL atio3.'|, deapueadauna eicpostctnn elocueBlUim* d« 
loa crimenesá que habiB dado origen el elstema del terror, propuso la aolllacloa 
de loa ralloa délos tribunales reíoluclonarloidesdaelISde Pradleldel aAolAM 
auipeoslon de la venia de los bienes de los condenados, J Bnaloieote una lüdtiai- 
BlZBCloo en favor de los herederos de aquellas cuyos blenea hubieran sidn ;■ 
vendidos. Todas estas proposiciones, dlcladaa por la mas rigorosai justicia, lueroo 
reciliidas con Irenélici descontento por el pueblo; pero las sadlclonas, motinea j 
iremandaa amenazas de este se estrellaron siempre contra la herú lea constan el a 
de aquel hombre digna, üi (3 deGarmlnal del aúo 3.>(l.<> da abril de Í19S), mleDiru 
Bolsay ocupaba la tilbuna con un InTorme snbre el antiguo sistema de Iss ntbiit- 
ItBciai, Inmensas turbas, de ambos sexos y de todas edades, penelraron en la Con- 
vención, llevando banderas becbaa coa barapos, y con deíalorados gtllo* t itDia- 



c,q,zí<ib,Coogle 



DE LOS OHIDOBBS. lU 

sien la pistola de qd asesino (1): Robespierre, con noa mandí- 
bnla rota, yacía tendido eo el suelo en ana sala inmediata & 
la Goovencion (2): otros diputados se herian á si propios da 
DDa puñalada á dos pasos de allí, en la sala del tribunal revo- 
lacion^u'io: otros tomaban un veneoo para libertarse del ver- 
dogo. Estos eran espectáculos oraiuarios. 

Entre partidos pottticos que se diezman y se inmolan, la 
compasión y la esperanza están vedadas. Montaiieses contra 
girondinos, 6 montafieses contra montañeses, era preciso com- 
batir: combatientes, era preciso vencer; vencidos, era precisa 
morir. 

¿Fué Verguiaad federalista? ¿Conspiraba Dantos contra la 
república? ¿Caminaba Robespierre & la dictadura? Esto es lo 
qoe todavía no han demostrado suficientemente, á mis ojos por 
lo menos, aquellas súbitas prisiones y procesos turbulentos, 
lia autos, siii pruebas, sin teslimoDÍos, sin defensas, sin ca- 
reos, sin formas, sin reglas, sin acusadores libres, sin tribu- 
nal imparcial, sin jurado formal. Ellos entre si se acosaron, 
■e infamaron, se diezmaron; pero no sojuzgaron. 

La historia imparcial dirá que bubo en aqaellos tiempoi 
hombres sucesivamente proBcriptores y proscriplos, jueces y 
victimas, mas fanatismo que ambición, mas exaltación qos 
crueldad: dirá que debemos atribuir los excesos de aquellos 

«os ademanes dlfupdl ero I) la con slern ación entre los diputados, pidiendo iiünyJa 
—otUtutíttn d» 1793. Solo Bolssr permaoBclit Imperturbable en medio de bus vlit- 
leDtasemeiiaiM:y cuandoal toque de generala, queresoaden las callea de París, 
■e bubo dlsperaado aquel birbsro tumulto, cantinudsu Inrornie sin dar la me- 
nor muestra de alleracion. EH.> da Pradlaldel bI!Io3.° (iO de mato de I79S) vol- 
vió el populacho A invadir la asamblag, Vernier era presidente, y dejó su puesto 
atemorizado; correspondía A BoIsit reemplazarle, y ocupando valerosamente au 
allloD, desempeQú sus lunclonev aln qua amenguas en su constancia en ningún li- 
naje de amenazas, ii) el tremendo aspecto de la cabeza dal desgraciado Féraud qua 
lo presetilaron izada en una pica.— \. dii T. 

(1] Kn la célebre sesloa de S ds febrero, en la cual, rodeado de gente armada 
coQ puiislea y plitola^, sostuvo con calor el decreto que mandaba la peraecucton 
de losautoresdelosaaesinatoa deaetlembre det793.— /<!. 

íi) Hallíbaae Robespierre en la municipalidad rodeado de »ua partidarios, cuan- 
do rué sorprendido por la tuerza armada que capitaneaba Barras por urden de la 
Convención. Befléreseriuo, bablcnda inisntado evadirse, un gendarme le disparó 
un pistoletazo que lo rompld lo mandíbula Interior. A pesar de eso lué conducido 
ala Convención enunasaiigsTilIss, y depoallado después por mandato de la misma 
en una sala inmediata á la de la asamblea, donde el dolor de su horrible berlda no 
le arrancó ni una sola queja.— H. 

TOMO L t* 



c,q,zí<ib,CoOgle 



su . LIBRO 

tiempos mas bien i los vicios de las insliluciones revolocioDa- 
rias, que á los bombres que les servlaa de ¡nslramentos; que 
UQ solo cuerpo que quiere & la vez conslituir, legislar, delibe- 
rar, acusar, juzgar, administrar, vigilar, combalir, obrar, y 
que acumula de esla suerte todo el gobierno con todo el poder 
legislativo, se condeDa á soporlar la anarquía ó el despotismo; 
que una Convención, órgano údíco y legal de la universalidad 
del pueblo, no debe dejar que se establezca i su lado la domi- 
nacion de un club rival, tao poderoso como ella; ni permitir, 
so pretexto de an sofiado respeto á la soberanía del pueblo, 
qae anas autoridades 6 unas corporaciones, cualesquiera que 
lean, vayan á sitiar su barra con proposiciones incendiarias y 
á desniar triunfalmente delante de ella, armadas ó inermes; 
ni doblegar la majestad de la representación nacional delante 
de UD clubista, aullador de plazas públicas, que se retuerza 
y arroje espumarajos por la boca, enviado por no se sabe 
quién, y que no sabe lo que se dice; ni prorogar iDtlefiDÍda- 
mente los poderes omnímodos de sus comisiones ejecutivas; 
ni, despojándose de su inviolabilidad parlamentaria, permitir- 
les expedir decretos de prisión contra sus individuos, ni lanzar- 
los ella contra ellos, sin oir su defensa; ni autorizar en todos 
los puntos de la república, eín organizarías ni contenerlas, diez 
mil sociedades gárrulas, desoi'denadas y terroristas; oí dejar 
invadir las tribunas públicas y sus propios bancos por ooa 
caterva de hombres y mujeres desarrapados y siniestros qae 
aplaudan, clamoreen, enseñen los pufios y deliberen; ni con- 
vertir tumultuariamente en decretos, por aclamación, sin de- 
bates previos y sin intervalo, proposiciones de acusación, de 
legislación ú de policía, que su autor no haya leido mas qae 
noa vez, y que la asamblea no haya comprendido, ni siquiera 
escuchado; ni tolerar qae se llame á los colegas del bando 
opuesto malvados y conspiradores, y que so bable sin cesar en 
la tribuna un lenguaje de muerte que conduce, mas aprisa de 
loque secree, ¿apciones de muerte; ni imaginarse que la so- 
beranía del pueblo pueda fraccionarse y residir en la nsnrpa- 
cion improvisada de algunas autoridades, é de unos cuantos in- 
dividuos que se insurreccionan y se invislen á si propios de la 



Cqi-ZÍ-dbvCOOgk' 



DE LOS ORABORBS. »3 

palabra y de las insignias del maodo supremo; ni aun siquiera, 
en fio, que una convencioo pueda suslenlar ella sola sobre 
SQs hombros, por mas robustos que sean, el poderlo enorme, 
QDÍversal, abrumador de treinta millones de hombres. 

Pero la CoavencioD no se'paró en estas anomalías de princi- 
pios y de conducta. Creyóse llamada á cumplir una misión del 
destino, y la cumplió; fué hasta el ñn, sin rodeos, sin tempera- 
mentos, sin miedo, sin compasión, sin remordimienlos: sabia 
qne atropellaba la regla ordinaria, y sobrepuso la razón de 
estado á la regla ordinaria; sabia que seria \¡oIenta, y fué 
violenta; que su memoria seria alacada, y sacrificó sn memo- 
ria. Echó el velo de la dictadura sobre la eslálua de la liber- 
tad; suspendió la constitución de 1793; opuso el levantamiento 
en masa á la coalición de los reyes, y la cuchilla de la guillotina 
á sai enemigos interiores. Empujó delante de sí, con furiosa 
y desesperada energía, el carro 'de la revolución que habla 
armado de cortantes hoces, y pasó el rasero de ta igualdad so- 
bre las ciudades y les campos, las leyes y las instituciones, loa 
hombres y las cosas. 

Ahí debo decirlo; ese olor de sangre que exhalan los rastros 
de la Convención, hasta el punto de hacerse notar al cabo de 
cincuenta afios, me revuelve el estómago y me hace daCío, No- 
sotros, amigos de la libertad, nunca hemos querido que exista 
esa abominable pena de muerte; do, no la querremos jamás, 
jama si 

¿Acaso, por mas grande que la concibamos, no debería 
siempre estar limitada por la justicia la omnipotencia de no 
dictador 6 de una asamblea? Ahora bien, las espantosas carni- 
cerías de setiembre (1), los tribunales revolucionarios, el anta- 



[1) Fueron decreladaa por DiqIod, á la sgzon mlnleiro de Justicia, pan difun- 
dir el tsTTor entre el puetilo y amedrentar á los enemigos de la conveDOJoo que 
se dtrlgisD sobre París, El día Ida aetlembre, i mediodía, se dlú la urden docer- 
rsT las puertas de la ciudad; a las dos'disparú el cailoD de aiatms, sonó Ja campa- 
na da lemnnictpslldad. j Be locfi generala; de alli á dos boras empezaron i Inun- 
dar las callea de Parla arroyoa de aangre de las iudelensaa victimas encerrada* 
en las prislonesi... neinúel terror en la capital, y se exlendid i luda la Francia; por 
lodaa partessurgieron batí nones de volu Diarios, f en ID del mismo moa ganúKel- 
leimaon la batalla de Valmy, poniendo b loa exlranieroa realistas en precipiuda 
tuga.— ÍV. dtl T. 



_iv,Coog[c 



M unw 

gooismo de los clubs, las ÍDsurreccioDes de tos ayuntamieDtos, 
los motines, los cadalsas permanentes, lasguillolioasambalaD- 
tcs, los ahogamieaios (1), las descargas á metralla, los caaoi 
de individuos puestos fuera de la ley, las persecuciones dente- 
ras opiniones, las prisiones de ancianos, de casadas y de donG^ 
lias, adeoiás de su crueldad y de sq infama, ¿para qné sirvie- 
ron? faé por eso mas fuerle, mas jualo, mas respetado, mu 
querido, mas victorioso, mas estable el gobierno revolnciont' 
rio? ¿ganaron algo con estas atrocidades la civilización, el pro- 
greso, la moralidad, la fraternidad? No se puede reinar con el 
terror mas que sobre pueblos viles ó crueles. 

Pero al paso que apartamos los ojos con indignación y 
horror de los cadalsos políticos, debemos ser justos, debemos 
reconocer para sn honra inmortal, que la Convención tuvo os 
profundo sentimiento de la libertad, nn inmenso amor k la pa- 
tria común, y que fundó Irea grandes cosas: la independencia 
del territorio, la unidad del gobierno, y la igualdad de losdii- 
dadanos {i). 

Además, ¿quién lo creería? hablar, aun al cabo de medio 
siglo, de la Convención nacional, es qperer escribir sobre ob 
barril de pólvora, entre panegiristas entusiastas y furiosos de- 
tractores, prontos unos y otros á hacerle & uno saltar por loa 
aires si no es exclusivamente do su opinión; y en verdad qoe 
no lo, somos, mas que prendan fue^ k la pólvora! 

Asi ¿quién puede impedirnos decir que lo que se ha escrito 
sobre la convención tiene mas de novela <(ue de historia? To- 
dps los dias y en todos los partidos se signe novelando sobn 
este panto. Encajamos á los hombres de 1-193 nuestras opinio- 
nes, nuestras ideas, nuestros sistemas de boy, nuestras preocA- 
paciones, nuestras utopías y cierto modo de discurrir qoe 
ellos nunca tuvieron, y que, apresurémonos á confesarlo, tam- 
poco teníamos nosotros hace diez afios. La confusión de los pare- 
ceres reina aquí como en todo lo demás: así por ejemplo, unos 

(1) Lti nnyadii. En Nsnles especia I m en le, el inbmeCarler puso eo boga *iN 
borriblA modada malar en masa, que, aadBDdo loa tiempos, ImlttS en la Carii5> 
el general D. Pedro Méndez VIgo.— jV. dd T. 

(% Dov gracisa i la Convención por haber aalvado entonces la IndepandencU 
de !a Francia. Dlicurao de Berner. {«anilor del 17 de eaeto de 18S»), 

C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS OMDOES. »S 

dicen resDellamenle que Robespierre no era mas qne el agente 
asalariado de los Borbones y de la Inglaterra; otros, qne aspi- 
raba desembozadamenle ala dictadura; estos, qne soñaba con el 
establecimieolo de la igaatdad absolnla; aquellos, qoe sn único 
placer era bafiarse en sangre como nna hiena. Machos dicen, 
con tono de profundidad, Tranciendo las cejas y meneando la 
caheia, qne á Robespierre no le comprendieron, y partiendo de 
esta suposición, sueltan la rienda á todas las hipótesis. Siendo 
esto asi, licito me será á mí también hacer la mia, y si des- 
pués de haber leido y reléido sus últimos discursos pronun- 
ciados en la Convención, be penetrado bien su sentido, diré 
qae me parece qne Robespierre estaba á pnnto de alar las rue- 
das a! carro del terror en las pendientes de la revolución. 

Pero podría muy bien engafSarme lanzándome al vago 
campo de las suposiciones, y yo no soy publicista de capricho; 
no quiero hacer lo que aquellos comentadores que, en sd ado- 
ración de la antigtledad, prestan á Virgilio y á Homero artifi- 
cios de estilo y melodías imüalivas en que jamás pensaron Ho- 
mero y Virgilio. Asi, los publicistas de capricho ban prestado 
á Robespierre y á Saínt-Jusl, hposíeriori, planes enteramente 
organizados de r^orma y nivelación democrática, que sus dis- 
cursos no hacen presentir siquiera. No quieren ver que todos 
los corifeos de las revoluciones empiezan por trepar al asalto 
del gobierno existente; después de lo cual, sí sus adversarios 
se resisten, y mientras se resisten, los arrojan desde lo alio de 
la muralla al foso. Gsos hombres no son mas que los agentes ' 
de una Providencia de quien se creen los motores-, están enca- 
denados por la sucesión de los hechos y por la lógica de los 
principios qne los arrastra sin saberlo ellos, y que con harta 
frecuencia los conduce adonde no querrían ir y, sobre todo, 
á donde ignoran que vaa. Porto demás ¡cosa increíble! Robes- 
pierre y Saint'Jast veían la naturaleza como se ve en la es- 
c^a y en las decoracioues del teatro de la Opera, al tras- 
luz de una óptica pastoril con armoniosos coros de zagales y 
mayorales: moi'alizaban especialmente sobre la libertad y so- 
bre la igualdad, con mmos elocuencia que Rousseau, pero 
con mas pedagogía. Gomo organizadores, no estaban mas ni 



_iv,Coog[c 



un UBKO 

meDOs adelanlados qae los demás monlafieses; no peasabao ea 
mafiaDa, como lodos los jefes de partido en pleoa revolacíon, 
demasiado atentos ¿ deshacerse de sus enemigos y á defenderse 
á si propíos para peosar eo oira cosa. En ellos, la accioa ab- 
sorbía et pensamiento, y lo presente absorbía el porvenir. U 
revoluGÍon.semejaDle á un torrente, los arrastraba, los revolvía 
en sus olas; ahora bien, do se fnnda un edificio en la corriente, 
sino en la ribera. 

Como quiera que sea, lo que no admite duda , y esto es to 
que nos importa, es la prodigiosa sacudida que dio al mondo 
el coloso francés coando, rompiendo las cadenas de la monar- 
quía absoluta, se puso en pié , y desplegando toda su altara 
echó á andar con su fuerza y con sa libertad. 

Asi como los metales mas heterogéneos se disuelven y se 
aglutinan en el crisol y á la lumbre de una ardiente fragua, 
asi bajo el poderoso aliento de la convención, las provincias de 
Francia, aun las mas extrafias unas á otras, se soldaron entre 
si y no formaron mas que un solo y único cuerpo. Cada aldea, 
desde los Pirineos basta el Rhin, desde el Océano hasta lot 
Alpes ; cada fracción del territorio trabajado , removido basta 
en sus últimas capas por los labradores revolucionarios, red- 
bió y conservó eo su seno tas semillas de la libertad. El me- 
nosprecio de la muerte , la grandeza trágica de los sucesos, el 
entusiasmo de la gloria templaron aquellas almas de acero, 
aquellas robustas generaciones de nuestros padres. La Francia 
de entonces no era mas que qq gran campamento, una fábrica 
de fusiles y de caQones , un arsenal de guerra , una ÍDmensa 
plaza de armas. Las madres ofreciao sus hijos á la patria: los 
recien casados se arrancaban de los brazos de sus esposas: 
legiones de soldados salían como de debajo de la tierra. Des- 
calzos, sin vestidos, sin pan, sin pólvora á veces, tomaban á li 
bayooela las trincheras y las baierias del enemigo. ¡Qué capi- 
tanes I Joubert , amortajado en la bandera de Navi ; Hoche, 
pacificador déla Yendée; Marcean, el héroe de Wisembnr^; 
Fíchegru, el rápido invasor de la Holanda, y Moreau que lae- 
go (1).... pero entonces triunfaba en Nerwinde! Aquellos ge- 

(1) EleBSile reticeacU, iwru do decir que mss sdel«Dtee«teraQiDSogciMnt, 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ORADORES. ' U7 

nerales de la república ibao á ser Iüs gloriosos mariscales del 
imperio; Ney, SodII, Murat, Masséna, Laanes, lefebvre, Da- 
Toast , Angereau , y sobre lodos ellos BoDaparte , mas grande 
tal vez qae NapoleoD. Estejóveo general déla Convención, 
que dirigió las descargas de metralla contra la iglesia de Sao 
Roqae (1), debía algún dia bacer temblar ala Europa al ruido 
de sus pisadas , y sentarse , coronado por el papa , en el trono 
de los Césares: aquellos soldados desarrapados debían dar con 
él la vQelta al mundo , acamparse al pié de las Pirámides, 
coDqaislar la Italia , y ceñidos con los laureles de Areola , de 
Aboukir , de Narengo , de Aaslerlilz y de Jena , plantar sns 
triunfaotes águilas en las torres de Tíena, de Lisboa, de Ro< 
ma, de Amsierdan, de Madrid, de Berlín, y de Moscou. Aque- 
lla nación, coya ruina y desmembramiento meditaban los 
eitraojeros, debía en breve ser saludada por el grande empe- 
rador con el dictado de la gran nación. Ed derredor de la re- 
Tolncion marchaban, como para formarte un magnífíco cortejo, 
hombres de genio, nnos ilustres ya, otros h punto de serlo; en 
las ciencias Laplace, Lagrange, Biol, Carnot, Hooge, Cnvier, 
Chaplal y Berthollet (2), Larrey, Pinel, Cabanis, Bicfaat, Du- 
poytren (:i); en las bellas artes David , Gros , Girodet ; en las 
letras Lebrun , Fontane , Bernardino de Sainl-Píerre , los dos 
hermanos Cbénier, Chateaubriand; en la política Talleyrand y 
Sieyes; ea legislación Cambaceres, Treilhard, Berlier, Zangia- 
comi, Daunou y Merlin ; en la admíDislracíon Portalis , Derer- 
mon, Regnanit de Saint-Jean-d'Angely, Allenl, Regníer, 
Thibeaudeau, Fouché , Real , Pastoret , Simeón , Boolay de la 
Heurlhe. 

La CoDTencion no reinó, pues, sobre una época vulgar y so- 
bre generaciones sin- virtud , sin genio y sin gloria ; tuvo sos 
guerreros , sos sabios , sns artistas , sus jurisconsultos y sus 
hombres de estado : también tuvo sns oradores. 

obcecado por »u resentlmleaio caotra Bonaparte, eicuchA, balláDdCMdeaMrrado 
en los BUadoi'üiiidos, las propoKlclonea del emperador A teja odio de Rusia, y to- 
mó Isa arniaa contra au patria en 1811. Dn mes después, en aquel mismo aAo, 
murió de resultas de una herida que recibió delante da Dresde.—JV.dtJ T. 

(1) El 13 de Vendimiarlo arriba citado.-M. 

(S) Célebres en las msLemlitlcaB y en las ciencias Daturalet.— Jd. 

(3) Cólebreaeniaa ciencias médica*.— M. 



c,q,zí<ib,CoOgle 



fU UBBO 

La domencia parlamenlaria se inspira siempre de las paúo- 
nea y se lífle con los colores de cada époea. 

La elocuencia convencional, fuerza es decirlo, eolia ser an- 
tes una elocuencia de club, de juzgado criminal, de petício* 
Daríos, qne la grande y sabia elocuencia de tríbiina, qnela 
elocuencia de Mirabeau. 

En el concepto del arle, del estilo, de la ciencia, de la dis- 
posición , de las pruebas, del método, no hay ningún orador 
* montaRés ó girondino que pueda igualarse c»n los principa) de 
la tribuna moderna. 

En el concepto de los preceptos oratorios, por el contrarío, 
DO tengo noticia de que ninguno de estos príncipes haya jamás, 
& pesar de los maraTÍtlosos esfuerzos de su palabra, arraocido 
vn solo voto á la tenacidad industrial y limitada de nuestras 
prosaicas cámaras, al paso que Robespierre, Barreré, y sobre 
lodo Danton, arrancaron frecnenlemenle á viva fuerza los de- 
cretos de la Convención. 

Eran ellos unas potencias, y nosotros unos excelentes loca- 
ilores de organillo; sonidosdeliciosos, y enseguida, nadamas. 

La elocuencia de entonces era desmedida, hinchada, robas- 
la, gigantesca como la revolución qne defendía. 

La nuestra se rebaja con frecuencia i las proporciones de 
esos don Quijotes provistos de largas zancas y de largos bri- 
zos, que sirven de muestras en nuestras posadas de lugar. 

La suya otia á pólvora; la nuestra suele oler á estopa <iá 
remolacha. 

La suya preconizaba tos intereses liberales; la naeslra loi 
intereses materiales. 

La suya era violenta hasta la acusación, cínica hasta lain- 
jaria; la nuestra es burlona, enredada, parlanchína, hipócrita. 

La suya conduela á sus oradores á la pobreza, á las denao' 
cias, al ostracismo, á la prisión, al cadalso; la nuestra hacesn- 
bir í sus héroes por floridas pendientes í las escalas de seda y 
oro de la opulencia y á los honores del ministerio. 

Sea por diflcultad de invención, ó por sus precedentes, ó por 
educación clásica, los republicanos de 1793 intentaron resuci- 
tar en sus trajes, sus ademanes y sus arengas, i Espu-la, 



í-abvC00g[c 



DE LOS ORtDOBSS. W 

Aleñas y Roma. ¡Cosa singalarl los mas furiosos demagogos 
admirabau siDceramenle las leyes, las coslumbres, los vestidos, 
«1 carácter, los discursos, la vida y ja maerle de los mas so- 
berbios é ÍDsoleDtes arislócralas de la aotígüedad. 

SejtdopIai'OD el gorro griego, los peinados con trenzas y las 
largas clámides; se proscribieron las letras, único consnelo de 
las almas sensibles y delicadas; se condenó á muerte á tos 
amigos mas queridos, con la desalmada paternidad del pri- 
mero de los Brutos; se profesó á los reyes el encarnizado 
odio de Horacio Cocles; se aceptó con entusiasmo la muerte, 
hubo quien se abrió á si propio las venas, quien se rasgó las 
eolraBas, quien se abismó desesperadamente en su destino, 
como Dccio, como Régulo, como los senadores de Tiberio y de 
Nerón en Boma esclava; muchos juraron morir en sus bancos 
de representantes, como ios antiguos romanos en sos sillas ca- 
roles; se amenazó á los dictadores de las juntas y de la con- 
veocion con el puñal de Harmodio y con la roca Tai'peya; se 
afectó la frugalidad de Cincinaio y de los espartanos; se escri- 
bió el nombre de los enemigos con tinta roja, en listas de pros- 
cripción, en conmemoración de Stla; se decretó la iomorlalidad 
del alma, pensando en Calón moribundo. Se dijo, para dispen- 
sarse de osarlos, que el demócrata Jesns nunca babia usado 
calzones. Se puso k algunos, sin juicio previo, fuera de la ley, 
asi como los romanos vedaban á los proscriptos el agua y el 
fuego; se sofocó la voz de la naturaleza, se violó la justicia, se 
desencadenó la libertad, se exageró la virtud misma para mas 
asemejarse á ellos. 

Esto an cuanto á la parte exterior del discurso qae se ali- 
menta de formas, giros é imágenes. Por lo tocante á la Glo~ 
sofia política, á la economia reolistica, y á las definiciones de 
los derechos y deberes del hombre, las fnenles á donde se iba 
á beber eran la filosofía, la economia y las dermiciones de 
Ronssean y de los enciclopedistas. 

En el ayuntamiento (La Cómtmme) de París, en el club de 
\0i jacobinos, en las sociedades populares, en las juntas del 
gobierno, en las órdenes del dia de los ejércitos, al frente de 
los batallones, en la barra de la asamblea, en las plazas públi- . 

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ISO UBRO 

caá, hasla al pié del cadalso, en todas parles, siempre se veiaii 
el mismo fondo de ideas, las mismas ferias, la misma grande- 
za, las mismas figuras, las mismas eiclamaciones, las mismas 
ionilacioDes, las mismas apologías, las mismas deDomiDaciones, 
el mismo leQgaaje. 

Ed aquel drama revolncionario, eu aquel especlácnlo bralo- 
rio taa vivo, (aa animado, tan estrepitoso, tan terrible, todoM 
mezcla, todo se agita, todo se confunde, los clubs, los diputa- 
dos, toa pelicionarios, el pueblo, la barra, la silla de la presi- 
dencia y las tribunas. 

Desde lo mas alio de la sala hasta las puertas, en los paú- 
líos, dentro, fuera, todo hacia su papel, todo era acción, colá- 
bate, gritos, aplausos, murmullos. Las secctoDes' armadas, im- 
pelidas, guiadas por jefes invisibles y desconocidos, invadian la 
Convención, alropetlaban sus filas, sefialaban con el dedoáloi 
diputados sospechosos, y pediao que, allí en la misma sesioB, 
cayesen bajo la espada de la ley: 

«El pueblo se ba levanladol está en pié, y espera!» 

¡Tiempos extraordinarios! contraste singular! Aquella asam- 
blea que lanzaba impávida sus provocaciones de guerra á todos 
los reyes de Europa, retrocedía ante la amenaza y la iojariade 
unos cuantos denunciadores rabiosos, y llevaba la longanimi- 
dad, 6 mas bien la pusilanimidad, hasta concederles los hono- 
res de la sesión. 

A veces, las secciones iban á aguijonear la lentitud dd 
mismo Robespierre, y no les parecía su constitución bastante 
demoorática. 

oVosotros tos de la moQlaOa, exclamaba su orador, digoos 
descamisados (1), ¿permaneceréis siempre ioiBÓviles en la 
dma de esa roca inmortal? ¿Hasla cuáado consentiréis qne 
los monopolistas beban en doradas copas la sangre mas pnra 
del pueblo? Montañeses, levantaos, no terminéis vuestra car- 
rera con ignominia!» 

La iBonlafla se indignaba y devoraba el ultraje. 

£t ayuntamiento revolucionario de Paris, con el corregidor 
{le maire] al frente, admitido á la barra, decia: 

(I) Saiu-niJoiKi, literalmeiiUtAiaatiimMiidMMlsMudiM.-N. (Mr. 



c,q,zí<ib,CoOgle 



DB LOS ORADORES. tN 

«MonUffa, para siempre célebre en los fastos de la historia, 
sé el Sioai de los franceses! lanza entre rayos los eteroos de- 
cretos de la justicia y de la voluntad del pueblo! agitaos y es- 
tremeceos á su vozl HoDlafia sagrada, sé el cráter cnyas ar- 
dientes lavas consuman á los malos! » 

¥ prosiguiendo la misma figura, el diputado Gastón respon- 
día: «Paris, como el monte Etna, debe vomitar de sa seno la 
aristocracia calcinada!» 

Poco á poco se iban caleolando las cabezas eon la embria- 
gnez de la palabra, y se exaltaban basta el delirio: Legeudre 
exclamaba: «Si se presenta im tirano moriríi á mis manos. Lo 
juro porBrutoI» 

Y Drouet: «Seamos bandoleros para la felicidad pública, 
seamos bandoleros! ...» 

Pero esíos no son mas que accidentes de situación y de carác- 
ter, y DO se crea que todos los actores del drama revolocionario 
gesticulasen y manoteaseo como maniáticos y extravagantes. 

Muchos, nacidos en el pueblo ó muy cerca del pueblo, tu- 
vieron un invencible amor á la igualdad, una origiualidad 
propia de ñsonomia y de lenguaje, una elocuencia i'obusla y 
pintoresca, una dicción vehemente, una aspereza de ataque, 
una intrepidez de defensa, un desinterés, una noble indigeDcia, 
UD respeto á la soberanía nacional, una ternura Gliat para con 
la patria, una abnegación de intereses personales y locales, un 
generoso y poderoso instinto de gloria, de grandeza y de uni- 
dad, que no se encuentran por cierto después de ellos. 

Alli, porque aquello era un campo de batalla, allí se acam- 
paban en las Tilas de la Gironda: 

Guadet, cuya elocuencia partía del corazón, pero que solo 
por intervalos eshalaba algunas vislumbres de ella. El fué 
quien, mirando k Robespierrc cara & cara, le dijo: 

«Mientras corra por mis venas una gota de sangre, (engo 
mucho corazón, tengo un alma muy altiva para reconocer mas 
soberano que el pueblo.» 

Louvet, escritor ingenioso y vehemente, orador vivaz y bri- 
llante, que rompió el fuego contra la montaña con mas arrojo 
que prudencia: 



c,q,zí<ib,Coogle 



Sn LIBRO 

Lanjuinais, bretón tozado (1), inflexible en sns doctrinas, 
sabio pabiicisla. No retrocedía ante ningan peligro, no acepta- 
ba nJDguD soüsina. Débil de caerpo, pero intrépido, Incbabí 
con tos montañeses voz contra voz, ademanes contra ademanes: 
asíase de la tribuna con las dos manos, se clavaba en ella. Cb 
dia eo que reclamaban su dimisión de diputado, poniéndole un 
cuchillo en la garganta y llenándole de injurias, dejó caer de su 
labios con majestad estas hermosas palabras: vSabed qae It 
Tfctima adornada de flores y que arrastraban al aliar, no reci- 
bía insnilos del sacerdote que la inmolaba, » 

Bazire, que pronunció una expresión sublime: 

El proyecto de constitución decía: «El pueblo Trances no 
ajusta la pazcón un eoemigo qne ocupa su territorio.» 

Mercier: «Semejantes artículos se escriben ó se borran con 
la punía de la espada. ¿Por ventura habéis hecho pacto con b 
Tictoria?») 

Bazire: «Le hemos hecho con la muerte!» 

Camilo DesmonlÍDS (2), dolado de nna imaginación denu- 
siado ardiente, pero de ud corazón sensible. Amaba la libertad 
con idolatría, y á sus amigos mas que á si mismo. Se arrpjd 
con aturdida temeridad al encuentro de la revolución, qaiso 
hacerla reti-oceder después de lanzarla en sus sendas, y faé 
aplastado por las ruedas del carro que llevaba la fortuna de 
Robespierre (3). 

Camilo leaia una fisonomía expresiva y ademan oratorio, 
pero una pi-onuaciacíon defectuosa le vedaba la tribuna, y laim- 

(1) Loa breioiiea Henea en Praocia la miam* reputacloo de leoBcldad quelM 
aTaguiie^eB en BspaOa.— Jí. drl T. 

[S¡ Acsao no esté üemáa advenir aquí que, lodos estos nombres proplua tM 
■Iguienlea van regidos par el verbo te acampaban que eatl nueve párrafos mi) 
•rrlba.SI ol leclor n<i lo laviera preaenLe. bailarla defectutiso elráglmeii deesiu 
oraclijne^f que no en bln embargo mas que un poco ó ün muoAo atrívido^ coma et 
COaluiiibre en Timón. Nosotros respetamos psle y olrot slminiiinlDi por cooíwvv 
i eale célebre y insgniflco escrilor su colorido propio y allamenle orlglnil.- 
U. 

(3) NiDguno se colocd mas genarosamenle bajo la cucbllU de la tlraaii rerohi- 
eioDariB que Camilo Deamoulina, llevado del deseo del bien público. La cauM 
principal de su per'ticloD. d al menas lo que ofrecldma* pibulo k laa acuaacloMi 
qae le dirigid el tribunal revo I u clonarlo, fué un perlMIco que pubHcab* coaal 
tílulo de El FranciMcana Fiíjo {£» Pitux Cont((ítr) iDCUlcaudo loa prlDCÍplM da 
JosUcia, clemencia y bumaoldad.— /<f. 



c,q,zí<ib,GoOgle 



DE LOS ORADORES. DO 

pelQogidad de sn imagioacioD do lepermitia nnir y coordinarsns 
ideas en un discurso sabio y mesurado. Era libelista mas bien 
qoe orador, libelista IngeDÍoso, pero cÍdígo. Apasionados, can- 
dorosos, pintorescos, pero con harta frecoeDcia sin lógica y sin 
buen gasto, sus folletos son ora sombríos, ora brillantes, siem- 
pre incoherenles como los saedos de no enfermo; á veces, y por 
intervalos, están llenos de facundia irónica, de nataralidad y 
donaire. Al fin temi¿ por los qae temían; sofrió por tos que su- 
frían; empleó los fuertes colores de Tácito para pintar k los 
tiranos del pueblo; torció y retorció en sus beridas el puGal de 
la ironía; ensayó el remordimiento, ensayó la compasión, pero 
era tarde. En vano se precipitó de cabeza de la orilla al tor- 
rente, á fin de contenerle y guiarle; las aguas corrían y la cor- 
riente le arrastró con ellas. Sepultáronle en los calabozos del 
tribunal revolucionario, y desde allí, próximo ya á subir al ca- 
dalso, dirigió á su joven esposa, á sn Lucitia tan querida, 
aquella patética carta cuyo fin arranca tágrímas: « ¡Adiós, Ln- 
cilia, mi querida Lucilia! siento huir delante de mi la ribera de 
la vida. Todavía veo á Lucilia, la veol mis brazos cruzados 
te estrechan, ijiis manos atadas te cifien, y mi cabeza segada 
d^ecapsa sobre tí. Voy i morir (1)!» 

Vergniaud , inteligencia flexible y vasta , patriota sincero, 
orador elegante , untuoso , metafórico , demasiado metafórico 
lal vez, de quien se han conservado estas palabras: 
«La revolución es como Satarno, que devora á sus hijos. ■> 
¥ esta comparación , acaso demasiado amplificada y para- 
frástica , pero que fué entonces tan aplaudida: ^Si nuestros 



(1} DesmoDliDSseemregdensu última hora SIos mw viólenlos excesos deit 
d«HsperaBloai arrolaba espuma por la boca, </ para alarle fué preciso arrolerla 
•n.llerra. Sua vestidos y su cemlaa quedaroa hecbos girones, y 11e«ú al cadalso 
casi desnudo, Fu« alusilclado el día 16 de Germinal, año 2." l> de abril de ITU}; 
au llema i desgraciada esposa, que durante su cautividad eo el Luxemburgo, do 
d^de Ir una solamaDanaft recibir sus ad I oses al pié de la ventana de au cala- 
bozo, no le sobrevivió mucbos dlss. Entregada en H de abril al mismo tribunal, 
moeirú «n su defensa, y sobre ol cadalso, una admirable entereza. Habiéndola 
preguntado el presidente si era ella en efecto la que habla locltado ft su marido 
k difundir los prloclplus por los cuales auababa de ser condenado: (Si, respondió 
ella, yo ha sido, y esa es mi ilntca vanagloria: imaJvadosl pronlo os tocará á to- 



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XI u»o 

principios se propagan coa leolilod entre las naciones extran- 
jeras , es porque empafian su esplendor sofismas anárquicos, 
lamulluosos movimíenlos, y sobre lodo un sangriento crespón. 
«Cuando los pueblos se proslerDaroi per primera Tez delan- 
te del sol para llamai-le padre de la naturaleza , ¿pensáis tpt 
le cubrían las nubes destructoras que llevan en so seno las 
tempestades? ¡No! sin duda, espléndido y glorioso, segnia en- 
tonces su carrera por la inmensidad del espacio y derramaba 
sobre el universo la fecundidad y la luz.» 

Y su respuesta á Robespierre : 

«Si somos culpables y no nos enviáis ante el tribunal revo- 
Incionario, hacéis traición al pueblo. Sí nos calumnian y no lo 
declaráis, hacéis traición á la justicia.» 

Y esta apostrofe : 

«Temed que en medio de vuestros triunfos do se asemeje la 
Francia á esos famosos monumentos del Egipto, que son afren- 
ta del tiempo. El pasajero se maravilla de su grandeza ; pero 
si trata de penetrar en ellos ¿qué encuentra? Cenizas inanioia- 
das, y el silencio de las tumbas!» 

Júntense todos los recuerdos oratorios, examiDeose bien, y 
88 verá que, tanto en las asambleas legi^lañvas como fuera 4e 
dlafi, son siempre las imágenes las que mas impresión proda- 
oen en la muchedumbre. 

Vot lo demás, era Vergniaud un orador de poco fondo, poeo 
apremiante, poco concluyente en sus argumenlacioDea, poco 
apio para dominar á aquellas asambleas tempestuosas donde 
la petulancia del gesto, y la insolencia familiar del habla y de 
la expresión, son los acompaHamienlos obligados del discurto. 

Como todos los demás girondinos , cometió el yerro imper- 
donable de cebarse mas en tas personas que en las cosas, y de 
irritar y dar partidarios á la monlaHa con sus violencias. La 
posteridad será igualmente severa con aquellos dos partid!» 
que convirtieron desde luego sus sesiones en una arenado 
gladiadores. 

En frente de los girondinos, y eu los bancos opuestos del an- 
fiteatro, se sentaban los montañeses sus mortales enemigos. 

Alli estaban : Barreré , el elegante narrador de las victoriu 



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DE LOS OUDOBES. tU 

qoe Carnot organizaba ; este improvisaba proposiciones , de- 
cretos, manifiestos, como Danlon improvisaba discursos ; era 
menos hiperbólico qae aquel en sas imágenes, mas castizo, mas 
líleral, mas fiel á tas reglas de la gramática y al decoro é ín- 
dole de la lengua; osado y contenido á no mismo tiempo; impe- 
tuoso en las ocasiones, pero siempre previsor; siempre sabia de 
qaé parte soplaba el viento y bácia donde iba á descargar la 
nube; diplomático astato, diputado mas astuto todavía. 

Marat, hombre de ínatinlos feroces, de rostro innoble y de- 
primido, á qnien Danton repudiaba, y á quien no se dignaba 
acercarse Robespierre; denunciador universal, que invocaba 
la Santa guillotina (1), azuzaba al pueblo al asesinato y pedia 
por pasatiempo doscientas mil victimas, la cabeza del rey y un 
dictador. Hombre de quien no podria asegurarse si fué mas 
cruel que demente ; por lo demás , trivial y chocarrero , sin 
conlÍDente, sin dignidad , sin mesura. Agitábase en su banco 
como un energúmeno, se levantaba sobresaltado, palmoleaba, 
reía á carcajadas, asediaba la tribuna, fruncía las cejas, y de- 
jábase á vista de !a convención entera cefiir ridiculamente la 
cabezacoDunacorona.de hojas de roble. Repetía conlinua- 
meule á la asamblea con mucbo énfasis: «¡Os recuerdo el pu- 
dor, si es que le tenéis! » 

Decia de sus adversarios: « ¡Qué carnada! ¡oh cochinos! ¡oh 
fugados deRicélreIn Gritaba al orador: «CÜIate, pajarraco!» 
6 bien. aEres un infame! estás chocheandol eres un imbécil!» 

Pero éranle devueltas sus lindezas, porque de todas parles 
le dirigían exclamaciones por este estilo: aSilencio, malvadol » 

Era aborrecido sobre todo de la Gironda, y de la mayor 
parle de sus colegas, los cuales le llenaban de injurias, de im- 
properíoj y desprecios, recibidos en honor de la verdad con gran 
calma, y aun con un descaro groseramente burlou. Marat no 
era orador; no era siqniera un hablador adocenado; pero no le 
faltaba talento como polemista, y en algunas ocasiones mostró 



fl) Con ealB sois expresioD piula el sutnr admlrablemeote las contradlccioaes 
T aberrscloneB propias del delirio que produce la exaltación revolucionarla. Los 
mismos tlaoa que Degaban la santidad y el cielo , llegaron á sanlIScar el úlUimi 
de los óblelos materiales mas despreciables y borrendoi-— iV. dd T. 



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IM UBRO 

saficiente perspicacia para reconocer & los amlHdosos bafo ga 
máscara, y Bnücíeote osadia para arraocársela. 

Billaad-VarenDes, hombre duro, zahareño, atrabiliario, 'm- 
xorable, márlír de la fe repabllcana, y que creyó inmolu ct 
Robespierre á nn verdadero tirano. 

CoutboD, consejero de Robespierre, cayo brazo era SÚBl* 
Just; paralilico de ambas piernas, y único hombre que no po^ 
día moverse en medio da todos aquellos hombres de accioB 
continua; Gouthon, que al oír el decreto que le condenaba i 
muerte, so pretexto de haberse querido elevar al puesto sa- 
premo, se contentó con responder irónicamente: t¥o habría»»' 
pirado á ser rey! « 

Saint-Ju9t, repablicano por convicción, austero por tempe- 
ramento, desinteresado por oar&cler, nivelador por siatema, 
tribuno en las juntas, intrépido en los campos de batalla. Sb 
juventud, que rayaba en la adolescencia, era sazonada para 
lodo gran designio: su capacidad correspondia á su situación; 
un fuego sombrío iluminaba^ sa mirada: tenia la fisonomía mei 
lancótica, cierta inclinación ala soledad, dicción lenta y so- 
lemne, alma de hierro, voluntad determinada, y la vista sim- 
pre atenta & un objeto fijO'. Elaboraba sus informes con esEa- 
diado dogmatismo; sembrábalos de retazos metalísicoa «ilre- 
sacados de Ilobbes y de Rousseau, y á la violentísima y aclÍTÍ- 
sima realidad de sus medios revolucionarios, agregaba ana filo- 
sofía social impregnada de fantasía y de florídos easaefios. 

Expresiones suyas: «El fuego de la libertad nos ha purifioa- 
do, del mismo modo que el hervir de los metales arroja dtl 
crisol las heces imparas. » 

Y aqudla simple palabra: «Arriesgaos {Í)U 

T aquel otro dicho: 

«La huella de la libertad y del genio no se borra en el nu- 
verso. Después de los romanos quedó vacio el mundo, pero b 
llena su memoria, i 

(i) Palabra que resuma todo el lIsteniB polílico de Salnt-Iust. En los CHN 
mas arduus, en la misma célebre sesión de los jacobinos de Ja noche dti S la 
leimldor, cududo Robespierre se mostrú mas deslsllecido y flaco, aqudla ri»- 
cuente palabra no fué Jamás proDu notada por aquel jáven impetuoto sin eocM- 
dei tos unimos mas decaldos.— N. dtl T. 



c,3,-zí-dbvCoOg[c 



DE- LOS CAIDORES. W 

Sb iofOTme contra Danton está dispaeslo, ordenado, y coa- 
dacido en todas bus partes con un arle infinito, casi diría in- 
feraal. Empieza, inealpando á Bazire, & Gbabot, á Camilo Des- 
monlias y á ios demás, y deja para el último á Itenton. Cuan- 
do llega á él hace alto mide la extensión de an cargo, y 

nnne todas sos fturzas contra el giganle. YaeWe sobre ^ 
allega sus prcebae, las precipita, las estrecha, las acámala, 
las haeioa oomo formando ana hacha de armas, y, para apa- 
sionar al auditorio , apostrofo á Danton cnal sí se halla- 
ra presente, como lo baria un promotor Sscal en un juzgado 
mminal. Desarrolla la supuesta lista de sos traiciones, de siu 
conjuraciones, de sus crímenes. Descorre el velo de én vida 
privada, repite sus palabras, aun las coi^dradales; le denun- 
cia, le estigmatiza, se niega á oirle, no le escacha. Le jozga, 
le condena, le arrastra al cadalso, y le corta la cabeza con sa 
discBrso m^r que pudiera hacerlo con la afilada cachitla de 
la guillotina. Pero no era muy lucido tu papel, Saint-Just; y 
además, esa convMieioa frenética que por unanimidad decre- 
taba la formación de causa de Danton, ¿obraba por ventura 
eon libertad en aquel momento? 

Robespierre, orador facundo, adiestrado en las arengas de 
los clubs y en las lochas de la tribuna; paciente, tacitorno, 
disimulado, envidioso déla superioridad ajena y de carictor 
vaao; dueño de la discusión j de sf múmo, que no dejaba mas 
desahogo á sus pasiones qoe d de las exclamaciones sordas; 
mayor délo que le pintan sos raiemigos, y menor de lo que 
sos amigos le representan; grande admirador y encomiador 
de si propio, d« sus servicios, de so desinterés, de su patrio- 
tismo, de so virtod, de su justicia; aficionado á reaparecer sin 
cesar en la escena después de trabajosos rodeos y á re- 
cargar todos BUS discursos con et peso fastidioso de su per- 
sona. 

Robespierre escribía sus informes, recitaba sos arengas, 
solo improvisaba en sus réplicas. 

Sabia trazar con talólo el coadro exterior del mundo polí- 
tico. Tenia, quizá mas que sus colegas, miraB de estadista, y, 
ya fuese por un vago instinto de ambición, ya por sistema, ya 

/ TOHOl. 17 

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m LIBRO 

jwr hastío de la anarqoia, qaeria dolar de unidad y faena 
al poder ejecDíivo. 

Sa esiílfl oratorio rebosaba recuerdos de la Greeia y de Roma, 
y los escolares qoe poblaban la asamblea escachaban con la 
boca abierta sos leyendas del tiempo antiguo. ¿Qui¿n se pon- 
dría hoy, sin provocar la risa, á hablar en la tribuna de los 
cretenses, de LacedemoDÍa, del dios Minos, del general Epa- 
minondas, de los senadores romanos con sus largas togas, M. 
buen Numa Pompilio y de la Ninfa Egena? 

Interpelado por Vergníaad qne le decia: «A la conclosionl á 
la coDcInsion!....— Si, lereplicít, voy á concluir y-vaá ser 
contra tos! contra vos que....» etc. Y desenvolviendo la serie 
de sns acusaciones, Kobespierre animado' se elevó en aqndla 
ocasión basta la elocuencia. Pero por lo general su fraseología 
era falsa y declamadora. 

Decia, por ejemplo: «Los girondinos imploraban por do quiera 
las serpientes de la calumnia, el demonio de la gnerra civil, la 
hidra del federalismo, y el mónítruo de la aristocracia. » Estas 
cuatro ligaras, acumuladas en una misma frase, son ridiculas 
y de mal fausto. Trasportemos k Robespierre coa semejantes 
frases y maneras á la tribuna de la ciimara de diputados! Na- 
die le escucharía dos minutos, y las risas, peores aun que 
los silbidos, acabarían con ¿I. 

Robespierre se interrumpia de repente en medio dé sus dis- 
cursos para apostrofar al pueblo, como si le tnviera presente, 
baciendo en tales ocasiones grande abuso de la retórica. Se 
descolgaba también con prolijas reQexiones filosóficas sobre la 
virlud, reminiscencias visibles de Juan Jacobo Rousseau. 

Vallase de prosopopeyas y otras figuras qne, aunque puedan 
ocurrir en el calor de la acción oratoria, y pinten con mas vi- 
veza el pensamiento, siempre echan & perder una disertación. Al- 
gunas veces sin embargo revestía sus imágenes de formas*ele' 
gantes: «¿Se calumniará alastro que anima ata naturaleza por 
esas ligeras nubes que se deslizan sobre sa refulgente disco?* 

Relio es aquel otro pensamiento: «La razón del hombre se 
asemeja también al globo que habita; mientras una mitadapa- 
rece iluminada, la otra mitad está sumergida en las tinieblas. » 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ORADORES. 1» 

Pero nada menos oportuno eo qd informe que aquellas inter- 
minables alusiones á ios bombres y á las cosas de la antigQe- 
dad. «¡Cobardes! Y osarán denuDciaros los fundadores de la 
repúblical Los modernos Tarquinos se atreven á deciros que 
el senado de Roma era un tropel de baodoleros! tambieo los 
esclavos de Porsena trataban á Escévola de insensato. Según 
los manifiestos de Jerjes, Aristides saqueó los tesoros de la 
Grecia. Octavio y Antonio, con las manos llenas de rapiiias 
y leüídas con la sangre de los romanos, mandan que el orbe 
entero les tenga por únicos clemenles, justos y virtuosos. Ti- 
berio y Seyano no veu en Brulo y Casio mas qne anos hombres 
sanguinarios, unos malvados. » 

Los monlaOeses, exceptuando tal vez á Barreré y á Saínl- 
Jast, no sabían coordinar sus ideas con buena lógica, ni enca- 
minarlas á su objeto y concluir. Los informes de Robespierre 
apenas pueden sujetarse al examen; bay en ellos abundante 
ripio, confusión y ampulosidad. 

Robespierre no atacaba á sus enemigos frente á frente; sus 
acometidas eran rebozadas y de mera insinnacion, y les dirigía 
amenazas, indirectas y palabras sueltas de siniestro concepto, 
por el estilo de las que Tiberio lanzaba k los que designaba 
como victimas eo el senado romano. 

Robespierre era deista como Sainl-Jusl. Ser deísta en aque- 
llos tiempos y declararlo abiertamente, era casi ser religioso. 

La víspera de su muerte, coando, en todo su apogeo, se pre- 
sentó en la Convención deoanciando alas juntas de salvación 
pública y de seguridad generarse extendió largamente con 
complacencia afectada en recordar el papel de pontífice que 
había representado en la festividad del Ser Supremo (1). El 
apóstrofo que termina este episodio nO carece de animación y 
colorido: 

(1) Robespierre fué el fundador de la realiTldad dedicada si Ser Sapremo, para 
cof* celebración, aeí an Paiis como ea toda la república, se Sjú el día V) del mea 
dePradlsl. Tuvo esta lugar udb sola vez en el sQo segundo de la república, eslo 
ea, en 4791; presidid Robespierre aquella exlraSs fleiM, oiarcbaado por la cladad 
■egnldo de la Convención, y llevando en lua maoM un ramo da Dores y de eepl- 
g*a, entre las aclumaciones del pueblo que vela en aquella cerenionla delsia el 
ptlDclpipdeunaobra de rege aeración que aquel revolucionario doIuvo tálenlo 
para llevar A cabo.—iV. di¡ t. 



_iv,Coog[c 



HO tlBItO 

«Ciudadanos, habéis adherido á la caasa de la revolueton i 
todos los corazones pans y geoerosoB. La habéis mostrado al 
mundo con todo el brillo de su celestial b^eza. [Oh dia aforln- 
nado, día para siempre memorare, aquel en que el pueblo frait- 
céa entero se levantó para tributar un homenaje digm) al autor 
de la naturaleza! Oh tierna reunión de todos los okgetos qoe 
pueden halagar las miradas y el corazón de los hombres! 
oh senectud honrada! oh ardor generoso de los hijos de la Pa- 
tria! oh júbilo puro y sencillo de los ciudadanos mancebosl oh 
lágrimas delbiosas de las madres enternecidas! oh divino en- 
canto de la inocencia y de la bellezal oh majestad de mi pue- 
blo grande, feliz por el solo sentimiento de su fuerza, de so glo- 
ria y de sn virtud! Ser de los seres! et dia en que el URtverso 
salió de tus manos omnipotentes ¿brilló por Tentara á tus ojos 
coa masgraio resplandor que aquel en qoe, qnebrantando el 
yugo del crimen y del error, se presentó á ti digno de los au- 
radas y de sus deslinos?^ 

En este trozo hay seguramente arte y estilo; pero ¡qué mal 
aeotaba entre ana denuncia de muerte y una ínsurreceioD medi- 
tada! Las oraciones reTotucionarias están llenas de estos con- 
trastes. 

Tomó por to serio Robespierre so festividad y su restaura- 
ción del Ser Snpremo y de la inmortalidad del alma (1), y no 
perdonaba las irreverentes bertas de los áemhs iodividsos del 
gobierco. Dos cosas le repugnaban en etíos: primero su mate- 
rialismo, y además el haber creído poderse pasar sin él por es- 
pacio de caarenla dias (2). 

Guando al principio se vio Robespierre convertido en bUn- 
co de las terribles acometidas de Yergniaud y de Louvet, m- 
clinó la cabeza y dejó pasar la tormenta; mas eaando conoce 
que la l^onveDclon diezmada cejaba, volvió á alzar la voz de 

(I) EDaSdelaiaBflore*l(7damaTodel7M) tnvoHobeapterreal vslordeaDQi- 
ckH pur boca de Barrare, á la «aanibleii da la CaDveaclun. que profesaba ablartt' 
meDLe el alelamo, el alsiema de ideas rellgfoaaa que babla sdopUdo, cutm tx*" 
príDcipaleseraala existencia de Dios y ia Inmortalidad del altua.— (V, dtí T. 

1%} Los dias en que Robespierre, exceaitameDle coofiado en su prestigio, dali 
de aslailr á tas reuplonea de Ia9 junlas y del gobierno, al cabo de k» cuales h tU 
abandonado, por •! ptogreao rápido que babia hecbo la rovolucloD. Dtcbo* cua- 
renta dios deben empezar i contarse desde el » de Pradlal.— H. 



_iv,Coog[c 



DB LOS (HUDOBBS. MI 

duefio. Pretendió que la asamblea discutiese, ó mas biea de- 
crelase sobre la marcha las leyes ma^ espinosas y. mas duras, 
propuestas repenÜnaaiNite por la junta de salvaciou pública. 
La mayoría snpedilada palidecía de cólera, y en los corazoneB 
germioaba la vengaoia. Mertin y Tallíen, se turbaban: Bourdoa 
devoraba su afrenta, y con labio balbuciente decia medroso: 
«Yo estiuio á Couthon, estimo á la junta de salvación pública, 
estimo h la inalterable moDlaíia que ba salvado á la libertad!» 

Aquella montaña, minada por sn asiento, iba pronto á caer 
desmoronada. 

;Qaé drama oralorío, qué interesante discurso en acción 
presenta la faooosa seiioD d«i 9 de termidor (!}! 

Lanza Robespierre su terrible acusación contra sus enemigos, 
y baja de la tribuna. Todo ee al principio «ilencio y duda; ál- 
zase después un mumaullo que va cundiendo por Iodos los ban- 
cos. Luego empiezan todos á reunirse y agruparse; ee miran, 
se recuentan, se consultan, se indignan, y por Gn estallan. Ro- 
bespierre se ve convertido en objeto de discusión: Robespierre 
está perdido. Saint-Just vuela á su socorro y denuncia & Ta- 
llien; apenas sus labios pronuncian eale nombre, Tallien, pá- 
lido, anonadado, medio vivo, medio muerto, pide que se ras- 
gue enleramenie el velo que encubre á Robespierre. 

Billuid-Varennes exclama: "La Convención se eocnenlra en- 
tre dos degfiellos; si se mneslra débil perecerá.... {¡Sof no pe- 
recerá!— \ todos tos diputados se levantan, y agitan sus som- 
breros, y juran salvar á la república.) 

Bíllaud-Varennes: ¿Hay entre nosotros un solo ciudadaoo 
que quiera vivir bajo el yugo de un tirano? (Toda la asamblea; 
Ño! no! mueran los /«ranotl) 

(I) Aqui Timón resume en pocoa renglones, con admirable nervio i colorido 
drumailco, la célebre wslon de Termidor que durú dosdia^ enlerift, y qua deci- 
dió ia desgracia de Robespierre. Eele arle de concrelflr en pocas trase» lodala 
lualencla de largas p&ginas lilstúricaa es una de las dotes que tana dúLInguen al 
iluatre eacrlUir, y en ella do hay segura mente quien se le compare. CreBOos de- 
t«r advenir esla para fijar bien la atención de nueairos laclores en e1 inlereaanlB 
periodo que el autor pinta, ; para eicilaren ellaa el deseo de verificar la exacti- 
tud de aiiaalra obeeivacion acerca del estilo de Timoo, cunfrontando lu nervudo 
aunque ligero bosqueja con la blstorla minuciosa de la época referida; porqua 
QkdB da mejor sabor i ua libro que narra que la le en el narrador.—^. M T. 

ü,.i,-z__iv,Coog[c 



Robespierre se abalanza á la IribaDa. (Muchas voces á nn 
Uempo; Fuera el liranol fuera! fueral) 

TallieQ eolODCes: «Ayer preseocié la sesión de los jacobinos, 
y me eslremeci por la patria! vi formarse la tropa del nuevo 
CromweII (1), y béme aqui armado de un pufial para atrave- 
sarle el corazón!» [Vivas aclamaciones.) 

Robespierre, arrinconado contra las gradas de la tribnna, 
reclama la palabra, qolere asar de ella. (Su voz se pierde en- 
tre la repelida gritería de: [Fuera el tirano! fuera! fuera!) 

Robespierre insiste, Tallien le rechaza y prosigue su acnBa- 
«lon. 

Entonces Robespierre dirige' ansioso sus miradas hacia loe 
mas exaltados montañeses. Los unos le vuelven la cabeza, Im 
otros permanecen iomóvíles. Implora á los del centro (2): lA 
vosotros me dirijo, hombres bonrados y puros, y no á los mal- 
hechores.... [Violenta interrupción.) Presidente de asesinos, le 
pido por última vez la palabra! {No\ nol] 

La algazara continúa; Robespierre agota en vano sus es- 
fuerzos; la voz se le enronquece. 

Garnier (3): «La sangre de Danton te está abogando!» 

Ese Danton, cuya sangre se le subía á Robespierre á la 
garganta y le abogaba, ese Danton cuyo retrato voy á hacer 
ahora, ese Danlon inferiora Mirabean, llevaba de ventaja la 
cabeza entera á todos los demás convencional islas. 

Tenia, lo mismo que Mirabeau visto de cerca, el semblante 
atezado, facciones aplastadas, la frente rugosa, cierta deformi- 
dad repugnante en cada parle de por si; pero, lo mismo qae 



(I) Alude i la eeeloa qua luva Robespierre con toajacoblnos aala noche del9 
de lernildor. En vei de desplegar alguna acilvldad para coniurar la lormentiqDa 
aus poderosos enemigua pretipliaroa sobre au cabeza «I slguieole á¡ii. pwó 
aquella noche abatido, y absorto en sus irbtes preaenli id lentos, despardiciiodc bi 
ciertas de aua ardorosos partidarios. Heurioi, que mandaba la fuena armada, le 
piomeild cercar con sus Lropas la sala da la Convención, desierta k aquellas bo- 
las, Impeillr su acceso, apoderarse del local ocupado por las junlaa, prender de 
súbito en sua casas á los diputados cuya mucrle conviniere decretar, y entregai- 
loa al tribunal revolucjooarlo, y poclsnisr é Robespierre dictador al amaaecerel 
dia 9, Pero este se dejó arrastrar 3 su ruina por su Irresolución.— W. dil T. 

(t; Ocupaban i la bazoa aquel lugar loa que hablan logrado lib«(taraadel« 
pialbadada muerte de ios girondinos.— n. 

(3) GBiDler de l'Aube.— id. 



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DS L03 ORADOBBS. tO 

Mirabeaa, visto á cierta disiaDcia y en una asaflablea, llamaba 
ta atención y atraía las miradas por sn fisonomía original, y 
por esa especie de belleza varonil qae constltoye la belleza del 
orador. 

Tenia el uno las semblanzas del leen, y el otro las del Eda- 
DO: ambos á dos emblemas de la fuerza. 

Nacido para la grande elocuencia, Danton, con eu voz reso- 
nante, sus ademanes impetuosos y las colosales figuras de su9 
discursos, bubíera dominado en la antigüedad, desde lo alto 
de la tribuna rostrada, las borrascas de ta mucbedumbre. 

Gomo orador del poeblo, tenia Danlon las pasiones de este, 
comprepdia sn genio y bablaba so lenguaje. Era exaltado, pero 
sincero; no tenia biei, pero tampoco tenia virtud; fué indiciado 
de rapacidad, aunque murió pobre; era cínico en sus costumbres 
y en sn conversación; sanguinario por sistema mas que por tem- 
peramento; corló muchas cabezas, pero sin odio, como el ver- 
dugo, y sus manoamaquiavélícas estaban ensangrentadas por 
los asesinatos de setiembre. Justificaba la crueldad de los medios 
con la magnitud del fin; política tan falsa como abominablel 

Dos hombres, muy semejantes y muy diferentes á un mis- 
mo tiempo, dominaron alternativamente la revolución: Dantos 
y Robespierre. 

Ambos fueron jefes de partido y duetlos de la Convención; 
apelaron ambos á medidas extremas; mostráronseambos enten- 
didos en los negocios interiores y eileriores; hombres de conse- 
jo y hombres de acción, inculpados ambos como traidores, tira- 
nos y dictadores; ambos privados de defensa personal por no 
hab^ consentido en que se defendieran los demás; ambos acusa- 
dos solemnemente, por unaiimídad, por sus mismos cómplices; 
condenados ambos por el tribunal revolucionario que ellos es- 
tablecieron; ambos declarados fuera de la ley, é inmolados 
ambos casi ea la flor de su edad, Danton por Robespierre, y 
Robespierre por cansa de Danton; ambos finalmente arrastra- 
dos al mismo sapticio, en el mismo carro, y al mismo cadalso. 

Danton era intemperante, amante de los placeres, ávido de 
oro, menos para atesorar que para prodigarlo; Robespierre era 
sombrío, austero, económico, incorruptible. 



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MI Lino 

Danlon indolente por nainraleza y por hábito; Robespiem 
trabajador iofaEigable, hasta el pnnlo de perder el soeflo. 

DaBlon desdeñaba á Robeapierre; Robespierre despreciaba á 
Danlon. 

Danton era de carácter ligero basta rayar en ÍDconsecHenle; 
Robespierre era atrabiliario, enEimismado, desconfiado harii 
el pQDto de desear la proscripción. 

Danton se preciaba de sns propios vicios y de los mates que 
ocasionaba, y aun se vanagloriaba de crfmeDes que do había 
cometido; Robespierre barnizaba sds odios y vengaiizas con «I 
color del bien público. 

Robespierre era «spiritaalisia; Danton, malerialisla; no se 
caraba de lo qne pudiera ser de sD alma despaes de maerto, 
con tal qne en nombre quedase, como él decia, «grabado ea d 
panteón de la bisloría.ii 

Danton retrataba en so frente plegada y sos ardientes ojM 
el impela y las pasiones tumultuosas de sd alma; Robespierre 
disimnlaba sa cólera bajo la inmovilidad de sus facciones. 

Daalon imponía con su estatura allética y con los eslampi* 
dos sonoros de su v» de ,(raeno; Robespierre dejaba yertos ¿ 
los acusados con su palabra, y los aterraba con ed miradi 
oblicua. 

Danton se lanzaba como nn león sobre su presa; Rob^erre 
ae enroscaba en tomo de efla como una serpiente. 

Danlon se retiraba después del combate al fondo de su tien- 
da, y se entregaba al sneüo; Robespierre no creia jamás hi-j 
ber hecho bastante carnicería mientras le quedasen enemigos 
qne deslrnir. 

Danton se olvidaba de si ante los peligros de la patria, y m 
comprometia por sus amigos; Robespierre no se olvidaba de si 
persona aunque sirviese á la libertad. Encomiábase á sí mijlno; 
espejábase en su orgullo. 

Itobespierre tenía mas talento que Danton; Danton mas ge- 
nio qne Robespierre. 

DantOD se d^ba llevar de la inspiración del momento, se 
«Dcendia con el fuego de sh palera y de sa wcion, y sraibrabí 
en SQS discursos las hipérboles á manos llenas; Robespierre, 



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DB LOS (HUDOBES. W 

impasible, replegado en si mismo, iba iaternáadose con cánte- 
la en el débale, y encalaba el efecto de sus elaboradas propo- 
sicíMies. 

DanlQD procedía á saltos y sobresaltos, atropellando las oca- 
sloDes, tívo y petulante eo sus exordios, presuntuoso hasta el 
exceso, acostumbrado á los triunfos de la palabra, y harto fia- 
do eo ellos, sÍD curarse de los escarmientos de ta popularidad 
y de la ausencia. 

Robespierre nrdia con arle la trama de las redes en qne 
habían de caer sus eoemigos, tenia sn amenaza suspensa sobre 
mnch^ cabezas á la vez, y solo al ño de sn discurso la dejaba 
estallar como el rayo. 

Danlun terminaba con ruido, pero sin conelnsion. Robes- 
pi^re, menos brillante que (A, pero mas preciso, menos impe- 
Inoso, pero mas diestro, nunca hacia vibrar en vano el aire, 
no hablaba por hablar, no perdia jamás de vista su objeto, 
y siempre terminaba con algnn .decreto de acusación ya ex- 
tendido en forma y sujeto á la aprobación inmediata de la 
Convención. 

Creia Danlon qne no tenia mas que presentarse para comba- 
tir, y combatir para triunfar; R(^spierre buscaba en la 
efervescencia de los jacobinos y en la fuerza armada de la mn- 
DÍcipalidad {la commané), un espantajo contra las juntas y la 
misma Convención. 

Hnbo en Danton menos parte de traición qne de relajación, 
menos olvido de la revolución que de si iQismo; y hubo en Ro- 
bespierre mas vanidad ofendida que ambición de dictadura, mas 
rencor qne premeditada tiranía. 

Danton pereció por excesiva confianza en si mismo ; Robes- 
pierre por excesivas sospechas de sus cómplices. 

Danton pasó como nn metéoro por el horizonte de la Conven - 
cion ; Robespierre tuvo bajo sn dependencia á la asamblea , & 
las jnnlas, á los clubs, gobernó sin ser ministro, reinó sin ser 
rey , y dejií á su época su terrible nombre. 

La elocuencia parlamentaria en nuestras cámaras de mono- 
polio y en nuestros gobiernos de resortes complicados , sude 
ser generalmente un conjunto de sones para el oído , un vano 



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lU LIBRO 

mido de frases, y nada mas; pero en aquella época, on dicta- 
dor popular , UD tribuDO , nn Danlon , con solo el poder de la 
ToluDtad y la emisión de su palabra , ponía en movimiento i 
seiscienlos mil hombres, rechazaba ai invasor extranjero allen- 
de nuestras fronteras , borraba categorías enteras de pros- 
criptos; trastornaba en sus mismos fundamentos las provincias, 
é improvisaba ejércitos, tribunales, leyes yconstitucioDes. 

La elocuencia legislaba, gobernaba, Iriunraba en la Conven- 
ción, en los clubs, en la plaza páblica. Hoy vemos á la dipu- 
tación sirviendo de escabel para llegar al ministerio; y Dauton 
abandonaba el ministerio para seguir representando al pae- 
blo. Que DO representante del pueblo era entonces mas que un 
ministro; éralo todo. 

Danlon se ati-incher¿ en la Convención, como en ana forta- 
leza guarnecida de cationes, coya mitad amenazase á sos mis- 
mos defensores , amenazando la otra mitad al enemigo. Roln- 
pi¿ en ella el fuego por todas las troneras y nadie le dispntó et 
mando; mas cuando la Convención se dividió en dos campa- 
mentos rivales , le asaltó la duda. Con pasarse á la Gíronda 
hubiera aniquilado á Robespierre; pero arrollado imprudente- 
mente por los girondinos, y arrinconado por estos al pié de la 
moDtafia , subió á ella , y cayó á ojos cerrados en su destino, 
«¿Con que me acosas? dijo k Guadet , alzándose con toda su 
corpulencia; ¿tú me acusas á mi? ¡ah! no conoces mí fuerza)» 

[Grande en verdad era su fuerza! porque para levantar U 
Convención tenia en sn mano dos poderosas pidancas, el terror 
y el entusiasmo. 

Grande fué aquella fuerza de terror , cuando asentó sobre 
sus gigantescos pilares el tribunal revolucionario. 

Grande fué aquella fuerza de entusiasmo , cuaudo restito- 
yendo la vida con su invencible aliento al ardor marcial de los 
franceses , que decae si continuamente do se le reanima, ex- 
clamaba: «¡Lo que necesitamos para vencer es audacia, auda- 
cia, y siempre audacia (I)!» 

Y en otra ocasión: «El pueblo no tiene mas que saogre, y U 

(t) En la BMion del 1.° desellembte, que abilúeldlquel losMptDtOMsaMal- 
ualoa ds la tevolucloa.— N, del r. 



Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



DE U>S ORADORES. Sff 

prodiga. [Ea, miserableBl prodigad vosotros Tuestras riqaezas. 
! ¿Es posible? ¿tenéis aoa nación entera por palanca , la razón 
por panto de apoyo, y ann no habéis removido el mundo? De- 
jad vuestras sutiles qnerellas, yo solo veo al enemigo. Comba- 
[ lámosle, ;qné importa que nos llamen bebedores de sangre! 
¡Qué me importa mi reputación! [Sea la Francia libre, y pe- 
rezca envilecido mi nombrel o , 

Era aquella una elocnencia monstruosa, pero original, arre- 
batada , penetrante , que brotaba como á turbiones del pecho 
del orador , qne arrastraba & ta asamblea y la arrancaba fre- 
néticos aplausos. 

Hé aqnl también algunas figuras de su elocuencia. 

dllna nación en revelación, es como el bronce que se funde 
y se regenera en et crisol. La estatua de la libertad no esti 
aun vaciada , el metal está hirviendo!» 

¥ esta otra: o Marsella se ha declarado monf afia de ta repú- 
blica. Esa moDtaOa engrosará ; rodarán por ella los peñascos 
de la libertad, y sus enemigos serán pulverizados. » 

Y aquel dicho tan exacto : «Cuando nn pueblo despedaza la 
naonarquta para llegar á la república , traspasa su objeto por 
la fuerza de proyección de que se revístíú.s 

T aquella amenaza tan altanera: «Solo á cañonazos debe- 
mos anunciar la constitución á nuestros enemigos.» 

También Danton pagó tributo al mal gusto de bu época. Uno 
de BUS mas célebres discursos terminaba de esta manera: «He 
he hecho, fuerte en la audadela de la raxon; haré mi salida 
con el eañon de la verdad, y aniquilaré ¿ mis acusadores, o 

¡Elemo asunto de meditación histórica! ¡Ah! por un lado 
¡qué inmensa y gloriosa carrera no hubiera completado la li- 
bertad, si lanías confiscaciones, tantas proscripciones, laníos 
encarcelamíeulos , degüellos y torturas, tantos tórrenles de 
sangre vertida, tantas cabezas corladas, tantos verdngos y tan- 
las victimas, no nos hubieran vuelto á conducir violentamente 
por medio de la anarquía al despotismol [Ahí y por otra parle 
¡qué peligros de mnerle, cuando la convención misma se mos- 
traba irresoluta, no hubiera corrido nuestra Francia, una 6 
indivisible , amagada de descuartizamiento y repartición de 



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Mi uwm 

míembroa, si, en aqnel iDomeoto fatat de vida ó moerte pan 

los imperioe, Danton hobiera desesperado de ella! 

Lo que le perdid, lo que debía perder á Robespierre, taé me- 
WM haber qaerido gobernar, qoe no haber gobwnadQ bu- 
lante. 

Es preciso no hacerse el resenlido con las revolaciones; no se 
las debe mirar pasar desde el ribazo de la orilla. Es menesíN 
embarcarse con ellas en el mismo buque, atravesarlas mismaí ! 
tempestades, vigilar de día y de noche las conjnradones, y u 
abandonar nn solo instante el gobernalle. 

Danton se adormeció al aura engafiadora de la popularidad; 
el timón se desprendió de sus manos; cayó en elmar profundo, 
7 el abismo se cerró sobre él. 

Las revoluciones caminan aprisa, el pueblo olvida, las Ac- 
ciones devoran. 

Ni la protecciop de los fraDcÍ3canos(l), ni el prestigio de 
su nomiñ-e, dÍ el recuerdo de saa servicios, ni la mal compri- 
mida rabia de la Convención, ní tas seprelas simpatías del trt- 
bnnal revolucionario, oí la lealtad de sus amigos, ui el poco 
fnndamenlo de la acusación, ni .su amor á la libwtad, ní «i 
audacia, ni su elocuencia pudieron salvarle! 

La cuchilla estaba alzada, y Robespierre aguardaba á bu víc- 
tima. 

Condocido ala muerte, pasa Danton por delante de la casa 
de Robespierre, y vuelto hacia ella exclama con voz de trueno: 
«Robespierrel yo le emplazo á comparecer antes de tres meseí 
sobre el cadalso!» Sube la fatal grada, y deliénese an panto 
abrazando por postrera vez í su amigo Camilo Desmouliiks. 

El verdugo los separa: ^Miserable, le dice, no impedirisal 
menos que nuestras dos cabezas cortadas se den el ósculo de 
paz en ese cesto.» iQué tiempos! ¡qué dichos (2]! 



(I) Uno de loa cuatro clulw qoe se formaron al principio ae la reTolneioi. ti 
de loa franciscanos, que se denomlnú asi por celebrar sus reuniónos en un coa- 
veolo de aquel mismo nombre, fué fundado por Danion. -^N. dtl T. 

(!) Eeie retrato, y el de Mirabeau, constluireD Indudablemeaie uoa de las par 

les mas preciosas del présenle libro, ssi pur la enérgica relación de los kecbo* 
imporianteadeque aquellos dos bombres memorables ftieron causa, como porta 



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DB LOS OBIDOHES. M 

•tuna dtficolud qae e¡ rntor ba lantdo que vencsr para dewolHflar U* rerdaO*- 
ru opiniones y cattcter de ambos, t ds los demís oradores qme, en la agamblat 
coDstltDTBDt* j sn la CoDTeacioo, se vea girar como salélll«g de lo« doi planoU* 
da la ravolucloQ, lamlnoao el uno, t <la sangriento brillo el oiro. Tres meaea d* 
trabajo comí DÚO ba costada á Timón cada unodeealoarelrsloa; noes exLrafio<|ua 
tan acabailoa y arlfatlcamente belku la hayan parecido »\ pneblo entusiasU y ea- 
rkuo de la moleíaa llenas.— A', dtl T. 



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IMPERIO. 



NAPOLEÓN BONAPARTE. 

Gnando la Provideocia elige enlre la moltitad i los hom- 
bres extraordinarios predestÍDados por ella para cambiar la 
fez de loa imperios, les comaníca y les atríbaye á an mis- 
mo tiempo el poder material y la poderosa inteligencia de la 
sociedad, y solo los presenta en la escena del mnndo de 
tarde en tarde, y en circunstaocías qae parece baberella 
misma preparado expresamente para sa devacíoD y para so 
caída. 

Tales fueron Alejandro, César y Napoleón. 

La Grecia estaba atestada de retóricos y de poetas , de cor- 
Topcira, de guerras civiles y de grandes hombres, cnando se 
abrió el mando asi&tico con todas sus riquezas, con sns reli- 
giones ridiculas y despreciadas, sus sátrapas enervados, sns 
poblaciones podridas antes de llegar á la madurez, sns go- 
biernos gastados y sus indefinidos limites , á la ambidffli 
del joven Alejandro. 

El universo romano, trabajado por el hastío de una liber- 
tad tormentosa y por la necesidad absoluta de la unidad des- 
pués de las conquistas del Asia, de la Espalla, de las Galias - y 
de la Inglaterra, solo esperaba no duedo, y por eso se entre- 
gó ¿ César con mas abnegación todavía de la que César exigia 
de él. Las legiones de veteranos, acostumbradas á vencer bajo 



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DB LOS ORADORES. 971 

SQ mando, do conocian mas que sus fasces y sn nombre. Ni 
Roma aspiraba á otra cosa que á entregarle el ceiro del mun- 
do que sos débiles manos no podian ya sostener. 

Napoleón á su vez, apodérase diestramente de las fuerzas 
YÍTas de ta revolacioo que, cansadas de hervir en el fondo de 
su cráter y de volver á caer sobre sf mismas, anhelaban espar- 
cirse por fuera y desbordarse en conquistas. Napoleón es 
dueBo porque quiere, y puede, y sabe serlo; las conciencias, 
las iolelígencias, las libertades, lodo lo absorbe el despotismo 
de su imperio. Muéstrase audaz porque le anima el genio, y 
tal vez su genio brilla por su misma audacia. Desprecia á tos 
hombres porque los juzga; ama la gloria, porque todo lo demás 
es Dada para llenar el vacio inmenso de sa alma. Devora el 
tiempo, devora el espacio, porque le es preciso vivir y an- 
dar mas de prisa que á los demás hombres. Pesa con su mano 
el mundo, y te parece ligero, é inclinada la frente sobre el abis- 
mo, queda absorto meditando en la eternidad de so dinastía y 
en la monarqQÍa ooiversal. 

Pero la Providencia, después de encumbrar á los conquista- 
dores á tanta altura, apaga con un soplo el brillo de sn dia- 
dema, y los presenta en espectáculo al universo, para ensebarle 
qae, á (tesar de su gloria y de la sublimidad de su domina- 
ción, no son mas que hombres, y que, como todos los hom- 
bres, ralán sujetos á caídas mortales y limitados por la nada. 

Por eso muere Alejandro en la flor de sd edad, saturado de 
triunfos y de placeres, en ta embriaguez de un regio festio. 
Cae César al pié de la estatua de Pompeyo, herido por un pn- 
fial repablicauo, cuando iba á que el senado le coronase em- 
perador perpetuo de Roma, después de haber sometido á 
eos leyes toda ta tierra. Napoleón, flnalmi^nte, no se para en 
la carrera de su ambición sino cuando se ve postrado en 
una roca solitaria, cercada por todas partes por las ola» del 
Océano. 

Era Napoleón uno de esos hombres prodigiosos oreados 
para gobernar pueblos é imperios, y penetrados de su des- 
tino. Tales hombres no pneden menos de reinar 6 perecer. 

Acaban apenas de ser soldados rasos, y ya se les ve mandar 



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ri uino 

como si fueran geoeraleB; son aun vaadlos, y ya tiesa et 

lengaaje de duefios. 

No nació Napoleón como Alejandro en las gradas de os tro- 
no, ni como César en pafiales de púrpura sraiatoria; pero man- 
dó desde qne empatia la espada , y reinó desde que mandó. 
Siendo simple capilas, sitia y toma á Tolón; siendo general di 
brigada, organiza la jornada del 13 de veodimiario y salvails 
CoDvencion; siendo generatisimo del ejércilo de Il^üa, trata co- 
mo rey con reyes, prindpes y papa. Vencedor en Egipto, ccm- 
duce aquella expedición con la autoridad de qd caudillo abso- 
lulo, vuelve de África sin recibir para ello órdenes, arriba i 
Fréjus, atraviesa la Francia en triunfo, hace temblar al IHreo- 
lorio, arrastra en pos de si á los demás generales, dispersa l« 
doscoDsejoB, improvisa una nueva eonslitucioD y tomaltt 
riendas del golKerno. Llega á emperador, y con obedieuai 
muda d^anse hollar por su planta el senado, el cuerpo legis- 
lativo, la administración, el pnablo y la milicia. 

De modo que puede decirse que N^mleon no íné jamás va- 
sallo, y que, asi como ni Alejandro ni César hubieran obede- 
cido á la confederación de los griegos y á las órdenes del se- 
Dado romano, tampoco se hubiera doblegado jamás Napoleón 
bajo la férula de un rey ó de un parlamento. 

Pretender que Alejandro, César y Napoleón no hábierai 
sido soberanos, cualquiera que fuese el Üempo y el lugar es 
que vivieran, es .olvidar su naturaleza, su genio y su desuno. 

£1 hijo del Macedón, el discípulo de Aristóteles captó á los 
griegos imaginativos y á los bárbaros, tanto por su elocneuú 
como por bus triunfos. César dominó las legiones romanas oob 
el ascendiente de su palabra. Napoleón lomó de repente sobre 
los generales veteranos de la república, sobre su ejército y •>- 
bre su nación, el imperio irresistible de la victoria y del genio. 

En las proclamas, boletines y órdenes del dia de NapolecB, 
se descubre, además de la virtud militar, el arte del orador y 
el concepto profundo y desenvuelto del político. Alli se ve que 
no era solamente un general qne sabia hablar, ó un rey, ó do 
hombre de estado, sino que lo era todo á la vez. Napoleón íat 
nn orador completo, porque era un hombre completo. De lodo 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



m IOS ORIDORBS. 973 

haUó, pofqne le foé ticilo hablar de todo. [Qué fuerza, qné es- 
plendor no reviste al genio cuando va anido al poder! ¡Qué ao- 
torídad no debían prestar i aqael arrasador de poblaciones, ¿ 
aqael fandadw de eslados la majeslad del mando supremo, hi 
eminencia y h perpetuidad del generalato (1), el número in- 
menso de ens tropas, la fidelidad y amor de estas, el moltipli- 
cado esplendor de sns victorias, la novedad, la rapidez, la osa- 
día y la magnitud eilraordinaría de sus empresas! 

Reunió Napoleón todas las condiciones de audacia personal, 
poder soberano, y talentos políticos y militares, en mas alto 
grado que nisgun otro eapilan de los tiempos modernos; y por 
esta razón fué tan superior é incomparable en todo con res- 
pecto ¿ ellos. 

Pero no confundamos sin embargo sus dicbos militares con 
tas arengas, de las que laego hablaremos. 

Los dichos ó conceptos sublimes abnndan en tos fastos béli- 
cos de todos los paises y de todas las épocas. 

«Vaélvé vivo con tu escodo, 6 muerto sobre él» decía una 
madre espartana á su hijo. 

«Noestros dardos formarán nnbes que osctirec«r&n el sol. — 
Mejor , responde Leónidas k Jerjes , asi pelearemos á la 
sombra.» 

Falta á César el pié y cae al desembarcar en la costa afri- 
cana, y para disipar fnnestos presagios exclama: «lAfrica, ya 
eres raía! » 

Enrique IV, en Contras, desembarazándose de los sayos qne 
le cercaban: «¡A an lado, caballeros! les dice; no me ocultéis, 
que qaiero dejarme ver. » 

Villars eictamaba moribundo: tBerwick acaba de ser par- 
tido en dos por nua bala de canon, y yo he de morir en mí 
cama! Siempre dije qne Berwick sería mas afortnnadoln 

T el general Larochejaquelein, que precipitándose en lomas 
■vivo de la refriega gritaba: «No quiero ser mas que un húsar, 
para tener el gusto de batirme. » 

(I) Periliineiio9 la aodemia esli 
ralatohaiie quedar da huelga c( 
N. dtí T. 



c,q,zí<ib,Coo^le 



Vt LIBKO 

Y Ktéber que decía á Booaparle: «Mi genfiral, soU graida 
como el mondo!» 

Y aquellas hermosas palabras de Deiaix: «Id & decir al pri- 
mer «insDl que muero con el pesar de no haber hecho bástanle 
por la posleridad. » 

Y laolos otros dichos de generales, capilaoes, soldados y 
hasta tambores: 

«La guardia muere y no se rinde (1]!» 

kA mi, Auvergne, son los enemigoslo 

«Yo mnero, pero ellos hayee (8)1» 

trTodavia me queda ana mano para locar afaqae (3).» 

Y tantos otros. 

De Napoleón se conserva también una maltílnd de diclm 
militares. 

Al comisario de la Convención nacional, en Tolón: 

«Métase V. en sd oficio de representante, y déjeme hacer el 
mió de artillero {Í).B 

A las tropas qne retrocedían en el pnente cafioneado de Ar- 
eola: 

I Adelante! seguid á vuestro generallo 

A sus soldados de Egipto: 

«De lo alto de esas pirámides, cuarenta siglos os están 
contemplando (S).B 

(1) B(tB luí U herúlca respueaU que dl4 el general CgmbroDne, coniandanlede 
Is guardia veteisna ea Waterloo, á laa que le iatlmaroD la rendlcioD al perder Na- 
polBOD la batalla.— ^. deJ r. 

(S) Dlchodel umborde Areola. —/á. 

(!) Dicbo de Ciro lamtxir Irtucé» que ea uoa de laa bala lias de Italia peidlú uh 
mano de un balazn de caáon.—ld. 

(i) Dlcbo comisarlo, llamado larras, habla creído deberle bacer algunas obwr- 
vacionessobra la posicloade una balería, que él habla dirigido como oficial de u- 
Ulterla que era i ta eazon.— fd. 

(5) Las tropas rrsnceaaa llegaron i la llanura de las Pirátnldea i la Mion ea 
qne el aol despuntaba ea el borlzonle. Cuéataae que, al versa al frente da 
aquelloagiganteacosiroDUDientosde tan remota a allgü edad, el ejército eolero, 
»m el cual ya lermeetaban loa graiuJea pensainleataa que le comnatcaba tu gene- 
ral con aus proclamas, hlio alio espontanea mente, como para aaludarlos, lleno da 
veneración y respeto. En medio de aquella especie de aobrocogi miento aeml re- 
ligioso, pronuncjú Bonaparte aquel dicbo Un celebrado, bljo del mas noble ea- 

La mayor parte de estos dichos pierden su valor para el lector que no esU 
mu7 lamlllaTlEado con el conocimiento de las circunstancias en que se pnoni- 
ciaron, de los hecboa que, por decirlo sai, lea sirven de escena; j aunque no qui- 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS 0RAD0BE3, XTO 

A los pteDÍpolenciarios de Leoben (1): 

«La república francesa es como el sol. £1 que do la ve es 
dego.B 

Al ejércüo de Marengo: 

«Soldados, acordaos de que tni costumbre es perDOClar en 
los campos de batalla (2). » 

A los soldados de artíLIeria, alborotados en Turia: 

«Esa bandera que habéis abandonado, se sospenderá en el 
templo de Marte y se cubrirá con un fúnebre crespón. Vues- 
tro cnerpo queda disuelto.» 

Al oír el primer ca&onazo de Friedtand: 

«Soldados, este es un día feliz, es el aniversario de Ma- 
rengo!» 

Al cuarto regimiento de linea: 

«¿Qué habéis hecho de vuestra águila? Un regimiento que ha 
perdido su águila loba perdido todo.— Si, pero aquí están 
estas dos banderas enemigas que hemos tomado.— Bien está, 
respondió sonríéndose, os devolveré vuestra ágnilal» 

Al general Morcan, ofreciéndolie an par de pistolas rícamen- 
le adornadas: 

«Qaeria hacer grabar en ellas el nombre de todas vuestras 
victorias, pero ha faltado espacio para contenerlas.» 

A un granadero sorprendido por el suelto, y en cuyo lugar 
se habia puesto de centinela: 

«Después de tantas fatigas, bien pnede dormirse un valiente 
como tú.B 

A un soldado que se disculpaba de haber, á pesar de la con- 
signa, dejado penetrar en su tienda al general Jouberl: 

«Anda, que quien forzó el paso del Tiro!, bien puede forzar 
una consigna (3). B 

siéramo» bacer la mas leve sombra de olensa t la llusiracioD de loi lecloret 
eulerados da lodos ealos becboa y ctrcunstanclaa, populares ea Francia lo mlamo 
que lodos aquellos dicbos, preferlmoa sin embargo que & los erudlUM s«aD eno- 
jMBH DuesttBB Dotsa j Its passD por alio, 1 privar á los que do id sod de las acta- 
lacloned necesarias para sacar de la lectura de Timón el debido agrado.— ÍV. del T, 

(1) En L«oben Brmd lonaparM an nombre de la república los prellmlaares de 
la pai con Austria.— Id. 

(S) Así eiclamú para contener á sus soldado* que empezaban i retroceder anU 
las fuerzas de loa auatrlacos.— Id. 

(3) Jouberl volvía entonces precisamente de ac&bEf lu lamosa ctmpaQa del Ti- 



c,q,zí<ib,Coogle 



rt UBBO 

A aa geaeral cortesano qae solicitaba el bastón demuiscál: 

kNo Boy yo qaien hace mariscales, sino la victeña.» 

Al jóvea comandanle de la arlílleria rnsa de Aasterlitt, que 
le decia en su desesperación : «Sefior, mándeme fasüar V. H.! 
acabo de perder mis piexas. » 

«Joven, consaéleseY.I se puede ser batido por mi ejército 
y conservar todavía lítalos á la gloria.» 

Al duque de Moniebello, herido de muerte por uñábala de 
caflOQ (1), y k qaien estrecha en sus brazos y riega con sus li- 
grimas: 

aLannesI me conoces? soy Bonapartet soy (a amlgoln 

A su ejército, al abrir la campada de Rusta: 

«Soldados! la fatalidad arrastra k la Rusia; cúmplase su des- 
liDo!» 

Al ver al sol alzarse sin nabes, en la maliua de la batalla 
de la Moscova. 

«Ese es el sol de Ansterlita!« 

A sos granaderos que al verle asestar los cafiones «xt Mon- 
lerean: 

«Nada temáis, amigos mios, todavía do ge ha fundido la bala 
qae ba de matarme. » 

En Grenoble, de vuelta de la isla de Elba, delante de nn re- 
gimiento que titubeaba, se apea de sn caballo y descubriéodose 
el pecho; 

«Si hay ano entre vosotros, uno solo que quiera matu* asa 
general, á su emperador, puede hacerlo: aquí estoy)» 

Pero donde sobre todo se revela Napdeon es eu las arengas 
militares^ Lo mismo qae se improvisó general, se improvisó 
orador! Loque principalmente admira en un hombre tan joven, 
es la fecundidad, la flexibilidad y la penetración de su genio: 
sabe lo que debe decir, lo que debe hacer, lo que debe ser con 
todos, en todas ocasiones. Nadie se lo ha ensefiado, y sín emba^ 
go lo sabe. Con el Papa es respetuoso al mismo tiempo qae leva 

rol. que Carnal, en sus memorias, llnniR campaña i» giganiti, pan eaorecer lo» 
inniHnaos esfuenoa de valor y conslsDcla que coslrt al oiércllo francas, «lempre 
empeñado en JDgpeiigrosne desBladeros de aquellos inaccesibles maníes, t ro- 
deado par todas parles de enemigos numeroaos y aguerrldo8.-~.V. del T. 
¡1} En la balalla de Esallng conlra los austríacos, el ü de mayo de \m.—li. 



í<ib,Coogk' 



DB LOS OIUDOBBS. tn 

lomuido soB ciadadea; con el príDcipc Carlos, liene la altivez de 
un igual y la cortesia de un caballero. Encomienda la disciplina, 
bmra&los artistas y i los sabios, protege la religión, la propie- 
dad, á las mujeres y á los aDcianos: pooe centinelas á la puer- 
ta de las iglesias, eoyia al mariscal Soult todos los domingos 
¿ misa con sn estado nuyor. En Egipto, osará el tarbanle si os 
preciso, y recitará versiculos del Coran; ajnsta contratas con 
los asentistas, reslaUece las con^nicaciones, organiza contabi- 
lidades, instituye municipaHdacIes civiles y gobiernos provisio- 
naies. Apenas ha conquistado nn territorio, le admJDislra; no 
trata en nombre del Directorio, sino en el de Bonaparte; no se 
presenta solo como generaUsimo del ejército, sino como sobe- 
rano. Los generales viejos tiemblan delante de aquel guerrero 
adolescente; no pueden sostener aquellas razones breves que 
les examinan, aqnella mirada que les penetra, aquella volon- 
lad qne les subyuga: se sienten atraídos y contenidos á un mis* 
mo tiempo: se forman á un lado, admiran, callan, obedecen, 
y el resto del ejército con ellos. 

Sn manera de arengar no tiene semejante entre los moder- 
nos, ni en la antigüedad: babla como si esiaviera, no en un 
collado ordinario, sino en la cumbre de una montafia: parece 
que tiene cien codos de alto. No se para en tos enemigos con 
quienes va á combatir , ni en los sitios que atraviesa corrien- 
do; pasa revista á la Europa y al mundo; sn ejército no es nn 
mero ejército , es el grande ejército (1): su nación no es una 
mera nación, es la gran nación. Él tacha en el mapa los impe- 
rios; sella con el pomo de su espada los nuevos reinos qne ins- 
tituye ; pronuncia sobre las dinastías , en medio del trueno y 
de los relámpagos, los fallos del deslino. 

El lenguaje figurado de Napoleón no gustarla boy, y casi 
frisaría en lo ridiculo; ya no estamos por las músicas guerre- 
ras , tenemos otras necesidades , otras ideas, acaso otras preo- 
cupaciones; pero entonces las imaginaciones estaban profunda* 
mente heridas, se acababa de salir de una revolución que todo 



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lo babia deglroido, lodo lo había reoovado: se iba en bnsca is 
aventuras : ae camíoaba hacia lo desconocido. 

Aquellos tiempos necesilaba Napoleón , como aeceaitaban á 
Napoleón aquellos tiempos. 

Apenas ba relevado á Schérer y tomado el mando del qér- 
cilo de Italia, se precipita sobre el enemigo y avasalla la vic-t 
loria. ¡Qué facundia , qué alíenlo , qné confianza , qué tono de 
vencedor y de dnefio en aquella proclama de nn general de 
veinliseís aííos! 

« Soldados, en quince días habéis ganado seis victorias, to- 
mado veintiuna banderas, cincuenta piezas de artillería, variu 
plazas fuertes, becbo mil quinientos prisioneros, muerto 6 he- 
rido á mas de diez mil hombres. Sois ignales ¿ los canqnisla- 
dores de la Holanda y del Rhin. Privados de todo, habéis so- 
-ptido á todo , habéis ganado batallas sin caffones , pasado ríos 
sin puentes , hecho marchas forzadas sin zapatos, acampádoos 
sin aguardiente y machas veces sin pan. Solo las falanges re- 
publicanas, solo los soldados do la libertad eran capaces de 
sufrir lo que vosotros habéis sufrido. ¡Gracias os sean dadas, 
soldados! La patria tiene derecho ¿ esperar de vosotros gran- 
des cosas. Todavía' tenéis batallas que dar, ciudades que to- 
mar, riosque pasar. ¿Hay algunos entre vosotros cuyo valor 
se vaya enervando? ¿Hay quién preñera volver á las estériles 
cumbres del Apenino y de los Alpes, y llevar con paciencia las 
injurias de esa soldadesca esclava? iNo , no los hay entre 1k 
vencedores de Monlenotte , de Millesimo , de Dego y de MO0- 
dovi! 

t Amigas , yo os prometo esta gloriosa conquista, pero 3«l 
los libertadores de los pueblos, y no sos azotesl» 

Este discurso electriza al ejército, y ya Napoleón no hizo 
mas que inarcbar de triunfo en triunfo en su inmortal campafit 
de Italia. Entra en Milán , y allí para sostener , para inflamar 
todavía mas el valor de sus soldados, les dice: 

«Os habéis precipitado como un torrente desde lo alto de 
los Apeninos. Habéis libertado al Píamonie; Milán es vuestra. 
Vuestro pabellón ondea en toda la Lombardia. Habéis atrave- 
sado el Pó, el Tesíno , el Adda, esos tan decanlados baluartes 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ORADORES, S79 

de la Italia. Voestros padres, vneslras madres, vuestras espo- 
sas, vnestras hermanas , vuestras amantes se regocijan de 
Toeslros trianfos, y blasonan con orgallo de perleneceros. ¡Si, 
soldados! mucbfl habéis becho, p^ro ¿no os queda ya por ven- 
tura nada que hacer? ¿Os acosará la posteridad de haber ha- 
llado k Capua en la Lnunbardia? ¡Marchemos! todavía tenemos 
marchas forzadas que emprender , enemigos que domar , \aar 
reles que recoger, é injni'ías qne vengarl 

«Restablecer el Capitolio y las estatuas de sus héroes: des- 
pertar al pueblo romano entumecido por muchos siglos de es- 
clavitud. Eso es lo que os resta hacer. 

«Entonces volvereis á vuestros hogares, y vuestros conciu- 
dadanos dirán señalándoos con el dedo: ¡Era del ejército de 
Italia! B 

Jamás se habia hablado á soldados franceses un leugnaje 
semejante : asi es que tos tenia verdaderamente enloquecidos, 
y que le hubieran seguido hasla el Sn del mundo. Esto era lo 
-que él revoivia ya en sn mente, y esíe sueño de su imagina- 
ción, hacíalo él pasar al alma de sus soldados. 

Y en efecto, véase cómo babla á sus compañeros de Italia, 
cnando, ya en alta mar , navegaba con rumbo á Malla , y les 
descubría en parte el secreto de la espedicion de Egipto : 

«Soldados, seis una délas alas del ^ército de Inglaterra! 
Habéis hecho la guerra de montañas, de llanuras, de sitios; os 
falta hacer la guerra marítima. Las legiones romanas, & quie- 
nes algunas veces habéis imitado, pero sin haberlas igualado 
todavía, combalian á Gartago ora en este mar, ova en tas lla- 
garas de Zama, y nunca las abandoné la victoria, porque cons- 
tantemente fuenm valientes, sufridas, disciplinadas y firmes. 
Soldados! la Bnropa os contempla! Tenéis grandes destinos que 
cumplir, batallas que dar, fatigas que vencer (1)!» 

Y cuando, desde lo alto de los mástiles, descubre la escuadra 
las playas de Alejandría, Bonaparte, manifestando abiertamen- 
te sus designios; 

{t) EMa es al prioclpio de la proclama que dirlgltiá íua tropas expedicionarias 
en ToloD el 30 de florea!, al baceraeí la vela: hasta enionces.el secreLode laes- 
pedlcloo ■ Eglpio permanecid conaiaalemoDle Impenetrable.— iV. (M T. 



_iv,Coog[c 



nFraoceses, lesdioe, vúsiacomeier ana coDqaísta cayos 
«ledo» ea la civiLízacioa y el conercio del muBdo son incalon- 
lables. La primera ciudad que vamos & eDcontrar fuéediOca- 
da por Alejandro.» 

A. medida que se ialeraa con sa ejército por las armas del 
Egipto, advierte que Üeoe que luchar con un pueblo faaáiieo, 
igooraate y vengativo, qse descoafia de los cristianos, peni 
<]ue (odavfa detesta mas las tropelías, las esquilmas (1), el or- 
gallo y la tiranía de los mamelucos; y para Usonleu' sos odios 
y sos preocupadones, les dirige aoa proclama enteramealedel 
género turco: 

«Cadts, Jeques, Imanes, Korbadgys, os dirás qae vengo i 
destruir vuestra leligion, pero ao lo creáis. Responded que be 
venido á restablecer vueslros derechos, y castigar á vuestros 
usurpadores, y que, mas que los mamelucos, respeto Jt Dios, 
& SQ profeta y al Coran. 

« Decid a) poeblo que lodos los hombrea son iguales delante de 
Dios: el saber, el talento y las virtudes, et» lo áaic» qne esta- 
blece entre ellos diferencias. 

«Ahora bien, ¿hay una rica heredad? pertMiece á los mame- 
lucos. ¿Hay ana hermosa esclava, on hermoso c^lle, aa 
hermosa casa? Todo esto pertenece á los mamelucos. Si el 
Egipto es suyo, decidles que eosefien los títulos de propiedad 
que les hadado Dios! Pero Dios es justo y misericordioso para 
el pueblo. Todos los egipcios serán llamados á ocupar lodos loi 
destinos. Gobiérnenles mas justos, los mas ilastradee y 1« 
maa virtuosos, y el pueblo será feliz. 

aTeuiais anlignamente grandes ciudades, grandes caoalH, 
un gran compelo. ¿Quién lo ha destruido todo, si no la avt* 
ricia, las injusticias y la tiranía délos mamelucos? 

«Cadís, Jeques, Imanes, Korbadgys, decid al pueble qm 
también nosotros somos verdaderos musulmanes. ¿No hemos 
deslrnido al Papa que decia que debia hacerse la guerra á los 
musulmanes? ¿No somos los amigos del Gran Sefior? 

(1} Z*>4Mn<M.-este Dombreaeda enPraDciaíclartaaeitonlones pacuDiuU* 
qne pMleceo eo toda la Turquía I»b merodsret, psuíMos, jdomicMiidacdeolto 
culto.— JV. M T. 



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DB LOS ORADORES. f» 

«Tres veces felices los que eslén con nosolrosl Prosperarán en 
sn hacienda y eo su condicira. jFelices los que permanezcan 
neulralee! tendrán tiempo para conocernos, y se pondrán de 
nuestro lado. 

«Pero desveiilurados, [res veces desvenlnrados los que se 
armen por los mamelucos y combalan contra nosolrosl Noha- 
Ivá esperanza para ellos: lodos pa-eceránU 

Despnes déla rebelión del Cairo, se aprovecha del terror y 
de la credulidad de los egipcios, para presentarse á sus ojos co- 
mo nnaer sobrenatural, como el enviado de Dios, como d 
bombre ineviiable del desuno. 

«Jeques, Ulemas, sectarios de Mahoma, haced saber al pue- 
blo qae los que ban sido mis enemigos no tendrán refugia 
en este mundo ni en el otro. ¿Hay algún bombre bastante cie- 
go para no ver que el Destino mismo dirige mis operaciones? 

«Haced saber al pueblo que desde que el mundo es man- 
eto, estaba esci-ilo que, después de haber destruido á los ene- 
migos del Islamismo, y becbo-derribar las cruces, vendría yo 
del fondo del Occidente á cumplir la obligación queme ha si- 
do imfmesta. Haced ver al pueblo que en el santo libro del Co- 
rán, en mas de veinte pasajes, está previsto lo que sucede, é 
igualmente explicado lo que sucederá. 

«A cada uno de vosotros podría yo pedir cuenta de los se- 
cretos pensamientos de sn corazón; porque yo lo sé todo, basta 
lo que DO habéis dicbo á nadie; pero dia vendrá en que todos 
vean c<hi evidencia que me guian órdenes superiores, y que 
Iodos los esfuerzos nada pueden contra mí.» 

EllSdebrumarío, rodeada de su brillante estado mayor, 
^welrofó al Directorio coa la soberbia autoridad de un amo 
qne pide cuentas á sus mayordomos, y como si ya fuera el so- 
berano absoluto de Francia. 

«Qué habéis hecho de aquella Francia que yo os dejé tan 
brillanle? Os dejé la paz y eocnentro la guerra; os dejé los mi- 
HúDcs de Italia, y por todas partes encuentro leyes despoja- 
doras y la misería[1) ¿Qué habéis hecho de cien milfran- 



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tu LIBRO 

ceses lodos perBonalmeDÍe conocidos por mí, lodos compaJieros 
míos de gloria y de Iralujos? Han mnerto!» 

La víspera de la famosa batalla de Aastertilz, ÍDicia rápida- 
meote á su ejército en las ÍDspiraciones de su eslralegia: 

«Los rusos van i circanvalar mi deredia, y me presentara 
el flanco. 

«Soldados, yo mismo dirigiré todos vuestros batallones. He 
quedaré lejos del fuego si, con vuestra acostumbrada bizarría, 
lleváis el desorden y la coDÍnsion á las fílas enemigas; pero ñ 
la victoria estuviese un momento indecisa, me veríais volar ú 
encuentro de las primeras descargas. Aquí está empeQadoel 
bODor de la infantería francesa, la primera infantería del mun- 
do. Esta victoria cerrará vuestra campaña: entonces la paz que 
ajustaré será digna de Francia, de vosotros, y de mí!» 

¡Qué grandeza y qué orgullo respiran estas últimas palabrasi 

Su discurso después de la batalla es un dechado de elocuen- 
cia militar; eslá contento de sus soldados, se mezcla con ellos, 
les recuerda aquellos áquíenes han vencido, lo que han hecho, 
lo que se dirá de ellos; ni una palabra de los jefes; el empera- 
dor y los soldados, la Francia por perspectiva, la paz por re- 
compensa, la gloría por recuerdo. ¡Qué principio y qaé fio! 

«Soldados, estoy contento de vosotros; habéis decorado 
vuestras águilas con una gloria inmarcesible. Eumenos de 
cuatro horas un ejército de cien mil hombres, mandado per 
loa emperadores de Rusia y de Austria, ha quedado rolo 6 
disperso; los que ban evitado vuestras espadas se han aboga- 
do en los lagos. 

a Guaren la banderas, los estandartes de la guardia imperial 
de Rusia, ciento veinte piezas de artillería, veinte generales, 
mas de treinta mil prisioneros son el resultado de esta jomada 
eteniameote célebre. Esa infantería, tan ponderada y sope- 
rior en número, no ha podido resistir á vuestro empuje, y m 
adelante no tenéis ya rivales que temer. 

«Soldados, cuando el pueblo francés dSÓ á mis sienes la 

mirla, aunque el autor hace mérito da ella para niRnilestar la exclusiva ptrnHuli- 
éad, digfrmoalo asi, de la alocución de NapaleoDi que viene 6 decir: F« oa dejé la 
pai voaadejdlüstDlIlaneB... .aic— Al. lítir. 



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DE LOS ORADORES. 381 

corona imperial, confié en vosotros para conservarla siempre 
en el alto esplendor de gloria que era lo único que podía dar- 
le valor ámis ojos. Soldados, pronto os reslitairé á Francia: 
alli seréis objeto de mis tiernos desvelos, y os bastará decir; 
Yo ettuve en la batalla de Austerlüx, para qae lodos respondan: 
Hé ahi un valiente'.yi 

El dia aniversario de esta batalla, recapitnia con compla- 
cencia los numerosos despojos que han caido en manos de los 
franceses, é inflama su ardor contra los rnsos al recuerdo de 
aquella victoria. La expresión: «Ellos y nosotros, ¿no somos 
los soldados de Aueterlitz?» es un rasgo magistral. 

«Soldados, hoy bace un alio, á esta misma hora, estabais en 
d memorable campo de Austerlilz. Los batallones rusos buian 
despavoridos: sus aliados ya no existen; sus plazas fuertes, ana 
capitales, sus almacenes, sns arsenales, doscientas ochenta ban- 
deras, setecientas piezas de artillería, cinco grandes plazas de 
guerra están en nuestro poder. El Oder, el Warla, los desiertos > 
de la Polonia, los temporales, nadaba podido deteneros, todos 
han huido al acercaros vosotros. El águila francesa se mece 
sobre el Vístula: los valientes y desgraciados polacos creen vol- 
ver á ver las legiones de Sobieskt (1). • 

«Soldados, no depondremos las armas hasta que ta paz ge- 
neral haya restituido á nuestro comercio su libertad y sus co- 
iMiias. Hemos conquistado á orillas del Elba y del Oder, á 
Pondichery, nuestros esiablecimientos de las Indias, el cabo de 
Buena Esperanza, y las colonias espafiolas. ¡Quién daria á loa 
rosos la esperanza de equilibrar los destinos! Ellos y nosotros 
¿DO somos los soldados de Auslerlilz?» 

Con estas palabras, que abrasan como el rayo próximo ¿ es- 
• tallar, abre la campafia de Prusia: 

«Soldados, me hallo en medio de vosotros: sois la vanguar- 
dia del gran pueblo: no debéis volver á Francia sino por debajo 
de arcos triunfales. Y qué? por ventura no habríais arrostrado 

(I) Juan Sobleskl, uno ite los msB grandes guerreros del siglo XVII. Derrotó* 
Jos lurcosen la lamosa balalls de Cbouln, donde les hizo pérJer 38,000 hombres, 
7 deapues de proclamado rey como libertador de la Polocts, volvie A derroisrloa 
en el memorable aBediodeVIena.quUSndoles un Inmenso bolín, y el grao estao- 
darte de Vohoma que envlú como présenle al Pipa.— ÍV. dti T. 



c,q,zí<ib,Coogle 



m uno 

Ui estaciones, los mares, loi desiertos, vencido ¿ la Eoropt 
nuchas veces coligada contra nosotros, llevado nuestra glorit 
del Oriente al Occideole, mas qae para volver hoy i nsestn 
patria como tránsfugas, y para oír decir que el ágnila fraocfr- 
sa ha buido despavorida á la vista de los ejércitos prasianos* 

«Marchemos, pues, ya que nuestra moderación no ha podido 
tacarlos de esa asombrosa embriaguez, y aprendan qae si es 
Ocil obtener un aumento de poderío con la amistad de ud grai 
pueblo, sn enemistad es mas terríble que las tempestades iá 
Océano I « 

A sn en'rada en Berlin, exalta y enorgullece & sus Iropu 
con la rapidez de sas marchas y de sus triunros: «Nosotros he- 
mos atravesado ea siete dias las selvas, los desfiladeros de It 
Franconia, el Saale y el Elba, que nuestros padres no bubie- 
lao traspuesto en siete aBos, y bemos dado en el intervals 
cuatro acciones y una gran batalla. En Posldam, en Berlín, 
hemos precedido á la fama de naeslras viclorías; hemos hecba 
sesenta mil prisioneros, cogido sesenta y cinco banderas, toma^ 
do seiscientas piezas de artilleria, ires fortalezas, hecbo prisi»- 
neros á mas de veinte generales, y sin embargo, mas de li 
mitad de vosotros se lastima de no haber disparado lodavia u 
tíro. Todas las provincias de la monarquía prusiana hasta el 
Oder esián en nuestro poder, » 

En Eyiau, honra la gloriosa muerte de sus valientes gner- 
reros: 

«Hemos marchado solH-e el eounigo, le hemos acosado eso 
nuestras espadas por espacio de ochenta leguas: le hemos ar- 
rebatado sesenta y cinco cañones, diez y seis bauderas, y hemu 
exterminado, herido ó hecbo prisioneros á mas de cuareolay 
cinco mil hombres. Los valientes que, por nuestra parle, han 
quedado en el campo de batalla, han tenido una muerte glo- 
riosa, la muerte de los verdaderos soldados!» 

En Fríedland, la misma enumeración de victorias: 

«En diez dias, bemos tomado ciento veinte cationes, uete n- 
landarles, muerto, herido ó hecho prisioneros k sesenta mil 
rasos, arrebatado al ejército enemigo todos sus hospitales, lo- 
dos sus almacenes, la plaza de Eoenisberga, tos trescientos ba- 



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DB LOS ORADORES: MB 

qnes qae se hallaban en el paerlo cargados de toda especie de 
moHÍcíoDee, cieoto sesenta mil fusiles qae eofiaba la Inglaterra 
paraaomará naeslros eoemigos. Délas orillas del Viatola 
hemos llegado á las del Niemeo con la rapidez del águila. En 
Ansterlitz celebrasleis el aníTersario de mi coronacioD; este 
afio habéis celebrada digoameole el íwiversario de Hareogo. 
Soldados del grande ejército francés, habéis sido dignos de vo- 
sotros y de mi!» 

En 1809, en el momenio de castigar al Austria por sus trai- 
ciones, confia al ej^cito ans grandes designios; le mezcla, le 
asocia á sns venganzas, so causa es la qae va & defender. 
¡Qaé faego milüar en este discurso ! 

■Soldados, rodeado de vosotros mo hallaba caando vino el 
sc^ieraBO de Aos^ia íi mi vivac de Moravia. Vosotros le oísteis 
implorar mi clemencia y jararme una eterna amistad. Vence- 
dores en tres guerras, el Austria se lo debió todo á nuestra ge- 
n^osidad. Tres veces ha sido perjura!... Nuestros pasados 
trÍBBfbs os son segura fianza de la victoria que nos espera. 
Marchemos, pues, y á nuestro aspecto conozca el enemigo á sos 
vencedores!» 

Con el mismo ardor anima contra los ingleses ¡ü ejército ex- 
pedicionario de Ñapóles. ¿No parece ^ne sus palabras marchan 
k paso redoblado? 

■Sedados, marchad, precipitad en las olas, si es qae osan 
esperaros, á los flacos iñtallones de los tiranos del mar! No 
tardéis en aounciarme que está vengada la santidad de tos tra- 
tados, y que estáo aplacados, en fin, los manes de mis valien- 
tes gnerreros asesinados en los pnerlos de SicHia, í su regreso 
de Egipto, después de haber escapado de todos los peligros de 
los nanfragios, de los desiertos y de cien combates^ 

' Con el mismo objeto de debelar el poder de so implacable, 
de sa eterna enemiga, arenga al ejército de Alemania k so 
vaelta, y abre ante sus miradas la conquista de la Iberia: 

■Soldados, después de haber triunfado á orillas del Da- 
nubio y del Vístula, habéis recorrido ta Alemania á marchas 
forzadas. Hoy os bago atravesar la Francia sin daros un mo- 
mento de respiro. Soldados! tengo necesidad de vosotros: la 

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W UBRO 

horrible presencia del leopardo maDCba los conlinenlea de Es- 
pada y de Porlagal, y quiero qne hnya despavorido á vaeslro 
aspecto. LleTemos naestras águilas victoriosas hasta las colom- 
nas de Hércules: tambieo allí leñemos ultrajes qne Tengari 
Soldados! habéis eclipsado la hmi de los ejércitos modernos; 
pero ¿habéis igualado la gloria de los ejércitos de Roma qae. 
ea una misma campafia, triunfaron en el Rhin y en el Eufrates, 
eolliria y en el Tajo?» 

Eu la maSana de la batalla de la Hoscowa, ostenta k los ojos 
de los soldados la nneva cosecha de laureles qne van á reco- 
ger, y los pone, consigo mismo, en presenciado sus recoerdot 
y déla posteridad: 

«Ahí tenéis la batalla que tanto habéis deseadol En lo sooe- 
uvo, la victoria depende de vosotros, y os es necesaria; ella os 
dará la abundancia, buenos cuarteles de invierno, un préiimo 
regreso á la patria. Portaos como en Austerlitz, en Friedland, 
«1 Witepsfe, en Smolenska, y haced que la mas remota poste- 
lidad cíle con orgullo lo que hagáis en este dia; qne se diga da 
cada DDO de vasolros: Estovo eu aquella grao batalla ante los 
muros de Moscool» 

Hemos llegado, con el sol, á la cumbre de la montaOa. Pre- 
dao es ahora bajarla á ¡a sombra; pero detengámonos un mo- 
mento. . 

La gloria muere asi que cesa de brillar; solo la liberlid 
renwe de sus cenizas. Cnanto mas se desparrama, mas se 
feeimdíza ; pero Napoleón no quiso echarse á los braios 
déla libertad. — Tal vez, tal vez digo, poniéndose k la van- 
guardia de la democracia europea hubiera derribado, mu 
que con sus ejércitos, á todos los reyes de Europa. No qniw 
hacerlo; pero jpodia hacerlo, él, tan déspota, mas déspota ^n 
que los otros potentados? Demasiado moderno para los reyes,! 
demasiado antiguo ya para tos pueblos. Napoleón tuvo en breve 
contra si á los pueblos y á los reyes. Aterró á las dinastías, y . 
las dinastías sublevaron las nacionalidades: ahora bien, se 
triunfa de un ejército, pero no se triunfa de ana nación, de mi- 
chas naciones: el genio y la victoria nada pneden al fin contra 
la independencia de los pueblos, contra el derecho y contra el 



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, DB LOS ORADORES. W 

número: lal es la ley bamana, ley de jaslicia y de moralidad, 
ley providencial. Napoleón por consigDieole debía perecer, y 
8B caída oslaba señalada, casi á hora fija. 

£d Taoo aqnel allivo valor quiso robustecerse en las fuerza8 
vivas de la Fraocia, de donde su yo, ese yo árido y fatal, sa- 
lía siempre á pesar suyo. Como nn león acosado en su caverna, 
y amenazado por lodas partes por los cbuzos de los cazadores, 
se apoyó en la nación, y ragió á punto de bacer temblar al 
mundo. ¡Pero ya era lardel 

Triste, doloroso es ver cómo se va desmoronando á pedazos 
aquel imperio de parpara y de oro; ver cómo cruje aquella 
vasta monarquía, en sus tablas mal ensambladas, desde Roma 
hasta la isla deTeiel, desde los Alpes basta Hambargo; ver 
aquellas negociaciones veinte veces reanudadas, veinte veces 
rolas, aquellas desesperadas resistencias de un béroe, aquellas 
borrascas de su alma, aquellos vislumbres de vicloriaque bri- 
Uaa en la nocbe, aquellas inauditas traiciones, aquel abati- 
miento de los ánimos, aquellas secretas transacciones de avari- 
cia y de vanidades abitas, aquellas ¡nveocibles aspiraciones al 
reposo, aquel cansancio universal de la Francia quebrantada 
y rota. 

Pasemos, pasemos pronto al patio de Fontainebleau p^a es- 
CQcbar el último adiós de Napoleón á las fieles reliqvias de sa 
ejército, á aquellos soldados que no podían separarse de su ge- 
neral, y que lloraban en derredor de él. No bay en Uxk la 
antigüedad escena mas tierna y sublime. ' 

■¡Soldados! vengo á despedirme de vosotros. Veinte años 
hace que estamos juntos; estoy contento de vosotros. Siempre 
08 he bailado en el camino de la gloria. Todas las potencias de 
Europa seban armado contra mi; algunos de mis generales ban 
hecho traición á su deber y á la Francia. Ella misma ha queri- 
do otros destinos; con vosotros y con los valientes que me ban 
permanecido leales, yo hubiera podido sostener 1^ guerra civil; 
pero la Francia hubiera sido desgraciada. Sed fieles á vuestro 
nuevo rey, sed sumisos á vuestros nuevos jefes, y no abando- 
néis á nuestra amada patria. No compadezcáis mi suerte; seré 
feliz cuando sepa que lo sois vosotros. Yo hubiera podido mo- 



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m uno 

rir; si be conseatido en sobrevivir, ha «do para cooperar to- 
davía á vuestra gloría. To escribiré las grandes cosas qoe 

jontos bemos hecho No pnedo abrazaros á lodos; pero 

abrazo á vuestro general. Venga V. , general Petít, que quiero 
estrecharle contra mi coraztul Qne me traigan e) águila! quie- 
ra abrazarla también! Ab! plegué á Dios, águila qnerida, qne 
tenga nn ecoen la posteridad esle beso qne te doy! Adiós, hi- 
jos míos; mis votos os acompañarán siempre; conservad mi 
memorial» 

Parle, y desde el rondo de la isla de Elba organiza sa fabu- 
losa expedición. Todavía no ha pneslo el pié en las playas iA 
golfo Juan, cuando ya, desde lo alto de aqnel frágil bajel qw 
lleva á César y su fortuna, entrega á las otas, siembra en lot 
vientos su proclama, evoca á los ojos de sos soldados las imá- 
genes de cíen victorias, y envia por delante á sus ágnilae, co- 
mo mensajeras de su triunfante regreso. 

«Soldados, en mi destierro he oído vuestra voz No be- 
mos sido vencidos, sino vendidos; debemos olvidar qne Aii- 
' mos los sefiores de las naciones; pero no debemos tolerar qn 
nadie se mezcle en nuestros asunlos. ¿Quién osará aspirar á 
ser señor en nuestra patria? Recobrad esas águilas qoe lleva- 
bais en Ulm, en Anslerlilz, en Jena, en Monlmirail! Los ve- 
teranos del ejército de Sambra y Mosa, del Rhin, de Italia, de 
Egipto, del Oeste, del grande ejército están humillados... Ve- 
nid á alistaros bajo las banderas de vaeslro caudillo La 

victoria marchará á paso de ataque. . . £1 águila, con sus colo- 
res nacionales, volará de campanario en campanario hasta tas 
torres de Nuestra Señora!...» 

Al día siguiente de su llegada á tas Tutterías, y en el asMU- 
bro de los ánimos qne signe á una noche de entusiasmo y de 
delirio, reúne á la guardia veterana {la viñlle garit) al rede- 
dor de su eslandarle: le presenta á sus valientes compañeros 
de la isla de SIba. ¡Qué gradación, qué arle, qué decoro, qié 
habilidad oratoria en esta improvisación! 

«Soldados! estos son los oficiates del batallón qne me ha 
acompaOado en mi desgracia; lodos son mis amigos; todos alli 
eran caros á mi corazón. Siempre que les veia, me represffli- 



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DE LOS OUDORIS. 

tabau los diferenfes regimieDlos del ejército. Ed eslOB » 
los valientes hay hombres de todos los re^miealos; lodosn» 
recordaban aquellas grandes jornadas, cuya memoria mees 
las grata, porque todos están cubiertos de honrosas cicatrices 
recibidas en aquellas memorables batallas. Amándoles, os 

amaba & vosotros todos, soldados del ejército francés Ellos 

os traen estas águilas, que os deben servir de signo de reunión; 
dándoselas á la guardia, se las doy á todo el ejército. La trai- 
ción y fatales circonslancias las hablan cubierto de un fúnebre 
velo; pero, gracias al pueblo francés y á vosotros, vuelven & 
aparecer resplandecieDles con toda su gloria. Jurad que se ha- 
llarán siempre y donde quiera que las llame el interés de la 
patrial Ab! nunca puedan sostener sus miradas los traidores, 
y los que quieran invadir nuestro territorio!» 

Demasiado habría que decir para hacer apreciar todas las 
bellezas de situación de este trozo. 

Algunos dias después, en el Campo de Marte (1), ya no ha- 
bla de la gloria de los combates y del amor de sus compafle- 
ros; lisonjea, exalta, sublima delante del pueblo y del cuerpo 
legislativo el gran sentimiento de la soberanía nacional. 

«Emperador, censal, soldado, todo se lo debo al pneblol 
Eq la prosperidad , en la adversidad , en el campo de batalla, 
ea el consejo , en el trono , en el destierro , la Francia ha sido 
d otyélo único y constante de mis pensamientos y de mis accio- 
nes. Gomo aquel antiguo rey de Atenas (2), me be sacrificado 
por xai pueblo , con la esperanza de ver realizarse la promesa 
dada de conservar á la Francia su integridad natural , su ho- 
nor y BUS derecbosl....» 

Mas adelante, ruega á las cámaras que olviden sus desave- 
neDcias ante la grandeza del peligro nacional , en un discurso 
del que no se han olvidado estas palabras: 

aNo imitemos el ejemplo del Bajo Imp^io que, acosado por 
todas partes por los bárbaros, se atrajo la irrisión de la poste- 
ridad, ocupándose en discusiones abstractas en el momento en 

(I) Bxten3allaDura,ácorU dislanclii Je París, «UuKlai delanteda la aacaaU 
follilar, donde suelen psiarse las grandes cevlsiai.— N. dd r. ¡ 

(4 CodTu, úlllmo rey •!» Atsnas.— H. J 

tOKO I, 19 



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qae batía el ariete laa poo'las de la dadad.... En los moroen- 
toa árdaos es caudo laa grandes naciones , como los grandes 
hombres, detpUegui toda la energía de sa carácter.» 

Laego , cae de improviso en medio de su ejércilo , y le re- 
caerda qne no debe dejarse amedrentar por el gran número de 
sos enemigos ; que tiene atroces injurias qoe vengar ; que lu 
naciones vecinas estia impacienta por sacadir el yugo , y 
combatir, uniéndose con él, k los mismos enemigos. 

«Ellos y nosotros ¿no somos ya por veniura los misnua 
hombres? [Soldados! en Jeoa, contra esos mismos prusianos, 
hoy lan arrogantes , erais nao contra dos , y oi Hontmiraíl, 
uno contra Ires. 

•Aquellos de vosotros que estuvieron prisioneros en poder 
de los ingleses, os hablen de sus pmtones y de los horríbleí 
mAles qoe han padecidol 

«Los sajones, los belgas, los banoverianos, los -soldados de 
la confederación del Rhin , lamentan verse obligados k prestar 
el apoyo de sos brazos á unos principes enemigos de la juslicia 
y de los derecfaos de los pueblos. » 

T, cuando todo concluyó, cuando acababa de herirle el rayo 
de Walerloo, ¡cuan patéticas fueron sus últimas palabras al 
ejército! jcdmo se eclipsa! ¡cómo se sustrae á si mismo! ya do 
se dirige í soldados, sino á patriotas, á ciudadanos, á herma' 
nos. Ta no se caliñca , ya no se denomioa su soberano , ní n 
general; ya no es el emperador, es Napoleón, es su compaüero 
el qae les dice adiós, y se confunde con ellos. 

«Soldados, yo seguiré vuestros pasos: aunque ausente, ál) 
patria sobre todo era k qoieo servíais obedeciéndome, y si al- 
guna parte he tenido en vuestro afecto, lo debo k mi ardienlfl 
amor á la Francia, nuestra madre común. ¡Soldados! aigmot 
esfuerzos mas, y la coaliuon queda disnelta. ¡Napoleón os re- 
conocerá en los golpes que vais k descargar! a 

No habia remedio : el Beíerofonte fondeaba ya en las aguas 
de la Brelafia. Napoleón fugitivo sube á bordo con aquella 
confianza, siempre un poco candorosa, de los héroes desgra- 
ciados. Desde el puente de aquel navio escribió al prlocipe 
regente esta carta tan conocida, y de una sencillez tan noble: 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS OIADORES. tM 

«SereDisimo aeflor: 

n Blanco de las facciones qae dividen á mi pais, y de la eoe- 
mistad de las mas grandes potencias de Enropa, he terminado 
mi carrera poliiica, y vengo, como Temistocles, á sentarme al 
hogar del pueblo briUinico. Me poogo bajo la protección de 
sna leyes que reclamo de V. A. R., como del mas poderoso, 
del mas constante y del mas generoso de mis enemigos!» 

Asi debian obrar, asi debían bablar los grandes ciadadanos 
de la antigüedad, cuando, proscritos y batidos por las tempes- 
tades de su patria, iban á pedir á los extranjeros la hospitali- 
dad del destierro. 

Algunas palabras mas, leetoresl siempre cuesta trabajo se- 
pararse de los grandes hombres, vivos 6 muertos, y quisiera 
haceros admirar á este basta el fio. 

En el seno de aquella isla, su triste prisión, su imaginacioo 
repelida hacia lo pasado, se trasladaba al Egipto y al Oriente, 
y se iluminaba con los espléndidos recaerdos de su juventud: 

«Mejor hubiera hecho, se decia á si mismo golpeáudose la 
frente con la mano, mejor hobiera hecho eñ no dejar el Egip- 
to. La Arabia espera i an hombre. Con los Trancesesen reser- 
va, y los árabes y los egipcios como auxiliares , me hubiera 
posesionado de la India , y hoy seria emperador de todo el 
Oriente. > 

En otra ocasión , insistiendo en esta grande idea, decia: 
«Tomado San Juan de Acre , el ejército francés volaba k Da- 
masco y k Alepo: en un momento hnbiera llegado al Eufrates; 
los crisliauos de la Siria , los drnsos , los armeoioa se les hu- 
bieran agregado. Las poblaciones iban á conmoverse.... Hu- 
biera alcanzado k Coostantinopla y las Indias, y cambiado la 
faz del mundo.». 

Luego , como si la libertad , mas hermosa que el imperio 
del universo, hubiera hecho brillar ante sus ojos una nueva 
luz, exclamaba: ■ Las grandes y magnificas verdades de la re- 
volución francesa durarán siempre ; á tal punto las hemos ro- 
deado de esplendor, de monumentos y de prodigiosl Con rios 
dé gloria hemos lavado sus primeras manchas. Serán inmor- 
tales. Emanadas de la tribuna, cimentadas con la sangre de 



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an LIBIO 

las balaltas, decoradas con loa laureles de la ticloría, saluda- 
das con las aclamaciones de los pueblos , sancionadas p«r loa 
tratados, ya &o paeden retrogradar: viven en la Gran Brelaña, 
ilominaa á la América , están nacionalizadas en Francia. Este 
es el trípode de donde brotará la Inz del mondo. » 

T también volvía sin cesar á sd memoria el recoerdo de su 
cana natal, de aquella isla que hizo tan famosa. 

«Ah! decía, qué recnerdos me ha dejado la Córcega! todavía 
creo disfrutar sus perspectivas, sus monlafias. La piso con mis 
pies, la reconozco en el olor que exhala. » 

Siempre, en aqael estado enfermizo, indeciso y vago entre 
la vigilia y el suefio, flotaban ante sus ojos imágenes de guerra. 

«Ea, amigos míos, volved á Europa, id á ver á vuestras fa- 
milias; yo veré á mis valientes en los Campos Eliseos. Si, Klé- 
ber, Desaix, Bessiéres, Duroc, Ney, Mural, Masséna, Berthi», 
lodos me saldrán al encuentro; al verme, todos enloquecerán 
de entusiasmo y de gloria. Hablaremos de nuestras guerraE 
con los Escipiones, los Aníbales, los Césares, los Federicos, 
& menos que por allá, aSadia donosameale, tengan miedo de 
ver á iBDtos guerreros juntos, m 

En su delirio, se creia á la cabeza del ejército de Italia; oía 
tocar el tambor, y gritaba; «Steingel, Desaix, Masséna, id, 
corred, cargad, nneslros son!» 

Unas veces hablaba eo alta voz y solo, otras dictaba á su 
secretarios, ora escribía en hojas sueltas todos tos pensamientoí 
que se escapaban á borbotones, en friígroentos, de su alma de- 
masiado llena para contenerlos. 

«Nuevo Pi'omeleo, estoy clavado en una roca, donde nn bni* 
tre me roe las enlrafias. Sí, yo robé el fuego del cielo para do- 
tar con él á la Fraucia. El fuego ha reQuido hacia su foco, y 
aquí esloyl El amor á la gloria se parece á aquel puente qn« 
echó Satanás sobre el caos para pasar del iDñerno al cielo. La 
gloria junta lo pasado á lo venidero, separados por nn abismo 
inmenso. Nada para mi hijo, nada mas que mi nombre!» 

En los accesos de su melancolía, creíase, y decía que la 
Europa le repndiaba vivo y muerlo. «Denme sepultura ba- 
jo los sanees, junto á ese manantial cnya agua coire (an 



Cqi-ZÍ-dbvGOOglC 



DE LOS ORADORES. St3 

maosa y crislalinalD Has ao era ese el üllimo deseo de su tes- 
tamento, ni la última mirada qae dirigía á sn patria aoseDle, 
Di el último suspiro qae exhaló aquella grande alma. 

■Deseo, decia, qae mis cenizas descansen á orillas del Sena, 
en medio de aquel paeblo á quien lanío he amado!» 

Hé ahí la inscripción, la inscripción única que hubiera de- 
bido ponerse en las flotantes banderolas de) bnque que le (rajo, 
en los pedestales de las columnas, y en los frontispicios de los 
arcos Irinnrales que se exlendian á lo largo de la carrera, en tos 
paflos morados del carro fúnebre, en las ochenta y seis bande- 
ras de los departamentos, en el peristilo de los Inválidos, y en 
el mármol de sn sepulcro (1). 

Caanlo mas se hnnda este sepulcro en las sombras del tiem- 
po, mas gloría radiará i tos ojos de la posteridad. Los hom- 
bres extraordinarios son como las montafias, y sa imagen se 
nos representa lanío mas grande cnanto mas se aleja de nuestra 
vista, alzándose solitaria en los conflnes del horizonte. 

Pero procuremos vencer la ¡lasion de esa óptica engafiosa, 
y contemplemos á Napoleón como le contemplarán los sabios 
de la posteridad. 

Gomo hombre de estado, tenia á no mismo tiempo mucho ge- 
nio y mocha ambición para consentir en deponer el gobierno 
supremo, y en reinar bajo nn seDor cualquiera, ya Tnese rey, 
pueblo ó pariamenlo. 

Como hombre de guerra, cayó del trono, no por haber que- 
rido reslanrar la legitimidad, ni por haber sofocado la liber- 
tad, sino porque sucumbiú en la guerra. No fué, no pudo ser 

(I) L* deposición da tai ccdIz» de Napoleón en la aiiDluoM ig1e«la del cuar- 
tal dfl Itivíililoa de Fan's se verlBcú eii aoBro de 1SM. L« escuadrilla encar- 
(¡ada de la Iraslaclon de aquellos restos, maLdsds por el ptÍDclr« de JolevUla, 
•bordú [eilimente en la costa trancess Je voelli de Saeta EieoB, inTeedo nn 
ataúd perfeclsmonle cerradoi paro no candis de positivo qua desempeítasa su co- 
meado i HBllifacclon del pueblo parisiense, quien, É pesar de la promesa que M 
la bluí de mostrarle el cadíver del bombre del siglo, no llagú i verlo, porqnt it 
ptrdió la Uaví dil alaud. Ei rama que dlcbu promesa eausd eo la familia real de 
Francia, por aqustloa dlsa, un tanto de Inquietud t msobra. pnea dicen malai 
leaguas que los aviesos ingleses le barajaron al Juren príncipe marino aquel ca- 
dáver con el de un negrito, mellándole á bordo este úllimo con loda aolemnldadj 
respeto. Tarea da gente maligna esquitar t toda» la» ooaaa el velo de la ilusión, y 
faacer incrédulos para tnda notable acón tacimIeDloI.... Pero lo cieno es que al 
pueblo parisiense no llegúí ver abierto el slaud.— iV.dd T, 



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I» UBRO 

HoDck ni WashÍDgloD por una razón may sencilla; porque era 
Napoleón. 

Reinó como reinan lodas las potencias del mundo, por la 
fuerza de bu principio. Acabó como acaban lodas las potencias 
del mundo, por la violencia y el abnso de sa principio mismo. 

Has grande qne Alejandro, qne Carlomagno, que Pedro 1 y 
Federico, dejó, como ellos, su nombre k so siglo; fué, como 
ellos, legislador; como ellos, fundé on imperio. Su memoria 
es universal, y dura bajo las liendas del árabe, y alraTíesacoa 
las canoas del salvaje los ríos lejanos de la Oceania. El pueblo 
francés, que tan pronto olvida, solo ba conservado ese nombre 
entre lodos los de una revolución qne trastornó el mundo. \A>t 
soldados, en tos ocios del vivac, no hablan de otro capitán, y al 
pasar por nuestras ciudades solo en su imagen paran los ojos. 

Cuando el pnebto hizo la revolución de julio, la bandera em- 
polvada que tremolaban aquellos soldados-obreros, canditlos 
improvisados de la insurrección, era la bandera qne coronó A 
águila francesa, la bandera de Austerlítz, de Jeoa y de Wa* 
gram, mas bien que la de Jemmapes y de Fleorns; era la ban- 
dera qne ondeó izada en las torres de Lisboa, de Vima, de 
Berlin, de Roma, de Moscón, mas bien qne la qne Doló en la 
confederación del campo de Marte; era la bandera de Water- 
lóo acribillada á balazos; era la bandera qne el emperador 
tenia abrazada en Fontainebleau al despedirse de so guar- 
dia veterana; era la bandera qne en Santa Elena sombreaba 
la frente del héroe moribundo; era, en ana palabra, para decir- 
lo lodo, la bandera de Napoleón! 

jQné poder el de aquel bombrel El desvaneció la opinión 
popular qne atribula á la sangre de los reyes la soberanía, U 
majestad y el poder. El rehabilitó en el pueblo el sentimienlo 
de sn propia eslimacion, mostrándole á los reyes hijos de re- 
yes, á los pies de un rey hijo del pueblo. Pne^de tal manera 
les hamillú comparándoles consigo, de tal modo oprimió con 
su grandeza á todos esos reyes y emperadores, que tomáodo- 
los uno á uno, y acercándolos & ese coloso, apenas se los dis- 
tingue: tan tfscnros y pequefios son! 

Basta: qne también llegan ya á mis oidos tos acentos de 



í-abvC00g[c 



DB LOS OUDDRES. US 

nna voz mas eevera, y temo que la historia á sn vez extienda 
60 acusaciOD conira aquel para quien la posteridad comienza, 
y diga: 

Ese hombre derroctí ta soberanía del pueblo; era emperador 
de la república fraucesa, y se hizo su déspota; arrojó el pego 
de BU espada en la balanza de la ley; encarceló á la libertad 
individual en las prisiones de estado; sofocó la libertad de la 
prensa con la mordaza de la censura; violó la libertad del ju- 
rado; tuvo bajo sus plantas, en la abyección de la servidum- 
bre, álos tribunales, al cuerpo legislativo y al senado; some- 
tió á la talla generaciones enteras, y despobló campos y talle- 
res; fundó en el müitañsmo títulos para una nueva nobleza 
que presto hubiera llegado á ser mas insoportable que la exis- 
lente, porque uo tendría la misma antigüedad ni el mismo 
prestigio; impuso contribuciones arbitrarías; quiso que no hu- 
biese eo lodo el imperio mas que una sola voz, y que fuese la 
suya, y una sota ley, y que fuera su voluntad. Nuestra capital, 
nuestras ciudades, nuestros ejércitos, nuestra armada, nuestros 
palacios, nuestros museos, nuestros magistrados y nuestros con- 
ciudadanos, todo quedó á su disposición, lodo lo hize suyo. Ar- 
rastró á la Dación á los campos de batalla, donde no hemos deja- 
do mas recuerdo que la insolencia de nuestras victorias, nues- 
tros cadáveres y nuestro oro. Finalmente, después de haber 
sitiado las fortalezas de Cádiz; después de haber tenido en sus 
manos las llaves de Lisboa, de Madrid, de Viena y de BeTlin, 
de Ñapóles y de Roma; después do haber hecho retemblar el 
suelo de Moscón bajo el peso de sus^caBones, dejó á la Fran- 
cia menos gi-ande de lo que era cuando se apoderó de ella, 
toda ensangrentada con sus heridas, desmantelada, abiu'la, 
empobrecida y humillada. 

¡Ahí si admiré demasiado qnizá á ese hombre extraordina- 
rio que hizo & mi país tanto bien y tanto daSo, cuya memoria 
será eternamente glorificada en los talleres y en las cabafias, 
y cuyo nombre popular iba mezclado en mi imaginación á to- 
das las prosperidades y á todas las esperanzas de la patria; si 
la vanagloria de sus conquistas halagó con exceso mi corazón; 
8i los resplandores de so gloria fascinaron demasiado mis ml- 



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tm LUBO 

ndas javeniles; ob libertad, al momeDto qae te conocí, al mo- 
mento qae la paro brillo peDeIró hasta mi alma, á li fué k 
qaien yo seguí, & ll de quien no podrán ya nunca separarse 
mis brazos qae le estrechao; á li, ob libelad, ünica pasión de 
los corazones generosos, único lesoro digno de envidia! A ti, 
qae preReres á los hombres que desaparecen, los principios 
quejamos varían, y i los brutales empeños de la fuerza, las 
Ticlorias de la inteligencia; k tí, qne &es la madre del orden, 
aunque tos calamniadores quisieran cubrirle con el gorro en- 
carnado de la anarquía ; A 1Í , que consideras iguales & 
lodos los ciudadanos, y como hermanos á todos los hom- 
bres; á ll, qae no reconoces superioridad legal sino en ma- 
gistrados responsables, ni snperioridad moral sino cola virtad; 
i li, ante cuyos ojos atraviesan en tormentosa carrera los im- 
perios hereditarios, como esas nnbes que oscurecen por no 
instante la diafanidad de un cielo sereno; á ti, qne laces al 
travos de las rejas del reo de estado; áti, á quien medita el si- 
bio, i qnien el esclavo implora, por quien suspiran las tam- 
bas; á ti, que como un artesano viajero completarás la vuelta 
de la Europa, trastornando las ciudades y tos reinos por la 
sola fuerza y encanto de tu palabra; á If , que verás en la mar 
cha triunfal caer bajo tos pies las barreras de las aduanas, los 
tribunales secretos, las prisiones de estado, los cadalsos, las 
aristocracias, las cartas cerradas, los ejércitos permanentes, 
la censara y los monopolios; á li, que confederarás en nna 
santa alianza naciones diversas en iengnas y costumbres, en 
nombre de un mismo interés, de su independencia, de su dig- 
nidad, de SD civilización, de su felicidad y reposo; k tí, qne 
desprecias vanas conqnistas y mentidas grandezas, y quena 
bajaste del cielo á la tierra para subyugarla, sino para redi- 
mirla y embellecerla; á If , á quien no se paede servir sino con 
desinterés, y á quien no se puede amar sino con delirio; á ti, 
que cansas la primera palpitación del mancebo, y que eres la 
soblime invocación del anciano; á ti, oh libertad, que despaei 
de haber quebrantado sos hierros, guiarás á los últimos es- 
clavos, ratonando cánticos de gloria y con palmas en las ma- 
nos, á los últimos funerales del despotismo! 



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DE LOS OBADORBS. 



RESTAURACIÓN. 



No pasó por cierto sin brillo aqoella época de noeslra YÍda 
polilica en que la libertad, largo tiempo oprimida bajo la plan- 
ta de QQ déspota, volvió á erguir su noble frente ; en que la 
Praucia dispertó oyendo acentos desconocidos ; en que la elo- 
cneocia de la tribuna desató su lengua enmudecida y babló; en 
qne todos los ialereses, todas las pasiones, todas las esperanzas 
parecieron haberse congregado en torno de ella para dispntar* 
se la posesión del presente y la dominación del porvenir. 

El imperio, herido d» muerte en sn cabeza, vivia aun en 
la memoria de los soldados veteranos. La Francia necesita 
siempre tener una pasión ; la libertad reemplazó á la gloria. 
Los emigrados sofiaban con Luis XV, tos militares con Napo- 
león, y la juventud con la rovolocion. El pueblo hervía al re- 
dedor del foro; no tenia entonces poca importancia nn diputa- 
do! y qné importancia no tenia entonces nn oradorl 

Hoy dia aun olmos hablar la misma lengna: el presidente 
ocupa aun el mismo sillón dorado: las mismas cariátides sos- 
litineD ann la tribuna ; pero el pueblo no se agolpa ya , como 
entonces , en la escalinata y atrio del templo , ya no cree 
en los oráculos del gobierno representativo. Los tiempos están 
fríos, la noche avanza , el sol desciende k m ocaso ; su pálida 
loz ya no alumbra al mundo. 

Tres esencias políticas se disputaban el campo de la restan- 



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ración: la escuela ÍDglesa, la escuela legilimisla, y la escocia 
liberal. 

Serré era el orador de la escuela inglesa, de la cual eraBo- 
yer-Collard el filósofo. Ambos profesaban como principio la 
soberanía de la razón, como medio la gerarquía de los pode- 
res, y como fin la monarquía parlamentaria. 

En torno de ellos iban .- Camille-Jordan , que mojaba sos 
palabras en lágrimas ; Pasqnier , cuya argomenlacion Mida 
esquivaba el análisis y la refolacion; Saiot-Aulaire, que solta- 
ba sn frase con (oda la gracia, el abandono y la osadía 
de un gran sefior;Courvoisier,elmasdispueEtoéinagolablede 
tos oradores, si Tbiers no hubiera nacido; Simeón, profnodo 
jnriscoDsuIlo ; Kéralry, el de los discursos indigeslos ; de Ca- 
zes , mÍDislro elegante y de hermosa figura , cuya fraseología 
no carecía en verdad de abundancia y flexibílidúd , ni su ac- 
ción de energía y desembarazo; que obligado y arrastrado por 
las exigencias del momenlo , por los caprichos y la pasilaai- 
midad palaciega , por el flujo y reHaja de mil enemistades , se 
entregó á la corriente de lodos los vientos; qne poso una mor- 
daza á la libertad déla imprenta, y suspendió las reaccionesdd 
terror, y, dueño de su dueOo y de lainisma Francia, mezclósna 
fallas con sus buenos servicios, y las debilidades del cortesano 
con la pradencia del hombre de estado; Laíné, estadista vajw- 
Toso, melancólico, distraído, cuya voz exhalaba los vagos so- 
nidos del arpa de 0-sian ; carácter indeciso , mano temblOTOsa 
y muelle que no supo tener tas riendas del poder; pero orador 
grave, de .palabras cadenciosas, que en algunas ocasiones ha- 
bló con la elocuencia del corazón, y que, piadoso con tos prot- 
criplos, se eolernecia por sus miserias, y abrazaba, en nombre 
de ellos, con suplicas y liante, las aras de la misericordia y de 
la compasión; fiDalmenle, Beagnol, el hombre mas astuto del 
reino de Francia y de Navarra , después de Semonvílle, qse 
en astucias era inferior aun á Talleyrand. 

La escuela legitimista se dividía en dos fracciones. 

Componíase la una de hombres exaltados, que llevaban lu 
cosas hasta lo absoluto , y de hombres mas tratables , devi^ 
de Dios en el cielo, y del rey en la tierra. 



Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



DB LOS ORADOBS. M 

La Otra secompODia de hombres no menos creyentes , pero 
amaestrados por el ejercicio del poder, los cuales se amoldaban 
& la carta como k ana necesidad saperior , mas poderosa qne 
ellos y qae la monarquía que la agoaolaba. 

Lacla al frente de la primera falange Bourdonnaie, el qae 
propuso las famosas categorías (1) é hizo expulsar á Manad. 
Conlrarevolucionario del mismo temple que los antiguos con- 
Tencíonalislas; subyugado por la razón de estado , mas impe- 
rioso que diestro, sin que careciese en sn lenguaje de eleTaciOD 
y de vigor. Segnian i este : 

Lalot, caya fulminante elocuencia derribó al ministerio Ri- 
chelieu; lleno de imágenes en su estilo, y de una facundia ve- 
hemente y pintoresca: 

DihIou, lau profundamente versado en el estudio de la legis- 
lación administrativa, cuya frente altiva no se doblegaba ante 
objeción ninguna, y que recibía á boca de jarro los disparos de 
metralla de la oposición con toda la Oema de un hijo de Albion: 

Caslelbajac, que se agitaba en su banco, daba puDetazos y 
pateaba, gritaba, arrojaba eiclamaciones, é interrumpía h los 
diputados incrédulos que dudaban de su fe monárquica (2); 

Bonald, orador an tanto nebuloso, filósofo creyente, y sin 
dispala uno délos mas grandes escritores de nuestra época: 

Salaberry, realista fogoso, orador petalanle, que salia con 
' pistola en mano al encuentro de los liberales, y desparramaba 

(t) El conde dt la Bourdowiait debe ser considerado coma pI mas fantilco eaife 
lodos los fanáticos que componían la mayoría de la ctmars baja [rSDceaa en ISMl 
EH < de noviembre de dtchu aüa JeyO la proposklon de un proytcto de ley alri- 
boido al «bate Legric Doval. proyecioqueen el lenguaje de entonces coníinleron 
ea llamar t'V'Jia'nTiiiti'a. y- por el cual quedaba dividida la Francia eiicaUgorláM 
de reos pollticua, como i Im ilación suyu dividid luego el ejérclloel mialíiro de ti 
guerra duque de Fellre. Apoyado dicho proyecto, pronuncid Bourdonnaie Un 
dlacurso, digna de aqueija época aabgrienU en que do resonaban en la tribunado 
la Convención mas que gritos da pruscrlpclun y de muerle. SI se hubiera seguido 
BU doctrina, las ires cuartas parles de la poblaciim de Francia hubieraa perecido 
como excluidas de aquella generosa amnlslia; tan latas eran en au mente Isa cate- 
gorías de los revolucionar loa regioldas y hercjea , dignos da la cucbllla y del* 
hoguera.— IV. M T. 

CU) El vizconde de Castalbajac, elegido en ISII miembro déla c&mara de dipau- 
da»por el departamento de Gers, no enconlrd medio mas noble y significativo de 
dasempeliar au misión, y demostrar au ardiente celo por la prosperidad de U 
Francia, que pedirse a&adlese al infantaigo del Sr. duque de Berrl la suma da 
cuatro millones anuales, desde el día de su matrimonio.— iV. M T. 



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3U LIBRO 

sobre «llog desde lo alto de la tribnna las hirríeDles imprecado- 
Des de ID cólera (1): 

MarcelluB, para quien el realismo no era soíamenle un prin- 
cipio, sino también una divinidad, y que se {H-oslernaba ante 
su ídolo con el candoroso fervor de on peregrino y de an anti- 
guo caballero (2). 

Villéle se destacaba como una figura colosal sobre el fondo 
de este caadro. 

En lornode Villéle se agrupaban varios hombres decnalida* 
des diferentes; Corbiére, ano de los jurisconsultos mas enten- 
didos de una provincia donde son entendidos todos (3); gran 
rebuscador de aoligaallas literarias; dialéctico apremianle y 
cáustico, qne ponía alas á sus fleebas para que llegaran mas 
presto al otyelo, y se clavaran con mas fuerza en sus adversa- 
rios (i); Brebis, bábil escudriñador de presupuestos, uiMte 
despejada, conciencia recta; Peyronnet (5); notable por las ss- 
Doras vibraciones de su voz, por la habilidad ingeniosa de m 
dialéclica, y por la florida pompa de au lenguaje; Marligoae, 
aquel melodioso orador que tocaba la palabra con tanta habili- 

' III El conde <le Ss labe rry lué uno de los prorocadorea mas rrenéiicosdelí 1i- 

^glacioD stugrieala deMSIS-1«, que babtn de leuer por resultkdn el aulquIU- 
mleolu de IchIb9 laa InslIlDClones nacionales, y por cuüsecuencia le vuella al rígl- 
men feudal. Salaberry quería que la conlra-rBíolucion (ueae prent» y lonjnBi'»- 
Sa ia BUIoria drl iTopiria Otomano abrazú cun caloría deCenea del despoUsmo 
orlenlal, y se esforzú eademoslrar que la legialacloD del sabley del cordón bbIí 
tnaa favorable al bluoealar de la humanidad, tlate prtndplo explica naluralnwiiK 
el celo couque vola en la cámira de 1315 por loa tribunales preboBlulesaln apell- 
cloo, y por lodaa laa layes oieepclonalea que tenían algún viso de tlrSDia oriea- 
W1.-ÍV. <úJ r. 

[D También el conde de Uarcellua taú nombrado en IBIí diputado por el dc 
partamenlo da la Oironda, por I* facción uUra-realisla qtie poco después lauíiíí 
la Francia de lágrimas y de sangra, ira linmhre honrado y probo; pero, fiDllteo 
en religión y política, conlemplú loipaaibla las irAgicaa escenas de Ljou, Greot- 
ble, Nimea y Uonlpeiier.— Id. 

[3) ftennes, en i* Bretaña.— H. 

Hl Corbiare, & pe^ar da sus luces y de su posición independiente, se adhltüi 
loa principios reaccionartoa da Bourdonnaie, y propuso á la cSmara qoa sa 
alladieran nuevas eicepclones conira los liberales k las ya numerosas ealabled- 
das en la famosa f«y deamiu'tía de 1SI5; y, por una noiabie aberración de snclira 
entendimlenlo. profesaba al mismo tiempo el principio da que ttltlíirhdt Ittlt- 
ytfptnalit átbtitrla peri«<iciim d» Im criminti, y no (a d» /oa fíraonm;» como si lU 
tuera peiheguir á clasaa enierss de Individuos el establecer nuevaacaUgoriatd* 
delitos poKiicog.— M. 

(G) Upo de ios miDlstroa proscriptos de Carlos X, de la Juailcla y del Iniaflor; 
SDilguo abogada de Durdeos,— M. 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LO? ORADORES. SM 

dad como Tuloa (1) tócala Danta; Jossede BeaaToir j Gornet 
d'Iaconrt, cazadores armadosála ligera, destacados en los flan- 
cos d« la falange ministerial para émpefiar el combate y apun- 
tar á los jeres á la cabeza, entre las malezas de la oposición; 
Parde88n8(S), talento claro, orador fecundo, profundo jnriscon- 
snlto; Ravez, el águila del foro girondino, célebre por la gra- 
vedad de BU presencia y por la bella entereza de su órgano, 
nno de esos hombres que, do quiera que se presentan y hablan 
imponen la atención & sus oyentes; poderoso por su lógica, s&- 
bio ea sos exposiciones, duello de sus pasiones y de las ajenas, 
y qae, á no haber sido presidente de la cámara, hubiera domi- 
nado como orador en el partido de la derecha. 

La escuela liberal fué una escuela beligerante. Serré entró 
en campaSa el primero, y después de haber disparado unos 
cuantos tiros y vaciado su cartuchera, se atrincheró tras las 
nnineDcias del poder. Manuel mandaba el cuerpo de reserva de 
la oposición, y el general Foy la vanguardia. Benjamín Cons- 
taotcombatia la censura, Laffitteel presupuesto, Bignon la 
diplomacia; Argenstn lanzaba al viento, sin dirección fija, 
I los primeros cohetes del radicalismo; Casimiro Périer, arrebata- 
do de las filas por el ardor de sus bríos, retaba al ministerio 
á;combate singular; Corcelleg, Estanislao Girardin, y Chan- 
veliu, giraban y revoloteaban én torno de sus bancos, y le dis- 
paraban en sus acometidas, y.aun en sus huillas, flechas pe- 
netrantes y envenenadas; y por última consecuencia de seme- 
jante sisleoaa de goerra, después de un combale de palabras, on 
combate de calles y plazas acabó con la monarquía. 

«1 Tulou 89 al primer flaul 



_ IV, Google 



El imperio francés giraba en torno de Napoleón, como la 
circDDferencia gira al rededor de su eje. Et boIo dirigía h» 
cjérdlos á loa campos de batalla; él solo, desde el fondo de ni 
despacho , anudaba y desanudaba sus alianzas y tratados; 
& solo eipedia órdenes á loe prefectos de lo interior; él solo 
disertaba sobre política en los diarios sujetos á censura; fl 
solo hablaba por conducto de sns comisarios en las madas asam- 
bleas del cuerpo legislativo y del senado. De manera que pue- 
de decirse que en todo el imperio no babia mas general, 
mas diplomático, mas adminisbrador, mas publicista, ni mas 
orador que Napoleón. 

Asf que, cuando la tribuía recobró su libertad, y TolTienm 
í abrirse los diques de la elocuencia, los oradores parlameo- 
taríos solo se presentabui en la arena caminando á tientas, y 
i guisa de hombres olvidados del habla. Mostrábanse encogi- 
dos en sns movimientos, y al probar sns Toces apenas emitiui 
mas que sonidos apagados y triviales. 

Pero apareció Manuel. 

Manuel era de aventajada estatura, de rostro pálido y me- 
lancólico; tenia un acento provincial, pero sonoro, y gran 
sencillez de continente. 

Prefería desenredar tas dificultades á cortarlas. Circulaba 
con incomparable destreza al rededor de cada proposición; la 
analizaba, la escudriíSaba, la palpaba, la apretaba, por decir- 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ohadores. m. 

lo asi, por 803 flancos y cavidades para rer qué conlenia, y lo 
fflaQíreslal)a ala asamblea síd omisioDes y sinéofasis. Jamás 
se eicedió eo gritos ni gesticalaciones como esos retóricos 
apopléticos que sudan á chorros y Jadean, y que parece tienen 
los pulmones obstruidos, y que van & vomitar un caQo de san- 
gre con sn líltima palabra. Era un hombre de razoa elevada, 
natural y sin afectación, siempre duetio de sí mismo, de eloca- 
cioo fácil y brillante, hábil en el arte de exponer, de resumir y 
de concluir. Estas cualidades sedujeron á la cámara de los re- 
presentantes. 

No se crea que mientras zumban las tempestades políti- 
cas, pueda un orador demasiado vehemente llegar á domi- 
nar de lleno á las asambleas, porque incitará por lo común á 
adoptar resoluciones temerarias, con lo que, si agrada á los 
boiñbres enérgicos, asusta á los tímidos, que componen siem- 
pre el mayor número. Como estos se imaginan ver entre las 
sraubras, ya pnSales que amagan á sus cabezas, ya celadas 
oculfas por donde pisan, ya negras traiciones próximas á en- 
volverlos, prefieren oradores sinceros , en quienes puedan 
confiar y creer. Como padecen temblores de miembros, les 
gusta refugiarse y guarecerse al amparo de corazones enér< 
gicos y serenos. Como sufren turbaciones de entendimien- 
to, quieren que solo se les presenten cuestiones enteramente 
resueltas. Asi lo hizo Manuel. 

Cuando TÍO él, después déla abdicación de Napoleón, que 
et poder ejecutivo no sabia ya «n nombre de quién mandar, 
que la guerra civil amenazaba estallar en medio de la guerra 
extranjera, que la misma cámara de los representantes se di- 
vidía en fracciones, y que, impelidos por mil vientos encontra- 
dos, iban todos á la ventura, inclinándose, quien á los Bor- 
bones, quien á la república, quien al duque de Orleans, quien 
al hijo del emperador; Manuel Ihtocó el voto del ejército, la 
salvación de la patria, y el texto de la constitución en favor 
de Napoleón I[(l). 



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3H LIBRO 

La asamblea acogió sa proposicioD con enlasiasmo. Hmtró- 
sele obligada por haberla sacado de sq embarazosa perpleji- 
dad, y por haberla dado la oDidad de qae todas las asaoJileas 
han menester, sobre todo en los tiempos de crisis. 

Fné MaDDel oombrado para presentar el proyecto de consti- 
tncion; mÍBÍon peligrosa, cargo de para conSaoza, lestameolo 
poIiUco qae había de redactar para la posteridad en nombre 
de la cámara espirante. Dirigió sn disensión con gran nobleza 
por entre las balas y la metralla qne silbaban en sus oidos; 
llamó á.las armas á los ciodadanos; y cuando lodo se vio per- 
dido, y el cafion prusiano tronaba ya sobre el pnenle de Jena, 
Manuel, intrépido y sereno, repetía desde la Iribuna aque- 
llas célebres palabras de Hlrabean: aSolo nos arrancara de 
este lagar el poder de las bayonetas. » 

Hanoel fué el mas imporúinle y casi el único orador de la 
cámara de los representantes. La confianza de aquella cámara 
le hubiera colocado á la cabeza del gobierno, durante la me- 
nor edad de Napoleón II. 

Entró en las cámaras de la Reslanracion precedido de ona 
reputación colosal. Por lo general no suelen sostenerse los re- 
nombres excesivamente preconizados, yá la saciedad que cau- 
san acompalia muy de cerca el disgusto. Manuel además estaba 
interiormente trabajado por una enfermedad cruel que mas 
tarde le llevó á la tumba, y bajo el influjo de su dolencia per- 
dieron sus privilegiadas facultades gran parle de su poder y 
de su brillo. 

Ifespues de haber sido ministerial, liberal y moderado dn- 
ranle los Cien días, fué Manuel durante la Reslauracícn uno de 
los tribunos de la oposición. Consagró á ella todas las prendas 
de su carácter y de su tálenlo. Como era mas tenaz que impe- 
tuoso, sostenía en la retaguardia las últimas cargas del esa- 
migo; como tenia mas vigor de raciocinio qne vehemencia 
oratoria, argumentaba sobre cada lésia y volvía contra sos 
adversarios, con una vivacidad llena de exactitud, las mbmas 
citas hechas por ellos. Aunque una discusión pareciese qne-' 
dar enteramente cerrada, siempre encontraba él algún la- 
do por donde volver á entrar en ella, y renovaba el combale 



_iv,Coog[c 



DE LOS OBADORES, M» 

con ana saUleza de dialéctica y ana abnodancia de elocadoD 
extraordinarias. 

Uanael faé el improvisador mas notable de la izquierda. 
Sn dicción era enteramente parí amen lana, sin estar recargada 
de ambicioso ornato; pero no incorrecta ni desmazalada, ann- 
qne tampoco seductora. Tal vez era demasiado prolijo y difu- 
so, aunque no por eso dejaba de ser claro; pero retrocedía y 
se repetía como suelen lodos los que con mocha faúlidad dis- 
curren. 

En materias de baeienda ennnciaba algunas veces sn opi- 
díos por escrito. Sus discursos están redactados con precisión y 
pureza; pero sin grandes miras, sin profundidad y sin estilo. 
Manael, á la manera de los improvisadores, se apropiaba con 
rapidez las ideas ajenas, y las reproducía con tino y ordenada 
discreción; mas no era hombre de administración, ni filó- 
sofo, ni hacendista, ni economista. Nutrido después de su ex- 
pulsión con serios estudios, fortalecido con la meditación en el 
retiro del ostracismo, hubiera vuelto lleno de tesoros de cien- 
cia & la escena legislativa. i 

En dos hombres cebaron sos encarnizadas antipalias los dos 
parUAos encontrados; Serré se atrajo después de su abjura- 
ción las antipalias de la izquierda; Manuel se atrajo en todos 
tiempos las de la derecha. 

Hallábanse á la sazón los partidos en un estado de hostilidad 
flagrante. La emigración y la revolución, la aristocracia y U 
democracia, la igualdad y el privilegio, se sentaban en la cá- 
mara frente á frente, se provocaban con las miradas, y se 
aborrecian con odio morl^. Apenas en cada sesión se oían mas 
que disertaciones sofisticas é interminables sobre las pasiones 
y los partidos; y annqae alli los labios declaraban sin cesar 
que se respetaban las intenciones de los adversarios , nada 
se recriminaba mas cordialmeate que las intenciones. Hoy 
que la posteridad llegó para ellos, y» puede decirse la verdad á 
aquellos partidos: y no hay mas verdad sino que lodos estaban 
representando una triste comedia. Los realistas querían nn rey 
sin carta, y los liberales querían una caria sin rey: esto era lo 
único verdadero y formal en la esencia de aquellos debates 

TÚHO 1. 10 

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•w uno 

parlamenlarioe; todo lo áaaie do era sino mero ac<ád«ite, 
mero adoroo, para charla. Por 6ü, después de quince atíoi de 
escenas saas 6 menos bien hilvanadas, Unto actores eomo eB- 
peeladores se cansaron de esperar, y *& hubo mas remedio que 
dar Mn & U Tarsa. Del rey sin caria salieron las ordmamas, y 
de la caria sin rey la revolución de julio. 

Manuel se cefiia astutamente & la caria, como ana coletn 
qne se enrosca en torno de m árbol que no tiene mas qne las 
verdes y florecientes apariencias de la vida, con un tronco b»- 
rído de maerle en el corazón. La apretaba entre sas vieltas, 
la estrujaba, quería á viva faena sacar de ella lo qne jamii 

CODlOVO. 

Hoy dia, esas contlnnas llamadas al orden, con esos akt- 
BÍnables discorsos sobre el sentido claro A Inrbio de la caria, 
esas recriminaciones de tesa majestad constitucioaal, esos »• 
fnerzos de melafígioa pura, no barian mas que causar al aa^ 
dltorio. 

f&to entonces, el gobierno representativo estaba en maiii- 
llas, y se queria saber por curiosidad si verdaderamente hatu 
algo ñerto en el fondo de lodo aquello. 

Les ministros aflcionadoa á gozar de la realidad del podff, 
apresúranse siempre & alcanzarlo. La gnerra que les hacia 
Manuel era una guerra de dilaciones, para ^anar ¿ampo. Al 
principiar la cKscusion les ineomo^b» con sus ataques, y bt 
renovaba at cooolair; dirigía al presidente enmiendas it^trovir 
sadas, y so pretexto de desarrollarlas volvía á entrar en la pra- 
posición general ensanchando in campo. Uaa vez batido oi sos 
eamiendas, se fortificaba con las sub-enmí^daSi repl^fUiaie 
asi de eíen maneras, unas veces avaazaido, c^uido otras, ds" 
fundiendo como on general experto el terreno & palmos, y 
cuando se veia prdximo á- ser cogido, presdia fue^ á la auBa, 
y se v^aba con todas sos mBaíoonee. 

Elecciones, prensa, presupuestos, leyes penales, petidwak 
m hay principio de libertad ó de economía que no swlaviaMi 
ni combate de la izquierda en qne no lomara parte. 

Fué Maauel el mas prudente de todos los de s« parlido. 
No se dejó extraviar por la imaginación ni arrebatar por d ca- 



C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DB LOS OtUOORES. SOT 

tssiasmo, que es otro de los males qne se padecen en Francia. 
Pesaba las cosas en so justo valor, y su previsión tenia (anlo 
alcance y era tan exacta, qne anunció qne el articulo 1 4 de la 
carta engendraría nna revolocioo. 

La condición de los proletarios trabajadores fué objeto de sa 
mas ardiente solicitad, y quizás aquella secreta simpatía que 
nnia á l^s masas con su defensor, es la cansa principal de qne 
SB nombre sea tan popular entre ellas. La antorcha de la de- 
mocracia proyectaba íi intervalos sobre su senda algunos de 
sus. rayos, y á su Inz le fué dado comprender y tocar todas las 
coestiones del porvenir. 

La derecha escuchaba ¿ Manuel con impaciencia visible; 
colmábale de desprecios y de injurias. Guando él hablaba, unas 
Teces se encogía de hombros, otras le volvia la espalda; tan 
pronto prorompiaen murmallos qne ahogaban su voz, como se 
Imzaba á él colérica por sobre los bancos, y )e perseguía has- 
ta el pié de la tribuna, con his mas emponzoSados sarcasmog 
y los epítetos mas afrentosos. Manuel, impasible en medio de 
las mas deshechas tempestades, conservaba la serenidad en el 
semblante y en el corazón: recibía el cboqne sin desconcertarse, 
ge crazaba-de brazos, y esperaba qne se restableciese el silen- 
cio para volver á lomar el hilo de su discurso. 

Era hombre de nna intrepidez calmosa y de un corazón patrié- 
tioo y ardí«)te, con las maneras mas afables, las costumbres 
mas dulces, ana honradez de principios instintiva, una abne- 
gacioD y nna modestia singulares. 

No diré mas de sus cualidades morales. Fué amigo de Laffi- 
te y de Duponl de l'Eure: no es por cierto poco elogio. 

Hay en todos los partidos mucha mas imaginación de lo qne 
se cree, paes son ávidos de vida y de arraigo, no solo en el 
presente y en el porvenir, mas también en lo pasado. Ellos re- 
bacen y reforman la historia en su provecho y al tenor de sus 
pafiioDss; imponen á sn capricho al primer ilustre difunto qne 
se lee antoja el cargo de representar sn opinión, aun cuando 
atfnel ilustre personaje no haya querido jamás, durante sa 
Tída, representarla, y aun cuando dicha opinión no luvíRra en- 
lODces exialeDcia, ni por consignienle nombre. Pretenden loa 

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repablicaoos que Maonel trabajó por la cansa de ellos bajo la 
HestauracioD; los doclrÍDarios de las Tallerías saponeu que 
hoy seguiría aquel el camino que ellos siguen. Las dos son me- 
ras ilusiones. Manuel tenia, como tienen millones de franceses 
en este momento mismo, mas bien el seotimieolo republicano 
que opiniones republicanas; con franqueza y libertad declani 
que entre la república y Napoleón II prefería á Napoleón 11. 
Decia qne: «Los republicanos son cabezas que no ba madurada 
la experiencia. » 

Y en otra ocasión: ^Que la república puede seducir á almas 
nobles y elevadas; pero no conviene para un pueblo grande en 
el estado actual de nuestras sociedades. » 

Y finalmente que: «El trono es la garantía de la libertad.» 

Y que: «La libertad es inseparable del trono, o 

Se pronunció además en favor de la prerogativa real sobre 
la íDsiitucioQ de las dos cámaras, la dignidad hereditaria da 
par, la dotación del clero, y la garanlia administrativa de los 
fancionarios. 

Tampoco pertenecía Manuel al partido del Palais-Royal; ei 
cierta ocasión trataron de beneficiar su popularidad en prove- 
cho de cierto personaje, y él apremiado soltó aquella exclama- 
ción: «No me hablen VV. mas de ese hombre!» 

. Es opinión bastante común que, si Manuel hubiera vifida 
mas, su profunda experiencia hubiera dirigido á los fundadores 
de la revolución de julio, que él hubiera señalado los escollas 
hacia donde, merced á ciertos pilotos demasiadamente confia- 
dos, arrumbaba la nave, y que hubiera imposibilitado á la pre- 
rogativa real de desbordarse y sumerger á la libertad. 

Fuera de eso, las nobles acciones valen mas que los mejores 
consejos y que los mas bellos discursos. No, todos los consejos 
de Manuel no hubieran sido bastantes para conlrareslar la fil- 
lalidad de las cosas, y por lo que hace á sus discursos, pronto 
se olvidarán si ya no los desvaneció el olvido. Pero mientras A 
valor civico, cien veces mas precioso que el valor guerrero, sea 
honrado entre nosolros, el nombre de Manuel no se borrará de 
la memoria de los franceses. 

Corría el afio de 1823; la impaciencia de la derecha estalló 

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DE LOS ORADORES. M» 

de repente. Ya aoles se babia manifestado, cuando Manuel, 
dando salida á las quejas qne rebosaban en sn corazón, expresó 
claramente sa repugnancia bácia los Borbones. Desde aqne) 
instante, quedó inscrito sn nombre en tas líelas de proscripción; 
sns enemigos, con el oido alerta y el brazo levantado, embos- 
cados en el fondo de la tribnna , vigilaban y espiaban el efecto 
de cada palabra qne salía de sns labios. La tormenta se mecia 
sobre sn cabeza. 

Apenas Hannet, en no nuevo discurso, bosquejó una apolo- 
gía indirecta y rebozada de la Convención, el conde de la Bonr- 
donnaie se levantó bruscamente de íu asiento, y reclamó que 
ftiese expulsado como indigno el dipatado de la Vendée. 

La cámara castigó á Manuel por baber elogiado á la Con- 
vención, cuando ella la estaba imitando; enajenóse la opinión, 
lo qni sunca dejará de ser un grave yerro; abusó de sn poder, 
lo cual indica bajeza; dio un golpe de estado, de esos que pier- 
den á las cámaras lo mismo que á tos reyes, aun cuando sal- 
gan bien; violó la inviolabilidad de la tribuna; envolvió en la 
GODdeaa de una mera expresión toda la vida parlamentaria de 
Manuel; le formó causa de tendencia, é hirió de muerte á la 
palabra, asi como acababa de asesinar á la prensa, v 

Lo mas raro en lan eitrafio proceso era ver á los diputados 
representantes del privilegio, arrogarse el derecbo de represen- 
tar á la Francia y de hablar en su nombre. ¡Pobre Francia! 
Todos le faacen bablar á sn antojo, los de entonces y los de 
ahora. ¡Cuándo será que te resuelvas á bablar por ti misma 
para imponerles silencio! 

No desmintió Manuel su grande entereza en aquellos debales. 
Apareció en ellos con la misma frente serena que tanto exaspe- 
raba á sns flacos y violentos enemigos. Defendióse cod senci- 
llez elocuente, y aun se conservan sus palabras: 

«Declaro, dijo, que en ninguno reconozco aquí el derecho 
de acusarme y de juzgarme. En vano busco á mis jueces; no 
veo mas que acusadores. No espero, pues, de vosotros an acto 
de justicia, sino un acto de venganza, y me resigno. Res- 
peto á las autoridades; pero mas respeto aun la ley qne las ha 
. CMistiluido, y desde el momento en que usurpan, en mengua 



c,q,zí<ib,Coogle 



9N UBRO 

de esa ley, derechos qae do les faeron conrerídos, no reconoico 
' en ellas poder alguno. 

«Siendo esloasi, no sé si lasnmisiOD es no aolodepradeo- 
cia; pero sé qoe habiendo derecho para resistir, la resislenda 
ae convierte en nn deber. 

aHabiendo entrado en esla t&mara por la Tolmilad de los 
que tuvieron derecho de traerme á ella, no debo salir deaqni 
sino por la violencia de los que pretendan arrogarse el deredio 
de eipulsarme; y por si en esta resolncion amagaran & mi ca- 
beza los mayores peligros, diré que el campo de la liber- 
tad ba sido algunas veces fecundado con sangre pura y gene- 
rosa.» 

Manuel cumplió su palabra. 

Sostuvo basta el fin sus derechos, cediendo solo & la violen- 
cia. Fué preciso que la ruda mano de nn gendarme le asiera 
en sn mismo banco, y que le arrancara brutalmente del lado 
de sns amigos indignados. 

Las turbas populares qne, acompafiadas de otra Inrba in- 
mensa, hablan de presenciar mas adelante el trinnfo de su 
fliequias, acompasaron al tribnno demócrata á su morada. 

Has, disipadas las turbas , la soledad y el silencio cercaron 
al ilustre orador. Los colegios electorales de entonces cometie- 
ron la bajeia de no atreverse á reelegirle jtan poco esplritn cí- 
vico hay en Francia! lan cierto es que los servicios patrióticos 
DO encuentran en ella sino corazones ¡ngralosl tan presto mne- 
r«i aqai las repulacíonesl 

Y sin embargo ¡oh caprichosas mudanzas de la fortnnal 
cnando aquel gran ciudadano, ignominiosamente expulsado por 
haber hablado de la Convención, salia de la cámara como nn 
malhechor conducido entre dos gendarmes, ¡cuan lejos estaba de 
imaginarse que algnn día aquel mismo rey k qaien no podía 
acatar, expulsado también, se embarcaría para ir ¿nn destíeiTO 
eterno! que el hijo de nn convencional ísta ocuparía el trono y 
•el lecho de su sefior; que los diputados que en nomtH-e de hñ 
electores acababan de proscribir á otro diputado, se verían tam- 
bién proscriplos por los mismos electores, y excluidos del tem- 
plo de las leyes; y que en el fronUspicio de otro templo, éoA' 



_iv,Coog[c 



DE LOS ORADORES. ' W 

cado á tos grandes hombres por la pairía agradecida , llegaría 
& escalpir el cincel inmortal de David enfrenie de la de Napo- 
león, emblema del valor militar, la figura de Manuel, emble-r 
ma del civil dennedo (1)! 

Manuel soportó el ostracismo con dignidad, pero no sin aU 
gana tristeza, no sin ecbar de menos alguna vez la tribuna. 

aV. es literato, decia el orador k Benjamin Conslanl, V. tiene 
su pluma; pero á mi ¿qué me queda? » 

Le quedaban sus exequias fanerales, y el panteón! 

(1) UaDusI figura en -pié en el bermoso frontispicLo del r^Qleon, obra da 



_iv,Goog[c 



Lnie XVni habla recuperado so trono, y la nave del des- 
lierro lleyaba á Napoleón al peñasco de Santa Elena. Los ejér- 
citos de Europa habían envainado el sable, y se acampaban 
tranquilos en nuestro territorio, por segunda vez manchado 
coB sn presencia; pero los partidos, comprimidos por el esto- 
por de la invasión, iban á hallarse de naevo cara i cara en el 
terreno parlamentario. 

ün poco de ambición, nn poco de rencor, y otro poco de 
Tenganza componían el fondo de lodos los partidos venceda- 
res. ¿Cómo era posible qae la cimara de ISlfi, toda realista, 
no fuese reaccionaria? ¿Cómo era posible qneno hubiese lacha 
de la emigración contra los restos del ejército imperial, de las 
provincias contra la ciirte, de los intereses antiguos contra lo< 
intereses nuevos, del espirito de localidad contra el de centra- 
lizacion, de la propiedad contra la industria, det realigmo 
contra el liberalismo, del altar y del trono contra ta filosoHa 
y la revolución? Esta Incba era, infalible, inminente, y debía 
■er implacable. 

La mayor parte de aquellos diputados de 1S15 eran hon- 
bres de otra época. Plebeyos enriquecidos 6 hídalguiltos da 
provincia, retirados en sus ruinosos palacios ó en sus terta- 
lias, no conocían á los hombres del imperio mas que por el 
odio que les profesaban, y los actos de aqnel poder mas que 
por el de las contribuciones y por los copos anuales de la 
qotnla. Poseídos juntamente de los terrores de la revotodoa T 



_iv,Coog[c 



DB LOS ORADORES. ItS 

de las preocupacioDes de la emigración, devotos, iliteratos, 
tozados, hobieran deseado una religioa domioaDte, un mo- 
Darca sin conslilucioD, sin patria (1) y sin corle, pero nosin 
inslilacloDes provinciales. 

El gobierno para et rey, la administración de los departa- 
mentos para los ricachos y la nobleza, tal era sn saeQo: por 
lo demás, hombres de costambres sencillas y honradas, sin- 
ceros ea su fe legilimisla y religiosa, independientes por los 
hábitos de su vida, por sn caudal, por hidalga altivez, y qua 
nada tenian de común con et servil y rastrero mínísterialismo 
de nuestro siglo de hornagueras. 

Acalorada por sus pasiones, embriagada con nn triuoro 
tan completo como inesperado, una cámara compuesta de este 
modo debia avanzar mucho en la borrascosa y sangrienta car- 
rera de las reacciones políticas, mucba mas de lo qne sin duda 
hubiera querido ella misma. 

Apareció Serré, y puede decirse qne apareció á tiempo. 
El nombre del rey rebosaba en todos los discursos, en todas 
las alocuciones, en lodos los informes: el grito de VIVA EL REY] 
estallaba espontáneamente en la cámara haciéndola retemblar, 
menos como un grito de amor qne como un grito de guerra. 
A este grito levantábase trémula la mayoría, rompiendo en 
aplausos, con los arrebatos y et vértigo del delirio: una ola 
mas, y et torrente de la reacción salfando sus diques, se hu- 
biera derramado con furor, ahogando á la Francia enteral 
Serré, sin titubear, se lanzó intrépido al torrente, y rompió sa 
carrera. 

Juntamente caadillú y soldado, ya en defensiva , ya en 
ofensiva, se multiplicaba, y él solo eqnivaliít casi á un ejér- 
cito. iQué de inolvidables servicios no hizo á la causa de la 
libertad! ¡Con qué rayos de elocueucia tronó contra el restable- 
cimiento de la confiscación, contra las violencias de las juntas 
directoras, contra las extorsiones del fisco, contra la tiranía 
de los juzgados preboslales, contra la infernal y secreta orga- 

(I] Patrie, tt decir el caerpo de los pires ú prdceres dal leliio. Adoptamos ail* 
Toide nuavo cuftn porqus contlnuameDle U vetaoi usad* un los perlddlcoi.y 
. porque rMlmcDta bace talla.— W. dct T. 



c,q,zí<ib,CoOgle 



M4 UMO 

nizacion de los espionajes, de las sonsacas y de loa asesinalM! 
iQné valor, y en qué peligros! iQné elevada razoo, y ea me- 
dio de qué exlravagancias! 

La nobleza de provincia, ora fuese qae coDsorvara la G(doN 
levadora de aquel espíritu de oposición que, desde los lifflipos 
feQdalea, la animó hereditariemMite conlra los de la cirle, on 
qae quisiese concentrar las fuerzas de la aristocracia en IM 
fldminialraclones locales; pedia con empeBo, so cokM- popslar, 
lae1eccionGn4(>l}le grado; Serré desbarató esta e«tratag«D3, 
é bizo aprobar la elección directa; y cuando en 1819 aevolnf 
ala carga conlra este sistema de elección, Serré tedetuidií 
eoD razones lan convincentes y coo una elocaencia tan arr(^- 
fadora, qae el enlasiasmo de tas tribunas estalló en «plansos. 

Breve fué la carrera oratoria de Serré, pero cuan cum- 
plida! ¡Qaé energía de voluotadl qué fuerza de raciot^l 
qué vigor, qué plenitud, qaé variedad en sns discursos! qié 
multitud de combatesl qué serie de victorias! jCómo vaelaal 
socorro de los empleados, contratos clasificadores, lospunQoí- 
dorcs (1) y los delatores! ¡Cómo falmina contra los oradora 
quebrados que, para anular ó disminuir la fianza de los aora- 
dores de loa atrasds, infamaban el origen y la causa de sos li- 
tulosl jCómo hace sonrojarse á los dennnciadores del iluslR 
Masséna! ¡Cómo arrostra la llamada al orden por haber impig- 
nado la proposición de hacer propietario al clero, consagrarle 
ana dotación de renta perpetua de i2 millones, de restitaírleíOB 
bienes no vendidos, de confiarle la ioslruccion púUica en todos 
sus grados, igualmente que los registros civiles [2], ydere- 
'hacer á la par la constitución de la. iglesia y del estado! [Cómo 
procura conmover cuando no puede convencer! cómo se ea- 
lemece su voz; cómo invoca la compasión cuuido no se es- 
cucha la justicia (3)! 

(1) 'El sbomiuaMa aisieDia áepvrífieacinnaDmvlnoh loiieipaflolesdePntMU, 
de donüe ileiiipra hemas lenido el arte de UmiU muchÍBlmo ado y panMM 
bueno. l!:xcusadu es decir i|ue á \ai puriflraclones polllicas alude el laVo.-N.idT. 

(3) Gb decir, los libios de asienLoa de uasamieatos, bsullzos, defuncfonM, M^ 
quesD Prancls. de^a el llempu de la revoluciuii, atirtea » ctrgo de l« nW- 
nlslraclon civil, con Independencia abaolula de la eclaaiistlca.— M. 

(3) Alude & la tempestuosa leglalaiurs de ISU, en que el parUdo dltra-realM 
lotealú deiDoler la obra entera d< 



c,q,-zí-abvC00g[c 



DB LOS ORADORES. VW 

Seado DtiDislro, Serré coDtínaó caminando por la seada 
4M progreso. So código de U prensa fué ana obra may IÍIm- 
ral, obra enloDces extremadamenle difícil en cuanlo á la ela- 
J)wacion déla materia, obra completa en )o locante á la de- 
Jucion de los delitos, á los.medios de proceder y á la arlicu- 
lacioD de las penas. Gaizol, sin tener la elocnencia ni la alta 
«apaddftd de Serré, le sostuvo, no (estante, con bonor 
en aqsella admirable discusión, y esta acción bermosa de 
«D vida pasada le Tale la absolución de mocbos errores. Ja- 
mis, desde el estiAlecimiento del golnerno representativo, ea 
debate alguno se elevó ningún ministro á lanía altura como 
«Serré , qae sucesivamente se mostró bombre de estado en 
las consideraciones políticas del asueto, dialéctico en la ^- 
'duccion de las praebas, jarisconsaito en la gradación de las 
penalidades, orador en la refuladon de sus adversarios. Maa 
sensato qae los fiscales de entonces, defendió contra sus preo- 
4»ipacieDe8 la competencia del jurado en los delitos de impren- 
ta; ñas liberal que la Bnsnta oposición, impugnó á Manuel, 
qae quería extender la inviolabilidad basta las opiniones es- 
critas y no pronunciadas eo la Mbuna. ¡Qué de magDÍflcas 
y ^ocaeotes palabras salieron eníouces de la boca de Ser- 
rel «Yodo vedo al diputado el derecbo de ser escritor. iT 
«atas: «La libertad uo es menos necesaria para el mejoramiento 
jaorai y religioso de los pueblos que para su mejoramiefib) 
político.» 

En aquella discusión fué cuando, habiendo dicho Serré que 
bMlas las mayorías habían sido rectas:— «¿Y la Convención 
tastbien? exclamó Bourdonnaie. — «Sf, seSor» respondió Ser- 
ré, " y la Convención también, si la Convención no hubiera 
deliberado bajo pufiales.» 

¡Obi cuáDlo se indignarla y se lastimaría Serré si tuvie- 
ra la desgracia de vivir bajo nuestro régimen sin libertad por- 
que carece de princÍ(Hos, sin popularidad porque carece de 
grandeza; si pudiera comparar la legislación templada de la 
prensa b^o el gobierno del rey de 1819, rey por la gracia de 
Dios, con la violenta legislación de setiembre bajo el gobierno 
del ob'o rey de 1844, rey por la gracia del pueblo; y sí viera 



_iv,Coog[c 



SM LIBRO 

aliado del juzgado, liberaljusticia del país, ¿ oueslra pobre y 
mezquina patria ministerial, folminando sobre pobres y mo- 
quinoi procesos sas pobres y mezquinos fallos! 

Qaedar infamada la conflscacioD, castigado el crimen, res- 
tablecida la jnstida, sofocadas las delaciones, Iranqnilizadoi 
- los acreedores del estado, rechazado el fendalismo, acrisola- 
das las elecciones, vengadas tas peticiones, equilibrados lot 
partidos, ilustrada la legislación, libre la tribuna, consolidada 
la prensa:— tales fueron los trabajos y los resaltados de la pri- 
mera y brtttante mitad de la vida parlamenlaria de Serré, 
como diputado, como presidente de la cámara y como ministro. 

Pero de repente, después de baber sido el mas yigoroso 
campeón de la libertad, Serré se constituye fatalmente a 
siervo del poder: ataca lo que babia defendido, adora lo qne 
ha quemado (1), seSala la, tempestad que avanza y sube, re- 
coge las velas, lanza desde lo alto del palo mayor un grito de 
agonia, y se agarra á las pefias al borde del abismo k que ar- 
rastraba al trono la ley de elecciones. Sus fuerzas se agotan, 
y, para reanimarlas, parle y se aleja por no momento delaes- 
cena parlamentaria, mientras so colega Pasquier eoslenia á 
raibaie de la opo^cion, pero retrocediendo. Estaba el cielo 
MHübrio, y la nnbe iba á reventar: llaman á toda prisa áSer- 
re, acude, se precipita ciegamente á la pelea, muda el ter- 
reno del combale, trasporta la ofensiva con la victOTia al 
campamento de los liberales, y salva k la monarquia. 

No seamos injustos con nadie; la oposición hacia so oicio 
de oposición: ¿por qué no babia de hacer Serré sn oficio de 
ministro? Los gobiernos, cuya base es grandiosa y naci<Hnl, 
son cuerpos malsanos & quienes mata infaliblemente una dd- 
ais demasiado fuerte de libertad. Serré era el consejero res- 
ponsaUe , el médico politice de una monarquía achacoM, 
y no podia matar á su enfermo; ahora bien, en mayor peli- 
gro, en mayor peligro de muerte ponia entonces i la dl- 

(1) Expresión proTorWíl, loin«iJa do las palabras qae dlrigióSan RamlglalCli)- 
doveo cuando aale rey de los francaa, por au casamlanto con Sania CloUtt, 
■brtzú el crlsLIanlemo (i96); «Dobla la cerviz y bumíilate, oh Sicambro! Adán M 
que bal quemado, y qu«ma lo que bal háoitio.—i/. dtl T. 



í<ib,Cooglc 



DE LOS ORADORES. MT 

oaslfa la ley de elecciones del 5 de febrero de 1S17 ^ae d 
misnio sufragio universal. 

Pero DosotTús los radicales queremos con baria frecnenda 
joigar á oneslros adversarios desde nuestro punto de vista, y 
Uevamos á mal, no tanto que no tengan estos nuestros princi- 
pios, como que obren ó hablen con arreglo á los suyos; bien 
asi como un ejército que se exlraDara de que el enemigo á quien 
ataca le rechazase. Para juzgar con imparcialidad á Serré, 
ea preciso ponerse, no eii oaestro lagar, sino en el sayo. 
Serré era emigrado, realista, aristócrata y ministro. Cuaodo 
la reacción del trono contra la libertad, defendió la libertad 
por liberalismo, y no por republicanismo: cuando hubo reac- 
ción de la libertad contra el trono, defendió el trono por realis- 
mo, y 00 por servilismo; en ambos casos fué, pues, consecuente 
con su paulo de partida. Serré no podía, por carácter, servir 
ni combatir muellemente á sus amigos-y ásus enemigos: una 
vez arrimado at trono se resistió con animiMO y desesperado 
vigor al empuje de los partidos,- á la democracia de las elec- 
ciones, y á las amenazas de la prensa. 

Fasquier tenia una elocución hábil y cortés, y la mano lige- 
ra. Serré tenia una elocución audaz, y la mano recia: no 
se escondía bajo artiRcios de lenguaje; iba derecho á sus ad- 
versarios, y tes descargaba su maza sobre la cabeza. Presenta 
me hallaba, y todavía creo verle, cuando volviéndose del lado 
de la oposición, y mirándola de hilo en hito, le decia: «Os b» 
visto, os he penetrado, os he quitado la máscara. » La oposi- 
ción bramaba de cólera. 

■Por mucho que hayáis hecho por los intereses nuevos» de- 
cia también á los diputados de la extrema izquierda, «no ha- 
béis hecho mas que yo. b Y decia la verdad. 

Los preámbulos de Seire vallan tanto como sus discur- 
sos. ¡Qué loqae de maestro consamado en esta pintura de la 
libertad de imprenta en América y en Inglaterra! 

«Suponed una población naturalmente calmosa y fria, dise- 
miaada en un vasto territorio, rodeada por el Océano y el de- 
sierto, absorbida por los trabajos del cultivo y del trálíco, in- 
dependiente todavia de las necesidades del espíritu y de tas 



c,q,zí<ib,Coogle 



3H Lino 

panudas de la ambiciOB; dividid esa poblados en peqoeSos 
eslados, mas ó menos democráticos, débilmente eooBtitnidos, 
ais dístÍDCi(m dí categoría, y comprendereis que en ^los sea 
tolerable la licencia de los periódicos, y que hasta sea nn ¿tU 
resorte de democracia, bd estímalanle qne arranquen los 
ñadadanofl aislados de los afanes domésticos, para llamarlos i 
la disensión de los grandes totereses públicos . « 

«Suponed por otra parte an reino donde el tiempo haip 
aeomalado sobre la alta aristócrata noa infloencia , digBtdá- 
des, riqa«aB y posesiones casi regias : se necesitari poner 
freno al orgullo d& tos grandes; será ¡«"eciso recorctarles lo qno 
deben al trono y al puebla, incolcarles diariamente qne lain- 
Rsettcia no pnede conservarse sino como se ba adquirido, por 
medio del saber y del valor, del patriotismo y de los eervidw. 
Los diarios y aun su licencia son admiraÚes para esto. Si 
^ora aiiadis qae esia alta aristocracia no se halla aijada n 
el estado; qne debajo de ella descieaden y se ensancfaaa esca- 
loneg sucesivos; que están fuertemente unidos , indíBolDMe- 
mente soldados en ana sola gerarqoia; que todo se mueve for 
ella, gobierno, jasticia civil y (rimÍDal , administración' , poli- 
da; nadie deberá admirarse de que ana sociedad de esta suerte 
di^Hiesta, sobreviva á laa agitaciones de la prensa períódiea.» 

Serré tenia an genio organizador. Los progresos disolvM- 
tesdel iodívidoalismo le aterraban; quería, á la manwade 
Napoleón, constilnir dases, corporaciwtes , ciudades . conb*- 
pesos, QD conjunto resistente de fuerzas políticas. No eraaris- 
lócrala por preocupación de casia, por tenacidad^ por m^oIIo;^ 
pero pareóa dominado por la neceeidad de ana dfsdplina ge- 
rárqnica , y de una clasificación ascendente y descMÜdenlfl de 
las cámaras , y hasta de la misma sociedad. Afortnnadanenle 
las naciones no se dejan asi amasar y modelar bajo el capri- 
choso dedo del legislador: la Francia tiene las costambres de 
la igualdad; tanto por temperamenla corao por cordura, le re- 
pognan las rispidas é intolerantes gerarqniú de tes eeodiaft- 
nes y del poder. 

Criado en la escuela de la filosofía alemana, Seire eo* 
pleabo. en la (Uscusion de los negocios lus procedimientos de 



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DE LOS ORADORES. Mt 

u uélodo profQDdo , pero no haeco; ÍDgenioso , pero do sqUI: 
gastaba de remontarse al origen de las cosait, y era admirable 
en mñ exposiciones históricas: comentaba sabiamente las anli- 
nomias de la legislación. Tralaba lodas las malerias eivilea, 
pidlticas, mitilares, fiscales, religiosas, con singular exaclitnd 
de miras y una gran seguridad de doctrina. Aduanas , presu- 
puestos, empadronamientos, imprenta, libertad individual, 
jMtiekines, reglamento de la cámara, elecciones, quintas, pea- 
siones , amortización , iasirnccion pública , consejo de estado, 
Mgocios extranjeros , sobre lodas estas cuestiones hablaba , y 
no las dejaba sin dejar en pos de si regueros de luz. 

En ei modo qae tenia de eslaUecer las divisiones de su dis- 
curso, eo la ñrmeza de sus progresioses y en la susla^ciosa y 
rica bilacion de sos raciocinios , inmediatamente se reconocia 
ta aooioD de un talento superior. Guizol tiene mucbo de este 
nétodo. 

Sen-e era largo y flaco de cuerpo: (enia la frente alta, y 
Itroemineote, el cabello liso, ojos vivos , el labio pendiente , y 
la fisottomf a inquieta de ud hombre apasionado. Titubeaba un 
Koco al principiar k hablar, y se veía en la contracción de sus 
sienes que las ideas se aglomeraban lentamente, y se elabora- 
baq cftB esfuerzo en su cerebro ; pero poco i poco se iban cla- 
■fieando, tornan su dirección, y sallan en un orden cerrado 
; nuraviUoso; doblegábase, palpitaba bajo su peso, y las di- 
^■dia en saagnificas imágenes y en expresiones pintorescas y 
creadas por él. 

K» oaasignaré aquí nat que ayunos de aquellos dichod 6, 
nnu biea, de aquellos pfflsamieotos qae se le escapaban con 
tut vmi ftbondaóeia : 

■—■A medida que el pueblo desprende k obedecer , desa- 
pmwk el mÍBÍsterio á gobernar. » 

—•-«Una sociedad bien regida es d mas magniñco templo 
^ne puede levantarse al Eterno.» 

—«Los tribunales extraordinarios prueban mal en Francia. » 

~-«Si los ministros abusasen de su poder, se sabría enlon- 
Bes descubrir las leyes de la responsabilidad y los caminos de 
la acusación. ■ 



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MO LIMO 

— «Alamnos de las eacnelaa, tenéis que aprender lacioida 
y la cordura , y salís garantes de la ciencia y la cordura , y 
queréis jnzgar á maestros maestros y á los si]periores de vues- 
Iros niaestrosi» 

— «nemog visto á este gran poeblo amenazar raina, y apo- 
derarse de él las convalsiones de la agonía. b 

— tSi despojada del musgo de los aSos, pudiera descabrir- 
se ante nuestros ojos la raiz de todos los derechos, aparecerían 
puros de toda usurpación, de toda maDcbals 

— aSi la libertad es para los franceses una cuerda floja, la 
igualdad es udU cuerda que zumba de puro tirante.» 

— « La ley es la relación de los seres enü-e si. El derecbo ei 
la expresión de esas relaciones. » 

—«La democracia corre como un río caudaloso (4).» 

Pero si por la súbita ilumioacioa del pensamiento, pord 
colorido, el nervio y la Tehemeocia del discurso, Seirefoé 
el hombre mas elocuente de la RestauracioD, alguna vez se da- 
jó arrastrar, como lodos los grandes oradores, de los descar- 
ríos de una elocución violenta y arrebatada, como cuando pro- 
nunció 80 ramoso jamás (2) que tanto se le ba vituperado, y 
de que bastante se ha arrepentido. 

Serré fué, durante sus últimos afios, el blanco de la opo- 
sición; contra aquel elevado ingenio, contra aquella poderosa 
cabeza, para hablar cómo Benjamín Gonstant, dirigía esta m 
tiros; asíale de la crin, lanzábale sos mas agudos dardos, lu- 
biera querido poder arrancarle las uQas, y encerrarle en sni 
jaula de hierro. Foy, Benjamín Gonstant, Mannel, GhanveliD, 
rondaban sin cesar al rededor de aquel soberbio enemigo, bÍd 
dejarle respirar un solo instante, y Casimiro Périer, que cuai- 
do llegó á ser ministro no podía sufrir que menease tan «- 
quiera la cabeza, y que gritaba en tono imperioso á la cuadrilla 
de sus diputados serviles: fEa, pronto! de pié, sefiores, di 



M] No fué Boyer Collird quien pronuncld esta dicho, como lodos en FnncU 
suponen equlvocadmnellle.—íV. drl T. 

(S| B] partido liberal ae Íbciú en la irlbuna de que pronto podrían TOliBrt 
Francia loa proscriploa polilicoa: dejínilnsa Serré llevar de la vehemeDCtaA 
■u dlacurao, maa que de bu pasión, eictamd: •^Jamit!t—Ii, 



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DB LOS ORIDOBES. BM 

jAéh se arrebataba entonces contra Serré con exfraordina- 
rias TÍolencias de ademan y de lengaaje. 

Sí me faera licito dejar sospendido mi pincel, y olvidar qu ' 
no bosquejo aqui mas que un retrato oratorio , diría que 
Serré era- hombre de bien, animosa, sincero, íntegro, modelo 
de todas las Tirlndes domésticas, demasiado sensible tal vezl 
La (ribnna gasta y consnme esas organizaciones nerviosas. 
El general Foy estaba enfermo del corazón, Casimiro Férier 
del bfgado, y Serré del cerebro. Las repetidas excitacionei 
de la sensibilidad perfeccionan al orador, pero matan al 
hombre. 

Lnego que el partido de la corte se bobo servido de Serré 
para derribar la ley electoral y lnego la prensa, se le quitaron 
los sellos (4 ) y la toga de canciller, y se le envió al brillante des- 
tiwro de una embajada á meditarsobre la vanidad de los tríuD- 
fos parlamentarios. Aquel hombre que habla presidido k la cá- 
mara, y que era el mas elocuente de sns oradores, no tuvo 
bastante crédito para hacerse reelegir mero diputado; los libe- 
rales le creyeron demasiado realista, y los realistas demasiado 
liberal: además, la mayor parte de los electores acomodadoi 
BO gnstao de las superioridades: el genio ofusca y, por nna es- 
pecie de instinto, las medíanlas se juntan. Fara complacer- 
les, para ser sn hombre, es preciso ser todo para todos; oo da- 
llar ni 'servir demasiado ; no nadar recto en la corriente, 
lino flotar como una espuma en la orilla de los partidos; hun- 
dirse la cabeza entre los hombros: acurrucarse en nn rincón 
para no ver el sol que se pone, y saludar al que sale; vivir la 
vida animal de las comidas ministeriales y de los saraos de la 
corte. Sean VV. esto, y serán siempre diputados! 

Serré recibió una cruel pesadumbre con su repudiación 
electoral. Turbósele la cabeza, y vueltos los ojos á aquella tri- 
buna de Francia que le era tan cara, y donde todavía resona- 
ban los ecos de su elocuencia, espiró. 

jOb vanidad de las reputacíoncsl ¿Quién se acuerda hoy de 



1<) Ksdecir, el nlto carga tfe sutrduello?, qii» aueleir anejo ti de mlnlgtro 
dQ Graci* T JusticK.— .V. i¡i¡ T. 

iDiio I. H 



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m UBBO 

Serré? jCHk vanidad de sa pintor! ¿Qsiés sabría ne míj ú ;o 
no hubiera reproducido sus Taccionee, sa iiobnBta.y twodíI elo> 
caencia, si do le babiera estampado- en. sIl lieiea y denoello i 
U tuz; qnién &abria> en noeaU-a edad (dvidadiza, qoe Sem 
- vivió,, comprimió la. guerra civil, salvó la monarquía, y ft¿ 
ttB grande orador, basta tal panto qne, éntrelos prineiiiea db 
la tribuna moderna, solo podiña flomparárselecon Bienryer,.a 
Berryer foera comparable con alguno? 



Cqi-ZÍ-dbvGOOglC 



DE LOS ORADORES. 



Víliéle fué, bajo laRestauracíoc.el jefe de la derecha. Era 
hombre de presencia baslante vulgar, delgado, peqaeño de 
cuerpo, de ojos penelraoles, de TaccioDes irregulares, pero ex- 
presivas, de voz gangosa, pero acentuada: no era orador y era 
mas que un orador, porque tenia la habilidad de un político. 

Los hombres de su parlido desplegaban mas impetuosidad 
que prudencia: él los allanta al freno, y los disciplinó. No cono- 
cían absolutamente los hombres ni las cosas que veniaa á tra- 
tar desde el fondo desús provincias, y él les enseSó á conocer- 
los. Soldados obedientes, marcharon bajo sns banderas, y se 
formaron en balallon cuadrado, impenetrable á las bayonetas 
de la oposición. 

Vílléle no gastaba flores en su eslilo, pompa en sns imáge^ 
nes, vehemencia en su oración, ni vigor en su dialéctica; pero 
era claro, lleno, firme, razonable, positivo: no se teescapaban, 
es el calor de la improvisación, esas expresiones aventuradas 
de qae se apodera el comentario, y que sirven de pasto habi- 
loal á las befas de la prensa. 

Si la naturaleza le habia negado los dones, mas brillaates 
qae sólidos, de la imaginación y de la elocuencia, habíale 
dado en grado supremo, aquel sentida recto, aquella ojeada 
del hombre de estado que ve pronto y bien, que percibe lo 
folso, que dispone su réplica con vivacidad, at mismo tiempo 
que recibe el ataque sin alterarse, que no avanza demasiado 
por miedo de clavarse, y que tampoco retrocede demasiado 
por DO caer eo el precipicio, y que, seguro del terreno que 

c,q,zí<ib. Google 



3H UBHO 

pisa, porque k cada paso le sondea, y de sm posiciones, porque 
las domina, se aprovecha de todas las fallas del enemigo, y de- 
cide la TJcloria mas aun por la estrategia que por el valor. No, 
no era hombre vnlgar el qae luchó sin miedo y sin flaque- 
za dorante sa largo ministerio contra Manuel, Foy, Laffile^ 
Dupont de l'Eure, Chaavelin, Bignon y Benjamin Constaot, f, 
lo que no era menos difícil, contra las exigencias de la corle y 
de sus' propios amigos. 

Cuando Casimiro Périer, como un fogoso atleta, giraba en 
derredor sayo, bascando con la espada las junturas de %a co- 
raza, Yilléte resistía con sa inmovilidad: luego, tomando 
la ofensiva, daba á cada objeción su respuesta, á cada he- 
cho sa carácter, ácada cifra sa valor. A vecoeladta nn che- 
qae demasiado recio ó inesperado, con una presteza esencial- 
mente meridional (1). Lógico, prefería convencer ¿ conmover; 
moderado, mas le gustaba parlamentar que combatir. Las re* 
soluciones violentas, tos arbitrios desesperados le repugnaban, 
porque habia levantado la vestidura de la monarquía, y vien- 
do la purulencia de sus llagas temía malaria con on remedio 
heroico. 

Es una ventaja para un minislro no haber sido escritor, por- 
que no está obligado á snbír á la tribuna para explicar, co- 
mentar y recoser las teorías de so libro, cayos fragmentos leli- 
rau malignamente á la cabeza. Otra ventaja es para un minb- 
tro estar poco menos que absolutamente desprovisto de aqaei 
ingenio sutil y delicado que no siempre es el grande ingenio, y 
no leuer ninguna imaginación, con tal qoe sea expedito en sm 
réplicas, y tenga un juicio resistente: asi, con la pronlilud de 
su réplica, Villéle volvia objeción por objeción, é iba, como 
una saeta, derecho al blanco. Con la resistencia de sa jaido, 
impedia que se penetrase en los músculos y en las^carnes desa 
argumentación por ningún lado vnlnerable. ¿Para qué le sirve 
además á un ministro, en nuestras frias y cavilosas asambleas, 
seducirlas con sus imágenes, arrebalarlas con su elocuencia. 



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DE LOS ORADOKBS. 3» 

7 jngar coD ellas al peligroso JDego délos epigramas? Imagi- 
nalífo, se expondrá á inveDlar alj^na figura bincbada 4 gro- 
tesca, Tehemeale, á avanzar demasiado, para retractarse na 
momeDto despees; cimstico, á ¡DdíspoDerse con hombres á 
qaienes lal vez esfá á pnnlo de atraer á sf , y que, en Francia 
sobre lodo, prereririan que los faicieseD pasar por facciosos á 
qae lea echasen encima la ñola de tontos. 

Mole, á pesar de sds afecciones de cortesano al gobierno 
personal, se ha sostenido en el poder mas de lo que se cree, 
merced al decoro de sns formas, ala exquisita urbanidad de 
Btt lengaaje, y á la destreza que tuvo en no chocar violenta- 
moile con las susceptibilidades de la izquierda; Girizot, por el 
contrario, por haber empoDzoOado sus tiros coa una hiél 
acre (1), irritó, ulceró los corazones de los patriotas rancios 
de la oposición que todavía están manando sangre. Tamhiffli 
Tbiers, por haber insolen temen le calificado la sandez y la nu- 
lidad dt los centros (S), se ha hecho en ellos enemigos irre- 
conciliables. Villéle nunca mordió á sus adversarios en la 
mejilla ni en parte alguna, basta el punto de dejarles señal 
de sos dientes, y no los supeditaba sino con la sola fuerza de 
su lógica. Jamás se sabrá cuánta vanidad contieDe el pe- 
cho del mas oscuro diputado, que con ella se«ngrie y pa- 
vonea. Guardaos, ministros franceses, guardaos bien de ha- 
millar á esos gallos de aldea, cuyo amor propio está despierto, 
y canta antes del alba! 

Cierto que fué un problema parlamentario, un reoómeDO 
único el de aquellos trescientos espartanos (3) regimentados y 
relenidos por tanto tiempo bajo la bandera del Agesilao minis- 
terial. ¿Debióse este resultado á la fuerza del principio legiti- 
mista? ¿Al miedo que inspiraban los liberales? ¿A. los cebos de 
la corrupción? ¿A la destreza y sagacidad del pastor de aqad 

(1) Bd loa prtoieroi tiempo» que le siguieron i la revolución de jalla, Sulzot, 
boT tan meiurado, atacaba coa Tlolenta acrlmoQÍa al lado Izquierdo, aobte el cual 
lanzaba mlradHs turlbundas,— iVoia comuníctáapor il autor. 

Ifi Tbiers, después de su primer mlnliterlo, dlsparú á los bombres del ctDir* 
•ale larcasmo á quema-ropa: Pri/lin ¡a calédad i la canMiiif. ¡Qué etKto debM 
eansarle al parlldo de cantidad/ — Id. 

<■} La maToría bajo el mlolilerlo de VUlMe.— M. M T. 



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3M LIMO 

rebaOo? Un poco de todo esto Iisy en )a ex[dícaci(iB qne paede 
darse de aquel hecho eiogular. 

Pero ya los hombres de U extrema derecha que asestaban 
sus baterías en el sentido de las ordMianzas de julio (1), bar 
liaban i]ue Yiliéie dq iba ni bastante aprisa, ni bastante lé* 
jos, y los de la izquierda crecían por momeatos ea audacia f 
en número. Villéle se sintié inuBdado por (odas partes, y pa* 
ra volverá sacaoceel torrente de la tposicion, ioteoldla 
disolución de la c&mara. ¿Hizo bien? ¿bizo mal? en oItm 
pataes, para od gobierno, haber existido ^oaucbo lierapo, « 
una razón para subsistir: en Francia, para dq gobierno, hi- 
jber vivido mncbo, es una razón para morir: deseamos bw- 
dar, no tanto para estar mejor como para estar de otro modo. 
Reyes, dimaras, miníslros, ciudadanos, sistemas, todo m 
Francia vive do lo imprevisto y en lo imprevisto. 

Los Qllra realistas de la cámara y la prensa legitimista it 
la oposición carecieron de previsión, y cometieron nna enor- 
ne lor^a derribando á Villéle. Si hubiera continnada di- 
rigiendo el timón del estado, hubiera bordeado con desirea 
entre los escollos, y acaso hubiera salvado í la monarqnía M 
naufragio en que se fué á pique. 

La supervridad de Villéle para el gobierao de lo graadt 
y de lo pequeño era tan natural, y estaba tan bien reeonoeida, 
que uempre y en todo le v^id el bonor del priuer pnestt. 
Aunqoe mero plantador, manejó, por la elección ín&lÍBliva f 
espfmiánea de los habitantes, la administración de a&a eolooia; 
aunque casi desconocido y, loque es peor, moderado, fué las- 
go llamado á la magistratura municipal de Toiosa; aiuqiií 
bidalguiUo de segundo drden, llegó i ser en la cámara arist»- 
crálica de 1815, y en medio de tantos nobles bastante prioo- 
psles, el jefe de la oposición realista; en fin, snnqefl tenia eos- 
«igo á Cbaleaubriand en el gabinete, llegó sin cpntradiccion 
ji la presidencia del consejo de ministros. 

Peronunca brilló mas Villéte qne cuando sometió ala disci- 
»on su famoso proyecto sobre la conversión de las rentas. Vill^ 

(I) Lnque dieron ocasloQ i la revolución de IS30, en que sa inodIBcalMn <■ 
■ toT electoral y !• de lDipreoU.^ir. M T. 

Cqi-ZÍ-dbvCOOgk' 



D8 LOS Oti,l>OHE3. 811 

ie, flD aquella menerable campaSa qae doró diez ám, tizo 
pnMÜgim de v^tr farlameDlarjo; tuvo caatiTa efi sos baocoi 
^ la cámara roon ta eleracion de sos miras y el nervio de sa 
ráaoiL Acometido de espaldas y ée coelodo por loa hombres de 
la oposición, abandonado de los sayos «lya falange enpéeabft 
i rOD^ierse, mal ter*rído por sus «olegas, sostovo él solo todo 
■«1 esfuerzo del combate; bozo freale á Casimiro Périer, tuzo 
^eole á Emmaaa, los dos leones de la ciencia ecomiiniea qw 
]e aoosaban oon sus mordiscos y sus rogiáos. Deepnes de tu 
Ati^s de cada día, bailábase al ^guíenle mas firme y dispae»- 
10; improvisaba, replicaba al ínslanle con aquella ímpertarba-* 
Me sangre Tria que bo se deja derrotar por ninguna objeáM, 
«OD aqoejla perspicacia que ve de lejos las celadas y las evita, 
tsoa aguedla flexible dialéclica que se rejdiega para defenderse, 
y se desarrolla para atacar, con aquella facilidad de elocodos 
<qae no presta á la virilidad del peusamieDlo mas que le que 
neceala para vestirla, y no para oc«llai-la. 

£b la refriega de las enmiendas redobló el choqae: cada 
«so de los adversarios de VUléle le asió á brazo partido, png- 
-urado par derribarle; pei'O él, soldado y capitán jantanoi- 
le, parecía que se multiplicaba bajo sus golpes. Subió ouoe 
veces á ta tribo«a en la misma sesión sin que sus fuerzas le 
ebandonarao, y sin caer en nn yerro de lógica, y vencedor por 
la &enia siempre creciente de su argamentacioB y por (a Tar- 
dad de sos priDcipioB, quedó dn^k) del campo de batalla. 

Pero, ;ooea trislel después de baber ^iunfado en la cinara 
de 4ipuJado!<, sucumbió en la cámara de pares, en taexceleale 
y mal comprendida causa de la conversión, onya adopciao 
kabiera be(^ bajar los intereses, abierto i la industria y al 
«•mercio una nueva fuente de riquezas, dado impuUn i le 
«gricaUDra sacándola de s« 'esterilidad y degradación, ymej*- 
Ftde la suerte da les trabajadores y de los proletarios; y la 
minHa cámara que reobazaba aqoella grande y boiófica ur- 
dida, aplaudió á VMde «uando defraudó las deodones, pa- 
ralizó la prensa, y paso una mordaza á )a libertadl 

Como -quiera >q»e sea, podemos hoy decir ^o Villíjlfi poso 
verdaderamente la mano en la llaga al prooMTer tacoeatioBde 

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m uHo 

lu realas, y qae se adelantó á sa época, dando pruebas de ser 
nejor bac«ndislaqae Casimiro Périer.y taabn^ocomoLaffile. 
■ Sabia él que la bnena coDlabilidad de la bacieoda exige biií- 
dad en «1 conjunto y exactiind en los pormenores, é introdojo 
en ella nn orden admirable. 

Dolado de an genio maravilloso para lodos los negodoi, 
Iralaba los grandes con la decisión propia del bombre de esta- 
do, y los pequeños con la escrnpnlosidad de nn oficinista. Los 
comprendía á primera vista con una sola lectura, y como ju- 
gando. No menos perspicaz que Thiers, pero si menos ligero, 
00 se entregaba como él á brillantes digresiones por el solo 
placer de hablar de lodo y bien; circunscribíase. & la caeslion, 
juzgaba el punto litigioso, pasaba do aquel iolro, ysin la me- 
nor fatiga y confusión solventaba los casos mas diversos, mu 
iridos y complicados. 

De lodos los jefes de gabinete que ha devorado el régima 
de nuestras dos carias, solo ha habido dos qae han metido rai- 
do, y que dejarán tal vez algan rastro en la historia: Casimi- 
ro Périer y Villéle. Ambos antipálicos el nno al otro por sos 
opiniones, por su temperamento y sus facultades; amtios sen- 
tados al principio en los bancos de ta oposición, y después en 
los míDisteríales; el uno imperioso y colérico; el otro cor- 
tés y reservado. El uno solo subía á la tribuna para refniv 
al otro cuando la dejaba. £1 uno solo se servia de la figón 
animada y expresiva del apostrofe; el otro procedia por la vía 
lógica del raciocinio, sin alterarse y sin tropezar. El uno lleva- 
ba la aspereza hasta la grosería; el otro llevaba la finort 
hasta la astucia. 

Pero eran ambos de lo mas selecto, aunque con diversas 
cnalidades. Ambos eran naluraimenle hábiles en el arte de 
mandar á los hombres, y de hacerse obedecer por ellos. Amboi 
sabían conducir á sus respectivas mayorías, el uno con el miedo, 
el otro con la seducción. Ambos, finalmente, aunque advra^a- 
ríos, se hallaban IdentíGcados en an punto muy importante, 
pues , & diferencia de los demás ministros , comprendíeroB 
la verdad del sistema representativo, y gobernaron tA país de- 
Jando reinar á sus sefiores. 



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DE LOS ORiDORIS. 



EL GENERAL FOY. 



Al principio de la ReslauracioD el público no entendía macho 
las importaciones de la carta inglesa de 1$H, con la üccioD 
metafísica de su trinidad, sa doble cámara, la vana responsa- 
bilidad de sus ministros y el meotido equilibrio de sus poderes. 
Los doctrinarios solo se agitaban en el santuario de su igle- 
sia (1). El odio á los extranjeros, cuyo insoportable yugo pe- 
taba sobre nuestro territorio, y el odio á la vieja arif tocracia 
que ajaba cuanto podía eo su amor propio á la clase media, y 
daSaba ios nuevos intereses de la revolución; eslos eran los 
Knlimíenlos mas generales que dominaban eu la nación. 

El general Foy llegó á la cámara coa el corazón Heno de es- 
Um dos odios; y cuando sus labios, la vez primera qne sabio k 
la tribuna, dieron salida á aquellas palabras: «Hay un eco en 
loda ta Francia cuando se pronanciao aqai los nombres de ho- 
nor y de patria,» el orgullo nacional se sintió conmovido, y 
corrieron lágrimas de los ojos de todos los guerreros veteranos 
del imperio; parecióles haber oido ana especie de clamor de 
guerra contra el exlranjerol Lo mismo que hizo célebres tas 
canciones de Béranger y los folletos de Pablo Luis Goarier, 
hilo ciltbres los discursos de Poy; los tres tuvieron an sentí- 

(') AiuaioD *l dicho, hiut repelido eiiioncef , de que lodos los dociiinario», mIo 
**• RoTar-Collird, Goizol t ud lercero, cabían perfectamenle en un ctDapé.DI- 
^'>°*seaore> eitabao i la ««ion ^ manH, como auile decirae vulgarmente, con !■ 
■Miau ración, sin desaar poreiiocon mucho ardor la ravoluclon.— Notiico 



_iv,Coog[c 



no LIBRO 

mienlo exqnisilo, naa rara y viva inleligeccia del espirita y 
Decesidades de su época; los (res supieron hablar al pueblo 
el lenguaje del momenLo; porque el pueblo, según los tiempos, 
tiene para sn uso mas de un lengaaje. 

Las nuevas generaciones se habían levantado sobre las mi- 
nas de la odosa nobleza por medio del trabajo agrícola, indus- 
trial, cienlifico y mililar. Por eso, cuando el general Foy azo- 
taba con sus sarcasmos á los corlesanos y á los emigrados, 
toda la Francia aplaudía; porque Foy, lo mismo que Béraogff 
y que Pablo LuisCourier, supo hei'ir la libra nacional qne mas 
vibraba entonces. Ella y su palabra eran nnisonas. 

Después de tantos oradores abogados, vaciados casi lodos 
en el molde de un mismo estilo, lenia por fin la Iribnnasa 
orador mililar. El brillo y fama de eslaiwvedad, la oariosidad 
que oaluralmenle excitaba, y «I prestigio óe la virtadmílto 
tau poderoso para los franceses, y qae tanto iníleye en «lln 
sin saberlo, hacian al general Fo^y caro ala oposicioD, 6ini|ae 
por eso desagradase al partido de la emigración^ & pesar de 
]¿s ataques que le dirigia. 

No era menester mas para que el general Foy se viese i»- 
deado, desde su aparición en la escena parlamentaria, de «e 
esplendoroso renombi-e que le acompaüd hasta ta timba. Cm 
la posteridad no confirmará «I juicio bario precipitado 4t sn 
«oulemporáneos. El águila de la tribana bajo la Restanracioo 
loé Serré; Foy fué may inferior á él. ¥ en efecto, ¿qoó es «o 
■orador que no improvisa? 

Los discHfsos ' del general Foy no pueden caotpararse eo 
la energía del pensamieoio, en lo _que se llama imagñi- 
«ion d« estilo, «i el encadenamiento de- los raeiodaios, m ve- 
hemencia , en profundidad ni en antileza , ctm los 4e !•■ 
yer-Gollard y Benjamis Constanl. Pecan por los esl«diad« 
adornos de una falsa retorica , y ao son sino naras m- 
^ificaciones de escolar en comparacioa de las famosas arei- 
gas de Grecia y de Roma. Además, esos discursos no salen 
de la reducida esfera de un constitucionalismo bastardo; po- 
drá decirse que son tan liberales como su época, pero ci«r- 
iamenie no la aventajaran ; vese en ellos el derecha de- 



_iv,Coog[c 



DE Los OKADORBS. 331 

masiadamenle postergado al hecho; adhiérense fuerlemenle & 
iaiDperfieie de las cosas, & los casos presentes, á los casos 
aeaecidos, pero no atienden bastante al porvenir; no aparecen 
«iBcieDlemcDte penetrados de lo que son y lo que valen las fio- 
'tñones^ de esa represralacion absnFda, cuya exislencía parecerá 
algnn día h la posteridad cosa de todo pnnlo increible, esas fic- 
■dones que cojean y se dislocan á cada paso, qoe no resisten k 
la prueba de la lógica, ni á la de los negocios. Los discursos 
dei'ay se mueslran heridos de esa incurable impolencia qae 
-e&torpecé á lodos los oradores en nuestras legislaturas de nio< 
DQpolio; no hay en ellos genio. 

Pero la profundidad del concepto, lo atrevido de la teoria, 
ie.cierlodelos principios, lo bello de la forma, lo razonado det 
:4isearso, solo agradan á un corto ntimero de inteligentes. El 
j^enerat f oy daba á sns oraciones esa es;>ecie de brillo mezclado 
ide verdadero y falso, que deslnnabra al vulgo de tas asambleas. 
Basta los bombres de talento, al ver pasar el tropel, arrebata- 
•llos por sus mismas emociones, suelen meKctarse en él maqui- 
-nalmeole, haciendo cortejo al triunfador; pero, pasado aquel 
-torbellino, lleg'a la serena crítica, y dando su verdadero nom- 
4ire al oro y aloropel, restablece también en su verdadero )b- 
.gar á los hoofbres y á las cosas. 

KJaión lo creyera! los discursos del general Foy fueron im- 
f resús en TÍ4ela, con canto dorado, en número de diez mil 
.«¡emplares, y sus panegiristas los ensalzaron al par de las 
arengas de Cicerón y de Demóstenes; mas aun, á fuerza de 
«osorioiones, ycon dinero á montones, se le erigió on cenolatto 
de'miraiol, cual se-pudiera haberferigido al mismo dios déla 
«toeuenoia; y hoy apenas darían sus mismos amigos para po- 
«er en sn ^buesa «na cruz de palo!. 

Reunía el general Fey ^i exterior completo, al oonlinenle y 
éía aoewBdel orador, ana memoriaprodigiosa, una voz sono- 
Ta, ojos «n que centelleaba el genio, y movimientos de caba» 
«aíballerescos. Sa frente protuberante y erguida con nobleea sé 
enoeodia con el entasiasBso, y se arrogaba con la cólera. Sa- 
«odia el mármol de la tribuna, y faabia en él algo de la sibila 
iasparada sobre so trípode; relaobaba.«ít 8ui argumentaciones 

ü,.i,-z__iv,Co(_":fg[c 



n 1IB80 

coD cierta especie de heroicidad, y echaba eBpainvajos por 
b boca BÍn conlorsioDes, y casi con gracia. Solia k veces alzarse 
repenlioamente de sd banco, y escalar la Iribnna cual si mar- 
chase á la vicloría; y lanzaba desde al)i sas palabras con dee- 
«nfado, como lanzaba Conde sd basloo de mando por encima 
de los reducios del enemigo. 

El general Foy no improvisaba sus grandes discarsos; por- 
que pasados los cuarenta aSos, .tan difícil es aprender el arle 
de la improvisación como la natación, la equitación ó la mú- 
sica. La tribuna tiene, por decirlo asi, su teclado como el piar 
DO. La lengua francesa, sobre lodo, tan correcta, (an recar- 
gada de iociaús, tan cortada con hablalivos, tan reservada, tan 
afectada y gazmoña, necesita manejarse y ejercitarse desde 
temprana edad; por eso solo pueden hablarla sin preparacini 
los abogados y profesores, ó los parlanchines de IÑ'lulla, que 
aunque parecen hombres son en la lengua mujeres. Para sDplk 
la insuGciencia de su educación oratoria, el general Foy medi- 
taba prolijamente BUS arengas. Formulaba, distribuía ensa 
vasta memoria su conjunto y sus proporciones; disponía sui 
exordios, clasificaba los hechos, planteaba sus tesis, y bos- 
quejaba sus peroraciones. Con esta preparación preliminar sa- 
bia á la tribuna, y entonces dueQo ya de su asunto, fecundado 
por el estudio y por la inspiración, abandonábase á la corriente 
de sus ideas. Hervía su cabeza, iuQamábase su discurso, se 
condensaba, crecía, y tomaba por fin completa forma y color. 
Sabia lo que iba á decir, mas no cómo iba ¿ expresarlo; veía 
el objeto, mas do sabia por qué caminos llegaría i él; tenia lu 
manos llenas de argumentos, de imágenes, de flores, y á me- 
dida que se le iban piesenlando íbalos excogiendo y entrda- 
zando, para tejer el ramo de su elocuencia. No se advertía t» 
esta la frialdad de la lectora, ni la monótona salmodia de la 
recitación. Era aquel un procedimiento mixto, por medio dd 
cual el orador, solitario é iluminado á un mismo tiempo, im- 
provisador y esci'itor, se encadena á si mismo sin sojelarH, 
olvida y recuerda, rompe el bilo de la oración y lo anuda, 
para volverá romperlo yá anudarlo sin extraviarse jamás; 
mezcla las ocurrencias, los incidentes, lo pronto y pintoresc* 



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DI LOS ORADORES. m 

de la iiupiracion con la reflexión, el enlace y el pensamiento, 
7 saca sos recursos y sd poder, así de lo estudiado como de lo 
imprevisto, asi de la precisión rigorosa del arte como de las gra- 
cias de la naturaleza. No á todos fué dado ser orador de este 
modo, porque para ello se ban menester memoria é invención, 
originalidad y gasto, abandono y estadio: cualidades que por 
lo general se excluyen mútaamenle. - 

El método del general Foy, que tal vez á él solo cuadraba, 
no carece de ventajas. Primeramente, las asambleas agradecen 
el trabajo que el orador ,se loma en su obsequio; en segundo 
lugar, como los limites del discurso están sefialados de anle- 
mano, el orador no se pierde en el espacio sin lin de las diva- 
gaciones improvisadas. Lo contrario equivale íi presentarse en 
pantuflas y chaqueta ante el colegio electoral, y á ir ensar- 
tando palabras unas tras otras basta que ocurra alguna idea, 
como si los oyentes solo estuvieran reunidos para esperar & 
DO orador cualquiera! 

Hay en efecto oradores qne se visten, por decirlo así, en la 
b'ibana, que llegan áella con abaifdono y negligencia, con 
ropa suelta y flotante, y después empiezan á arreglarse y 
acicalarse, y vanse poco íi poco disponiendo-y calentando, 
y por fin se lanzan & escape tendido, y bufando, jadeando, lan- 
camdo faego por los ojos, atraviesan en su impetuosa carre- 
ra lugares floridos 6 desiertos, asperezas y Manaras, hasta que 
{Mr Qn dan consigo en tierra reventados y txin un palmo de 
lengua faera, apretándose con los pufios los ijares. Entonces 
ed preciso quitarles la brida, y mojarles las sienes y la bo- 
ca con una esponja; vuelven en blanco los ojos, y se desma- 
yan; y caando, después de babei-les aflojado las cinchas re- 
cobran el sentido, si se les pregunta qné camino han llevado, 
lo mismo lo saben ellos, lector amigo, que tú y yo. 

Las frases del general Foy que mas eco dejaron no eran 
sino palabras guardadas y preparadas, para encajarlas á la 
primera ocasión. 

[Con cuánto arte sabia sacar á plaza una situación calcu- 
lada , no efecto dramálieo , ana figura sorprendente, un dicho 
afortunado! Con cuánta oportunidad, por ejemplo , sapo inge- 



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SM UBRO 

rír ea ana discoBÍon de presapoesto tu relrato áel mariscal 
GuvioD Saiol-Cyr, piatack) de antemano, pero admiraUemoi-' 
le piatadol 

Pero si bien los grandes discursos del general Foy no care- 
cen de deieolos, á pesar de la perfecla exposición del asantoi- 
de la clai'idad de la elocución y de la abundancia de tos raci»-' 
cinioa ; si bien se lea puede lacfaar de ser demasiadam«ite! 
acompasados, trabajados con exceso, y de oler un tanto ái aoei- 
te , DO puede en Terdad decirle otro tanto de sns improTísa- 
eioBes , que eran todas rápidas , y corrían , per decirlo asi, &> 
salto de liebre. jQné naturdídad en ellas! {qué vivida y poda»- 
roía ironial ¡qné réplicas l&n admirablemente TelicesI Y ad- 
viértase que era lo mismo en todas ocasiones, á cada paso, ea 
oada interrupción, y qae nunca empleó palabra qoe no fuese 
exacta y decisiva. 

A los que le tachaban porque echaba de menos la es'carapfl^ 
la tricolor: 

«lAbl tes dijo, no serian por cierto-les sombras de Fe^- 
Augusto y de Enrique IV las que se indignarían en sus sepal< 
eroB; al ver las flores de lis de Boavíoes y de Tvry en la bm-' 
dera de Austerli(z.i> 

A los que le preguntaban: ¿Qué es la aristocracia? 

«¿La aristocracia? contestó, voy á decíroslo. La aristócratas 
e» la liga, la coalición de los que quieren gastar sin prodocir, 
vivir sin trabajar, ocupar todos loa destinos sin ser capaces de 
desempeSarlos, gozar de todos los honores sin haberlos me- 
Fceido: jbé ahí la aristocracia!» 

A' los qae clamaban porqae se levantase^ ta sesión: 

«Que se levante, pedi», para no oír mas verdades! HaseÑ 
bien, porque las verdades os bundea. » 

A los agiú-gardotlos (t) que le decían: Envié V. á la ÍkAm 
las noticias extranjeras que sepa: 

•No entiendo de juego de bolsa; yo solo jaego á la aba dd 
honor nacional!» 



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DE LO» ORADORES. 3W 

A. b)s dipalados que se lameiilaban de que á la comisión de 
censora se la había dejado ¿ media paga : 

«Sí eso es cierto, deseo por mi parle que se la trale como aa 
traía hace doa años í loa oficiales que ealán. lambieu á medía 
paga, eslo es, que no vuelva & echarse mano de día para el 
seimcielí 

A los míDÍstros qoe defeDdiau:el lujo ridicalo y las preben;- 
das del mioislerio de negocios eslranjeros: 

aYaestiempo de que noa hagan VV. couocer ít su» diplo- 
m&Uco» que DO han servido aoiea, ni después, ni duranie 
Doeslra henóica revolncioD; sepamos qué pensiones han coni»- 
dido VV. á este para que escriba un libro, á aqaél para qaa 
no lo- escriba; veamos á esos médicos qoe nunca tienea enfer- 
mos que curar, á.esoshiMoriógrafos que do tienen historia que 
escribir, k esos paisistas que no tienen mas paisaje» que pin- 
tar qoeeljardin del palacio deWagram.» 

A- loa ministros que se negaban á pagar sns pensiones & loa 
oondecorados cod la legión de hoDor: 

«Cuando celebren VV. su espléndido festín por la indemni- 
dad (1), dejen caer de la m^sa, d, de sq mesa, algunas miga- 
ja»' de pan pana los pobres soldados veteranos y mutilado». » 

A los mismos, cnando se guarecían coD-el nombre del prin-, 
eipe: 

«No cubran VV. con eí manto real sna andrajos minisle- 
ráeles.B 

HaUando indirectamente de S«Te, liberal apóstala: 

«Hay. en política posiciones tan snnumenle degradadas que 
no lienenivelor k los ojos de ningún partido.» 

V adudiendo directamente á Serre^ como guarda-selloa: 

oLa.iinica> venganza, el único castigo que yo le impongo, es 
qoe 3Í salir de eale recioto dirija una mirada á las eslátoas de 
Ágaesseau y l'H¿pítat (S)!» 

Esta apostrofe oraloi-ía es de la mayor belleza. 



(I) H«ce referencia á Ib tímala indeniTildad de mlllone». en íéfor de losaml- 
grados, qiia si mlnislerio ViJIélu hizo aprobar por las cámaras.— iV, det T. 

C^ DIcbM esiatuasse ballaosD efeclDcolocadaa enlB parle baja del perlalJIo 
d« la cinara de dipuiadu». 



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MI UBIO 

Época de grande ardimiento, comparada con la naeatra, j 
qne no volverá ¿ repetirse, Uii la de aquella oposición de qain- 
ce años! Los cartwnarios do hablan ano desertado de sds goD' 
eili&bulos y de bqb logias subterráneas para cebarse en las or- 
gías del poder. ¿Los diputados de la izquierda no habían aon 
hecho traición á sa juramento, no habían prostituido iodigna- 
mente á la democracia á vergonzosas concesiones , á honores 
infamantes y á miedos mujeriles (1)? Vivíase en la inocoicii 
de las primeras ílosiones; teníase fe cd la probidad de los hom- 
bres políticos; jamás le sucedía á uno palpar bajo la ropa de 
un colega una mano traidora ó una arma dispuesta á herirla. 
Entre todos los diputados do la oposición no había mas qne 
una sola voz, y una sola alma, y nn solo pensamiento. Todos 
violaban ¿ cada cual, y cada cual á todos; hallábanse sion- 
pre en tren de guerra, con botas y espuelas., y siempre en 
la brecha, batidos por un lado, vencedores por otro, pao 
flÍD perder el ánimo jamás por su escaso número, y sin des- 
confiar de la libertad y del porvenir. Estaban sistemáticamente 
organizados, con sus jefes, sus centinelas avanzados, sus flan- 
queadores, su cuerpo de ejército, su plan de ataque y de de- 
fensa , su santo y sella. Tenia la Francia fijos en ellos los (^ 
y el corazón , y presenciaba sus combates , recibiéndolos eon 
aplausos y palmas victoriosas. Preciso es repetirlo, honroso en 
entonces ser diputado; pero ¡cuánto mas todavía ser oradw! 
mas en verdad que baber ganado batallas, porque se acababan 
de ganar á centenares , y los héroes pnlulatran en Pranda. 
¡Has boy día es lan poca cosa ser diputado! y ser par es toda- 
vía meóos, sí, mucho menos. Hemos visto á tanto titiritero 
pernear y brincar sobre el tablado de la representación , que 
por mas que nuestros polichinelas se deshagan en ademanes, 
y se sacudan el polvo y hagan la mortecina , ya no puedeo 
atraer al pueblo que, cansado de su mímica, los abandona para 
acudir á nuevos espectáculos. 

El general Foy tomé su papel (an á pechos que no cesaba de 
Mtudíarlo de día y de noche. Coinpulsabaasíduamenlelasme- 

(41 Ituslan general t tas deteccIoDea de la izquierda después de la reTolocM 



_iv,Coog[c 



DB LOS ORlDORSe. W 

morías y loi informes, las ordenanzas, las leyes; diciaba, sa- 
caba notas, analizaba sa ínmenaa lectura, exiraia la flor de 
cada asanto para elaborar en seguida su panal. 

No se desdeñaba de ialemarse en el laberinto de las leyet 
de hacienda, con el hilo de la contabilidad en la mano. Ilojeaba 
nneslro voluminoso presupuesto, recorría uno por uno todos 
■US capítulos, todos sus articnlos, con toda la paciencia ii'idM 
y minuciosa de nn oficial de registro. Sn sagacidad prodigiosa 
Bo pasaba nada por alto; tan atento á los pormenores de eje- 
racion, como al espíritu délos reglamentos, investigaba el ori- 
gen de los gastos, formaba las cuentas, comprobaba loa gua- 
rismos, y descomponía todos ios elementos de cada ramo. In- 
tendencias, estados mayores, ingenieros, pj^as, alistamientos, 
ranchos, acuartelamientos, pensiones, tropas, gendarmería, 
Teslaarios, justicia militar, todo lo reTÍsó,todo lo eiaminó, todo 
lo discutió. Enterábase de las leyes eclesiásticas, de las leyes 
civiles, de los mismos procsdimientos. Ninguna de aqnellas 
cuestiones tan arduas y heterogéneas, de empréstitos, rentas, 
amortización, aduanas, deuda consolidada, prensa, consejo de 
estado, instrucción pública, administración interior, negocios 
extranjeros, singana de ellas, repito, leerá extratla. Era nn 
hombre de hierro, uno de aquellas hombres de la escuela napo- 
leónica que marchaban á la conquista de la libertad al mis- 
mo paso conque marcharon á la conquista del mundo, con 
la tfenle erguida, la mirada resuelta, sin temer los obstJicnlot 
y sin dudar de la victoria; de aquellos que sacrifican á su deber 
sns días, sus nscbes, bu hacienda, sn lalud, su existencia que 
■e agarran siempre como con grapas & la parte mas diflcol- 
losa de cada negocio que nunca flaquean, y que viven y mue- 
renpor causadesu enérgica y firme voluntad! 

Pero lo que principalmente descubre la gran capacidad del 
general Foy, es la lucba encarnizada y diaria que sostuvo para 
impedir el cambio déla ley electoral. De la ley electoral, sil 
porque en ella eslá sin disputa todo el gobierno, todo el esta- 
do, toda ta constitución. 

T aun pudiera decirse que no hay para el pais mas ley polí- 
tica que esta, 6 si se, quiere expresar la idea en otros lér- 

TDMO I. it 

c,q,zí<ib,Coogle 



minos, <pe en ella se coDUenen (odas las demia leyes, poeslo 
qie es U ley matriz. La carta es la sociedad en estado de re- 
poso. La ley electoral es la sodedad ea acción, en estado mili- 
taole. Dados los electores, conocido es el gobierno; conelec- 
torea fancioBaríos, el gobienio será despiitico; con electwes 
propietarios de primera clase, el gobierno será oligárqaieo; 
eon el sufragio universal, no podrá meaos de ser democrálleo 
•1 gobierno. 

El general Foy conocía por instinto qne la ley electoral 
que exige propiedad, pone sin remedio el gobierno en manos 
de la gente de dinero, y mal de su grado estaba contribayen- 
do á qae triaafase la innoble máxima de cada nioí en tu cata 
y para tí, y iodo para H (1). No sabemos por la historia que 
hayan llevado á cabo grandes cosas mas qne el pneblo ó la 
aristocracia; la gente de dinero apenas se eleva á ma^ altura 
que sns hombros. Aunqae le haya prestado servicios, mncbo 
dado qne Foy se contentara con un régimen prosaico sin liber- 
tad y sin gloria. 

Por lo demás, ¿«n qué ha venido á parar tanta y tan bella 
<^arla legislativa sobre el voto sencillo y el doUe voto? ¿Se ha 
visto por ventura en las asambleas de monopolio qne la elo- 
coencia, esa hija del cielo, haya jamás carado corazones cor- 
rompidos y fortalecido sesos mengnados? ¿Por vmtura g<d)er- 
nd la ígnaldad alguna vez el mundo? ¿No fué siempre el azar 
qeiea lo rigió? ¿Quién hnbiera dicho, tres dias antes del i5 de 
julio, que un golpe de estado acabaría con la carta, y, tres 
dtaa después, que una pedrada acabarla con la monanpia? La 
ehKQencia, lodo lo mas viene á ser como el tambor que da la 
s^al de ataque, pero lo qne decide la victoria son fósiles j 



S corazón del general Foy era un corazón verdaderamente 
noble, nn corazón donde rebosaban los grandes sentimientos 
del amor patrio y de la independencia nacional, un cwazon 
hwóico amante de la gloria, pero no por é), no por la gloria 
misma, sino por su país; que asi se le amaba en Austerlilz, asi 

(1) Chaemn ¿hti tai et tout pour loí; elpreíluQ de DnplD,— Jt'. dtl I. 

C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



DE LOS ORADORES. S3( 

se le amaba eo aqoelkis diaa tan paros de la república na- 
dtmal. 

El ejército, esapwla de nnestra corona nacional, jain&s la- 
vo en lai lides parlamentarias mas cumplido paladín. No es 
mocho en vradad que ae escache con respeto á esos hom- 
lires que al hablar de guerra pueden descubrir on pecho acri- 
iHllado de heridaa y uQ brazo lleno de cicatrices de balas ene- 
migas! 

Dicese qae m vida privada era no verdadero dechado; noa 
TÍda de soldado y de ciodadaoo, honrado, afectnoso eo sos ' 
relaciones de familia, sotldto con sos amigos, sencillo, estu- 
dioso, integro, natural, desinteresado y digno, como los gran- 
des hombres de la aotigUedad, de ser inmortalizado por la 
pluma de un Plniarco. 

Hay en los discursos del graeral Foy cierto atracliyo, cier- 
to velo de pador, cierto perfume de virtud, y cierta gracia 
de corazón qae hace amar al hombre en el orador. Gaaodo 
hablaba, se veía, y basta se sentía que ponia en los labios el 
alma. 

Yertos quedaron para siempre aquellos labios elocuenfesl el 
fnego de la palabra eónsumió su vida! si, porque la tribuna 
mata k los oradores qoe tíeneo coDciencia. Hoyen en ella la 
calma,de los dias y el reposo de las nocbes; vívese en ella -ana 
TÍda altada y convulsiva; la acdon de los ¿rganos se saspeo- 
de ó ee precipita; el c^Ho blanquea, las manos se ponen leift- 
blorosas, el «orazoo se contrae, se dilata y se desgarra. 

Mal de mi grado, me veo en la precisión de tocar on punto 
de fisiología poUlIca qoe cim veces me he propuesto resolver. 

Si Lois XTIII, después de so vuelta de Gante, hnbiese ofre- 
ndo al general Foy el gobierno de ooa .províocia, ¿lo habiera 
este rehusado? Y si lo admitiera ¿en qué pararla toda aquella 
tormenta de elocuencia? Tal vez en puro vieotol CuáotM libe- 
rales de esa especie, y ann mas ardientes todavía, no hemos 
visto en las cJimarasde 1816, y fuera de ellas, que solo lo eran 
per casoalidad; cuántos que fueron creados nobles por Napo- 
león, porque padeeian et necio sonrojo de llevar eo la frente la 
marca del pecado original de plebeyos; coáotos convertidos en 

C,q,-ZÍ-dbvCOOg[C 



110 UBHO 

magialrados JDfiUcieros porque les habían qsilado de sd asieo- 

to Io3 cojines flordelisados (1), y en generales porqae baste 
entonces no habian logrado mando alguno eo ú ^ército, y en 
empleados del gaardaropa porqae se leí babia despojado 
del grato privilegio de preseotar la camisa limpia al mo- 
Darcaá labora del tocador! La necesidad de agradar álamo 
fué siempre en Francia la dolencTa endémica de los hombreí 
mas honrados. Casi lodos los amigos del general Foy, casi 
todos aquellos dipaladospor cuyas caras doloridas ymarcfaitas 
parecen correr lágrimas en los bajo-relieves de sb mausoleo, d&- 
swlaroD luego de la santa causa de la libertad que formó algun 
día sn gloria y nuestra esperanza! Todos aqaellos EscéTolas, 
aquellos Gincíoalos, aquellos Brutos de la oposición, exceplnaii' 
do dos ó tres, se precipitaron h pecho descubierto en la servi- 
dumbre de UD nuevo reinado. ¿Hubiera el general Foy abrazado 
como ellos las aras de ese nuevo Ídolo? Ilabria quemado en ellas 
SQ porción de incienso? Pésame decirlo, pero así lo creo; ningon 
orador de la izquierda hizo, bajo la Restauración, mas profesio- 
nes de fe dinástica que el general Foy. Siempre que la ocasioa 
se presentaba dirigía á la familia de tos Borbones tales cum- 
plimientos, protestas tan expresivas y la hacia agasajos y cari- 
cias tan tiernas y fervorosas, que atganoa han llegado á du- 
dar de que en 1830 se hubiese alistado en las filas del pueblo. 
¿Qui explicación hubiera dado, cuando llegara el caso, dt 
aquellas palabras: <EI que quiera mas que la carta, menos 
que la carta, ú olra cosa distinta de la carta, folta á sns jura- 
mentos?') Es claro: hubiera becbo lo que lodos los demás 
hioieronl El reparo de quebrantar un juramento no le hubiert 
detenido, aun que decia que la fiddldad i la patria es el so- 
supremo juramenlo. Venga, pues, el g<^erno que quiera, 
siempre puede uno permanecer fiel á la patria de ese modo. 

Pero aun hay otras razones mas dedsivas: . 

El general Foy era uno de loa mas Íntimos banderizos de 
Orleans. En la cámara de 1825 se dio á omocer como fautor 
y sostenedor de dotaciones. De buena gana hubiera él destmi- 



quUdtCiirJoiX.— 



Cqi-ZÍ-dbvCOOgk' 



DE LO» ORIDORIS. 34< 

'do los blaetHMs hislóficos de la anligoa nobleza, porqae nb 
perlenecia ' á ella; pef o quizás ge hubiera manrrestado meaos 
inexorable para esotra nobleza de nuevo cutio que con su f opa 
dominguera no sabe boy dejar los salones de las Tallerias. In- 
clinábase á la pairia heredilarra, lo mismo que Casimiro Pé- 
TÍer y casi lodos los de la oposición de los quince aflos. Como 
hombre de acción y de arrojo, se hubiera lanzado á la nueva 
corriente de 1830; pero habria dejado al pueblo en la orilla, 
y él ee hubiera embarcado en la dorada na\e que conduela la 
fortuaa de otra dinastía. Para oponerse no fuera bastante te- 
ner un corazón noble, ni ser elocuente; sería preciso tener 
principios, y el graeral Foy carecía de ellos. Los mayores 
oradores del monopolio no suelen ser sino unos pobres hom- 
l)res en política; visten con teatral atavio la púrpura de los 
baratillos constitucionales; repiten á son de trompa las pala- 
bras retumbantes de igualdad, libertad, patria, independencia, 
economía y virtud; saben dónde deben colocar puco mas 6 me- 
nos sus figuras retóricas, el apostrofe, la metáfora, la prosopope- 
ya; abren un palmo de boca para sacar una aprobación unáni- 
me de esas aclamaciones oficiales y de cajón, prodigadas por 
tumo í Luis XVI, á la Convención, al Directorio, al Consulado, 
al Imperio, á la Restauración, á todo lo demás ; les enseñarán 
á W. cómo hay que arreglarse para dorar las usurpaciones 
cometidas por la violencia y la astucia sobre los derechos 
de la nación ; pero de la primordialidad de estos derechos, de 
SQ soberanía, de su universalidad, de su imprescriptibílidad, 
de su inviolabilidad, de su carácter, de su extensión, de su 
comunicación, de sa ejercicio y de sus garantías, no saben 
una jota. Esto no se aprende en las escuelas de retórica ni en 
lai cámaras de privilegio; el libro del pueblo no ha estado nun- 
ca abierto ante sus ojos. 

¡Cuántas veces le pesó á Napoleón la vida que pudo perder 
con brillo un dial jAb! cuánto envidiaba en la roca de Santa 
Elena la suerte del primer soldado muerto de un batazo en 
■Waterlool La fortuna, por el contrario, hundiendo al general 
Foy en la tumba en el apogeo de sus triunfos oratorios, no 
quiso defraudar k este en un ápice de su paro y claro renom- 

ü,.i,-z__iv,Coog[c 



bre. Si hobiera conlioaado Tivieado, le Tiéramos hoy trocad» 
en cortesano de Luis Felipe, ministro de la guerra, mariscal 
de Francia, condestable tal vez. 
¡Bíoi hito en morírael 



C,q,-ZÍ-dbvG0Óg[C 



DE LOS OUDOBBS. 



MAKTIGNAG. 



Perdió la tribana este brillante orador, que solo por los Al- 
timos restoe de sn TÍda pertenece á la revolncion de julio. 

Marlignac fné minislro, diputado, y hombre de letras. 

Como minislro, prestó á la libo-lád servicios de que le esli 
agradecida, y prei^ró mas de lo qae generalmente se cree, 
aonqne sin saberlo y sin quererlo, la rápida y sorprendeof* 
revolacioa de jnlio. 

Corbi¿re, al dejar el ministerio, dejó la libertad de la i»^- 
sa encadenada, y tas elecciones entregadas á la corrnpcioli. 
Martignac, snstituyeodo & las inscripciones de oBcio la compro- 
bación pública, reanimó la energía de los ciadaduios, y dráter- 
ré los fraudes prefectoriales [1 ). Aboliendo la censara facultati^ 
ta, restituyó la plenitud de sn acción & la libertad de la prenn, 
y quilo b Polignac todo poder para entorpecerla. En efecto, 
parificadas las elecciones, se formó en la cámwa una mayo* 
ria de diputados verdaderos repúblicos, esta mayoría sostavo 
con sus atribuciones legislalivas la libertad de la prensa, y la 
libertad de la prensa desconcertó la loca usurpación de Polig- 
nac. Eslas tres censecnencias van de por sf encadenadas, y 

(I) ilusión t la« leTU anterlaras, llenaide Iraudesyabuw», encuTavIiMd 
U broHcian ds Im llitu electorales qoadab* ■! ubllrla f ciprlctio Aa Im ite* 
(•clotde losdeparlwneolcu.— N. iW T. 



Cqi-ZÍ-dbvCOOglC 



Nt uno 

bajo este aspecto do erramos en decir que Hartignac hizo na 

Hrvicio íamenso & su nación. 

Compárese ahora el mÍDÍslerio Uartignac cod el miniateno 
doctrinario (1). Aqnel, partiendo del despotismo, caminaba, 
aanque á paso lento, hacia la libertad; este, partiendo de la 
libertad, corría precipitadamente hacia la corrapcion. £1 nno 
era ilustrado, insinaante, afeclooso en sos maneras, cortés en 
SD lenguaje, conciliador en sos transacciones; el otro dnro, ú- 
tanero, atrabiliario, despreciador, imperioso. Martignac no hu- 
biera ciertamente asalariado en las elecciones á viles folletis- 
tas para insultar la probidad é independencia de los candi- 
datos de la oposición. No hubiera disaello la guardia na- 
cional para castigarla por sn palriolismo y moderación; no 
bubiera, con la \íolencia de sns medidas eicepcionates, de- 
clarado á consejos enteros fuera de la ley; no hubiera nl- 
Irajado con falsas denegaciones á municipalidades libres; no 
hubiera destituido brutalmente ádiputados funcionarios (t); 
no hubiera sido capaz de mostrarse en su banco hecho un 
energúmeno revolviendo los ojos eucarnizados, amenazando 
con el pufio á sus antiguos amigos, y tratando ¿ sns colega 
como á sus lacayos (3). No hubiera finalmenie arrojado la na- 
cionalidad de los pueblos bajo la cimitarra de la Santa Alian- 
za, ni hecho atesorar en lodos los coi-azones el rencor y el senti- 
mieulo de venganza contra los crím enes de su apostasia. 

Puestos en paralelo tino y otro ministerio, resulta que á de 
Harlignac fué de progreso , y el de loa doctrinarios un mi- 
nisterio retrógrado. £1 nno hizo revivir la opinión; d otro la 
sofocó. El uno emancipó al jurado y á la prensa ; et otro 
laa cargó de cadenas. El uno mitigó las penalidades corpo- 
rales y pecuniarias de la legislación; el otro inventó las tor- 
turas de San Miguel (4), y restableció la confiscauon coa d 

(1) EnlléDdasadel minlgloriodoclriDarlo de 31 de maTO, presidido por Péríer.' 
Mrfrfí. 

(W Alusión i la desUtucloa de Odilon Barrot t ouoa, como coDsejeroideeM* 
do,~Ns(a comuniiada por i¡ autor. 

9) Alusión ft U vehemencia apasionada j enfenolza de Ctslmlro Péríer en Im 
aiUmoi meBSS'le su riúa.—Id. 

|t) Forlaleía iltuada cetca del mar eu la baja Notmandía, doode eran coMto- 
dUdos loa lao* d« delilos polilícoa.— iV. M T. 



_iv,Coog[c 



DI LOS OBADORIS. Wt 

exceso de las mollas. Puríñcó el udo las elecciones; tas cor- 
rompió el otro. £xput64Í el ano 4 los serviles de la cámara; el 
«tro los repuso en ella. Con el uao se abrían (odos los fiorazo- 
ñea á la esperanza; el otro con sus discursos, sus acíos y su 
leyes, ha colmado de dolor y de indignación el alma de to- 
dos los buenos cíndadanos. Consolábanos aquel de lo perdido 
conla Restauración; este nos hará maldecir de lo ganado en 
JQlio. 

Considerado como orador, Martignac debe ocupar no lugar 
aparte en la galería parlamentaria. Cautivaba la atención, 
mas bien que la dominaba: con qué arte sabia respetar la pnn- 
tíllosa Yanidad de nuestras cámaras Trancesas! conque inge- 
niosa Dexibilidad penetraba eu todos los rodeos de una cnes- 
lionl qué flaidez de dicción la suyal jqué mágial que decorol 
[qné oportuaídadl 

La exposición de los hecbos tenia en su boca una claridad ad- 
mirable. Analizaba los medios de sus adversarios con una 
fidelidad y un tino de expresión que hacían asomarse á los la- 
bios de estos la sonrisa de amor propio satisfecho. Mientras 
SD animada mirada recorría la asamblea, modulaba en- to- 
dos los tonos su Toz de sirena, y so elocuencia tenia la dul- 
zura y la armonía de ana lira; y sí, á tantas seducciones, sí, 
& la galana energía de su elocución, hubiese unido tas formas 
TÍvas del apostrofe y la vigorosa precisión de las deducciones 
lógicas, hubiera sido el primero de nuestros oradores, hubiera 
■ido la perfección misma. 

Como literato, Martignac tenia aquella elegancia natural y 
aqvel aticismo que fallan á casi todos nuestros oradores de la 
tribuna y del foro; pero carecía de aquella riqueza de ima- 
ginación, de aqneltos magníficos efectos de estilo, de aquella 
sabia composición de artista, de aquellos pensamientos robus- 
tos ó sablimes, y de aquellas delicadezas de gusto que cons- 
tituyen los diferentes géneros de nuestros grandes escritores. 

Gomo hombre privado, la defensa espontánea, generosa, des- 
interesada de Folignac, su antagonista y su sucesor, honra 
mucho el carácter inofensivo y noble de Martignac. Las medi- 
taciones de su defensa y las mil dramáticas peripecias de aqnel 



c,q,zí<ib,Coogle 



IR LIBRO 

proceso (1) acabaron de deslroir sa salad ya may qnebranlada. 

Era hombre de ameno y gratísimo trato, lleno de c^- 
pa, ardiente para los placeres, laborioso segan las ocasiones, y 
de noa ÍDleligenda eoperior en los negocios. 

Tal faé, sin odio como sin lisonja, HartigDac. 



_iv,Goog[c 



DI toa OlADORBS. 



benjamín constant. 



Benj&min Gonslant faé el orador y el publicista de la escuela 
inglesa; marchita importación de nltramar qne nnnca se acU* 
natará en Francia; trinidad incomprensible de personas desí- 
gnales por sa poder, diversas por sn origen, contrarias por so 
ToloDlad; constilacion slngnlar donde se pretende hallar el ele- 
mento en la amalgama, la armonía en el antagonismo, la vor- 
dad en la ñccion, el movimiento en la resistencia y la vida ea 
la maerte; división sistemática en gerarqnias, en castas, en 
monopolios, en privilegios, de nna sociedad qne tiende sin ce- 
sar á la aglomeración y á la anidad; obra antifrancesa y con- 
Wria á la naturaleza, que rechazan nuestros temperamentos, 
nnestras costumbres, nuestra lógica y nuestra ignaldad, qus 
pone cadenas en los pies del gobierno en vez de darle alas, que 
no le comunica fuerza por dentro, ni grandeza por fuera, y 
qne parece eternamente condenada á perecer en las tempesta- 
dei de la democracia, 6 bajo el herrado tacón de algún soldado 
feliz. 

Pero tal vez, despnes de la acción enervante del despotismo 
sobre los corazones y sobre las ioteligeneias, la nadon d8¡\\ j 
enfermiza no tenia fuerzas para soportar mas qae un régimen 
de transición; acaso la hubieran matado remedios demasiado 
heroicos. 

Benjamín Constant era maravillosamente apto para hacer «a- 
Ur de aquel régimen mixto toda la justicia y libertad que al p»- 



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IH LRIO 

recer encerraba; basla exageró las consecnencías de la caria de 
181i, y tuvo bastante imaginación para descubrir en ella ele- 
meólos de libertad, donde era mas claro que la luz que ni ha- 
bia ni se había querido qne babiese mas qae elementos de 
poder. 

Arrastrado, sin saberlo él mismo, por el espíritu de nuestra 
nación, explicaba por la regla de la igualdad esas tnslitucionei 
inglesas que solo se inventaron en beneficio de la aristo- 
cracia. Eslo es lo que se llama iogerlar ficción sobre ficción, 
pero¿qué imporla de dónde viene el bien, con tal que se haga? 
Benjamín Couslant puso en movimiento á la nación; enseñóla, 
antes de obrar, á pensar; formó la educación poHtica de la cla- 
se media, no pudiendo formar la de las masas. 

Benjamio Constanl no tenia la facilidad de Mannel, la pro- 
fondidad de Royer-Collard, la vehemencia de Casimiro Péríer, 
la brillaDiez de Foy,Ia armonía de Lainé, las galas dcMartig- 
nac, ni la robustez de Serré, pero fué el mas ingenioso y fe- 
cando de los oradores de la izquierda. 

Era de complexión tenue y delicada, cargado de espaldas, 
tenia las piernas muy delgadas y los brazos largos; su rnbia y 
riza cabellera le caía sobi'e los hombros, y rodeaba con gra- 
da su rostro expresivo. La lengua se le trababa éntrelos dien- 
tes, y le bacía hablar á lo mujer, con acento sibüanle y na 
tanto tartajoso. Guando recitaba, dejaba arrastrar su voz con- 
monotonía; cuando improvisaba, se apoyaba con ambas ma- 
nos en el mármol de la tribuna, y precipitaba el flojo de sos 
palabras. La naturaleza le habia rehusado todas esas dotes 
exteriores de la presencia, el ademan y el órgano de que tan 
pródiga ha sido con Berryer, pero las suplía á fuerza de inge- 
nio y de trabajo. 

Soldado, infatigable de la prensa y de la tribuna, y armado 
de so espada de dos filos, ni nn solo instante abandonó Benja- 
mín Conslant la brecha durante la guerra de los quince afioa. 
Apenas dejaba de hablar, escribía; y apenas cesaba de escri- 
bir, hablaba; sns arlicnlos, sus cartas, sus folletos y sns dia- 
corsos, compondrían mas de doce volúmenes. 

Entonces, un diputado sumergido en ta meditación de las tfr- 



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DI LOS OLiDOBES. S» 

yes, abismado en los presupneslos, consagralKi sns días y sos 
noches á los trabajos parlameDlaríos. En el dia la vida polilica 
00 es mas qoe un accidente, an pasatiempo, nna dislraccioD, 
si no es uDa gravosa carga. 

Entonces, los grandes temas de la libertad religiosa, de la 
libertad de imprenta, de la libertad individual y de la libertad 
délas elecciones tenian el atractivo de la novedad: teníase fe 
en los apóstoles del culto polilíco; las gentes se apifiaban coa 
ansia en derredor de su pulpito; se recogían devotamente sus 
oráculos, se prorampia en palmadas, se inclinaban las frentes 
delante de ellos á su entrada y salida de la cámara. En el dia, 
esos predicadores sin ovejas, predicarían en el desierto. ReU~ 
gion constitucional, ceremonias, sermones, oyentes, creencia, 
nada de esto existe ya; pero todo esto ha existido. 

Con los discursos escritos de Foy, de Bignon, de Benjamin 
Constaat, de Laffitte, de Dopont (de l'Eure), de Royer-Collard 
lobre todo , se formó la edncacion de la Francia liberal : tal 
discurso escrito, qne dentro prodoce poco efecto entre los di- 
putados, produce mucho fuera en el público. Si estos discur- 
sos ejercen menos acción sobre la formación de las leyes, tie- 
nen mas influjo en la de la opinión, y' en suma ¿no es la opi- 
nión la que sanciona las teyesf ¿No vale mas tener millones de 
lectores que algunos centenares de oyentes? Pero en este punto 
ya hemos discurrido un medio cómodo y sencillísimo de deci- 
dir la cuestión tan controvertida de la superioridad relativa de 
la escritura y de la palabra: no leemos á los que discurren, ni 
escuchamos á los que improvisan. 

Jamás orador ninguno manejó con mas habilidad que Ben- 
jamin Conslant la lengua política. ¿De dónde proviene que 
aun hoy se podrían leer sin fatiga s'ns mas largos discursos? 
de que hay en ellos lo que hace vivir las producciones ¡ hay 
estilo, un estilo lleno de seducción. La mayor parte son unos 
dechados de viva y nerviosa dialéctica, á los cuales nada se 
lia parecido después, y que hacen las delicias de los inteligen- 
les. iQné riqueza! ¡qué abundancia! ¡qué flexibilidad de tono! 
¡qué variedad de temas! ¡qué suavidad de lenguajel ¡qué arte 
tan maravilloso en la disposición y rigorosa deducción de loa 



'c,q,zí<ib,Coogle 



M > LIBRO 

rtciociniosl jqné trama tan sotilmente tejida! ¡cómo se fenden 
yannonizan en elta Iodos Iob colores! Del mismo modo bajo 
ima {Hel trasparente y tersa se ve circular la sangre , azalear 
las venas, y aparecer ligeramente los másenlos. 

Acaso estos discnrsos están demasiado acabados, tienen de- 
masiados perfiles , son demasbdo ingeniosos para la Iríbn- 
na. Guando no se comprende en segnitla lo qae se lee, qae- 
da el recorso de volverlo á leer ; cuando no se comprende en 
seguida lo qne se escucha, no qneda el recorso de hacerlo 
repeiir. Las repeticiones son insoportables en la tectnra, y 
necesarias en la tribuna, asi como en el teatro solo tos ritor- 
neht se apoderan completamente del oído de los espectadores. 
Los oradores son como aquellas eatilnas elevadas sobre un 
pórtico, qne deben estar algo groseramente labradas para pro- 
ducir efecto desde tejos. Las cámaras no se parecen á los sa- 
lones de la alta aristocracia ; las flores del lenguaje son casi 
siempre para ellas flores sin perfume ni color : las antítesis se 
les escapan, y las argumentaciones demasiado vigorosameote 
enlazadas las causan : es preciso , para hacerse entender de 
ellas, repetirles la misma cosa tres ó cuatro reces segaidas: es 
preciso, para contentarlas, herir recio mas bien qne hra-ir CM 
tino, y hablar k bus pasiones mas bien que á su inteligencia. 

Henos que á Manuel, )a derecha detestaba á BenjamiD CoIt^ 
tait, y la razón de esto es que, eo. las asambleas francesas, 
cualesquiera que sean, siempre hay cierta [H-edileccion por los 
hombres de talento. De nadie como de ellas puede decirse con 
el poeta (I):' 

Ya me be reido; dasarmada esto;. 

La próocnpacíon de partido resiste á la elocuencia , á lo» 
hechos , á la lógica y ana al entusiasmo , pero no resiste á la 
risa. 

T no porque estuviesen muy á sus anchas en las primeras 
cámaras de la Restauración los oradores de la izquierda: la 
tribnna de aquellos tiempos era mas personal, mas acre, mu 

11) Utontsino.— N. dit T. 



_iv,Goo^[c 



DB L09 0UDORES. Wt 

deaTergoDzada qae la nuestra, por macho que la echaran de 
personajes aquellos diputados de la mayoría. 

Suscitábase unarisa burlona si algunos diputados de la iz- 
quierda tenian la ocurrencia de calificar de honorable a) gene- 
ral La&yette. Nadie se andaba en miramientos para decir & 
los de la oposición: a ¡Sois facciosos! — ¡Qae se le quite la pal^ 
bral— lEso es una calumnia! — ¡Rebelde! ¡insurgentel ¡iacea- 
diario! ¡aediciosot» 

. Veaoios ahora otras amabilidades parlamentarias de aquella 
época: a ¡Vamonos! ¡do le escuchemos! — jEso es predicar la 
anarquíal — ¡Funesto colega! — ¡V. deshonra la cámara! ¡ao 
Tale V. la pena de que se le escuche!— jEs V. un infame (1)! » 

Benjamiu Constant replicaba con energía, y era preciso que 
ej torrente amenazase del todo sumergirle para que se hiciese 
un poco á un lado y dejase pasar la avenida. 

Flexible luchador, se replegaba de cien maneras con una 
elasUcidad de cintura increíble, y nunca se confesaba vencido. 

Siempre era dueño de su expresión como de su pensamien- 
to. Sí la derecha se sentía herida de alguna palabra un poco 
viva t sabia él hallar , sin romper el hilo de sa discurso , el 
equivalente de aquella, palabra, y si el equivalente ofendía 
también, le sustituía un tercer ea-amcirca. Aquella presencia 
de ánimo , aquel profundo conodmiento de los recursos de la 
lengua, aquella maravillosa degradación de sinénimos atenua- 
do», sorprendían agradablemente á sus mismos adversarios. 
Así por ejemplo, decia: «Quiero evitar á la coronas (murmu- 
llos); muda: «Al monarca» (murmullos también), y prosigue: 
«Al rey constitucional» (ya no hay murmullos). 

Benjamín Constant era mucho mas cáustico qne Manuel; pe- 
ro empapaba en miel su aguijón, antes de clavarle. Todo lo 
dwía, porque tenía el arle de decirlo todo. 

Además, aunque muy liberal y muy de la oposición, Ben- 
jamín Constant era de noble estirpe, y aquellas cámaras de 
nobles tenian en mucho la calidad de los sujetos. 

¿Debo acaso afiadir qne estaba dotado en el mas alto punto 

icaa, consignadas por la hitlorla, y meadas leilualmenle 



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w uno 

de aqaella facatlad de apropiaciOD que distíBgae á los litera- 
tos, y qne es la facultad de las imagiDaciones penetraBlet y 
móviles? Apenas estas especies de ingeoios se espejan en na 
asante, se reflejan con visos de semejanza lates qaa llegan k 
engañar al Talgo. Solo tienen la snperfide de la ciencia; sac- 
ien no poseer mas qne sn nomenclatara, y parece qne poseen 
la sastancía y el fondo. 

Todos sns discarsos abundaban en expresiones vivas, ia- 
geníosas y delicadas. En estos términos caracterizaba ala 
prensa: 

«La prensa es la tribuna agrandada. La palabra es el vehi- 
calo de la inteligencia, y la inteligencia es la seSora del man- 
do material. » 

Asi definía á la censara: «La censara es la calamniaen 
monopolio, ejercida por la bajeza en beneficio del poder. > 

Hablando de tos ministros decía: «Tan imposible es, «i to- 
do lo locante á la arbitrariedad, calnmniarlos como enterne- 
cerlos, n 

Gomo aféctasela derecha lamentarse de que se acabarla por 
no poder bailar empleados: qNo temáis, decía Benjamín Cñu- 
tant, desanimar á los aspirantes al poder; sa valor es inago- 
taMe. Coando vaca aba prefectura, echan las gentes i boir 
para no verse condenadas á admitirla.» - 

Hablando de los diputados qne defendían verbosamente dei- 
tinos lacrativos é inüliles, decía: «Ni de dinero ni de palabni 
tienen economía. ■ 

Todo esto tiene gracia, pero es mas propio del escritor qoa 
del orador. 

Hé aqní nna brillante imprecación contra la loleria qae da- 
rá ana idea de las buenas y malas cualidades de sa estilo. 

oSi existiera, setlores, en vuestras plazas públicas ó en al- 
gún oscuro escondrijo, un juego que acarrease infaliblemente 
la ruioa de los jugadores; si el director de esta iUcita y falai 
empresa os confesase qae jaega & golpe hecho, es decir, a 
oposición con las leyes de la mas vulgar probidad; qne pan 
asegurar el logro de su indigna especularon tiende celadas & 
la clase mas fácil de engafiar y de corromper; si os dijera qae 



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OE LOS ORADOBGS. - OQ 

rodea al pobre de sedncciones, qoe impalsa al ÍDOcenle á los 
aclos mas calpables, qae recurre para obcecar & sa presa á la 
impostura y á las meuliras, qae sus meotiras é imposta- 
ras se cacarean públicamente por las calles, qae sus absurdas 
é ilusorias promesas resuenan en los oídos de la credulidad y 
de la ignorancia, que ha organizado medios de clandestini- 
dad y de tinieblas, á lin de que sus victimas se. precipiten al 
abismo sin que la razón pueda ilustrarlas, ni el temor del 
TÍIuperio contenerlas, ni los clamores de los suyos preservarlas 
de la tentación; si añadiese que para responder á sus pérfidas 
inVitacioDes, sin cesar renovadas, el criado roba á su amo, e! 
marido despoja á eu mujer, el padre á sos hijos, y que él, 
sentado tranquilamente en una caverna privilegiada, junta- 
mente instigador, encubridor y cómplice, tiende la mano para 
recoger los productos del robo y los miserables óbolos arran- 
cados á la sabsistencla de las familias; si concluyese recono- 
ciendo que, todos los aOos, los desórdenes qae ba provocado 
arrastran á sns victimas de la miseria al crimen, y del crímea 
al presidio, al suicidio ó al cadalso ¿qué sentimientos experi- 
menlariais?» 

Guando Benjamia Conslant se veía acosado por los interrup- 
tores, de cualquier cosa se hacia un arma, y tenia las ocor- 
rencias mas felices y espontáneas. De todo sacaba partido, de 
una carta, de un hecho, de la menor circnastancía, de una 
analogía histórica, de ana declaración, de una exclamación, 
de nna palabra: como un buitre qne acecha su presa, abiertas 
las garras, bastábale cerrarlas para asirla. Con el codo apoya- 
do en la extremidad de so banco, el oído alerta, tendido el 
cuello, con la ploma en la mano, devoraba el debate, la tri- 
buna y el orador. 

Tenia una ateucion tan absorbente y ana facilidad tan gran- 
de de composición, que, escuchando el discurso de un adver- 
sario , escríbia de corrido sa refutación é inmediatamente sn- 
bia á leerla en la tribuna. Método, orden, argumentación, 
estilo, nada le faltaba, lan poderosamente sabia aislarse y abs- 
traerse en medio del raido, de la muchedumbre y de sos pro- 
pias sensación^! 

TOMOl. SI 

ü,.i,-z__iv,Coog[c 



M LIBRO 

Pero, faena es decirlo, lodas esas delicadezas de eeUlo, esa 
exquisita elegancia, ese arle de las stDonimias lleTádo al es- 
IreDDQ, quilao k la recitación parlamentaria so rigor, sd flexi- 
bilidad natural y hasta su gracia; es menester evitar que la 
tribuna recuerde demasiado la Academia, y que na orador no 
sea mas que un arlisla. A cada lugar su género, á cada per- 
sonaje BU carácter. 

Hay dos clases de dialéctica, uua penetranle y sutil, otra 
nervuda y rígida: ana que resiste por el peso de los racioci- 
nios, otra que se abre paso á favor de la aguda punta de sus 
Uros: una que va en línea recia á buscar la cuestión en la 
cuestión, y otra que gira en toruo suyo, y penetra en ella por 
las junturas y los respiraderos. Benjamín Gonstaot tenia esta 
jállima clase de dialéctica. 

Hay dos clases de elocuencia: una qae sale del fondo del 
alma como de un manantial , que arrastra su raudal con 
abundancia, que impele (tetante de sf, que abruma con su 
propia mole, y acosa y derriba y se traga & sus adversarios; 
otra que multiplica sus hilos en derredor de ellos, les atrae i 
sus redes, les fascina con la mirada, les enlaza, les coge como 
COD liga, les retiene, y les mata á mordiscos. Benjamín Gods- 
tant tenia esta última clase de elocuencia. 

Deslumhraba mas que inflamaba; era mas diestro que ve- 
hemente, mas persuasivo que convincente, mas delicado que 
pÍDtoresco, mas sutil que profundo, mas flexible que robusta. 

Si amaba el arlé por polilica, también la amaba por sf 
mismo. Complacíase en los vistosos reflejos de estilo, en las 
oposiciones de palabras ó de pensamientos, y se divertía oi 
sacar chispazos y vislumbres de las facetas de la antítesis. La 
oración parlamentaria exige mas nervio, gravedad, sencillez y 
amplitud. Para ser orador es preciso no tener demasiado afán 
de parecerlo. 

Benjamín Constant no era solamente no discnrslsla parla- 
mentario, sino también un grao publicista, y en este concepto 
particularmente lomó sobre si la misión de proteger & los es- 
crilores. 

Nadie mejor que él>ha conocido y defendido los derechos áo 



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DB LOS ORiDOBES. 35» 

la prensa, de ese poder mas faerle que los ejércitos, las reli- 
giones, las cámaras y los reyes; mas rápido qne los vieolos, 
mas vasto qne el espacio, tan inteligente como el pensamiento: 
•ahora bien, lo que sobre todo caracterizaba á las cámaras de la 
Restauración era su odio envidioso, instintivo y mortal á la 
prensa. ¿Tenían tal vez un secreto presenlimiento de qne la 
prensa iba á derribarlas?.... Sf, la prensa tas derribó; pero 
no sin que ellas mismas cooperasen mucho á este resultado. 
Además, en Iodos liempos la tribuna ha tenido celos de la 
prensa: la tribuna ha procurado siempre bumtllarla con sar- 
casmos de taberna, y sofocarla bajo el peso de procesos iní- 
cnos y de penalidades monslrnosas: verdadera rebelión del 
censo de contribución contra el tálenlo, último grito de ra- 
bia lanzado por el feudalismo territorial en las convulsiones de 
BU agonía. Risa causa decirio, pero la verdad es que el. mas 
oscuro diputado del mas ignorado lugarejo de Fra'ncia, se cree 
muy superior á nn periodista; ni siquiera se le pasa por las 
mientes que tal perigordino (1 ) que sube á la tribuna á cha- 
purrar so palné, no seria conceptuado digno de ser admitido 
entre las plegaderas y los escribientes de las antesalas de una 
redacúon, y que se temería qne estropease los nombres de tos 
sascrilores en las fajas del periódico. 

Benjamio Gonstanl se acordó siempre de qne, antes de ser ' 
diputado, habla sido periodista, y que esta era la parte maa 
brillante de sn glM-ia. Ed todas ocasiones y en todos los mo- 
mentos reclamó con energía la reforma de-la arbitrariedad 
prefectoral, la abolición de toda jurisdiccioq excepcional, la 
atribución al jurado de los delitos contra los juzgados y tríbo- 
nales, y la libertad de imprenta. En la actualidad solidlaria 
las mismas garantías, porque, para baldón de nn gobierno 
nacido de las entrafias y de )a sangre de la prensa, la prensa 
yace aherrojada todavía en las mismas cadenas qne en tiem- 
po de la Restauración. Es preciso que mienta ó calle ; es 

(1) De la KDtlgua proTlncla de PetJgord. Los parliJeosea ee ríen ftlumente de !• 
proDuaciaclon de loi provlaclanos, t *b psrllcular de la de loi del medlodii. — La 
Tot tialu<(palo)>) que sigue Juego do eiti en el diccionario de la Icademli; pero 
no» atrevemos i usarla, cono ea aires ocasiones aaterlorea, apoyados eo U lec- 
peUble autoridad de Capmaiir.— W. del T. 



c,q,zí<ib;Coogle 



preciso qae se abstenga de discalir el principio del gobieroo, 
ó que reciba en el rostro los pnnlapiés 6 las escapidaras de an 
senado gotoso... La han maniatado, y esclavizada de esta 
' soerle. la han colocado eslre las roiaas de la conGscacioD y 
las tumbas de fuego de Salazia; y para colmo de iojarias, pa- 
ra postrer padecimiento, los zarcidoree de todo este embolismo 
se desgaDítan gritando: Trianfo! triunfol la prensa es libre. 

Mas que ningún otro publicista, Benjamín Gonstant babia 
contribuido á sacar ¿ la parte acaudalada de la clase media de 
la ignorancia política en que, desde 1S30, ba vuelto íi arre- 
llanarse comoeu un blando almohadón: también le gastaba 
prodigar magníficos elogios k la juventud estudiosa de las 
escuelas. En la actualidad, la juventud estudiosa dormita coa 
^ resto de la nación. Se le recarga la memoria en vez de for- 
mar 6U juicio: se enerva su tierna inteligencia por medio de la 
snperfetacioo de las lecciones y de los cursos: la empapan y 
lareempapan en tas materialidades del eclecticismo : no se 
le ensefia la religión, la moral, la lógica, la fraternidad, 
ni el amor patrio; pero también es justo decir, en cambio, 
que nunca la juventud estudiosa y elegante bailó mejor taca- 
chucba. 

En los países libres, los que quieren subyugar al pa^o, 
empiezan siempre por afeminar las intetigeBciaay por eorront- 
per los corazones, por sofocar el espirilq de asodacion, por 
oprimir & la prensa, y sobre todo por desterrar de la república 
de las letras los grandes senlimienlos, tos generosos iaatJBloa 
que producen las grandes acciones, y que, ai no pueden resta- 
blecerla, asisten á lo menos 4 la libertad en su hora «uprema 
wa sus consuelos y su llanto.' 

Benjamia Gonstant prestaba ooaünuos bomens^es á la vir- 
tud , á la profunda sabiduría , á la legitimidad del rey 
Luis XVlll; llegó basta el panto, i favor de una bábil fraseolo- 
^, de imputar el nombranúenlo del conv^t^nal Foudié (1) 
& Luis XVlll, como un efecto de su magnanimidad, cuan- 
do no era mas que un efecto de sn miedo. Ignalmenle el ge- 

(t) Pat* el cargo da prefecto de policía -X M T. 

ü,.i,-z__iv,Googlc 



DE LOS ORADORES. 3ST 

neralFoy, para jnstifiear ia absordasaslilacioadelaeñgiede 
Eoríqae IV á la de Napoleón en lacrnz de la Legión d6 honor, 
decía que esto había sido nna hella y patética ficción. La de- 
recha y la izquierda no podían, como los anlignos augures, 
mirarse sin reírse, cuando la nna hablaba de en amor á la 
carta, y la otra de su amor al rey. Pero ¿qué se ha de hacer? 
Preciso es que los oradores mientan ó se condenen k la mu- 
dez: por eso Benjamin Conslant aceptaba en Francia los he- 
chos consumados, lo mismo que en [nglalerra adoptan los ra- 
dicales á la reinar y nadie 'la saluda mas profundamente que 
O'GoDDelI. Luego, cuando el rey, el príbcipe, el director, el 
cónsul lí el emperador que ha recibido el juramento cae del po- 
der, se cumple con decir que la colpa es suya; que él es 
Terdaderamente el traidor y el perjuro, pues es el vencido; 
que ba faltado su palabra, y que estamos absuellos de la 
nnestra, y que, al ña y al cabo, no se alcanza por qué razón 
han de tener los vitos qae enterrarse con los muerlos. Si no 
bebiese faabido, entre los partidos , couvencion tácita so- 
bre todos estos pantos ¿ hubiera por ventura podido du- 
rar quince afios la comedia resláoralÍTa ? Ninguno de los 
adores partameolaríos de la izquierda habría snbido h las ta- 
blas, y hubiera sido preciso volver el dinero al público en la 
puerta. 

£1 nombre del rey se repelía enlonces á cada paso en todos 
los discursos; todo se referia al rey; el rey era la causa del 
efecto; hoy no es mas que el efecto de la cansa. Era el prind- 
pió del gobierno; hoy no es mas que la consecuencia del prín- 
eipio. Antes que todo era él; hoy es después de lodo. 

Todas estas frases, rebozadas de respetos y de homildlsimai 
uintaciones, no han impedido al pueblo poner la mano en la 
persona inviolable y sagrada del monarca, y despacharle pt»* 
mar á Holy-Rood. Desde entonces, se le ha dejado á cada par- 
tido la libertad, no de decir absolntamente la verdad, pero k 
lo menos de mentir: asi si Berryer fuese i derretirse de ler- . 
nara delante de Luis Felipe, como los mozos de cocina de 
Nenilly, todos se burlarían de él, y tendrían razón. La cor- 
repcion ba penetrado hasta la médula parlamentaria, maa pro- 

ü,.i,-z__iv,Coog[c 



m / UHO 

fundamente aon qae en tiempo de la Reslanracion; pero trae- 
mos & I0 menos la tiipocresfa liberal, y eslo es algo. 

Tampoco deben tomarse al pié de la letra derlas fórmalas 
obsequiosas qoe solo prueban la exqaísíta urbanidad de nues- 
tra lengaa y de nuestras costumbres. Hombre de Qnisimo trato 
Benjaniin Gooslant, llevaba á la tribuna los modales y la deli- 
cadeza de una sociedad ingeniosa y culta. 

Sd instrucción de legislador no era en yerdad muy sólida. 
Gomo Iodos los poblicistas de la restauración, no estaba nada 
Tersado en el conocimiento de los intereses materiales y de lot 
verdaderos principios de la economía indoslrial y agricolai. 
Había también en sn religiosidad y en sa ñlosofia poliiica algo 
vago, y como un reflejo' de ta incredalidad y del escepti- 
cismo del siglo XVIU. Benjamín Gonstant no teni» mas que la 
fe del entendimiento, y no ta fe del corazón; no amaba la reli- 
gión por el dogma sino por el sosiego de las inquietas exigi- 
das de la conciencia; no queria el trono por sa derecho, sino 
por sa necesidad; do rechazaba los principios de la república, 
sino sa forma. «La república, decia, es imposible en el estado 
actual de los ánimos, en el estado industria, mercantil, mili- 
tar y europeo de la Francia. » Para ¿I esta era ana caestion de 
oportunidad, casi aaa cuestión de geografía. 

Atacaba & Rousseau por haber sostenido el derecho divino, 
y él por su parte no admitía la soberanía del paetdo, sino una 
especie de soberanía de la jastida, muy parecida & la sobera- 
nía de la razón de los doclrínarios, y tan Indefinible, tan in- 
comprensible y tan inaplicable como ella. Por ventura, la so- 
beranía del pueblo, como nosotros la entendemos, ¿no implica 
necesariamente la soberanía del derecho, de la jastícia y de ia 
razón? Apenas conozco una sola cuestión política ó social qae 
no resuelva la soberanía del pueblo. 

Políticamente hablando, la soberanía del pueblo es la lax 
qae resplandece en las tinieblas de las disputas humanas; solo 
á sn claridad paeden caminar los lógicos; fuera de ella no hay 
mas que arbitrariedad, iniquidad, contradicciones, caos. Por 
falta de este piloto tan seguro, tan Infalible, el mayor poblí- 
císla de la Restaaracíoa fué á estrellarse de cabeza, como oa 



_iv,Coog[c 



SE L03 ORADORES. K» 

náarrago Tnlgar, en los escollos de la reToIncion de jdIío: no 
compreDdió que ningún poder puede prescribir ni prevalecer 
contra el eterno derechir qae tienen las naciones de darse el 
gobierno qne mas les cample. 

Sn segundo error fué creer que podría Impunemenle ser em- 
pleado é independíenle. E n vez de quedarse en la playa con el 
pueblo, y de ver pasar el torrente doctrinario, paróse eu medio 
de la corriente, y le arrastraron las aguas: sn alta razón arrid 
bandera, y su imaginación le dominó despdlicamenle. Ya le 
babia bastado á Napoleón una mirada para fascinarle. Acaba- 
ba de caer bajo el hechizo de otro poder y, en el burlesco or- 
gullo de su paternidad, estaba lodo ufano, él, dos-cenlésimo- 
décimo-nono eogendrador (1), de haber parido un ciudadano- 
rey. Su alegría rayaba en delirio; la subida de la leche le atacó 
el cerebro, y en sus momentos de eialtacion se le escapaban 
expresiones en tal extremo hiperbólicas que hubieran podido 
tomarse por otras tantas ironías, como por ejemplo: «Tenemos 
et ideal de un rey ciudadano (2). » 

Verdad es que estos accesos no duraron mas qne algunos 
dias, y luego que hubo dormido bien sn embriaguez dinástica, 
fué recobrando poco á poco la plenitud de sos facultades. 
Siempre hay en el alma de los literatos un rínconeíllo donde 
se agazapa el senlimienlo democrático, y por muy borrado 
que esté por la corrupción de loe favores, de las dignidades y 
del oro, al cabo este seotimienlo se abre paso por un lado 6 
por otro: entre todas las clases de la nación, la de los literatos 
es, en resumen, la mas independiente, porque es la que tiene 
mas talento, y porque el talento es la cosa mas independiente 
que hay en el mundo. Ahora bien, Benjamín Constantera lite- 
rato, y cuando advirtió que le remachaban en ambas muflecas 
sus doradas esposas, (las sacudió; y si hace un esfuerzo mas, 
de seguro las rompel Por lo demás, tenia una inmensa sed de 
popularidad, casi tanta como Lafayette, y preferia la cualidad 

(1) Alusión al númetode dipuladoique volaron la elección del rey ciudadano 
Luis PeWpel—N. dil T. 

m La IroDÍB jalara aquí «n el lidtculo conlrsale que preienLa eae lupaeslo 
Utalitmo con la »óllda j poslllva htmatadai del personaje t quien se aplloa. Su 
Majealad Lula Felipe era alio j muy grueso.— M. 

ü,.i,-z__iv,Coog[c 



na LIBRO 

de periodista y de dipalado á lodo empleo público; y tenia n- 
zoD, porqae sa faena y sd gloria cataban en la prensa y en la 
tribuna. 

Abrió por fin loa ojos, y reconoció con Doponl de TEnre, 
Laffitte, Larayette, Salverte, Arago y toda la glorioaa falange 
de los patriotas, que la revoincion de julio no era una paz, sino 
nna Iregaa. Benjamín Consiaot linbiera dejado en breve el bo- 
lín por la pelea, y dimisionario ó desliíaido, no hubiera tar- 
dado en tocar de nuevo el clarín de la oposición. 

Pero ya se iban gastando los resortes de su vida: su noMe 
cabeza se caia, y frecoenlemente tenia que apoyaría en ambas 
manos, como para meditar sobre la vanidad de las revoludo- 
nes^ Aqncllos snefíos de porvenir, aquellas hermosas ilasiones 
qne , por espacio de quince aíios, habían pasado por delante 
de sus ojos, se iban desvaneciendo nna tras otra; sentía que te 
cabrian ta mente negras tristezas é invencibles melancolías. 
Arrastrábase sin fuerzas de sa banco á la tribeña, y con sas 
labios apagados qne ya no podían sonreír, despidióse de la li- 
bertad moribanda, y bajó con ella al sepulcro. 



FIN DEL TOUÚ PBtUEBO. 



c,q,zí<ib. Google 



índice 

m LAS MATERIAS QUE CONTIENE EL TOMO PRIMERO. 



AdvertSDcia í la úllima adición. , S 

PBOLOGO— (cu T^ iL PÚBLICO.) 9 

DlTISlOHtM LA HUERTA 18 

PRIMERA PARTE.— PRECEPTOS. 

LIBRO PRIMERO. 
DE Li ELOCUEHCU DB U TBIBDNt. 
IJpp. I.— De iaa causas que cooailiuyen encada pala el género partlcalar da 

la elocuencia parlamentaria " 

Gap. II.— De loa diversos modos de dlacunlr %( 

Cap. m.— Del poder de la ImpiovlBacloa. (ContlDuaciOD del iniamo aaunto). . 9G 

Cap. IT.— De las profealanea que predisponen i la elocuencia parlamentaria. SB 

Gap- T.— 01 avocaciones de los oradores según sas especialidades 6 Índoles, ti 

Cap. VI. -Del laqulgraío ^ 

Cap. VIL— De ía resefla de la sesión ** 

Gap. VIH. -Da la iSoilca geDetal de la oplolon da la maíoria y del ministerio. M 

Cap. IX.— Delatíiollcaparllcularde los ministros de cada depariamento. . ,W 

Cap. X.— De la dicción y del pone ** 

Gap. n.—Atort«mos de la elocuencia pnilamenlarla « 

UBBO SBGDMDO. 
DE LOS DEIlJ>8 afiNUtOS DB BLOCDEHCU. 

Cap. 1.— Do la elocusDcla da la piensa. í' 

Cap. Íl.-(ContlDuaclon del nüamo asvmto.) DIdictica del folleto, y ejemploi. 7S 



c,q,zí<ib,Coogle 



an Índice. 

Clp.ni.— Déla clocaenda del púlpllo. HO 

Cap.1T.— Delaelocueocla foreiué 1> 

Cap. Y.— D6 It elDCUBDCla deliberativa 1S 

Gap. TI.— De cuatro géneros de elocuencia comparados Ul 

—I. De la elocuencia académica 1(0 

—II. D« la elocuencia parlamentarla t(0 

— m. De la elocuencia de loa duba. .....' 'ÍM 

— IT, De la etocuencl* al raso. . ,. ttt 

Cap. Vn.— De la elocuencia oBclal , . . . Itt 

Cap. TBI.— De la elocuencia rallliar ISt 

SEGUNDA PARTE.— RETHATOS. 

ASAMBLEA C0N6TITCVEME.-lllrabean t <1T 

CONTKMQOK.-Danlon V6 

IHPEBIO.— NapolauD Bonaparle SU) 

RB8TADRACI0N W 

Manuel 381 

Berre. Sil 

VllAle. 9t} 

n senw*! Foy 311 

Marllgnac. SU 

' BeoJamlD Conaiant na 



FIN DEL ÍNDICE DEL TOMO FBIHBBO. 



L;,q,-z.= bvGoOglt' 



LA MARAVILLA, 

Sociedad editorial 
POR D. MIGUEL DE RIALP. 

ClTUOGODt LIS OBRIS QDR COIPONEN U PBIIERt SKRIS. 



Cada tomo contieoe unas 400 páginas en 4.<, con 4 l&minsa 

en boj, y van encuadernadoB & la suiza, con mosaicos de oro 

y brillantes colores. 

SECCIÓN INSTRUCTIVA. 

Ll SBOGBAFtA UNITBR31L, sagun loa mas Dovlsltnoi deicubTlmieoloa, 
Uaiadoa, balances comarciales. cen909 á lDves[lgaciati69, redactada 
en Ti9ls de lasobrasile Halle-Brun. Ralbl. Nlüson ele, retundida da 
la primera adición, comprendiendo la parle egpaliola basta los pueblos 
de 4,000 bsbltanles, por D. M de R 

COMPENDIO UE LOS LTBBOS HISTÓRICOS DE LA SANTA BIBLIA, por 
el P, fernaniio Scio de San Antonio, de las escuelas pías 

BISTOIIU ANTIGGA. por J. G. Guültmln. rector de la academia depar- 
tamental dx la Znrüze; Irsdnclda por D. U. Angelón 

BISTOniA DE GHECIA, por Víctor Duruy, traducida de la segunda edl- 
clnn trariCBSB, por Roberto Robert 

HISTORIA ROMANA liaara la invasión de los btrbaros, escrita en Irtn- 
cés por y. Duruy. Traducción de D. J. F. Saenz Urraca 

HISTORIA DE LAS CBItZinAS, por Jfr. «IchoKJfJfr. i>ou;ouIa(. Tra- 
ducción de D.J.P. Saenz Urraca 

HISTORIA DE ITALIA, desde la Inraalon de los bárbaros baata nueslroa 
dlsíi, por ]ntio Zrller, traducida por D. Juan Belca 

HISTORIA DB LOS FRANCESES, desde la época de los «ales hasta la cal- 
da delJmperlo. por M. Teófilo Lavalée, jr desde la Rexiauracion hasta 
el nombramiento del presidente de la república ¡1848), por Pabla La- 
troie, traducida par D. G. A, Larrosa y D. V. Gebbardt S 

HISTORIA DE mCLATERHA, comprendiendo la de Escocia, irlanda J 
¡as postsioiui inglisat, con una detallada esiadíailca de estos diferen- 
tes países, por J. A. Plntry. Traducida j continuada hasta nueatros 
días por D, M. Angelón J 

HISTORIA DE POIITUGALY DESÚS COLONIAS, escrita en francés por 
M. Augaixo Bwehol, traducida y conlinaada hasta nuestroa días por 
D. Marcial Busquéis 1 

L* RUSIA ANTIGUA T MODERNA, por loa SS. Cartat JIomty y Alfredo 
Jacobs, traducción de D. V. Gehhardt t . . 9 

LA MORAL SOCIAL, A deberes di>l Estado y de los ciudadanos en todo 
cuanto tiene relación con la propiedad, la familia, la edticaclon, la li- 
bertad, la igualdad, ia organización del poder, y la seguridad inte- 
rior y eitarlor, por Adolfo Gar«t«r; traducida por D. M. Angelón. . i 

SECCIÓN RECREATIVA. 

SL IirGBNIOSO BIDALGO D. QUIJOTE DE Li MANCHA.-CÓmptiealo por 



c,q,zí<ib,Coogle 



mgutt dt Cenantm Saatiiíra, •dlclon llDairad* con l«s nous de Pe- 

lllcer, Clemenclo y olnw, reparllda* por el conleito 

TEilA)03 DB PENSILES Y SIGISMÜ.VDa, Li GÍTaNILLA, T RINCO- 

NETB r CORTADILLO.-Compueítoa por ifígutl dt CtrtonHt SatuUrs. I 
OBRAS SELECTAS, crltlcis, satíricas y Jocosas de J7. Frtmeito it Qiu- 

wdo y VUligat 

CANTOS DSL TROVADOK, colsuclon de leyendu y trtdlclonei blsid- 

ricBf, por D. Joti Ztrrüla 

HISTORIA ÜZ GIL BLAS DE SANTILLANA.— Publicada «D Iraacés pot 

Jf. Lt Sao: H' edición) 

ITANHOE O EL CHUZADO, por Sir Walter Seott, traducido del iDglés. 
QUINTÍN DDBWAItD, Ó EL ESCOCÉS EN LA CORTE DE LDI3 XI, por 

Sr Walltr Senit 

KM-BOr, por Sfr IFiitm-Seoft, traducida por D. S. de G. V 

GDI-UANNERíNG, ó el ASTRÓLOGO, seguido de EL OFICIAL AVEN- 
TURERO, porSri- IPoWír SeiW. Iraduelrtas por D. Pedro A.O'Crowley.' 
A BORDO Y EN TIERRA. AVBNTDBA3 DEL CAPITÁN MILES WALLINO- 

FOHD.— Novela maridiua, por Finimort Caofir, tradaccion de D. J. 

F. SaeDE Urraca 

lucía HARDINCR. segunda parte de las AVENTURAS DEL CAPITÁN 

HILES WALLINGPORD. por FtnimtTi Cooptr, IraduccIOD de D. J. t. 

Saeui Urraca 

LA inUJA DEL MAR, por Pitütrar* Cooptr, traducción da D. J. F. Sa«Di 

Orraca 

KL CORSARIO ROJO, por Pniman Cooptr, traducción de D. V. I 

bbardl 

D'ARTAGNAN Y LO.S TRES UOSQDETEROS, por AU]amdTt> Bmn€t. 
TBINTEAftOd DESPUÉS, continuación de los TRES UOSQOETEBOS, 

por Ahíandro Dumai - 

EL VIZCONDE DE BRAGELONB, tercera y última parte de loa TRES 

HOSQUETBROB, por Áltjandro Dumat 

L06 AMORES DE PARÍS, por PaNaJ'raat 



SEGUNDA SERIE. 



Cada tomo contiene de 300 ¿ 450 páginas en 1.*, con oaa 
lámioa ea acero. 

SECCIOlf IHSTRDCTIVA: 21 TOMOS. 

HISTORIA DB LA UONAnQOÍA EN EDBOPA, por F. Lacombe. El autor 
trata de senlar con la bUlorli en la mano que la monarquía beredl- 
(arlB, armonlzBado el derecbo divino con el bumano, hs sido, ea y 
aeti el mas enérgico medio de progreso, y que fuera de ella solo sa 
encueolran la anarquía y !a degradacloo ( 

PBlNaPIOS DE ECONOHIa POLÍTICA, por 6. Roachar. A la lux de la hla- 
tolia y de la Dlosoda deBao el aulor la economía polillca. sin dolarse 
arrastrar por la seducción de laa Ideas concebidas i prluri, y según 
1*8 telacloDes eternas que rebullan da la nuluraleza de lai cosas. Obra 
que al traducirla del alemán al francés anold M. WolovsU. . . . é 

HISTORIA UORAL DE LAS HDIEBES. El culto de la familia, el Sentí- 
míenlo prorvodo de las satlslaaclones qua wla proporciona, y la bk- 



Ciqi-ZÍ-dbvCOOglC 



dagaeton concleniuda de loa deberes que impone, ban iasptrtdo Mta 
obra i H. Legouví 1 

ZL AUOR, base de la lamilla y de la «ocledad. en tos límlles de la mis 
eslricta rooralldad, ba Impulsado t eíctlblr esU inlereadileobrat 
H. I. Iflcbalet 4 

INFLUENCIA DE LA FAMILIA EN LA EDUCACIÓN, Ó TEOBIa DE LA 
EDUCACIÓN PÚBLICA Y PRJVAT>A, por M. Taodoro Barrsu. Intere- 
sanlislma obra premiada por la Academia de clenclaa morales y po- 
lítlcasde Francia, para Rula de los padres de támMIa i 

LA'TIEBHa T el hombre, ó compendio hlBlúrlco de geología, geogra- 
fía y etDogratia generales para servir de lotroduucioa i la historia 
universal, por Alfredo Maury. I 

HISTORIA GGNEKAL DE LAS BAZAS BUMANAS. Ó FILOSOFÍA ETNO- 
GRÁFICA, eo la cual ba empleado loda su vida Eusebia de Saltes. . i 

DB LA TIDA IT DE U INTELIGENCIA, por el cAlebre Oslologlala P. Plou- 
rens 1 

EL LIBRO SE LOS ORADORES, por Timón t 

HISTORIA DB Li LITERATURA GRIEGA, por H. Fierren 1 

HISTORIA DE LA LITEBATUBA ROMANA, por el mismo autor. . . . S 

SECCIÓN RECREATIVA: 29 TOMOS. 

GSNOTBTA, relaciones y dlSlogos populares, por A. de Lamartine. . 1 

KL PICAPEDHERO DE SAtNT-POlNT, relaciones populares por el mismo 
autor I 

LOS COMPAÑEROS de Jeliú, cuadro de las disensiones de la reYoluclon 
francesa, por Alejandro Dumas. 2 

L03 PIRATAS DEL HISSISSIPI, dssütlpcion de costumbres Borle-aioe- 
llcanas, por F. Gerstaacker t 

INRIQÜE DB BRETAÑA EL EMPLAZADO, costumbres bretouas de la 
edad media, por Pablo Faval . - f 

U PAGANA, cuadro de coatumbree rraucesas, norte raroericaoM y ca- 
lirdrnicas, por Laurent-Picbaí I 

AVENTURAS DE UN HI3ÍNTH0P0, noa de.las mas elevadas obrasde 
]. Sflutlne. . 1 

LIONEL LINCOLN, brillaote cuadro de loe principales euceaos que pro- 
dujeroD I a emane! pación de los Eatados Unidos, por Fenimore Gooper. I 

LA AHADCA^A, por el ¿Tanuro Aú;iiti» D. Alonso de Ercllia, quien, co- 
mo dice Espinel: 

en el berdlco verso fué el primero 

que honró á au patria, y aun qnlzá a! postrero. .... I 

■LRKT DE LAS UONIAÑAS, desciipctou de costumbres griegas, por B. 
Aboui * 

LA VIRGEN DEL LÍBANO, Interesa ule descripción del Líbano, por L. 
Ensuli I 

MAGDALENA, obra premiada con una corona de oro por la Academia 
rrancesa. por Julio Saudeau I 

EL PAROLERO, Intaresaote descripción de costumbres norte-ameri- 
canas, por Mías Cummins, . - r S 

DOÑA MERCEDES DE CASTILLA, interesantlslms descripción del slUo 
de Granada por lúa Reyes Catúlicoa, y del descubrimiento del Nueve 
mundo, por Fenimore Cooper < 

SOLACES POÉTICOS por dofia Haria Ueodoia de Vives. . . . : . t 

MBE T BAIEB. Con este modesio titulo ha escrito Gustavo Freytag 
nn completo cuadro de costumbres alemanas y polacBa, y una de 
)m DtB« brillaDlea pininas dedicadas A la virtud > 



_iv,Coog[c 



BKCDEKDOS D£ UN UÉOICO, cuadro de coitnmbrea Inglesu por S. 

Warrea 4 

LOS DOS CONVICTOS, por F.Oersttecker S 

FRUTOS DE OTOÑO, poesías escogidas da doSa Josefa Uasianég de 

Goatalai 1 

MBUORIaS de DN CAZíDOH, complela descripción de costumbrea ru- 

Wi, por Ivan Tourghenial. • . I 

FDERA DE SECCIÓN. 

LA SAGRADA BIBLIA, completa edición f la mas económica de cuaMat 
ban vlslo la luz pública habita ni día, sin Excepluarlas lan ponderudas por 
fD baratura que ha publicada la Soi:ledad bíblica da Lrtndres: rlgurosa- 
manla revirada pur el lllre. Dr. D. José Pulau. ^0 lonioa caal en i.°coa 
TOlimlnaaoD boj, uncuadernadoi a la siilzn con planchas de oro en el 
llaoo. También lis bsy eHcuadorDadanela Itminas. 
, HISTORIA GENERAL DG LA lGLIi:SIA deide la predicación de los Apdstolei 
basta el pon liñ'iad o de Gregorio XVI, obra escrita en francas por el abate 
keraull Bercaslel, cauúoigo de Hnyon, corri'gldB t continuada desde el 
alio ITI9 llBsiB IS12 T adicioTiada con iuiportnutes docuineatos por el barón 
Heurlon; traducida, de la última edición y aumentada en lo relallvoi 
Espafla según el P. Florez y otros sutoras nacionales, bajo la dirección del 
R. P. Lr. HdmouBiilOii:r revirada por el lllre. Sr. Dr. D.JoséPalau. M to- 
moa en 4 * encuadeniailns en pasta. 

HISTORIA DB LOS SOBEIlANOá POMÍFIGBS desde San Pedro ba$la Pío IX, 
por Ariaud de Honlor, ex-embajador de Francia en Boma; revisada por 
el R. P. Lr. Ramón Buldú. 9 tomod caal en t.* encuadernados I la suiía 
con planchas de oro en loa llanos. 

THBOtOGU MORALIS llluslrlsslml ac revereudlsslml Domlnt ilphopeide 
Ugorio ollm eplscopl aanclse Auatbe Golhorum, edltio oniiilum accurallor 
continensquldquid abetar in caelorU addidlt, rt-rormavlí tbI expllcavlt. 
CQlaccedll dlssertallo P. Zachari». sddilo In calce' Iraclalu bulla S. 
Cruclatffi.— Hemos aumantadoeata edición coa la Bula déla canonliaclon, 
la dedlcalorla de la obra lieclia por el autor i Su Santidad Benedicto XIT, 
la consulta y declsioa de la Sagrada Penitenciaría , y con j>i tratado de la 
Bula de la Santa Cruzada. Consta de dos lomos da mas de mil pagina* 
cada uno, como ¡a recién publicada por el celebra Impresor deTurln, 
Jacinto Mariiiti, que, prAvIa auinrizaulon, nos ha servido de original. Xa 

EL HOMBRE APOSTÓLICO instruido para el confesionario, á sea prácUcaé 
instrucción de conlesorea; obra escrita en lalin y traducida al caslaltano 
(con aprobación del ordinario) por D. Raimundo Miguel, proresor de latí- 
nidad y humanidades en Burgos: en elle ae comprenden los principios da 
la teología moral dispuesta por el mismo aanto. de la cual CK.el Hombre 
apostólico ua compendio. Esta obra, dedicada á Benedicto XIT, fué apro- 
bada por este Papa. 3 tumos en S. ■ mayor en pasta. 

SELVA DE Haterías PHEDÍCABLES para dar ejercicios i loa sicerdotss, 
obra útilísima para lectura aspirlluaí y para componer discurso* coDb- 
cllldad. Inútil es encarecer el mérito de esta obra, en la cual, aunqua 
especialmente destinada ai clero, baliiTÍn también los seglarea pilctlc** 
devotas para lodos los actos de la vida cristiana t todas las situacione* 
sociales. Esta nnvUlma edición ha sido aunientadu con la 3.* parte que 
fallaba á las edlcioDas anteriores j que Ibrma su complemeato. 3 lomo* 
reunidos en uno en »> encuadernadob en paila. 

TESORO DB INDULGENCIAS, d sea colección de oraclonea y obras piadosa* 
para conseguir las muchísimas gracias espirituales concedida» por ios 
Sumos Pootlflces, formando en conjunto un devociuuaiio compleliaimo'. 



_iv,Coog[c 



obralraducidiflelmenléde IttdidónromimaafrabaiacaMtinkaaiillalie» 
por Is Sagrada Congregación da las ludulgeDcias, j aumenlsda por el 
traduotor con algunas devociones 7 do>;unieab>a muy Imporunies. Aten- 
dido el abuso que en punto á indulgencias ae observa y la tacilldad con 
que »e anuDClaa eo algunas devocionarios modernos ala Insinuar siquie- 
ra al concesionario, decreto ni fecbs, este Tesoro es de un interés Ina- 
pTeclBble por su Qdelldad iDlnuclo«a. y sobre iodo por estar auloriíado 
por IH Sagrada Congregación de Indulgencias, conlormeal decreto deU 
misma puesto al Bu déla obia. Dn tomo en i6,« deGOS pAgluaa, eopaata 
sencilla y en laBlete común. 

EJERCICIO SOTIDlANO, novísima edición con 40 láminas Unas en boj.— na 
tomo en 13. o en pssis. y en laflleta común. 

EL CONDE DB LAVERHIE. Interesantísima novela escrita en francés por 
Augusto Haquet, colaborador de Á.Damai, padre, eusQS mejores novelas; 
traducida si español con todo esmero. Un lomo casi en túlio de 633 pigl- 
nas, riqulslms edición, Ilustrada con <0 lindas límloas en acero, ilradaí 
en papel de Cblns: en rústica y i la suiza con mucbo lu]a. 

LA GUERRA DE ITALIA (18S9), por H. Leal y Uadrlgal. compuesta de las 
Siguientes parles: OJtada hittóriai ii Ilatia dttdi la Caída iet iniptrio román» 
huía muitrai dial. Za Oairra di Itaüa. Biografía di ¡om perionajn fua «■ 
tilo han figurada. DoemmentBi. On lomo casi en [úllo de 6D0 p Aginas, con 
M retratos, 30 de estos de doble tamaSo, esmeradamente litografiados, j 
un precioso mapa Iluminado: encDadernado i la tuíia. 

ATLAS GEOGRÁFICO Compuesto de 18 mapas Iluminados, eDCuadernado i 
la Bujza. 

NOTA. Todas estas obras ast&n al amparo de nuestra legialacloD: laa ra- 
ligiosas ban sido censuradas por la enloridad scleslislica, y las novelu por 
laclTlI. 



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